Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO DIECINUEVE. CYWEN
24%

CAPÍTULO DIECINUEVE. CYWEN

CAPÍTULO DIECINUEVE

CYWEN

Cywen mataba el tiempo con su hermano en el patio que había delante del salón de banquetes, concentrada en limpiarse la tierra que tenía debajo de las uñas con un cuchillo.

Había sido difícil conseguir información clara de nadie, pero lo que ya se sabía a ciencia cierta era que el hombre herido de la camilla era el último superviviente de los forajidos del bosque Baglun.

Dos jinetes entraron a medio galope en el patio y se detuvieron frente a la escalera del salón.

Un guerrero alto desmontó y sujetó el otro caballo.

—Ya puedo yo —espetó el otro jinete. Era Brina, la curandera. A pesar de su edad, se movía con agilidad. Sus canas se desparramaban sobre un pañuelo negro.

Brina paseó una mirada imperiosa por el patio, cogió una bolsa que colgaba del pomo de su silla de montar y subió con paso resuelto hasta la puerta del salón de banquetes. Los dos guerreros que la custodiaban la abrieron rápidamente para que entrara.

Cywen se apresuró para echar un vistazo dentro y su mirada se cruzó con la de la princesa Edana, que corrió hacia ella y su hermano.

—Hola —dijo sonriendo a Cywen y a Corban. Lanzó una mirada atrás—. No puedo quedarme aquí fuera. No quiero perderme nada.

—¿Qué está pasando dentro? —susurró Cywen, con Corban asomado encima de su hombro.

—Venid conmigo —murmuró Edana. Salió con paso rápido del patio y rodeó por el este el salón de banquetes y la torre—. No hagáis ruido. Si mi madre lo descubre me desollará viva.

—¿Si descubre el qué? —preguntó Corban.

—Que os he dejado entrar en la fortaleza para escuchar.

Edana se detuvo, abrió una puerta estrecha y precedió a sus compañeros por una serie de pasillos amplios.

—Esperad aquí —les indicó con una mano en la anilla de hierro de una gran puerta de roble—. El salón de banquetes está al otro lado. Dejaré la puerta entreabierta para que podáis oír lo que se dice.

Cywen cogió la mano de la princesa.

—Gracias.

—Bueno, ¿para qué están los amigos? —respondió, y entró en el salón.

—¿... seguro que están todos muertos? —oyó Cywen que preguntaba la reina Alona.

—Ajá —respondió Pendathran—. Todos menos este. Y es posible que no llegue a mañana.

—¿Estás seguro de que no había más? —Fue Evnis quien preguntó esta vez.

—Ajá. Mis cazadores han explorado hasta el último palmo de ese condenado bosque. No solo mi sobrino Marrock, sino también el recién llegado, Halion. Él encontró el rastro.

—Bueno, hermano, te felicito. Aunque mi marido se llevará un disgusto si no vive ninguno para ser juzgado.

Pendathran farfulló algo, pero Alona lo interrumpió.

—Has hecho lo que debías. Seguro que tú y tus hombres necesitáis comer y descansar. Brina, ¿vivirá?

—¿Te recuperarías tú de un agujero entre las costillas en esta habitación fría y con corrientes de aire? —espetó la curandera—. Tengo hierbas para un cataplasma y corteza de avellano para aliviar el dolor y bajar la fiebre, pero quizá sea tarde —afirmó no muy segura—. Mañana lo sabremos.

—Pero Pendathran ha dicho que podría morir esta misma noche —terció Evnis.

—Ajá. Entonces tú ya lo sabes, ¿no?

Silencio.

—Haz todo lo que puedas, Brina. Vamos, Pendathran, escóltame hasta mi cámara; me gustaría seguir hablando contigo. Evnis, tráele a Brina todo lo que necesite y encárgate de que preparen algo de comer para los guerreros.

—Sí, mi reina.

—¡Tarben, Conall, primera guardia! —gritó Pendathran—. No le quitéis el ojo de encima. Darol tenía muchos amigos.

Cywen y Corban se apretaron contra la pared al oír que se acercaban unos pasos.

Echaron un vistazo al pasillo. Era demasiado largo para salir corriendo y detrás no había donde esconderse.

El pánico a que los pillaran escuchando a escondidas a la reina se apoderó de los hermanos.

Pero entonces la princesa Edana apareció en la puerta.

—¡Rápido! —cuchicheó, y echó a correr.

Los pasillos giraban en una dirección y otra y los tapices que colgaban de las paredes se agitaban a su paso. Subieron a toda prisa por una amplia escalera de piedra hasta una puerta; Edana la abrió de un empujón y pasaron corriendo al otro lado. La princesa cerró la puerta detrás de ellos.

Una enorme cama de roble dominaba la habitación y había ropa tirada en el suelo.

—Es mi dormitorio —anunció Edana—. Por aquí. —Se acercó a una ventana grande, abrió los postigos, salió a un alféizar de piedra y se agachó en el balcón que había a continuación—. La habitación de al lado es la de mis padres. Mi madre traerá aquí a mi tío.

Los tres avanzaron sigilosamente y se agacharon debajo de otra ventana. Solo unos instantes después oyeron que se abría y se cerraba la puerta de la otra habitación. A continuación, oyeron que se vertía líquido de una jarra y el chirrido de sillas.

—¿Tuviste que matarlos a todos? —preguntó Alona.

—Ajá, hermana. Opusieron mucha resistencia. Intenté no hacerlo, por eso hemos perdido tantos hombres. Capturar vivo a alguien es más difícil de lo que crees.

La reina Alona resopló.

—Fue una batalla dura. Los chicos nuevos, Halion y Conall, fueron decisivos, aunque no creo que tuvieran en mente capturar a nadie vivo. Estaría bien mantenerlos vigilados.

—¿Y eso?

—Bueno, me encantaría que uno de ellos fuera mi escudero..., si confiara en ellos.

—¿Tan buenos son?

—Ajá. Halion, el mayor, es un pensador. Y es obvio que ha liderado hombres. Enseguida se ganó el respeto de mis chicos.

—¿Y el otro?

—Conall. Es lo opuesto a su hermano. Es impulsivo y violento como una tormenta de verano. Pero es letal. Tull podría ver en él un rival a su altura.

Alona inspiró a través de los dientes apretados.

—¿Quiénes son, hermana?

—Brenin no me lo quiso decir. —Alona suspiró—. Cuando le pregunté, apenas me contó nada. Me dijo que había hecho un juramento. Ya sabes cómo es.

—Ajá. Eso quiere decir que, cuando cruce el puente de las espadas, se llevará con él lo que le dijeron.

Ah, en fin. Hay algo en esos hermanos...

Están más acostumbrados a dar órdenes que a recibirlas.

Y no me fío de ninguno de los dos. —Pendathran hizo una pausa y se oyó cómo tragaba.

Una copa golpeó con fuerza la mesa y una silla chirrió—.

Bueno, hermana, creo que iré a comer algo y a beber un poco de cerveza.

—Gracias, Pen. Brenin te lo agradecerá, como yo... —La reina no acabó la frase—. Y Rhagor estaría orgulloso de ti.

Los pasos que se dirigían a la puerta se detuvieron.

—No pasa un solo día sin que piense en él —murmuró Pendathran—. Rezo por que ese bandido viva. El corazón me dice que eran hombres de Braith, pero estaría bien asegurarse.

—Si ese hombre vive y confirma tu sospecha, nuestro rey se encargará de Braith y sus bandidos de una vez por todas —dijo Alona.

Pendathran rio entre dientes.

—Ese pensamiento, querida hermana, llena de felicidad el corazón de un anciano.

—Anciano tú... Vete de aquí, oso. Aún te quedan muchos años que vivir, creo.

Pendathran salió de la habitación todavía riendo.

Cywen y Corban volvieron a entrar en el cuarto de Edana siguiendo a la princesa y, sin mediar palabra, se escabulleron por pasillos vacíos y escaleras empinadas hasta que llegaron a la puerta trasera por la que habían entrado en la fortaleza.

Los hermanos susurraron un agradecimiento a Edana, conscientes del riesgo que había corrido al colarlos en la fortaleza. Ella sonrió.

—Puedo confiar en que no se lo diréis a nadie, ¿verdad?

Cywen y Corban asintieron solemnemente.

—¿Adónde vais ahora? —les preguntó Edana.

Corban echó un vistazo al sol; hacía rato que había superado su cenit, pero aún quedaban muchas horas de luz.

—Vamos a ver mi potro nuevo —sugirió.

—Vale —dijo Cywen—. Pero no podremos quedarnos mucho tiempo.

—¿Qué potro? —quiso saber Edana.

Corban le contó rápidamente el regalo que había recibido y los tres echaron a correr por el camino que unía la fortaleza con Havan, Edana con la capucha de su capa puesta.

—No puedo salir de la fortaleza sin Ronan, mi escudero —explicó.

En la calle principal del pueblo jugaban grupos de niños y los perros corrían detrás de ellos y les ladraban. Junto al camino vieron una figura conocida sentada con aire compungido en una piedra grande.

—¿Qué haces, Dath? —preguntó Corban—. ¿Qué te ha pasado?

—Ah, nada. Me he caído —respondió Dath palpándose la mejilla.

Edana se acercó y se quitó la capucha. Dath boqueó como un pez cuando la reconoció.

—No parece causado por una caída. Esto de aquí es un corte con algo afilado. —Edana le tocó con delicadeza la marca en la cara.

—El anillo de mi padre —murmuró Dath—. Mañana no se acordará de que me lo ha hecho. Le diré que me caí y me golpeé la cara con la barandilla de un barco.

—¿Por qué te ha pegado? —preguntó Edana.

Dath calló, abatido.

—No llegó a tiempo para la marea esta mañana y ha estado bebiendo usque todo el día. —Miró a otro lado—. Dice que le recuerdo a mi madre. No sé por qué eso lo enfurece tanto. Ya os he dicho que mañana ni se acordará.

—Entonces deberías decirle lo que ha hecho. Cuando esté sobrio. ¡No... no está bien! —espetó Cywen.

—Bueno, no es tu problema, ¿no? —replicó Dath—. Y no juzgues tan rápido lo que está bien o mal. Tú aún tienes a tu madre.

Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Corban carraspeó.

—Ven con nosotros, Dath —dijo—. Me han hecho un regalo. Un potro. Acompáñanos a verlo.

Iban hacia el potrero por la carretera, precedidos por sus sombras alargadas, cuando oyeron jinetes a su espalda. Bajaron por el terraplén de piedra y esperaron entre la hierba y las flores hasta que vieron aparecer un jinete.

Era Brina, la curandera, al galope.

Dath se hizo la señal de protección contra los males.

—Se me hiela la sangre en las venas siempre que la veo —murmuró.

—Pensaba que se quedaría en la fortaleza toda la noche —dijo en voz queda Edana cuando Brina desapareció a lo lejos.

—Tiene que estar en su cabaña por la noche debido a sus hechizos.

Para que no se le escapen los espíritus que controla.

—Dath reparó en la expresión de los otros y arrugó el ceño—.

Seguro que también habéis oído lo que se cuenta.

Por la noche se oyen ruidos extraños y salen voces de su cabaña, y dentro solo está ella.

—Es una curandera, no una bruja —dijo Cywen; no obstante, miró con aprensión la carretera vacía mientras reanudaban el camino hacia el potrero.

—¿Cómo lo vas a llamar, Corban? —preguntó Edana cuando llegaron junto a la madre y al potro.

—Todavía no lo sé. Gar me ha dicho que no debo precipitarme con el nombre, que debería esperar hasta que encuentre uno que le pegue.

El potro levantó la mirada hacia la carretera y echó a correr.

Cywen divisó dos bultos agazapados debajo de la valla del potrero. El sol estaba muy bajo y al principio no fue capaz de ver quiénes eran, pero entonces uno de ellos gritó y Cywen vio un mechón de pelo rubio.

Eran Rafe y el matón de su compañero Crain.

—Ay, no —oyó que mascullaba Corban.

La yegua miró a los chicos que acababan de aparecer y luego salió al trote detrás del potro. Cywen se levantó y caminó hacia Rafe. Sus compañeros la siguieron. Edana volvió a cubrirse la cabeza con la capucha.

—¡Mira! —exclamó Rafe—. Son Cywen la valiente y su hermano el cobarde.

Crain se desternilló de la risa y se tambaleó un poco.

—Usque —murmuró Dath olfateando el aire.

Crain se llevó una jarra a los labios, bebió ruidosamente y se limpió el mentón con el dorso de la mano.

—Has acertado —dijo—. ¿Quieres un poco?

Dath negó con la cabeza.

—¿Lo ves? Te dije que eran ellos —dijo Rafe, que dio un manotazo en el pecho a Crain.

Inclinó la cabeza y abrió los brazos—. Quería darte las gracias por el regalo, Corban.

Es la mejor espada de práctica que he tenido el placer de utilizar en toda mi vida —añadió a la vez que sostenía en alto la espada de madera.

—Me alegro de que te guste —contestó Corban.

Cywen torció el gesto. Ban no le había contado nada sobre una espada de práctica.

—Botín de guerra —se recochineó Rafe.

—Eres un ladrón y deberías devolverla, si es que tienes honor —murmuró Dath.

—¿Honor? ¿Qué sabrá de honor el hijo de un pescador? —espetó Rafe—. Bueno, ya ni eso, ¿eh? Ahora eres el hijo de un borracho, ¿verdad? ¿Esa marca de la mejilla te la ha hecho tu padre?

Dath apretó los puños. En ese momento Edana se destapó la cabeza.

Sin quererlo, Rafe dio un paso atrás.

—¿Qué... qué haces tú aquí? Con... —Dejó la frase a medias mientras señalaba a Cywen, Corban y Dath.

—No deberías tener tanta prisa en insultar a la gente por los hábitos de sus padres cuando no hace ni un día que no se ven tus moratones —dijo Edana.

Rafe subió la mano que tenía libre hacia la mejilla, pero la detuvo a mitad de camino y abrió la boca para hablar. Edana se le adelantó.

—¿Y le has robado a Corban esa espada de práctica? Si es así, devuélvesela. Inmediatamente.

—Yo no se la he robado —contestó escupiendo las palabras—. La gané, en una competición. Si quiere recuperarla tendrá que ganársela.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Cywen, cada vez más fuera de sí.

—Quiero decir que, si tu hermano quiere recuperar su palo, tendrá que hacer algo —respondió Rafe, que giró la cabeza para dirigirle una risa burlona.

—¿Qué? —quiso saber Cywen.

Rafe se dio unos golpecitos en el mentón mientras pensaba y una sonrisa le escindió el rostro.

—Tiene que colarse en la cabaña de la curandera y traerme una prueba de que lo ha hecho.

—¡Ah, eso es ridículo! —exclamó Edana.

Dath inspiró hondo.

—Lo haré —soltó Corban.

—¡No! —gritaron al unísono Cywen y Dath.

—Ya sabes lo que puede hacerle a la gente, Ban. Te lanzará un hechizo, o... o te robará el alma, o algo por el estilo —dijo Dath.

Cywen reparó en que su hermano miraba fugazmente a Edana y luego alzaba los hombros y respiraba hondo.

—Lo haré para recuperar mi espada de práctica y para demostrar que no soy un cobarde.

—¡Perfecto! —gritó divertido Rafe—. ¡Vamos! Esperaremos cerca mientras tú entras en la guarida de la bruja.