Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO DIECIOCHO. VERADIS
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CAPÍTULO DIECIOCHO. VERADIS

CAPÍTULO DIECIOCHO

VERADIS

Los estandartes flameaban en la llanura frente a los muros negros de Jerolin, todos ellos llegados en respuesta a la convocatoria de la asamblea del Rey Supremo Aquilus.

Muchos habían venido para unirse a la luna creciente y las estrellas que Veradis había visto llegar el día que había subido a la muralla almenada con el príncipe Nathair para ver partir al prisionero Vin Thalun: el martillo negro de Helveth, el toro de Narvon y la antorcha de Carnutan, así como otros que no reconoció, como un lobo enfurecido, un caballo erguido, una mano roja, una montaña solitaria, una rama partida...

Todos ondeaban con la brisa entre las tiendas erigidas para albergar a los escuderos y los séquitos de esos reyes extranjeros. Veradis se sintió henchido de orgullo.

Dio media vuelta y se dirigió al patio de armas. La fortaleza estaba llena de guerreros de las Tierras del Exilio, la mayoría ansiosos por demostrar su destreza en el patio de armas y ganarse una reputación más allá de las fronteras de sus reinos.

Veradis aún no se había recuperado de la sorpresa que le había causado lo diferentes que eran los guerreros.

Era fácil distinguir a los locales, con sus sandalias con tachuelas en las suelas, las túnicas, las faldas de cuero y el pelo muy corto.

La mayoría de los recién llegados vestían botas y pantalones anchos, pues seguramente procedían de tierras más frías, y llevaban el cabello y la barba largos.

Otros vestían ropas holgadas. También había una gran variedad de colores de piel: desde la pálida como el cielo al amanecer hasta la oscura como la teca vieja, pasando por todos los tonos intermedios.

Sin embargo, daban igual todas esas diferencias, pues tenían una cosa en común; tanto si llevaban el pelo muy corto como Veradis, o largo y desaliñado, o arreglado y recogido, todos exhibían la trenza del guerrero.

Rauca estaba enzarzado en un combate de entrenamiento para demostrar la fuerza de la hueste del príncipe Nathair.

Su oponente, con el torso desnudo y unos pantalones a cuadros, era más alto y fuerte, y sus músculos se hinchaban mientras luchaba, pero Veradis no temía por su amigo porque el rival tenía el pelo entrecano. Y grande y mayor significaban lento.

Era evidente que llevaban luchando un rato, pues los dos estaban cubiertos de sudor.

Rauca caminó en círculo para obligar a su oponente más viejo a pivotar para proteger el flanco del escudo y luego le lanzó un impredecible ataque directamente al pecho.

El arma del adversario cortó el aire silbando en el último momento para bloquear el golpe, pero Rauca apoyó el peso en el otro pie y giró sobre sí mismo para asestar un espadazo en el cuello de su desequilibrado oponente.

Fue una maniobra perfecta de finta y golpe, salvo por el hecho de que su rival ya no estaba donde Rauca esperaba.

El otro guerrero había leído sus intenciones y, en vez de intentar rehacerse, había aprovechado la fuerza del impulso para adelantarse y evadir el golpe al mismo tiempo que recuperaba el equilibrio.

Ahora era Rauca quien se tambaleaba inestable, y su oponente lo obligó a soltar la espada de un porrazo de su arma en la muñeca.

El otro guerrero soltó una risa grave y atronadora y dio una palmada en la espalda a Rauca. Este esbozó media sonrisa, recogió el arma del suelo y los dos abandonaron juntos la palestra para que la pareja de guerreros que estaba esperando su turno ocupara su lugar.

Veradis se acercó a su amigo. El guerrero susurró algo al oído de Rauca y luego se ciñó la capa a los hombros y se marchó; la gente se apartaba a su paso.

—Tendrías que haber ganado —dijo Veradis sonriendo.

—Eso pensaba yo —murmuró Rauca sin saber qué añadir.

—¿Qué te ha dicho?

Rauca puso cara rara.

—Me ha dicho que no vale la pena envejecer si no te haces más astuto con los años.

Veradis rio entre dientes.

—Tiene razón. ¿Quién es?

—Me ha dicho que se llama Tull. Ha llegado con los escuderos de Ardan.

—¿Dónde está eso?

—De verdad te digo que tienes que empezar a estudiar los mapas, Veradis. No serás un buen general si no sabes adónde llevas tu ejército.

—Para eso estás tú —replicó Veradis, divertido.

Unas carcajadas desviaron su atención de nuevo a la palestra, donde un hombre alto y con el pelo oscuro se alzaba por encima de otra figura postrada.

El hombre que yacía en el suelo intentó levantarse, pero el guerrero del pelo oscuro le dio un golpe en el brazo con la espada de práctica y volvió a caer desmañadamente al suelo.

Un guerrero más veterano, con el cabello más gris que negro, quiso entrar en la palestra, pero otros guerreros lo sujetaron para impedírselo.

El hombre caído dio unas vueltas por el suelo y se puso en pie. Veradis vio que era un joven corpulento, con las espaldas anchas, aunque también su cintura. El muchacho se pasó una mano por el despeinado pelo rojo y se agachó para recoger su espada.

El guerrero del cabello oscuro levantó la espada sonriendo.

Pero entonces el chico pelirrojo se lanzó hacia él con una velocidad sorprendente y le asestó una serie de golpes furibundos.

Su oponente se vio obligado a retroceder, si bien detuvo todos los espadazos con suma facilidad y sin perder la sonrisa en ningún momento.

«Saben luchar», pensó Veradis.

Entonces, el guerrero del pelo oscuro bloqueó otra acometida, giró la muñeca para arrancar la espada de las manos de su rival y levantó el arma por encima de la cabeza para asestar un golpe.

El golpe no llegó nunca.

El guerrero pelirrojo se echó hacia delante y propinó un fuerte rodillazo en la entrepierna a su rival.

El hombre del pelo oscuro se derrumbó con un gemido y se quedó hecho un ovillo en el suelo.

El otro guerrero lo observó un momento y luego salió de la palestra con paso decidido.

Un puñado de guerreros corrió hasta el hombre caído y lo ayudó a levantarse.

Veradis sintió una mano en el hombro y, al darse la vuelta, se topó con el rostro sonriente de Nathair. El príncipe les hizo una seña a él y a Rauca para que lo siguieran.

—La asamblea comenzará mañana. Ya ha llegado el último rey. Venid, quiero enseñaros una cosa.

Nathair dio media vuelta y enfiló rápidamente hacia los establos. Veradis y Rauca apretaron el paso para no quedar rezagados.

El príncipe se detuvo delante de los establos y observó a dos hombres que bajaban de sus monturas. Veradis estuvo a punto de echarse a reír al ver unos animales greñudos que tenían más de ponis que de caballos. Pero entonces vio a los jinetes y se le borró la sonrisa de los labios.

Los dos hombres eran de poca estatura y muy delgados.

Vestían unos pantalones holgados y un pañuelo que les cruzaba en diagonal el torso.

Sin embargo, fueron sus rostros lo que llamó la atención de Veradis.

Tenían la cabeza rapada salvo por una gruesa trenza de pelo oscuro, y unos pequeños ojos negros brillaban debajo de sus espesas cejas.

Una telaraña de cicatrices les cubría la cara, la cabeza afeitada y la parte superior del cuerpo.

—Silencio —dijo Nathair, que dio un codazo a Veradis.

—¿Quiénes son? —preguntó en voz baja.

—Sirak —respondió Nathair—. Vienen del mar de hierba.

Veradis asintió y recordó las historias que su niñera le había contado de pequeño sobre las traiciones y las enconadas rivalidades entre los señores de los caballos y los gigantes.

—Mañana será un día muy interesante —dijo al príncipe y a Rauca.

Veradis paseó la mirada por el salón de banquetes.

Habían retirado los bancos y el agujero para el fuego se había tapado con tablas.

Estaba de pie justo detrás de Nathair, que se había sentado a una mesa de roble enorme, casi tan larga como la habitación.

Alrededor de una veintena de reyes y barones habían acudido a la llamada de Aquilus, cada uno con al menos un acompañante —un consejero, un paladín, o ambos—, de manera que había más de ochenta personas sentadas alrededor de la gran mesa.

Nathair estaba sentado al lado de su padre, que llevaba un fino aro de oro alrededor de la cabeza.

Al otro lado de Aquilus se sentaba Meical, su consejero, con el cabello negro recogido en una trenza atada con hilo de plata sobre la nuca.

Meical estudiaba a todo aquel que entraba en el salón.

Veradis solo tenía ojos para él. Era un hombre alto, incluso sentado se notaba, posiblemente más alto que Krelis, que era el hombre más grande que Veradis había visto en su vida, y, visto de cerca, quedaba bastante claro que conocía de cerca el combate.

Le faltaba un trozo de la oreja izquierda y cuatro cicatrices limpias, que parecían la marca de una zarpa, le cruzaban la cara desde el nacimiento del pelo hasta la barbilla.

También tenía los brazos cubiertos de cicatrices plateadas y los nudillos rugosos y abultados, como si se hubiera pasado la vida en el cuadrilátero de lucha.

Entró en el salón una mujer entrada en años pero con la espalda recta; su cabello blanco ondeaba sobre una capa a cuadros negros y dorados y un aro de plata fino le rodeaba el cuello.

No era la única que llevaba una corona en el cuello; otros también la llevaban en el brazo como si fuera un brazalete.

Detrás de ella apareció un hombre muy delgado, joven. Caminaba con unos andares que rezumaban confianza en sí mismo y paseaba la mirada por la sala con la expresión fría y arrogante de un halcón.

«Debe de ser su primera espada —pensó Veradis—. Habrá que vigilarlo.»

El guerrero delgado echó hacia atrás la última silla vacía que quedaba alrededor de la mesa y la dama se sentó sonriente.

Se hizo el silencio cuando Aquilus se puso en pie.

—Gentes de las Tierras del Exilio, ya seáis reyes o barones que venís en nombre de vuestro rey, bienvenidos a mi casa.