Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO DIECISÉIS. CAMLIN
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CAPÍTULO DIECISÉIS. CAMLIN

CAPÍTULO DIECISÉIS

CAMLIN

A Camlin le dolían los pies. Llevaba todo el día caminando, abriéndose paso por aquel condenado bosque. Le corrían finos regueros de sangre por los brazos y las mejillas, rasguñados por las espinas, y el sudor le entraba en los cortes y hacía que le escocieran.

Había sido Braith, el señor del Bosque Oscuro, quien le había puesto al mando del grupo.

«Braith, señor del Bosque Oscuro... Señor de una banda de asesinos, más bien.

» Aun así, Camlin se había puesto contento con el ascenso, todavía en el Bosque Oscuro.

Catorce hombres lo habían seguido en su incursión en Ardan, en el bosque Baglun; solo nueve caminaban detrás de él ahora.

En este momento se adentraban en una parte densa del bosque; nunca había visto una espesura de espinos y vegetación como esa.

No le gustaba el Baglun. Aunque el Bosque Oscuro era mucho más grande, había vivido en él más años de los que era capaz de contar.

Estaba en la mitad mala de la treintena y más de la mitad de esos años los había pasado en el bosque.

Sin embargo, una sensación de intranquilidad se había apoderado de él desde que había puesto los pies en el Baglun.

Suspiró. Se había despedido del Bosque Oscuro y de Braith rebosante de orgullo y emoción por haber sido el elegido para liderar la partida que debía buscar una guarida nueva en el corazón de Ardan.

¿Cómo había acabado así? Y tan rápido. Descubierto y perseguido por una hueste, y lo peor de todo era que la lideraba Pendathran, que se la tenía jurada a Braith, y por extensión, a todos los que cabalgaban con él, por un asunto personal.

En cualquier caso, ya debían de haber despistado a Pendathran, o al menos haberle dejado más atrás. Habían entrado en una parte del bosque tan espesa que solo se podía avanzar a pie, y no sin tremenda dificultad, y la hueste que los perseguía iba a caballo.

Camlin y su grupo caminaban arduamente y en silencio.

Solo se oía su respiración trabajosa, el esporádico chasquido de una ramita al partirse o el restallido de una rama.

Camlin oyó el rumor de una corriente de agua.

El terreno comenzó a descender y se volvió más esponjoso, hasta que de repente aparecieron en un pequeño claro sombrío, donde los árboles y la vegetación crecían un poco más espaciados.

En el otro extremo había un barranco que caía a un arroyo. Ya oscurecía.

—Pasaremos aquí la noche —declaró.

Sus hombres se descolgaron los morrales y se pusieron a preparar el campamento. Camlin bebió un trago largo de agua de su odre y se quitó las botas.

—Oye, Cam —dijo Goran, un tipo fuerte como un toro que llevaba con Braith casi tanto tiempo como él—. Vuelve a ponerte las botas. Tus apestosos pies me revuelven las tripas.

Estallaron las risas en el grupo. Camlin forzó una sonrisa cómplice.

Solo un par de noches antes había estado a punto de destripar a Goran.

Debería haberlo hecho. Pero no lo hizo; había permitido que Goran desobedeciera sus órdenes y no le había castigado por ello.

Ahora los chicos estaban desanimados, nerviosos, y lo peor de todo era que desconfiaban de su liderazgo.

Podía percibirlo en su silencio: motín. Si destripaba ahora a Goran lo más probable era que les diera el empujón que necesitaban para llevarlo a cabo.

—Por lo menos yo puedo lavarme los pies —replicó—. Además, tapan el hedor de tu aliento. ¿Qué has desayunado hoy? ¿Estiércol?

Más risas.

Goran le clavó una mirada asesina y se estremeció cuando su piel estiró un feo corte que le recorría la cara desde el ojo izquierdo hasta el labio.

Comieron poco y mal porque Camlin no permitió que se encendiera un fuego, aunque todos comprendieron la decisión. Luego Camlin ordenó a un par de chicos que desanduvieran parte del camino para cubrirles las espaldas.

—Hemos recorrido una gran distancia hoy —se quejó—. No creo que Brenin y sus hombres se bajen del caballo y nos sigan hasta aquí. Y si lo hicieran, caminarían mucho más lento que nosotros.

—Y haciendo mucho más ruido. Los oiríamos cuando estuvieran a media legua de aquí —terció Goran.

Camlin intentó sonreír, mostrarse seguro de sí mismo delante de los chicos, pero le resultó imposible.

En su pequeño grupo, todos eran montaraces que habían pasado casi toda la vida en el Bosque Oscuro.

Esa era una de las razones por las que habían sido elegidos para la misión.

Y él no fue el único de la reducida partida que no sonrió.

Sabía que la mayoría lo culpaba de la situación en la que se encontraban.

Las cosas habían empezado bastante bien; habían quemado una docena de granjas y llegado al bosque Baglun sin problemas.

Luego se habían puesto en contacto con el hombre de Braith en Dun Carreg, que le había encargado el primer trabajo.

En su opinión, la granja estaba demasiado cerca de la fortaleza para tratarse del primer golpe, pero el contacto había insistido y Camlin sabía que la idea era provocar cuanto antes a Brenin y sacarlo de sus paredes de piedra.

El motivo no lo sabía, pero con los años había aprendido a acatar las órdenes y mantener la cabeza agachada, así que no le había dado más vueltas y se había puesto manos a la obra.

Era entonces cuando las cosas se habían comenzado a torcer.

Había trepado por la empalizada y abierto desde dentro la puerta a su banda, y después había hundido la espada en el estómago del primer hombre que los oyó.

Otro par de hombres se había enfrentado con ellos; sin embargo, dos contra quince siempre tenían las de perder.

Luego habían rodeado a las mujeres y a un crío, pero Goran golpeó al niño y lo siguiente que pasó fue que una de las mujeres sacó un cuchillo y rajó la cara de Goran desde el ojo hasta la boca.

Por supuesto, Goran no se lo tomó bien; se desató el infierno y, antes de que Camlin pudiera evitarlo, las dos mujeres y el niño estaban muertos.

Eso no le gustó. Toda la banda sabía que no permitía que se matara a mujeres y niños.

No era que tuviera la moral de los santurrones Ben-Elim, nada más lejos de la realidad; Camlin había mentido y asesinado tanto o más que cualquier forajido, pero había un límite que nunca traspasaba: las mujeres y los niños.

Tenía sus razones para ello y nunca le había traído problemas; es más, en muchos aspectos incluso le había ido mejor así, pues Braith quería que se supiera quién era el autor de los incendios y los asesinatos, y los supervivientes podían contar lo que había pasado mejor que los muertos.

Tuvo un impulso irreprimible de matar a Goran por lo que había hecho; había sentido cómo le hervía la sangre en las venas; incluso había sacado el cuchillo antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo.

Quizá debería haberlo matado. Braith le había aconsejado que nunca diera una orden si no estaba preparado para matar al hombre que la desobedeciera.

Suspiró. No tenía sentido lamentarse por las cosas que debería haber hecho.

Había tenido la esperanza de que ese incidente fuera el final de su mala suerte, pero solo había sido el principio.

Un par de noches después había perdido a un hombre que hacía guardia en una ciénaga del Baglun, y al día siguiente los lobones habían matado a cuatro más.

Y luego habían descubierto que la hueste de Pendathran los seguía, así que, en su huida, se habían internado aún más en ese condenado bosque.

Y ahora estaban allí, sentados en una roca fría y dura, sin fuego, con una hueste furiosa siguiéndoles sin tregua.

—¿Qué hacemos ahora, jefe? —preguntó Goran torciendo la boca.

—Intentaremos pasar desapercibidos. Puede ser que pasen de largo o que no.

—Camlin se pellizcó una ampolla que tenía en un pie—.

En el caso de que todavía nos sigan, iremos al este, hacia las marismas.

Allí nunca nos encontrarán. —Paseó la mirada por las expresiones sombrías de sus hombres—.

Hemos estado en apuros antes y hemos salido adelante. Esta vez no será diferente.

—Eso era con Braith de jefe —oyó que murmuraba Goran.

Camlin miró fijamente al corpulento montaraz y flexionó los dedos buscando el cuchillo.

«No nos estaría buscando la mitad de los guerreros de Ardan si tú no te hubieras puesto a matar niños.

» La cara del pequeño se le apareció, chillando sobre el cadáver de una mujer...

, ¿su hermana, su madre? Le recordó a otro niño llorando sobre el cuerpo de otra mujer.

Entrecerró los ojos. Habían pasado más de veinte años y aún recordaba a su hermano Col y a su madre como si hubiera sucedido el día anterior.

Un año antes la enfermedad se había llevado a su padre. Él solo tenía quince años y estaba reparando un muro de la granja, apilando una piedra encima de otra, cuando oyó los gritos agudos de su madre.

Corrió al ver la casa envuelta en humo y echó un vistazo desde la esquina del granero.

Su madre yacía en la tierra pisoteada del suelo delante de la casa.

Un guerrero rubio montado en un semental ruano se alzaba por encima del cuerpo.

Otros jinetes, con lanzas o espadas, se arremolinaban en el patio.

Entonces Col, su hermano dos años mayor, apareció en el patio blandiendo una lanza.

Los bandidos espolearon sus monturas para arrollarlo.

Camlin, demasiado asustado para moverse, temblaba hecho un ovillo mientras los bandidos vaciaban su casa y su granero de todas las cosas de valor y volvían al Bosque Oscuro envueltos en una nube de polvo.

Por fin fue capaz de entrar en el patio, se arrodilló al lado de su madre y su hermano y lloró desconsoladamente. Una rabia atroz lo consumía, acrecentada por la vergüenza que sentía por haberse quedado escondido. Se subió a un poni que pastaba en el prado y salió tras los bandidos.