Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO DIECIOCHO. VERADIS #3
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CAPÍTULO DIECIOCHO. VERADIS #3

—«Buscadlos cuando el Rey Supremo os llame, cuando los jinetes de las sombras salgan de sus escondites, cuando la Telassar de muros blancos se vacíe, cuando el libro se encuentre en el norte.

Cuando las sierpes blancas salgan de sus nidos, cuando el Primogénito recupere lo que se ha perdido y los Tesoros despierten de su descanso.

La tierra y el cielo llorarán para advertiros, para anunciar esta Guerra de la Aflicción.

Los huesos de la tierra llorarán sangre, y el radiante día del solsticio de invierno será noche cerrada».

Nadie habló.

«Llorarán sangre —pensó Veradis—. Las piedras...

» Hasta ese momento, la lectura de Meical le había recordado la mayoría de las viejas leyendas de su pueblo, pero esas últimas palabras le habían producido una fuerte conmoción.

¿Cómo era posible que eso se hubiera escrito hacía muchísimas generaciones?

Un frío repentino lo invadió, como si una mano le estrujara el corazón.

—Esto es una locura —declaró Mandros—. No pienso seguir escuchando esos cuentos de hadas. —Su silla chirrió cuando la arrastró por el suelo al levantarse y salió del salón, seguido por un hombre joven, su hijo.

—¿Qué significa todo eso? —preguntó Braster—. He tenido la sensación de haber estado escuchando una larga serie de acertijos.

—Por eso os he convocado aquí —señaló Aquilus—. Quiero discutir el significado de estas palabras y decidir juntos lo que debemos hacer.

La respuesta del rey desencadenó un debate sobre el significado de lo que Meical acababa de leer, sobre hasta qué punto podía tomarse al pie de la letra el mensaje del libro, sobre qué hacer si era verdad...

Se dio tantas vueltas al asunto que Veradis acabó mareado.

La campana señaló el mediodía y la mesa se llenó de comida y luego se vació, se llenaron y rellenaron copas de vino.

La luz natural decayó y se encendieron antorchas que colgaban de las paredes mientras Braster hablaba para todo el salón:

—¿Qué quieres que hagamos? No podemos atacar a un enemigo que no vemos. Ya sé que hoy se ha hablado mucho sobre ese Sol Negro, el paladín de Asroth, pero ¿dónde está? ¿Quién es?

—No lo sé —respondió Aquilus—. Pero os hago una propuesta: que acordemos ayudarnos mutuamente en la lucha contra nuestros enemigos, ya sean forajidos, corsarios, gigantes o una horda de sierpes y bestias retorcidas salidas del Forn.

Y también que, cuando ese Sol Negro se decida a dar la cara, nos unamos para combatirlo juntos.

—¿Y quién será nuestro líder? —preguntó Rhin—. ¿Tú?

Aquilus se encogió de hombros.

—La Estrella Brillante, cuando él nos revele su identidad.

—O ella —puntualizó Rhin.

Aquilus sonrió.

—Elegiremos un líder hasta que la Estrella Brillante se muestre. Yo soy el Rey Supremo, pero no seré un obstáculo en esta alianza. Es posible que, cuando necesitemos un líder, la elección sea evidente.

Aquilus se puso en pie y apoyó las manos en la mesa.

—Ya se ha hablado todo lo que podía hablarse. Ahora es el momento de decidir. Quien desee unirse a mí, que se ponga en pie ahora.

Reyes y barones se levantaron al son del chirrido de sillas arrastradas por el suelo de piedra.

Veradis contó concentrado. Solo cinco se habían puesto en pie: Romar, rey de Isiltir, Brenin de Ardan, el pelirrojo Braster, Temel de los Sirak y Rahim de Tarbesh.

—Yo prefiero esperar —dijo un rey sentado. Owain de Narvon—. Hasta el día del solsticio de invierno. Quiero ver si se cumple esa señal de la que nos has hablado, ese augurio. Después tomaré una decisión.

Aquilus asintió.

—A los que también queréis esperar, esta alianza sigue abierta para vosotros.

A los que habéis decidido uniros a mí ahora, volveremos a reunirnos por la mañana.

A los demás, gracias por haber hecho un viaje tan largo.

Que Elyon os ayude a regresar cuanto antes a vuestro hogar.

Pero no hoy, espero. Hay preparado un banquete para todos.

Cenad conmigo esta noche con independencia de la decisión que hayáis tomado hoy aquí.

Poco después, Veradis se encontraba en los aposentos del rey Aquilus. El príncipe Nathair daba sorbos a un vaso de vino tinto sumido en un profundo silencio. Junto a una ventana, Meical contemplaba cómo se ponía el sol detrás de las lejanas montañas.

—¿Por qué no has invitado a los Vin Thalun a la asamblea, padre? —preguntó de repente Nathair.

—Porque no me fío de ellos —respondió Aquilus—. Ya hemos tenido esta conversación.

—Si el criterio fuera la confianza, yo no habría invitado a la mitad de la gente que se ha sentado alrededor de la mesa de la asamblea hoy —murmuró el príncipe.

Aquilus suspiró y miró fijamente a su hijo.

—Habla claro.

—Yo no me fío de Mandros, ni de Rhin, ni de Braster, ni de ninguno de los otros.

Todos tienen sus secretos, sus objetivos personales.

Y, por lo que sabes, cualquiera de ellos podría ser ese Sol Negro, o al menos trabajar para él.

Mandros parecía empeñado en poner reparos a todo lo que decías.

—Nathair inspiró hondo y cerró los ojos—.

Tu alianza se basa en que sus miembros sean útiles, y los Vin Thalun lo son más que la mayoría.

Tienen barcos, incluso una flota, una red de contactos por todas las Tierras del Exilio, muchos guerreros. Deberían estar aquí.

—Los Vin Thalun han robado y asesinado en los territorios de la mayoría de los que han venido. Lo más probable es que aún lo estén haciendo. Los reyes y los barones que han participado en la asamblea de hoy no tolerarían su presencia.

—Sus mezquinas rencillas son cosa suya. Nosotros estamos por encima de eso —replicó Nathair.

—Esta alianza es vital —recalcó con dureza Aquilus—. No pienso ponerla en riesgo invitando a corsarios a mi mesa.

—¿Aunque eso signifique que no vaya a cumplir mi juramento?

Sellé un tratado con ellos. —Nathair desafió con la mirada a su padre, que no dijo nada—.

¿Y de qué sirve hacer una alianza con esta gente?

La mayoría no se pone de acuerdo en nada.

Es mejor un imperio que una alianza. Si estuvieran a tu servicio, al menos no tendrías que soportar sus riñas y sus lloriqueos.

Aquilus se pasó una mano por los ojos.

—Cuanto más te acercas al poder, Nathair, más riñas y lloriqueos tienes que presenciar. Por lo menos estoy en una posición que me permite influir en ellos, hasta cierto grado. En cuanto a los Vin Thalun, al final nos traicionarían.

—¿Y si te equivocas? —inquirió Nathair.

—Basta —gritó Meical volviéndose desde la ventana—. Tu padre ya ha hablado.

—No recuerdo haberme dirigido a ti.

Por un momento, el príncipe y Meical se miraron y se disparó la tensión en la habitación. La mano de Veradis descendió instintivamente a la empuñadura de su espada. Pero entonces Nathair dio media vuelta y abandonó la estancia. Veradis salió tras él.