Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO QUINCE. CORBAN
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CAPÍTULO QUINCE. CORBAN

CAPÍTULO QUINCE

CORBAN

Corban deambulaba por un mundo gris y sin vida.

Las visiones se arremolinaban delante de él como espectros en la niebla, hechos de la misma niebla.

Vio la piedra de los juramentos, que vertía gordas lágrimas de sangre de un intenso color rojo; vio serpientes que se enroscaban y retorcían, reptaban y se alimentaban de carne.

Encima de él, guerreros con grandes alas plumadas luchaban con espadas y lanzas con una horda de otras criaturas de alas oscuras y coriáceas.

Vio un árbol con un tronco más grueso que la torre de Dun Carreg y las raíces hundidas en un bosque infinito.

Se sentó junto a una charca y acarició el agua de la superficie con los dedos. Una figura caminó hacia él; le colgaba una espada sobre la cadera. Era un hombre con la barba muy corta y los ojos amarillos. Sonrió a Corban y ese gesto desenterró un recuerdo en su memoria.

—Te conozco —dijo Corban.

—Sí. Tú y yo vamos a ser amigos —repuso el hombre, todavía sonriendo. Se sentó al lado del chico y tiró una piedra a la charca. Las ondas se expandieron por la superficie.

—Así es tu vida: Influye en la gente, en los reinos, en los sucesos.

—No sé si te entiendo —confesó Corban.

—Ayúdame. Necesito tu ayuda. Encuentra el caldero y tráemelo.

—¿Para qué?

—Para evitar un desastre mucho más terrible de lo que eres capaz de imaginar. —El hombre fijó sus ojos amarillos en los de Corban—. El Dios de la Guerra está en camino. Todos tendremos que luchar; solo es cuestión de elegir en qué bando quieres hacerlo.

—¿Eres Elyon, el Padre Universal? —preguntó Corban con un hilo de voz. Las palabras de ese desconocido le removieron la sangre de las venas y le aceleraron el corazón.

—Él ya no está con nosotros —respondió el hombre negando con la cabeza.

La tristeza ensombreció su rostro y Corban se contagió de ese sentimiento—.

Pero la guerra continúa. En tu corazón hay un hueco, un espacio vacío.

Debes llenarlo de significado, necesitas una razón para vivir, para luchar, tal vez para morir.

—¿Dónde estoy? —musitó Corban.

—Elígeme a mí —dijo el hombre.

—¿Quién eres?

—Ya lo sabes, aquí dentro. —El hombre clavó un dedo en el pecho de Corban, encima de su corazón. Algo vibró dentro del chico, una descarga de poder—. El tiempo no se detiene para nadie. Elige antes de que sea tarde.

Corban dio un grito ahogado y se despertó con un sobresalto en su cama.

Fuera aún era de noche, aunque oía los chillidos de las gaviotas.

«Pronto amanecerá.» Los vestigios del sueño que había tenido revoloteaban en los límites de su memoria y se estremeció.

Se vistió a toda prisa y salió de la casa con sigilo.

La proximidad del amanecer ya teñía de gris el cielo y el conocido olor de los establos le asaltó la nariz.

Rodeó las cuadras corriendo y se detuvo al llegar a la parte de atrás; se apoyó en la valla de madera que cercaba el potrero.

Oyó pasos dentro. No se le había ocurrido pensar que no estaba solo y vio a Gar sumido en las sombras más densas que había detrás de los establos. Tenía la cara sudada y el largo cabello negro aplastado contra las sienes y el cuello.

—Bueno, aquí estoy —dijo Corban.

—Ya lo veo.

—En fin, esto... ¿qué quieres que haga?

—Corre.

—¿Quieres que corra?

—Ajá. Ponte a correr alrededor del potrero.

Corban tomó aire para protestar, pero se lo pensó mejor y empezó a correr con desgana. Dio una vuelta al potrero y se detuvo de nuevo junto a Gar, que realizaba una serie de movimientos extraños, algo así como un baile, pero muy lentamente.

—¿Qué pasa? —inquirió el jefe de cuadras.

—Ya he dado una vuelta al potrero corriendo como me pediste.

—Continúa —le instó Gar.

—¿Que continúe?

—Sí, continúa. Ya te diré yo cuándo parar.

Corban suspiró, se mordió el labio y echó a correr. Un rato después, Corban no habría sabido decir cuánto, al pasar junto a los establos, Gar levantó una mano y le llamó. Agradecido, Corban se apoyó contra la valla del potrero sudando a mares.

—¿Cómo... me ayuda... esto... a no... tener... miedo? —preguntó entre jadeos.

—Para entrenar la mente hay que entrenar el cuerpo. Sígueme.

Corban hizo un mohín, pero obedeció.

Una vez dentro del establo, Gar saltó para agarrarse a una de las vigas del techo, alzó el cuerpo hasta que tocó la viga con la barbilla y volvió a bajarlo. Repitió el ejercicio entre cuarenta y sesenta veces —Corban perdió la cuenta— y luego se dejó caer al suelo.

—Te toca —dijo.

Corban miró con recelo la viga antes de saltar y agarrarse a ella.

Se impulsó con un gruñido y los músculos de su espalda se estiraron y contrajeron de tal manera que tuvo la sensación de que se le iba a desgarrar la piel.

Cuando bajó el cuerpo, le resbalaron las manos y cayó al suelo. Se levantó y se sacudió el polvo.

—Otra vez.

—Pero si no puedo. Ya lo has visto.

—Te ayudaré. Otra vez.

Corban lo intentó de nuevo con todas sus fuerzas, pero fue en vano.

Justo cuando ya iba a rendirse, sintió las manos de Gar en los tobillos, aupándolo.

Corban hizo otro esfuerzo y alcanzó la viga.

A continuación, bajó el cuerpo de una manera más controlada con la ayuda de Gar y repitió el ejercicio ocho o nueve veces, hasta que el jefe de cuadras le permitió dejarse caer al suelo.

Corban se metió la palma de la mano en la boca y trató de arrancarse una astilla con los dientes.

Gar inmediatamente le puso a hacer otro ejercicio igual de doloroso, y luego otro.

Por fin, el jefe de cuadras le dejó descansar.

—¿Por qué tengo que hacer todo esto? —preguntó resollando Corban, para nada contento.

—Como ya he dicho, para entrenar la mente hay que entrenar el cuerpo.

Ahora puede parecerte una tontería, pero tu cuerpo solo es una herramienta, un arma.

Y debes aprender a dominarlo. El miedo no es muy distinto de otras emociones como la ira, la angustia, la alegría o el deseo.

Todas pueden someterte. Has de aprender a identificarlas y controlarlas.

Un cuerpo fuerte y disciplinado será una gran ayuda.

La respuesta completa no es esa, pero hoy solo es el primer paso.

Dependiendo de tu progreso, tal vez en algún momento probemos a ponerte un arma en la mano.

—¿Cuándo? —quiso saber Corban.

—Eso dependerá de ti. Ahora, para acabar, haz lo mismo que yo. Este es un ejercicio sobre control. La mayoría de las batallas no se ganan con la fuerza bruta, por mucho que tu padre diga lo contrario.

Gar le enseñó la serie de movimientos intrincados que Corban le había visto ejecutar mientras él corría alrededor del potrero. Era mucho más difícil de lo que parecía, pues tenía que permanecer inmóvil en posturas muy poco habituales hasta que le temblaban los músculos.

—¿Lo ves, muchacho? Esto también es una cuestión de control. Tu cuerpo hará lo que le pidas —dijo Gar con una sonrisa peculiar en la cara.

Corban emitió un bufido de protesta, demasiado concentrado para responder.

—Gracias —murmuró Corban cuando Gar dio por acabada la sesión—. La pierna no parece dolerte tanto —añadió sacudiendo la cabeza—. ¿Está mejor?

—¿Mi pierna? No. Unos días me duele menos que otros. Ahora vete, antes de que los establos empiecen a llenarse de gente. Te espero aquí mañana al amanecer.

Corban volvió a casa mientras la fortaleza despertaba a su alrededor. Le pesaban los brazos y las piernas y se resentía del frío aire matinal a medida que el sudor del cuerpo se le secaba.

El patio que se extendía delante de las grandes puertas de Dun Carreg era un bullicioso hervidero de actividad.

Ochenta guerreros aguardaban montados en sus caballos.

Delante de ellos, todavía con los pies en el suelo y las riendas de su montura en la mano, estaba Tull, el paladín del rey.

Vestía lana y cuero hervido y llevaba el cabello entrecano peinado hacia atrás y recogido con un cordón de cuero sobre la nuca; su espada larga estaba asegurada con correas en la silla de montar.

A su lado, Pendathran sujetaba las riendas del semental ruano del rey Brenin.

Una ovación recibió a Brenin cuando atravesó la niebla con paso resuelto con la reina Alona a su lado. El rey se subió a su caballo y paseó la mirada por la multitud reunida.

—¡Volveré antes del día del solsticio de verano!

—anunció. Levantó una mano a modo de saludo y espoleó a su caballo para dirigirse al trote hacia el arco de la Puerta de Piedra.

Detrás de él marchaban el mensajero de Tenebral y Heb, el guardián del conocimiento, que, según le pareció a Corban, estaba de muy mal humor, a juzgar por la manera como se le juntaban sus pobladas cejas.

El grupo cruzó el puente que unía el peñasco con tierra firme mientras, debajo, las olas rompían contra las rocas. Corban y Cywen no despegaron los ojos de la columna de jinetes hasta que no fue más que unos puntitos a lo lejos.

La princesa Edana, que estaba con la reina Alona y Pendathran, vio a los hermanos y les llamó para que se acercaran. La reina esbozó una sonrisa afectuosa y sus ojos se entretuvieron en Corban.

—Cywen trabaja con Gar, madre —dijo Edana—. Se le dan muy bien los caballos. Deberías ver qué buena jinete es.

—A cualquiera que aprenda de Gar se le tienen que dar bien los caballos. Gar ha recibido un don de Elyon —repuso Alona, que dedicó un gesto amable a su hija—. Recuerdo el día que llegó aquí. Tú solo habías celebrado tu primera onomástica.

Mientras regresaban a la fortaleza, una figura apareció en su camino. Era Evnis, acompañado por su hijo Vonn.

—Me gustaría tratar un asunto con vos. En privado —dijo Evnis a la reina.

Alona se puso seria.

—No pasa nada —terció Edana—. Esperaré aquí.

Alona asintió y continuó caminando con paso brioso. Evnis se apresuró a ponerse a su lado y Pendathran los siguió.

Vonn se volvió y guiñó un ojo a Edana antes de salir detrás de su padre.

Edana hizo un gesto de desagrado.

—Miradlo, se cree que es el regalo de Elyon.

—Bueno, guapo es —observó Cywen.

—Lo peor de todo —repuso Edana haciendo oídos sordos al comentario de Cywen— es que se le ha metido en la cabeza que vamos a casarnos.

—¿Y por qué piensas eso? —preguntó Cywen.

—Evnis lleva años insinuándolo. Mi padre nunca le ha dado una respuesta definitiva, pero creo que a estas alturas lo dan por hecho.

—¿Y tú no quieres unirte con él? —inquirió Corban.

Edana lo fulminó con la mirada.

—No. No soy un trozo de carne que se vende en el mercado.

El grupo que los precedía se detuvo y Pendathran elevó la voz.

—No, Evnis, no puedes ir —oyeron que decía el general.

—Tenía la impresión de que era la reina de Ardan quien tomaba las decisiones en ausencia del rey —contestó fríamente Evnis.

—Lo siento —dijo Alona—. Si las circunstancias fueran otras, te lo permitiría, por supuesto.

Pero Pendathran partirá mañana y el rey me ha dejado claro que desea que tenga cerca tu consejo hasta su vuelta.

—Suavizó el semblante—. Lo siento mucho, de verdad.

Dile a Fain que le haré una visita esta noche.

—Una visita —repitió Evnis con la voz temblorosa—. Esto es por Rhagor, ¿verdad? Aún me culpáis de la muerte de vuestro hermano. Esta es la manera de vengaros.

—¿Cómo dices? —exclamó Alona—. No...

—No vuelvas a mencionar su nombre en tu vida —le amenazó Pendathran.

Evnis permaneció inmóvil un momento, temblando. Luego inclinó la cabeza, dio media vuelta y se alejó con paso rápido. Vonn casi tuvo que correr para no quedarse atrás.

Diez noches después, mientras se dirigía al pueblo con la intención de ver a Dath, Corban divisó un jinete a lo lejos, recorriendo al galope la Calzada de los Gigantes.

Era Marrock, a quien había visto por última vez durante el banquete de su enlace de manos.

Había salido con destino al bosque Baglun con la hueste de Pendathran al día siguiente de la partida del rey Brenin.

Corban volvió corriendo con todas sus fuerzas a la fortaleza, pues supuso que lo más probable era que Marrock se dirigiera al salón de banquetes.

Cuando llegó allí, encontró a Marrock ante la reina, que estaba sentada en un sillón de roble primorosamente labrado. Junto a ella estaba Evnis.

—¿Qué me he perdido? —preguntó en un susurro a su hermana.

—Han seguido un rastro en el bosque y han encontrado el cadáver de un hombre, medio devorado por lobos o lobones.

Creen que es uno de los forajidos. Marrock ha vuelto a por más guerreros.

Pendathran quiere que patrullen el límite occidental del bosque por si acaso él y su hueste hacen salir de su escondite a la banda e intentan huir.

—Yo me ocuparé, mi señora —dijo Evnis y salió apresuradamente del salón.