CAPÍTULO VEINTE. VERADIS #2
—Cuando tenías seis años, te llevé con Romar en mi silla de montar. Soy tu escudero desde hace aún más tiempo. Creo que Jael ya me tiene manía —respondió Maquin.
—Ya, bueno, pero deberías tener más cuidado. Es mejor no llamar la atención de Jael.
—Sabias palabras del hombre que le ha dado una patada en sus partes.
Veradis volvió a reír.
—No lo animes —dijo Kastell—. Y solo porque ahora seas un matagigantes no te creas que eso te hace invencible —avisó a Maquin.
Veradis levantó las manos.
—No quería provocar una discusión. Solo quería felicitarte por la manera como luchaste.
Kastell asintió contento.
—Parece ser que aquí hay una buena historia que vale la pena oír —añadió Veradis—. ¿Matagigantes?
—Fue un golpe de suerte —dijo el veterano guerrero—. Kastell pudo ver el color de los ojos del gigante que maté.
—¡Oh! ¡Dos matagigantes! Sí que debe de ser una historia interesante.
El chico que estaba tendido en el sueño gimoteó.
—En otra ocasión —dijo Maquin—. Búscanos en el banquete esta noche y beberemos juntos. Ahora será mejor que llevemos a este chico con su familia.
Los dos guerreros se llevaron al chico del claro. Veradis le miró una última vez los brazos cubiertos de cortes y sangre seca e hizo una mueca. Luego fue a buscar a Nathair.
El príncipe seguía igual que como lo había dejado Veradis: agachado delante de la muchedumbre y contemplando casi hipnotizado la macabra procesión.
De repente apareció la cola de la columna y los insectos comenzaron a desaparecer en el otro lado del claro como si alguien enrollara una larga alfombra.
Veradis observó en silencio cómo la gente se iba marchando del claro del bosque hasta que solo quedaron Nathair y él.
Las hormigas habían compactado la tierra que habían pisado y daba la impresión de que un camino amplio y transitado atravesaba el claro. Lo único que quedaba del perro era una masa de pellejo sanguinolento y huesos.
—Comen sin detenerse —observó Nathair con los ojos fijados ahora en Veradis—. Asombroso. Absolutamente asombroso. ¿Las has visto, Veradis? ¿Has visto cómo han derrotado a algo que es muchas veces más grande y fuerte que ellas?
—Sí —respondió Veradis. Se estremeció al recordarlo.
—Podríamos aprender de ellas —musitó Nathair.
—¿Qué quieres decir?
—En la batalla, luchamos guerrero contra guerrero, a veces con un compañero de escudo, pero casi siempre sin él. Nuestras guerras son como un millar de duelos que transcurren simultáneamente en el campo de batalla.
—Ajá. Siempre ha sido así.
—Pero ¿y si lucháramos como las hormigas, Veradis, como un solo ser, ayudándonos unos a otros? —Hizo una pausa—. Seríamos imparables.
Veradis mordió un grueso tajo de carne y le goteó grasa de la barbilla.
Estaba sentado en una de las muchas mesas largas dispuestas en el patio de armas, al pie de la torre.
La noche era cálida y una media luna y las estrellas brillaban en el cielo despejado.
Había buscado a Kastell y a Maquin y había compartido una jarra de vino con ellos.
Habían sido una compañía agradable, aunque el rey Romar había reclamado su presencia enseguida.
Ahora estaba sentado al lado de su hermano de armas Rauca, que se afanaba en hablar al mismo tiempo que roía un costillar.
Veradis no le prestaba mucha atención, pues no podía dejar de pensar en Nathair y en los acontecimientos que habían sucedido después de la asamblea.
Rauca le dio una palmada en el hombro y señaló la puerta abierta de la torre, por donde apareció el príncipe Nathair, vestido de negro y con el águila de Tenebral grabada en la coraza de cuero. Al ver a Veradis, Nathair le hizo una indicación para que se acercara.
—¿Estás bien? —le preguntó Veradis.
—Ajá, amigo mío. Quiero disculparme por mi comportamiento de antes.
Quiero mucho a mi padre, pero no entiendo algunas de sus decisiones.
He estado pensando en lo que dijiste y tienes razón.
Debemos confiar en nuestro rey. Pero no pienso sentarme a mirar de brazos cruzados cómo todo por lo que ha luchado se convierte en ceniza.
Debo trabajar por su causa, que en realidad también es la mía, ya que algún día le sucederé como rey, ¿no?
—Claro, Nathair. Por supuesto.
—Pues nada, juguemos al juego que nos han propuesto —declaró con una sonrisa a medio esbozar.
Nathair se adentró en el patio de armas seguido por Veradis a la vez que saludaba de uno en uno a los reyes y los barones y charlaba puntualmente con todos ellos.
Nathair fue cortés y amable con todos, ya hubieran decidido sumarse a la alianza propuesta por Aquilus o no; conversaba con ellos sobre las preocupaciones que les generaba el acuerdo, pero también sobre los problemas que tenían en sus propios reinos.
Mandros de Carnutan fue uno de los pocos que rechazó los agasajos de Nathair, así que el príncipe se dirigió a su hijo, Gundul, un joven con la cara redonda que reía estentóreamente todos los chistes de Nathair.
El príncipe invitó a todo el mundo a una cacería al día siguiente.
Gundul aceptó, como hicieron otro puñado de nobles, incluido Jael, con quien Kastell se había batido en la palestra.
«Ha nacido para ser rey», pensó Veradis mientras observaba cómo se desenvolvía Nathair durante toda la noche. Era encantador y demostraba interés y conocimiento en todos los temas.
Entrada la noche, cuando algunos invitados ya comenzaban a retirarse, Nathair llevó a Veradis hacia un grupo de nobles que se habían reunido en los jardines que bordeaban el patio de armas. Veradis reconoció a Brenin de Ardan, a Rhin y a Owain.
Brenin agarró del brazo a Nathair y Veradis reparó en su formidable musculatura. «No es un rey blando como la mayoría de los demás», pensó. Saludó con la cabeza a Tull, la primera espada del rey.
El veterano guerrero le sonrió.
—¿Cómo está tu amigo Rauca? —se interesó después de inclinarse hacia él.
—Está bien, aunque aún le duelen los nudillos, como no podría ser de otra manera.
Tull rio.
—Sabe luchar, pero no se llega a viejo como yo si no se aprende a usar esto —dijo y se dio unos golpecitos con un dedo en la sien.
Veradis sonrió. Le caía bien el viejo guerrero.
—Este es Heb, mi reacio guardián del conocimiento —dijo el rey Brenin señalando al flaquísimo anciano que tenía detrás.
—¿Reacio? —inquirió Nathair.
—Oh, no es algo personal —dijo Heb—. Me gusta Brenin, solo que los placeres de mi hogar me gustan más. Y odio los viajes largos.
Veradis tosió para disimular la risa.
—No le hagáis caso; miente —terció Brenin—. Tendría que haberlo atado para que no me siguiera. Es demasiado curioso para haberse quedado en Ardan.
Nathair cogió la mano de Rhin y se la besó. Unas venillas azules resaltaban orgullosas en su piel fina y con manchas.
—Estás hermosísima, mi señora.
—Adulador —dijo Rhin, aunque sonrió afectuosamente. La luz fluctuante de las antorchas convertía su rostro lleno de arrugas en un campo de grietas oscuras.
—Siempre digo la verdad.
—¿En serio? Esa es una práctica peligrosa para un príncipe. ¿Me lo habrías dicho si fuera fea?
—No. —Nathair sonrió—. Habría destacado alguna otra de tus virtudes.
—Si la encontraras.
—Todos tenemos algo bueno. Solo hay que saber buscar.
—Buena respuesta. —Rhin sonrió—. Sigue buscando mis virtudes y creo que nos llevaremos bien tú y yo.
—Por favor, Rhin, deja de jugar con el chico —terció Owain, el rey de Narvon. Tenía el cabello oscuro y las facciones angulosas, y no había ni rastro de calidez en su sonrisa. Su reino colindaba con el de Rhin y el de Brenin, si Veradis recordaba bien los mapas.
—No estoy jugando a nada —replicó Rhin con los ojos fijos en Nathair—. Además, sabe arreglárselas solo. De momento.
Veradis decidió que no le gustaba Rhin. Había algo en ella, en la manera como miraba a Nathair, que le recordaba a un animal depredador. «No está bien lo que hace. Es una vieja.»
—Ten cuidado, Nathair, estás nadando en aguas peligrosas —le advirtió Owain, y apuró su copa—. Rhin te raptará y hará que te cases con ella antes de que te des cuenta.
—No lo creo —dijo con desdén Rhin—. La variedad es lo que me mantiene joven. Aunque si encontrase al hombre adecuado... —Sonrió.
—¿Y cómo van las cosas en vuestro reino? —preguntó Nathair a Rhin, un poco ruborizado.