CAPÍTULO DIECISÉIS. CAMLIN #2
No era un guerrero, aún no había cumplido la edad para ello, pero su padre le había enseñado todo lo que había que saber sobre la madera y la tierra.
Tardó medio día en alcanzar a los bandidos, que atravesaban despreocupadamente el Bosque Oscuro a lomos de sus caballos.
Los siguió durante dos días más cuando salieron del Bosque Oscuro y se adentraron en Ardan.
Vio que los asesinos de su madre y su hermana cruzaban las puertas de Badun.
Después volvió a su hogar carbonizado e informó al señor del pueblo más cercano, pero el hombre no le hizo el menor caso.
Camlin aún no tenía edad para empuñar una lanza ni descendía de una familia noble.
Al día siguiente, unos cuantos guerreros partieron del pueblo con la intención de llevarse lo que valiese la pena de lo que quedaba en su casa.
Cuando Camlin se encaró con ellos, les insultó y les llamó cobardes, los guerreros se rieron de él y luego lo persiguieron.
Camlin huyó al Bosque Oscuro y deambuló sin rumbo durante días, hasta que lo encontraron los bandidos que vivían allí.
Acogieron a Camlin y le enseñaron a vivir en el bosque, y con paso lento pero firme fue escalando en sus filas.
Y allí estaba ahora. Resopló. «No me ha ido mal.»
Se despertó con un sobresalto y tuvo que parpadear varias veces para borrar de su cabeza la imagen de los ojos sin vida de su madre.
La luz débil del amanecer se filtraba en el bosque. Se incorporó apoyándose en un codo, se frotó los ojos y advirtió movimiento en las sombras. Entrecerró los ojos y miró con atención. Atisbó un destello.
—¡Despertad! —gritó Camlin con la voz ronca por el sueño. Se puso en pie de un salto y desenfundó la espada.
El bosque cobró vida a su alrededor. Dio una patada a Goran para que se levantara de una vez y oyó pasos a su izquierda.
Retrocedió y se tambaleó en el borde del barranco mientras veía cómo un hierro atravesaba el espacio que su cabeza acababa de desocupar.
Acto seguido hundió la espada en el pecho de un guerrero que se abalanzaba sobre él, la extrajo en medio de un chorro de sangre y saltó por encima de un cuerpo derrumbado a los pies de Goran.
Había enemigos por todas partes y se había instalado un caos de brazos y piernas enredados, gritos de batalla y alaridos.
Camlin no podía estar seguro, pero tenía la impresión de que a sus chicos no les iba bien.
Otro guerrero se lanzó hacia él y Camlin detuvo el espadazo y le dio un puñetazo en la boca; el guerrero tropezó con un cadáver.
De repente, unos gritos arrebatados desgarraron el aire y surgieron más enemigos de la niebla blandiendo hierros.
—Es hora de marcharse —rugió Camlin mirando a Goran, que luchaba a su lado.
Camlin echó a correr hacia el borde del barranco y saltó.
Cayó al arroyo con un estruendo y se hundió en el agua hasta las rodillas, que se le cortaron con las resbaladizas piedras del lecho.
«No hay tiempo para pensar en el dolor», se dijo mientras avanzaba trabajosamente hacia la orilla.
Oyó otro estruendo en el agua a su espalda y rezó para que fuera Goran.
Camlin caminó por el borde del arroyo durante un buen rato, hasta que le faltaron fuerzas para seguir moviendo las piernas. Oyó un ruido de chapoteo que sonaba cada vez más cerca y aferró la empuñadura de la espada, pero entonces la figura imponente de Goran apareció ante él.
Los dos hombres se alejaron rápidamente siguiendo el arroyo. El bosque que los arropaba era cada vez menos denso.
—¿Qué vamos a hacer? —susurró Goran según se acercaban al borde del bosque. Ante ellos se extendía una llanura salpicada de arboledas.
—Yo voto por seguir el arroyo hasta las marismas —dijo Camlin—. Si nos han seguido hasta aquí, no van a dejar que nos escapemos ahora. Nuestra única esperanza de darles esquinazo son las marismas.
—Si es que llegamos.
—Ajá, si es que llegamos. Pero quedarnos parados aquí no nos ayudará. Vamos.
Echaron otro vistazo a la llanura y salieron corriendo del bosque hacia un grupo de alisos que vieron a lo lejos.
Cuando habían recorrido la mitad del camino, Camlin oyó un estruendo detrás de él.
Tres guerreros galopaban hacia ellos. Los árboles aún estaban muy lejos.
Miró con el rabillo del ojo a Goran y los dos asintieron.
Se detuvieron, desenfundaron las espadas y se dieron la vuelta para enfrentarse con los jinetes.
El guerrero que iba en medio desmontó. Tenía la nariz hinchada y roja, como si se la hubieran roto recientemente.
—Estáis a salvo —dijo el hombre—. Rápido, salgamos del campo abierto. Os llevaremos a un lugar seguro.
Camlin, invadido por una sensación de alivio, dejó caer los hombros mientras enfundaba la espada.
Goran lo imitó. Los otros dos jinetes se bajaron de los caballos.
De repente se oyó un crujido de ramas procedente del bosque.
Camlin y Goran se volvieron y vieron a unos hombres que salían en tropel de entre los árboles.
Oyó el silbido de una espada al salir de la funda y pensó que era Goran, preparándose para la batalla final.
Pero el cuerpo sin vida de su camarada se desplomó sobre la hierba a su lado.
—¡No los matéis! —oyó que gritaba uno de los guerreros que corrían desde el bosque.
Camlin comenzó a darse la vuelta y sintió un dolor punzante en el costado. De repente le flaquearon las piernas, se le nubló la visión y se derrumbó en la hierba.