CAPÍTULO CATORCE. EVNIS
CAPÍTULO CATORCE
EVNIS
Evnis estaba de pie junto a la cama de su mujer.
En ese momento, lo último en lo que pensaba era en sus obligaciones como consejero del rey Brenin.
Ella dormía y su pecho apenas se hinchaba con su débil respiración de pajarito.
La frustración que sentía era un peso insoportable, una ira feroz hacia sí mismo por su propia inutilidad.
Tendió los dedos doblados para acariciar el dorso de la mano de su mujer.
Durante un tiempo solo había sentido odio: por Gethin, su hermano; por su madre y su humillante condescendencia.
Pero entonces se había unido a Fain. Era curioso que el acto más lleno de desprecio de su hermano hubiera dado como resultado la mayor de las felicidades de Evnis.
Gethin había creído que obligar a Evnis a casarse con una familia menor habría sido una fuente de inmenso dolor para su hermano pequeño, y al principio no se había equivocado.
Pero Evnis se había enamorado de Fain. No de manera instantánea, como un flechazo, sino gradualmente, día a día.
Había sido su amabilidad lo que había acabado por conquistarlo, su capacidad para ver siempre el lado positivo de las cosas.
Y de alguna manera, el amor que sentía por ella había aplacado el odio que sentía por los demás; no lo había eliminado por completo, pero había hecho que perdiera importancia.
Sin embargo, al verla así ahora, todo ese odio volvía a salir a la superficie, alimentado por el terror a perderla. Sentía la necesidad de matar cualquier cosa..., o a alguien.
Volvió a pensar en Rhin y en aquella noche en el bosque, cuando se había enterado de la existencia del libro sepultado bajo la fortaleza que contenía los secretos de los poderes telúricos. Tenía que encontrar como fuera el libro de los gigantes.
Uthas le había hablado de él aquella noche en el bosque tan lejana en el tiempo y en unas cuantas reuniones secretas posteriores.
Le había contado que el clan de gigantes de Uthas había excavado un laberinto de túneles debajo de Dun Carreg y que en ellos había Tesoros, de los que uno era un libro con los secretos de los poderes telúricos.
Al llegar a Dun Carreg, mientras se ganaba el favor de Brenin, había buscado con ahínco, pero en vano.
Estaba en la fortaleza y en la región correctas, de eso no tenía duda, pero no había encontrado nada.
Con el tiempo se había rendido. Pero ahora, con Fain en ese estado, tenía que encontrar el libro.
Le habían dicho que el libro podría prolongar la vida de Fain el tiempo suficiente para que la llevara al caldero, que estaba escondido en el norte, en la tierra natal de Uthas.
Desde que había recibido el mensaje de Rhin el día del Festival de Primavera, en el que le recordaba el poder del libro, había renovado sus esfuerzos.
Día y noche había enviado hombres a su servicio a excavar los cimientos de esa torre.
Pero la piedra era dura, y los cimientos, profundos y sólidos, y de momento no habían encontrado nada.
Y ahora el rey Brenin iba a ausentarse. En el salón de banquetes había anunciado que por la mañana partiría hacia Tenebral por petición de otro rey.
«Se acerca el momento.» Los acontecimientos se precipitaban; todo aquello que había estado esperando, todos sus planes, por fin cobraban forma.
Se le aceleró el pulso: ¿Era el miedo? ¿La emoción? Probablemente ambas cosas.
Llamaron a la puerta con suavidad. Era Helfach, su jefe de cazadores.
—Hemos encontrado algo.
Evnis bajó casi corriendo al sótano por la escalera de caracol y las salas de techo bajo.
En un rincón de una habitación había un puñado de guerreros.
El suelo de piedra estaba levantado casi por completo y solo se veía la tierra y la roca de debajo.
Tras arrancar varios ladrillos de la pared, había quedado a la vista una puerta de madera de roble maciza con bandas de hierro.
—No se abre —anunció uno de los guerreros.
—Claro que no —dijo Evnis—. Debe de estar cerrada con llave. Hachas.
Al poco, dos hombres pertrechados con hachas hicieron saltar astillas de la vieja madera de roble.
Cuando el agujero fue lo bastante amplio para que cupiera una persona, Evnis pidió antorchas.
Helfach había traído uno de sus perros, un enorme ejemplar gris que soltó un gañido cuando el cazador lo metió por el agujero hacia la oscuridad.
Evnis pasó detrás de él, seguido por un par de lanceros.
Se encontraron en un túnel amplio y con el techo alto.
Las paredes estaban húmedas. Helfach avanzó a la cabeza del grupo.
El túnel descendía suavemente y giraba. Las paredes estaban jalonadas de entradas a otros pasadizos oscuros.
De repente se hallaron en una cueva con las paredes muy altas y el techo abovedado; unas sinuosas vetas azules y brillantes estriaban la roca gris.
Dos túneles partían de la cueva, uno hacia arriba y el otro hacia abajo.
Helfach llamó al resto. Su perro estaba olfateando la pared con las orejas aplastadas contra el cráneo. El cazador estiró la mano con la antorcha para quemar una telaraña que era tan gruesa como un tapiz y ante sus ojos apareció otra puerta.
La entrada daba paso a otra cámara más pequeña, circular, con las paredes flanqueadas por dos hileras de hachas gigantes y martillos de guerra cubiertos de polvo y telarañas que confluían en una tumba más grande que la que necesitaría cualquier ser humano.
—Elyon se apiade de nosotros —murmuró uno de los lanceros.
«Ni siquiera te escucha, así que mucho menos se apiadará de ti», pensó Evnis.
Entre todos, con gran esfuerzo, levantaron la losa que tapaba el sepulcro.
Dentro encontraron el cadáver de un gigante. Sostenía un cofre con las manos sobre el pecho.
Evnis cogió el cofre y lo abrió con los dedos torpes y sudorosos.
Dentro había un libro encuadernado en piel, con las hojas de pergamino seco.
Evnis lo levantó con respeto. Debajo del volumen había una deslucida piedra negra que, a pesar de todo, emitía una luz; casi parecía palpitar como un corazón.
Estaba engastada en plata y envuelta en una cadena. Evnis la tocó y retrocedió.
Cerró la tapa bruscamente.
—Hay que irse de aquí —murmuró.
Sus guardias miraban el cofre.
De repente, el perro de Helfach se puso a gruñir a las piedras que había al pie de la tumba. Una se resquebrajó con un fuerte crujido y una sustancia viscosa comenzó a manar de ella.
Helfach acercó la antorcha.
La grieta en la piedra se expandió y se desprendieron algunos fragmentos. El perro ladró y saltó hacia delante gruñendo, pero rápidamente volvió atrás.
—No es una piedra —dijo Helfach con los dientes apretados—. Es un huevo.
El cazador no había acabado de hablar cuando unos gruesos pedazos de cáscara saltaron del huevo y un hocico con escamas asomó agitando una larga lengua reptiliana. De pronto el huevo explotó y los fragmentos de cáscara y los fluidos salpicaron a todos.
El perro de Helfach saltó hacia él y roncó. Algo indefinido, blanco y sinuoso se arremolinó alrededor del sabueso. Se oyó un siseo y a continuación un gañido agudo que cesó de golpe.
Evnis dio un paso atrás, contemplando con enfermiza fascinación la escena que se desarrollaba ante él.
Era una enorme serpiente, blanca como la leche, más larga que dos hombres y tan gruesa como un barril.
Y se comía el perro de Helfach, del que ya se había tragado la mitad.
El cuerpo de la serpiente palpitaba y se ondulaba a medida que el perro se introducía poco a poco en su boca dislocada. Un lancero vomitó.
—Una sierpe blanca —murmuró Evnis.
Era una criatura de los cuentos de hadas. Se decía que los clanes de gigantes las criaban y usaban como armas en la Guerra de los Tesoros. Evnis apartó la mirada y vio más piedras a los pies de la tumba. «Huevos.»
Helfach se lanzó hacia la sierpe y la apuñaló con el cuchillo al mismo tiempo que la golpeaba en la cabeza con la antorcha.
La bestia se sacudió con convulsiones mientras regurgitaba el perro muerto y arrojó al cazador al otro lado de la puerta de un coletazo.
Uno de los lanceros arremetió contra ella y le rajó el torso. De la herida manó sangre oscura, pero la bestia hundió unos largos colmillos en el cuello y el hombro del guerrero. El lancero chilló y se retorció, pero la sierpe lo sujetaba con fuerza y se enroscó alrededor de su cuerpo.
—¡Atrás! —gritó Evnis mientras retrocedía a trompicones hacia la puerta, con el cofre apretado contra el pecho.
Ayudó a Helfach a cerrar la puerta y el guerrero que quedaba apuntó hacia la puerta con la lanza.
Se produjo un impacto; los goznes de la puerta se soltaron.
Evnis y Helfach apoyaron todo el peso de sus cuerpos contra la puerta, pero otro impacto los empujó hacia atrás.
El tercer impacto redujo a astillas la puerta y los dos hombres salieron volando.
El lancero asestó una lanzada a ciegas y cayó de culo al suelo cuando un sonido a mitad de camino de un rugido y un siseo escapó del gigantesco reptil.
Al cruzar la puerta, la sierpe agrietó el marco de un coletazo y saltaron fragmentos de roca.
De repente, la pared se derrumbó y bloqueó la puerta en medio de una nube de polvo.
Evnis se levantó trabajosamente, todavía con el cofre aferrado.
Soltó la antorcha y la llama se agitó y produjo unas sombras que bailaron febrilmente en las paredes de la cueva.
A continuación, desenfundó la espada y avanzó hacia la serpiente gigante, que se retorcía con una lanza clavada en la garganta.
Helfach rodeó al monstruo con el cuchillo en una mano y la antorcha en la otra.
La bestia estaba herida, quizá de muerte, pues era evidente que agonizaba. Al ver a Evnis se lanzó hacia él, pero este retrocedió y con la espada le dibujó una raya oscura en el hocico. Helfach se abalanzó sobre la sierpe para apuñalarla y volvió a retroceder de un salto.
La criatura estaba cada vez más débil y no paraba de perder sangre. El otro guerrero se unió a ellos y le asestaron golpes, espadazos y puñaladas hasta acabar con su vida.
Permanecieron en silencio un largo momento, respirando con jadeos.
—Cortadle la cabeza —ordenó finalmente Evnis.
—Tengo que ver al rey —dijo Evnis a uno de los guardias apostados en la puerta de los aposentos de Brenin—. Es urgente.
Tras regresar a su casa desde los túneles y ordenar que se tapiara la puerta por si acaso eclosionaban más huevos, Evnis se había tomado un momento para tranquilizarse y reflexionar sobre lo que había descubierto.
El libro era magnífico, un portal a los poderes telúricos, y la emoción se había apoderado de él.
La joya, por su parte, era más perturbadora.
Saltaba a la vista que era obra de los gigantes y que poseía alguna clase de poder, pero le asustaba.
Así que decidió guardarla bajo llave hasta que pudiera dedicar más tiempo a meditar sobre ella.
Luego resolvió que debía ver a Brenin antes de que partiera de Tenebral, pues pasarían muchas lunas hasta que regresara a Ardan.
El hijo de Evnis, Vonn, había oído el alboroto en el sótano y visto la cabeza de la sierpe, y había suplicado a su padre que le dejara acompañarlo a ver a Brenin.
Evnis se había negado, por supuesto. Quería mucho a su hijo, pero aún era demasiado joven; para Vonn, en el mundo solo existían el blanco y el negro, cuando en realidad la vida tenía muchos tonos de grises.
No podía llevarlo con él a ver a Brenin porque tenía que mentir al rey, y Vonn aún no era capaz de entender eso.
—Aún no ha amanecido —dijo de mala gana el centinela que custodiaba la cámara de Brenin—. Debe de estar durmiendo.
—No le importará que le despierte para enseñarle esto —replicó Evnis, que abrió el saco de cáñamo donde llevaba la cabeza de la sierpe.
El centinela entró en los aposentos del rey.
Evnis obtuvo permiso para pasar a la antecámara y Brenin salió de su dormitorio poco después, con los ojos somnolientos y el torso desnudo.
—Más vale que sea algo importante —murmuró.
Evnis vació el saco encima de la mesa y Brenin retrocedió.
—Es una sierpe blanca —dijo Evnis.
Brenin se frotó los ojos y se inclinó hacia la cabeza.
—¿Dónde la has encontrado?
—Helfach la encontró en el Baglun mientras cazaba —mintió Evnis. Brenin no tenía por qué enterarse de la existencia de los túneles que había debajo de la fortaleza—. Mató a un perro y a uno de mis guerreros.
—Qué extraña coincidencia —murmuró Brenin—. Aquilus hablaba en su mensaje de bestias extrañas que merodeaban por el territorio... —Se rascó la barba y puso gesto ceñudo—. La llevaré conmigo a la asamblea. Gracias, Evnis. ¿Helfach está bien?
—Sí, mi rey.
—¿Había más?
—Solo vio una, pero quién sabe...
—Hay que ver qué tiempos nos han tocado vivir... —murmuró Brenin—. La piedra de los juramentos sangra, las sierpes blancas vuelven a merodear por la tierra dos mil años después...
—Son tiempos extraños, sin duda —repuso Evnis. «Si vos supierais, mi rey, estaríais temblando de miedo»—. Mi rey, hay otro asunto que me gustaría tratar con vos. Antes de que partáis...
—Adelante.
—Se trata de Fain. Se encuentra un poco mejor.
Me ha pedido que la lleve a su hogar mientras aún tenga fuerzas para hacer el viaje.
Quisiera pediros permiso para ausentarme de Dun Carreg durante algún tiempo para llevarla a Badun.
Hay allí un curandero que conozco desde que era niño. Tal vez pueda ayudarla.
—¿Cuándo?
—Pronto, mi rey, en algún momento de las próximas diez noches.
Brenin hizo una mueca.
—Lo siento, Evnis, pero no puede ser. Me llevo a Heb conmigo a Tenebral.
Es mi guardián del conocimiento..., y sospecho que el conocimiento de la historia de nuestro pueblo tendrá un papel fundamental en la asamblea de Aquilus.
Así que debes permanecer aquí y ayudar a Alona en sus obligaciones.
Por supuesto, cuando vuelva podrás irte.
—Pero es importante, vital, que vaya cuanto antes... —Evnis dejó en suspenso la frase—. Por favor, ¿no se puede encontrar una solución?
—No. Si te vas, Alona tendrá a Pendathran como único consejero. Con ella y su hermano pequeño al mando, cuando regrese me encontraré la cabeza de la mitad de mis barones clavada en una pica. Lo siento, Evnis. Haz venir al curandero... Enviaré una escolta para que esté aquí cuanto antes.
Evnis inclinó la cabeza y cerró los ojos, desesperado.
—Tiene que haber una solución —insistió.
—No la hay. Lamento mucho tu situación, pero son tiempos oscuros. Hay en juego mucho más que un viaje de placer a Badun.
«Un viaje de placer... Tengo que encontrar la manera de llevarla hasta el caldero.»
—Será como ordene mi rey —dijo Evnis.
Se secó una lágrima de la mejilla mientras abandonaba los aposentos de Brenin.