CAPÍTULO VEINTE. VERADIS
CAPÍTULO VEINTE
VERADIS
Veradis salió al galope por las puertas de Jerolin en la estela del príncipe Nathair.
Tras discutir con su padre, el príncipe había abandonado hecho una furia la torre y se había dirigido a los establos, con Veradis pisándole los talones.
Había arrancado de las manos de un mozo las riendas de un caballo ensillado y había partido de la fortaleza.
Veradis había tardado un poco más en preparar una montura, pero había alcanzado a Nathair en la carretera que bordeaba el lago.
Redujeron el paso a medio galope cuando sus monturas comenzaron a resollar con dificultad.
—Mi padre... —dijo Nathair al cabo de un rato—.
Él habla de verdad y honor, de apoyar a Elyon contra las tinieblas de Asroth, y sin embargo no ve su propio deshonor.
No puede o no quiere hacerlo. Está tan consumido por esta alianza...
Y se revuelca a los pies de un gusano como un cachorrito recién nacido.
—¿Un gusano?
—El consejero Meical —dijo con asco Nathair—.
Honor. A mi padre se le llena la boca cuando habla de honor, cuando sostiene que debe ser el fundamento de todas las acciones y las decisiones.
Y cuando se trata de mi honor, mi juramento, parece que no tenga ningún valor.
Sé que los Vin Thalun han sido los enemigos de Tenebral en el pasado, pero di mi palabra.
—Estoy de acuerdo contigo —dijo Veradis—. Pero también puedo entender las dudas del rey con los Vin Thalun. He vivido en la costa, Nathair, y hemos sufrido la crueldad de los corsarios más a menudo que tú. Cuesta imaginarse que van a cambiar.
Nathair asintió y respiró hondo.
—Estamos en los albores de una nueva era, Veradis.
Muchas cosas desaparecerán y otras tantas cambiarán, como siempre me repite mi padre.
Pero a la hora de la verdad él no está tan dispuesto como parece a aceptar esos cambios.
Solo piensa en esta asamblea y en forjar esta alianza.
Ha soñado y fantaseado con ella durante tanto tiempo que no es capaz de ver lo que significa en realidad.
Y esos —añadió con desprecio Nathair, a la vez que señalaba los estandartes que ondeaban alrededor de la fortaleza— solo están aquí por su propio provecho.
No ven más allá de sus fronteras. ¿Cómo es posible que mi padre albergue la esperanza de que se unan a él?
Más valdría convertirlos en siervos que discutir con ellos.
Si de verdad la necesidad es tan grande como cree mi padre, no podemos arriesgarnos a depender de esos veleidosos reyes.
Cambian de opinión con el viento. —Miró de nuevo a Veradis—. ¿Y luego qué?
—No lo sé. He pasado más tiempo con la espada y la lanza que en la cámara del consejo de mi padre. Parece haber mucha sabiduría en tus palabras, pero debemos confiar en nuestro rey, ¿no? ¿Cuál sería la alternativa?
Nathair miró intensamente a Veradis y asintió despacio.
—¿Qué opinas sobre esa Guerra de los Dioses?
—quiso saber Veradis. Le costaba creer lo que había oído en la asamblea.
Le encantaban las viejas leyendas y sabía que había algo de verdad en las historias sobre las Guerras de los Gigantes; además, en la tierra había pruebas evidentes del Azote de Elyon.
Pero una guerra entre Asroth y Elyon... era incapaz de imaginársela.
—Creo en los dioses, si eso es lo que preguntas.
En cuanto a ese libro que nos ha presentado Meical, por mucho que lo deteste a él, tal vez sea cierto lo que dice.
Mucho de lo que nos ha leído no lo entiendo, pero algunas partes...
Las piedras de los gigantes han llorado sangre, ¿no?
Eso es innegable. Y Brenin ha traído la cabeza de una sierpe blanca dentro de un saco...
—Cierto —asintió por lo bajo Veradis. Un escalofrío lo recorrió al rememorar los pasajes del libro que había leído Meical.
—El solsticio de invierno —dijo—. El día se convertirá en noche. Eso hará que muchos se decidan. Pero mi padre ya se lo cree, sin duda. —Nathair miró con el rabillo del ojo a Veradis—. Y yo también. Aunque por razones propias.
—¿Qué razones? —inquirió Veradis.
—Eso lo dejaremos para otro momento.
Habían llegado al punto donde la carretera se bifurcaba y vieron un torrente de gente que corría desde el pueblo que había junto al lago y se metía en el bosque.
—¿Adónde va todo el mundo?
—Se ha visto algo extraño en el bosque —respondió un chico entre jadeos.
—¿El qué?
—Criaturas, no lo sé. —El chico se encogió de hombros cuando Veradis le dio permiso para marcharse.
Veradis miró a Nathair, que arqueó una ceja y chasqueó la lengua para que su caballo se dirigiera hacia dentro del bosque. Rebasaron a mucha gente que hacía el mismo camino a pie y enseguida llegaron a un claro amplio. Avanzaron hasta ponerse delante de todos.
Allí, un manto negro que borboteaba con frenesí cubría el suelo.
Eran hormigas. Miles y miles. Veradis nunca las había visto tan grandes; cada una era del tamaño aproximado de su dedo meñique.
Avanzaban formando una columna tan ancha como el cuerpo de un hombre tendido con los brazos estirados por encima de la cabeza.
La masa negra y vibrante entraba por un lado del claro y desaparecía en el bosque por el lado opuesto con un movimiento incesante, implacable.
—He oído historias sobre fenómenos como este, que ocurren en las profundidades de bosques antiguos —confesó Veradis al príncipe—. Pero la verdad es que nunca me las había creído.
Nathair no dijo nada. Se agachó para ver mejor las hormigas y adquirió una expresión intensa, casi de embelesamiento.
Una isla de hierba verde separaba a la muchedumbre de la columna de hormigas, pues nadie parecía tener ganas de acercarse más de la cuenta. Veradis vio al chico con el que habían hablado en la carretera no muy lejos.
Veradis comenzó a sentir rodillazos y codazos en la espalda a medida que crecía la multitud. La idea de caer de bruces encima de la alfombra negra que se movía delante de él no le resultaba atractiva, así que retrocedió un paso.
Otra sacudida recorrió la multitud cuando más gente llegó por atrás y trató de abrirse paso hasta las primeras posiciones.
El chico de antes salió despedido por la presión de los cuerpos que se agolpaban detrás de él y pisó con un pie el borde de la columna de hormigas.
Instantáneamente, un enjambre negro le trepó por la pierna.
El chico intentó retroceder, pero la masa de gente se lo impedía, y se puso a chillar y a agitar la pierna.
Los insectos le desgarraron los pantalones y la carne con los dientes, y comenzó a sangrar por las heridas.
Veradis saltó junto al príncipe, que le lanzó una mirada fugaz antes de devolver su atención a la masa de hormigas que tenía enfrente, y cogió en brazos al chico. Casi de inmediato sintió el dolor punzante que le causaban las hormigas que se aventuraban por su cuerpo.
—¡Pásame al chico! —gritó un hombre joven y pelirrojo que le hacía señas con las manos.
Veradis dio unos manotazos a la pierna del chico y cayeron decenas de hormigas al suelo. La gente retrocedió bruscamente. «Ahora sí se mueven.» En el espacio recién creado, Veradis levantó al chico por encima de la cabeza y se lo pasó al guerrero pelirrojo.
Un poco más allá ladraba un perro, un ratonero desaliñado con el pelo hirsuto.
Veradis se volvió hacia él y vio que había caído encima de las hormigas.
Durante unos instantes, los insectos solo se arremolinaron en torno a él, como si fuera una piedra en el río, pero entonces el enjambre negro trepó por sus patas y lo envolvió.
Los gañidos iniciales se transformaron en unos aullidos enloquecidos mientras el perro trataba de levantarse, lanzaba dentelladas y echaba espuma rosada por la boca.
Solo unos segundos después, el animal dio una última sacudida y se quedó completamente inmóvil.
Veradis se dio la vuelta imprecando y se abrió paso a empujones por la multitud, fulminando con la mirada a todo aquel que encontraba en su camino.
Encontró al guerrero pelirrojo atendiendo al chico en una zona despejada del claro y reconoció a Kastell, que había estado sentado al lado del rey de Isiltir en el banquete.
Retiraba metódicamente hormigas del cuerpo del chico que luego aplastaba con sus grandes manos.
Un guerrero más viejo, lleno de canas, estaba acuclillado a su lado y trataba de tranquilizar al chico, que lloraba y emitía unos sollozos desgarradores que hacían subir y bajar su pecho.
—Gracias. No había mucha gente dispuesta a ayudar —dijo Veradis.
El guerrero asintió.
—Te he visto antes —dijo el guerrero canoso—. ¿Eres el hombre del príncipe?
—Ajá. Veradis. —Tendió una mano ensangrentada.
—Maquin. Y mi amigo es Kastell. Qué cosa más extraña, ¿eh? —dijo señalando la columna de hormigas.
—Ajá. Nunca había visto una cosa igual.
—Son tiempos de cosas extrañas, al parecer. A juzgar por la asamblea de hoy —dijo Kastell.
Veradis sonrió.
—Ayer te vi en el patio de armas. Te habría ido peor de no haber sido por ese oportuno rodillazo debajo del cinturón.
—No era mi intención —se excusó el corpulento joven, con mala cara.
—Hiciste bien, en mi opinión —repuso Veradis. Maquin mostró su conformidad con un sonido gutural—. Tu oponente... se lo ganó. Quizá la próxima vez espere un poco más antes de reírse de ti.
—Quizá. O quizá haya empeorado las cosas.
—¿Qué quieres decir?
Kastell no respondió.
—Su oponente era Jael, el sobrino de Romar, rey de Isiltir —explicó Maquin.
—Jael es mi primo —dijo Kastell—. En mi tierra no es conocido precisamente por su capacidad para perdonar. No debería haberle dado ese rodillazo. Y menos aún delante de tanta gente.
—Hace mucho tiempo que se lo merecía —sentenció Maquin.
Veradis se carcajeó.
—Tú deberías quedarte al margen —soltó tajante Kastell, que clavó una mirada feroz en Maquin—. O Jael también te cogerá manía a ti.