Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO DIECISIETE. CORBAN
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CAPÍTULO DIECISIETE. CORBAN

CAPÍTULO DIECISIETE

CORBAN

Aún estaba oscuro cuando Corban se levantó. Se vistió rápidamente y se dirigió a las cuadras.

Gar lo esperaba como siempre, sudado después de sus actividades matinales. Corban le saludó con la cabeza y comenzó su rutina corriendo alrededor de los potreros. Enseguida entraron en los establos y Corban llevó a cabo los ejercicios que le había enseñado.

Desde hacía casi veinte noches, esa había sido su rutina matinal, y empezaba a sentirse más fuerte, más flexible.

Para acabar, ejecutaron la compleja danza con movimientos lentos que Gar le había enseñado, pasando con fluidez de una postura a la siguiente; Corban mantenía la posición hasta que los músculos le temblaban, le ardían, y luego pasaba a la siguiente.

Cuando terminaron, Gar le llamó mientras se secaba el sudor de la frente.

Corban se volvió y el jefe de cuadras le lanzó algo.

Corban se encogió, pero estiró la mano instintivamente y lo cazó al vuelo.

Era una espada de práctica.

«Por fin», pensó con un nudo en la garganta.

Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en la cara del jefe de cuadras.

—Vamos —dijo—. Veamos lo que sabes hacer.

—¿Estás preparado? —preguntó Corban en posición de guardia.

El jefe de cuadras asintió sin levantar siquiera su arma.

—No te preocupes, no te haré daño —dijo Corban, agradecido por la oportunidad que le brindaba de demostrar lo bueno que era con la espada.

Con el arma levantada y reprimiendo el impulso de proferir un grito de batalla, Corban se lanzó hacia Gar. Tras una serie de movimientos rápidos y confusos, Corban se encontró tirado en el suelo, con briznas de paja en la nariz y los ojos y los nudillos doloridos.

—Debo de haber tropezado —murmuró mientras se daba la vuelta y dejaba que el jefe de cuadras le ayudara a levantarse.

—Seguramente. Venga, probemos de nuevo —dijo Gar—. Y, por favor, tómatelo con calma. Ya no soy joven y la herida me resta velocidad.

—Claro —repuso Corban.

Tres veces más, una detrás de otra, se encontró Corban tendido bocabajo sobre la paja, sin la menor idea de cómo había acabado así.

Gar se apoyó en su espada de práctica y rio entre dientes.

Corban se levantó enfurecido, pero algo en su interior se suavizó cuando miró a Gar.

El jefe de cuadras parecía distinto. Se dio cuenta de que nunca le había visto reír abiertamente.

La risa le cambiaba la cara, le borraba la seriedad que ya formaba parte de él.

—Bueno, mi joven espadachín. Es posible que haya unas cuantas cosas que un guerrero viejo y oxidado como yo todavía puede enseñar, ¿no crees?

—Creo que sí —asintió a media voz Corban—. Por ejemplo, a mantenerme de pie.

El atisbo de una sonrisa, las comisuras de la boca de Gar fugazmente fruncidas.

—De acuerdo. Piensa en la danza lenta, como tú la llamas. Su nombre correcto es la «danza de la espada». Cada paso es la primera posición de una técnica con la espada. Empecemos con la primera. —Gar volvía a llevar puesta la máscara y todo rastro de buen humor se había esfumado.

Corban escuchó con avidez, absorbiendo toda la información que le transmitía Gar. Realizaron una serie de movimientos basados en el primer paso de la danza, pero esta vez con la espada en la mano. Cuando acabaron, Corban volvió corriendo a casa para desayunar.

En casa solo estaba su padre, que no quiso decirle adónde habían ido Cywen y su madre.

Por el contrario, le puso un plato de comida en la mesa y le dijo que se diera prisa porque quería enseñarle una cosa.

Poco después enfilaban por el puente de la Puerta de Piedra, con Buddai pegado a los talones de Thannon.

—¿Adónde vamos? —preguntó Corban sin ninguna esperanza de recibir una respuesta.

Thannon le sonrió.

—El semental de Gar ha sido padre. El potro ha nacido esta mañana. Es un pinto. Es tuyo si lo quieres.

Su padre apretó el paso y no tardaron en bajar por la serpenteante carretera de Havan. Abajo, las olas con las crestas blancas rompían contra la costa y Corban tenía en la boca el sabor salado del mar que traía el viento que soplaba con fuerza.

A lo lejos, una columna de jinetes avanzaba por la Calzada de los Gigantes, y más allá se veía la mancha del bosque Baglun.

—La hueste —dijo Thannon.

Corban sintió que lo embargaba la emoción. «Son muchos. Debe de haber pasado algo.» Se detuvo junto a su padre y esperó a los guerreros.

Marrock cabalgaba detrás de Pendathran; les seguían los hermanos que habían llegado recientemente a la fortaleza, Halion y Conall, y a continuación, la columna de guerreros.

Más o menos en el centro de la formación había unos cuantos caballos sin jinetes; Corban contó media docena.

Y un poco más atrás vio un carro tirado por dos ponis peludos.

En el vehículo había un bulto cubierto con una manta de pieles de buey.

Una rueda golpeó una piedra y, de debajo de las pieles, escaparon una mano y un brazo, muy pálidos, con las uñas manchadas de tierra.