Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO DIECIOCHO. VERADIS #2
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CAPÍTULO DIECIOCHO. VERADIS #2

Aquilus continuó dando la bienvenida de manera individual a todas las personas.

El torrente de nombres y lugares extraños enseguida desbordó la cabeza de Veradis y solo pudo memorizar unos pocos.

Entre ellos estaban Brenin, señor de Ardan, porque el guerrero veterano que había derrotado a Rauca estaba de pie detrás de él, y Romar, el rey de Isiltir, a quien acompañaban dos hombres, uno sentado a cada lado, y a quienes Veradis recordaba haber visto el día anterior en el patio de armas; el pelirrojo se llamaba Kastell, y el del cabello negro, Jael.

Resonaron más nombres en el salón. La dama que había entrado en último lugar se llamaba Rhin y era la reina de Cambren.

—Este es un momento histórico —declaró Aquilus—.

No se había producido desde que nuestros antepasados desembarcaron en estas costas, desde que Sokar fue proclamado Rey Supremo.

Me siento honrado al comprobar que tantos de vosotros habéis recordado los juramentos de vuestros antepasados y habéis venido.

—Era difícil resistirse —terció Mandros, rey de Carnutan—. Aunque los motivos eran demasiado crípticos para un viaje tan largo... Tiempos oscuros, una nueva era, señales, augurios... Personalmente, estoy intrigado. ¿De qué va todo esto, Aquilus?

Se instaló el silencio en el salón. Nathair tamborileó suavemente en la superficie pulida de la mesa de roble.

—Se acerca la guerra —anunció Aquilus—. Con un enemigo que pretende conquistar las Tierras del Exilio y destruirnos a todos.

—¿Quién? —preguntó un hombre gordo y pelirrojo. Braster, rey de Helveth.

—Asroth —respondió Aquilus—. La Guerra de los Dioses se avecina. Asroth y Elyon van a convertir la Tierra del Exilio en su campo de batalla.

Silencio de nuevo. Motas de polvo dorado flotaban en la luz que entraba por las ventanas altas.

Alguien rio. Mandros.

—¿Es una broma? —dijo el rey de Carnutan—. ¿He cabalgado cien leguas para esto? ¿Para escuchar las historias que mi madre me contaba para que no me levantara de la cama por la noche?

«Desconfía de él», murmuró una voz en la cabeza de Veradis.

—Ha habido señales —aseveró Aquilus—. Estoy seguro de que vosotros también las habéis visto. No creo que estos fenómenos solo hayan pasado en mi reino.

—¿Qué fenómenos? —preguntó Mandros con desdén.

—Los ataques de los gigantes, con una violencia que no se había visto en generaciones.

El número creciente de forajidos que roban y matan.

Criaturas, bestias que merodean en lugares oscuros, más osadas que nunca.

Y lo peor de todo: las piedras de los gigantes sangran.

Decidme que tales cosas no han llegado a vuestros oídos.

—Son historias que se cuentan alrededor del fuego —replicó Mandros.

—Yo sí he tenido noticia de ello —declaró otro hombre. Llevaba un torques de oro alrededor del cuello. Era Brenin de Ardan—. En mi reino hay piedras de los gigantes. Me han informado de que vierten sangre, como si fueran lágrimas. Hombres en los que confío lo han visto con sus propios ojos.

—Los gigantes se han convertido en una plaga dentro de mis fronteras —dijo alguien, un hombre corpulento.

Veradis lo identificó como Romar de Isiltir—.

Durante mi viaje aquí me vi obligado a enfrentarme con unos Hunen que habían salido del bosque de Forn.

Me han robado una reliquia extraordinaria, un hacha.

Uno de los Tesoros antiguos. En cuanto a lo que dices sobre bestias...

, se han visto draigs merodeando en mis colinas por primera vez en generaciones.

—En mi corte se cuentan episodios oscuros —dijo Braster mesándose la barba roja—. También con gigantes, draigs y cosas aún peores. He recibido informes de avistamientos de sierpes blancas en mi territorio, en las montañas y en las lindes del bosque de Forn.

Mandros sacudió la cabeza con desdén.

—Las sierpes blancas solo viven en nuestros libros de cuentos. No existen.

—Sí existen —aseveró Brenin. Hizo una indicación a su primera espada.

El veterano guerrero se puso en pie, levantó un saco del suelo y lo vació encima de la mesa.

Una cabeza, grande como un escudo de batalla, rodó por la superficie de roble.

Pertenecía a una criatura reptiliana y tenía unos colmillos largos, los ojos rojos como la sangre y la carne desgarrada alrededor del cuello apestaba.

Las escamas habían empezado a pudrirse y desprenderse, pero nadie dudaba que en vida habían sido blancas como la leche.

Estallaron gritos ahogados alrededor de la mesa.

—No ha habido noticia de sierpes blancas desde los tiempos del Azote —dijo Aquilus—. Las historias cuentan que los gigantes las criaban y las usaban en la Guerra de los Tesoros.

—Todos olvidáis una cosa —observó una voz nueva.

Era Rhin, la reina de Cambren—. Toda esta cháchara sobre la Guerra de los Dioses...

Para que eso suceda tiene que haber dioses.

Elyon nos ha dado la espalda, a todos: humanos, gigantes, bestias y todas las demás criaturas de su creación.

Es decir, si es verdad lo que cuentan nuestros guardianes del conocimiento.

Para una guerra se necesita por lo menos dos bandos.

Elyon es el dios ausente. No está. Así que no puede haber una Guerra de los Dioses.

Meical, el consejero de Aquilus, tomó la palabra por primera vez y habló con una voz concisa, precisa y controlada.

—Habrá una guerra. Asroth quiere destruir todo lo que Elyon creó. Quiere destruiros a todos vosotros. Para ello no es necesaria la presencia de Elyon. —Miró fijamente a Rhin—. Podéis morir dócilmente, engañados por él, o resistiros y combatir.

—Un rey puede ausentarse y los que le son fieles seguirán luchando por él —añadió Aquilus—. Y Elyon no siempre estará ausente..., si es verdad lo que dicen nuestros guardianes del conocimiento.

Rhin sonrió e inclinó la cabeza mirando a Aquilus, como si reconociera la estocada recibida en la palestra. Desvió la mirada hacia Meical y borró la sonrisa de su cara.

—Aun en el caso de que sucedan esas cosas, lo cual es discutible —intervino Mandros—, ¿cómo has llegado a la conclusión de que son presagios de esta Guerra de los Dioses? —Arrugó la boca—. No somos unos críos supersticiosos. A veces ocurren cosas malas. El mundo es así. ¿Por qué llamarlas señales?

—Por esto —dijo Aquilus señalando a Meical.

El consejero sacó de debajo de la capa un libro grueso y encuadernado en piel.

—Encontré esto en Drassil —dijo Meical—. Lo escribió Halvor, el gigante, durante el Azote.

—¡Ja! —Mandros dio unas palmadas en la mesa—. Esto ya es demasiado. ¡Un libro que tiene más de mil años! Drassil, una ciudad imaginaria. Aquilus, por favor, esto resulta insultante.

Veradis recorrió la mesa con la mirada. Algunas cabezas asentían, conformes con la afirmación del rey de Carnutan, pero otras tantas permanecían inmóviles, incluso con una expresión de miedo.

Le costaba creer lo que estaba oyendo. La cabeza le daba vueltas con todas esas historias de dioses, guerras y augurios.

—Yo pensaba como tú —dijo Aquilus mirando a Mandros—. Pero he tenido motivos para cambiar de opinión. Por favor, os pido a todos que escuchéis primero y juzguéis después.

Mandros torció el gesto y se recostó en la silla.

Meical abrió el volumen encuadernado en piel.

—Halvor escribió este libro durante el Azote.

Es una compilación de nuestras historias más antiguas: la piedra de las estrellas, la muerte de Skald, el primer rey gigante, la Guerra de los Tesoros, que culminó con la ira de Elyon.

Esta parte está escrita con una lucidez extraordinaria, pero diseminado por los relatos hay otro texto, distinto.

Casi podría haberlo escrito otra mano. Sin embargo, la letra es la misma.

—Léeles la parte sobre los avatares, Meical.

El pergamino crujía a medida que Meical pasaba las hojas. En un momento dado, se detuvo y recorrió el texto con el dedo.

—Esta es la primera parte: «La guerra eterna entre los Fieles y los Caídos, la ira infinita en el mundo de los hombres. El portador de la luz busca la carne del caldero con el fin de romper las cadenas que lo aprisionan y continuar luchando».

Mandros resopló.

—Las historias que nos contaban nuestras madres, sentados en sus rodillas —murmuró de nuevo.

Meical, absorto en el libro, no dio muestras de oírlo.

—«Dos seres nacidos de la sangre, el polvo y la ceniza se convertirán en los paladines de las Elecciones, las Tinieblas y la Luz».

—Hizo una pausa y pasó más hojas—. Comprended que no está escrito con claridad —dijo en voz baja mientras rebuscaba en el libro—.

El texto está casi escondido, diseminado desde el principio hasta el final del libro.

He tardado muchas lunas en descifrar solo una pequeña parte.

¡Ah! Aquí sigue: «El Sol Negro sumergirá la tierra en sangre; la Estrella Brillante debe unirse con los Tesoros».

—Meical hizo otra pausa y pasó más hojas.

Por fin reanudó su discontinua lectura—: «Por sus nombres los conoceréis: Exterminador de Linajes, Vengador de Linajes, Amigo de los Gigantes, Jinete de Draigs, Poder Oscuro contra Portador de Luz».

—Y así continuó el consejero: leía, paraba y buscaba.

Volvió a leer—: «Uno debe ser la Marea, uno la Roca en el proceloso mar.

Ante uno, la tormenta y el escudo resistirán; ante el otro, Corazón Verdadero y Corazón Negro.

Junto a uno cabalga el Amado, junto al otro, la Mano Vengadora.

A uno lo siguen los Hijos del Poder, los justos Ben-Elim, reunidos bajo el Gran Árbol.

Al otro, los Impíos, los temibles Kadoshim, que quieren cruzar el puente y obligar al mundo a ponerse de rodillas».

Tras escuchar este pasaje, el salón se sumió en un silencio sepulcral. Fue Braster quien lo rompió.

—Eso no suena muy bien —musitó.

—Eso no es todo —dijo Aquilus.

Meical continuó leyendo: