Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TRECE. CORBAN
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CAPÍTULO TRECE. CORBAN

CAPÍTULO TRECE

CORBAN

—¿De dónde crees que viene, mamá? —preguntó Cywen.

Corban tenía delante un cuenco y removía las gachas con una cuchara llena de miel.

Sentada enfrente del hogar, donde tostaba pan pinchado en un largo tenedor, Gwenith frunció el ceño y miró distraídamente a Thannon. Suspiró.

—No lo sé, aunque está claro que no me crees, porque ya me lo has preguntado un centenar de veces.

—Alguien tiene que saberlo —dijo con desesperación Cywen—. ¿Papá?

—Lo siento —farfulló Thannon con la boca llena de pastelito de miel.

—Un águila blanca en el escudo. Eso es lo que dijiste, ¿verdad, Ban?

—Ajá.

—¿De quién puede ser ese emblema?

—Esta noche cenaremos en el salón de banquetes.

Tal vez Brenin anuncie la identidad de su visitante durante la velada —dijo Gwenith mientras deslizaba otra gruesa rebanada de pan tostado en el plato que había en el centro de la mesa.

A pesar de que podría esperarse menos agilidad de su corpulencia, Thannon fue el más rápido a la hora de cogerla y sonrió para sí mientras le untaba un buen trozo de mantequilla.

Cywen se quedó callada, con la nariz arrugada como hacía siempre cuando pensaba.

—Seguramente tienes razón, pero falta una eternidad para la cena.

—Paciencia, jovencita —dijo Thannon. Se recostó satisfecho en la silla y se frotó la barriga.

Corban se molestó. Esa frase le sacaba de quicio, porque normalmente quería decir «cállate» o «cambiemos de tema». A juzgar por la cara de su hermana, ella pensaba lo mismo.

—Vamos, chico. Hay que encender el fuego. Hoy tenemos muchas guadañas que forjar.

Corban hizo una mueca. Tenía la espalda machacada del duro trabajo del día anterior, y sobre todo le dolía una ampolla en particular, justo donde el dedo pulgar se unía con la mano.

—Ah, lo había olvidado —terció Cywen—. Gar me ha dicho que tenía que hablar contigo, Ban. Salgo ahora para los establos, ¿me acompañas y luego vas a la forja? Si te parece bien, papá.

—Ajá, está bien. Nos vemos luego, Ban —dijo Thannon. Se puso de pie y se sacudió las migas de la túnica antes de salir de la cocina con Buddai en su estela.

Corban y Cywen se marcharon poco después y su madre se quedó sentada junto al fuego, con los ojos fijos en las llamas crepitantes del hogar.

—¿Qué quiere Gar? —preguntó Corban a su hermana. Volvía a hablarle. El horror de la muerte de Dylan por lo menos había hecho que reevaluara la gravedad del delito impulsivo de Cywen.

—No lo sé. Se lo pregunté, pero no me lo quiso decir. A veces puede ser muy hermético.

Corban mostró su acuerdo con un sonido gutural.

Los establos eran un enorme edificio de madera con el techo de paja. Los gigantes Benothi no montaban a caballo, naturalmente, así que nunca habían tenido la necesidad de construir establos. De manera que Ard había tenido que erigirlos entre los edificios de piedra de la vieja fortaleza.

Encontraron al jefe de cuadras Gar cerca de los establos, con el potro ruano que Cywen había comprado en el Festival de Primavera.

Tenía la pata delantera del animal extendida sobre la rodilla y con las yemas de los dedos le aplicaba alguna clase de pomada, que sacaba de un tarro, encima del corte que Cywen le había hecho para sacarle la espina.

Corban y Cywen lo observaron en silencio hasta que acabó de vendar el casco.

Corban arrugó la nariz al percibir el olor de la pomada.

—Se está curando bien —dijo Gar dando unas palmadas al potro en el cuello.

—Cywen me ha dicho que querías verme —dijo Corban.

—Así es. —Gar clavó una mirada elocuente en Cywen, que puso mala cara, bajó la cabeza y se concentró en deshacer un nudo en las crines del animal. El silencio se alargó hasta volverse incómodo, pero entonces una voz llamó a Cywen por su nombre.

Edana caminaba con paso rápido hacia ellos, contenta, seguida de cerca por un guerrero.

—Hola, Cywen. Gar, Corban. —La princesa los miró de uno en uno, y les sonrío—. Esperaba encontrarte aquí —dijo a Cywen—. Me gustaría que me acompañaras a dar un paseo en caballo, si tienes tiempo.

Cywen sonrió.

—Me encantaría, pero Gar todavía no me ha dicho cuáles son mis tareas esta mañana —respondió mirándose los pies.

El jefe de cuadras esbozó una de sus raras sonrisas.

—Ve con la princesa —dijo—. Por favor.

Cywen abrazó a Gar y le plantó un beso en la mejilla, y luego Edana y ella salieron disparadas hacia los establos. El guerrero que acompañaba a la princesa tuvo que alargar las zancadas para no quedarse atrás.

—¿Cómo estás, Ban?

—Bastante bien —respondió Corban no muy convencido. De repente se sintió incómodo y fijó los ojos en la tierra.

Hubo un silencio largo. Corban por fin levantó la cabeza y miró a los ojos a Gar.

—¿Cómo debería estar? Mi amigo está muerto. Mataron a Dylan. —Suspiró—. Estoy muchas cosas, Gar: furioso, triste... A veces incluso olvido lo que ha pasado y me siento feliz. Eso es lo peor de todo.

—¿Has vuelto a ver a ese matón de Rafe desde el Festival de Primavera?

—Solo de lejos. Ahora no me parece tan importante.

Gar gruñó.

—Eso está bien. Pero no será siempre así. Mi oferta sigue en pie... ¿La recuerdas?

—Sí.

Cywen, Edana y el guerrero salieron a caballo por las puertas de las cuadras.

—¿Quieres que sigamos adelante? —preguntó Gar en voz baja.

Lo cierto era que Corban había olvidado por completo la propuesta de Gar de enseñarle, pero el recuerdo de Rafe regresó con fuerza.

—Ajá. Sí.

—Entonces ven aquí mañana por la mañana. Si no estás aquí cuando el sol toque los picos de los acantilados, sabré que has cambiado de opinión y no volveremos a hablar sobre el tema.

Dicho lo cual, Gar se encaminó cojeando a los establos.

Corban nunca había visto tan lleno el salón de banquetes.

Todo el mundo era bienvenido a la mesa del rey, pero a la hora de la verdad, la mayoría de las familias que vivían en el interior de la fortaleza, como la de Thannon, cenaba en casa.

Esa noche no, sin embargo. El salón vibraba con las conversaciones cuando Corban se sentó en un banco y se apretujó entre su padre y su hermana.

Una puerta en el fondo de la habitación se abrió y el murmullo de voces se atenuó. Entró Brenin, con la cara muy seria, acompañado por el mensajero con el emblema del águila.

El rey de Ardan se acercó al fuego y cortó la primera rodaja de carne para dar comienzo a la cena.

El bullicio se reanudó cuando el resto de los asistentes se pusieron a comer.

Corban bajó la comida con una jarra de cerveza y arrugó el ceño al ver a Rafe de pie detrás de Evnis.

Brenin empujó su plato todavía con comida y se puso en pie. Todas las miradas se posaron en él.

—Mañana debo partir de Ardan por un tiempo —anunció.

Silencio.

—Ha llegado un mensajero de Tenebral —continuó mientras señalaba al hombre que se sentaba a su lado—. Aquilus, rey de Tenebral, Rey Supremo de las Tierras del Exilio, ha convocado una asamblea de reyes.

Sonaron unos gritos ahogados en la sala.

—Es la primera vez que se convoca una asamblea así desde que los Exiliados arribaron a las costas de estas Tierras del Exilio hace más de mil años. Debo asistir. Dejo a Alona al mando. Ella gobernará en mi lugar hasta mi regreso.

—¿Y qué pasa con Darol y su familia asesinada? —gritó una voz sin rostro en la multitud.

Brenin asintió despacio.

—No he olvidado mi juramento —respondió—. Pendathran se internará en el bosque Baglun a la cabeza de una hueste. No regresará hasta que haya capturado a los responsables. Vivos, espero, para que pueda juzgarlos a mi vuelta.

Pendathran dio un puñetazo en la mesa y platos y vasos saltaron en el aire.

—Que los Ben-Elim os protejan en mi ausencia —dijo para concluir Brenin. Dio media vuelta y abandonó el salón.

En cuanto se cerró la puerta tras él, el salón estalló en voces que hablaban todas a la vez.

Tumbado en su cama, con las manos enlazadas detrás de la cabeza, Corban miraba el techo y las sombras que lo atravesaban, producto de las antorchas de la sala.

El murmullo de la conversación en voz baja que mantenían sus padres en la cocina se colaba en su cuarto.

Resopló. Habían guardado un irritante silencio sepulcral cuando Cywen y él habían querido hablar sobre el anuncio de Brenin, pero desde que los habían enviado a la cama a él y a su hermana no habían parado de hablar.

Su madre ponía un interés especial en enseñar a sus hijos las historias de su pueblo desde los tiempos remotos del Azote, y Corban había reconocido el nombre de Tenebral en cuanto Brenin lo mencionó.

Era una región de clima cálido mucho más al sur y al este, donde los hombres usaban sandalias y faldas en vez de botas y pantalones.

Soltó aire al pensarlo. «Tenebral.» El mero sonido de ese nombre le producía una emoción indescriptible.

Suspiró. No podía dormir a pesar de que llevaba un buen rato acostado.

Un golpeteo suave se coló en su cuarto, seguido por el ruido del cerrojo de la puerta de la cocina al girar.

Corban sintió una repentina corriente de aire a su alrededor.

Pasos y el sonido de la puerta al cerrarse.

Contuvo la respiración para oír mejor, pero solo había silencio.

A continuación, oyó el tintineo de tazas y el chirrido de sillas. De nuevo silencio.

La curiosidad acabó de desvelarlo, así que levantó con cuidado la manta y salió de la cama.

Caminó de puntillas hasta la puerta abierta de su habitación, dio unos pasos sigilosos por el pasillo que llevaba a la cocina y se detuvo cuando no se atrevió a ir más lejos.

Contuvo de nuevo la respiración y forzó el oído para averiguar quién era el visitante.

Más silencio. Y entonces la voz inconfundible de Gar llegó desde la cocina.

—Así pues, se acerca. Debemos estar más atentos que nunca.

—Ajá. —Gwenith suspiró. Sonó el chirrido de las patas de las sillas arrastradas por el suelo y Corban volvió corriendo a la cama.