Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO DOCE. VERADIS #3
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CAPÍTULO DOCE. VERADIS #3

Veradis se sintió obligado a decir algo y abrió la boca, pero no salió ningún sonido de ella.

—Quería darte las gracias —continuó Fidele—. Necesita rodearse de buenos hombres. Hombres como tú.

—Gracias —farfulló Veradis, que sintió que empezaba a ruborizarse.

Fidele sonrió, le apretó el hombro y se marchó.

—Serás muy valiente, pero queda claro que la elocuencia no es lo tuyo —bromeó Rauca.

Bos rio con disimulo y Veradis se puso aún más rojo.

Las siguientes diez noches le pasaron volando a Veradis.

La rutina se instaló y dedicaba la mayor parte del tiempo a entrenar con la hueste todavía en ciernes de Nathair, que rara vez los acompañaba.

A su regreso, el príncipe había referido a grandes rasgos su viaje y su reunión con el consejero de Lykos a su padre y le había expuesto con detalle el tratado ofrecido por los Vin Thalun.

Aquilus no se había mostrado tan entusiasmado como había esperado Nathair, si bien había pedido unos días para reflexionar sobre la propuesta.

Así que la última vez que Veradis había visto a Nathair, el príncipe estaba tenso e irritable.

La hueste, aunque pequeña, crecía de manera sostenida. A todo aquel que llegaba a la fortaleza con la esperanza de servir como guerrero al rey de Tenebral se le ofrecía la posibilidad de alistarse.

En la mañana del octavo día tras regresar del sur, Veradis sudaba copiosamente en el patio de armas después de batirse con Bos, con los nudillos rojos y doloridos por un golpe que había recibido de refilón.

Había vencido en el duelo y se iba ganando rápidamente una reputación entre los guerreros de Jerolin.

Más de una vez había visto al maestro de armas Armatus observándolo con una expresión de aprobación en la cara.

Se sentó al sol para que se le secara el sudor mientras miraba cómo entrenaba el resto de los guerreros y oyó pasos que se acercaban por detrás. Se volvió y vio que Nathair enfilaba hacia él con una sonrisa de oreja a oreja.

—Ya está. Mi padre ha aceptado —anunció el príncipe con una palmada en el hombro.

—Es una buena noticia —repuso Veradis, a pesar de que los años de desconfianza hacia los Vin Thalun diluían un poco su entusiasmo.

—Deinon, el prisionero, llevará la respuesta a Lykos.

—Así que Aquilus no le va a cortar la cabeza...

—Claro que no. Esa no sería la mejor manera de comenzar una alianza nueva —dijo sonriendo Nathair.

Sonaron voces y pasos detrás de ellos. El rey Aquilus cruzó el patio seguido por Deinon y dos miembros de la Guardia del Águila.

Nathair los observó un momento y luego salió tras ellos; hizo una seña a Veradis para que lo acompañara.

Los alcanzaron en los establos, donde Deinon y los dos guardias se subían a los caballos.

Tras una breve despedida, el Vin Thalun se puso en marcha con la funda del pergamino bien atada dentro de la alforja.

Los dos Águilas partieron de la fortaleza detrás de él.

—Ven conmigo —dijo el rey a su hijo, y echó a andar.

Nathair y Veradis lo siguieron.

Caminaron en silencio un rato. Aquilus los condujo hasta la muralla almenada, desde donde se veía el lago y las llanuras que se extendían al otro lado. Deinon y su escolta ya no eran más que unos puntitos a lo lejos.

—¿Por qué envías una escolta? —preguntó Nathair—. Es un simple viaje a la costa, sin peligros por el camino.

—Solo lo acompañan para asegurarse de que llega a la costa, Nathair, de que no se entretiene ni da ningún rodeo.

No confío en él. No confío en ellos. Los Vin Thalun han atacado nuestras costas y las de nuestros vecinos durante generaciones.

Y ahora, de repente, quieren firmar la paz, formar una alianza, y solo con nosotros.

¿Por qué no con Tarbesh o Carnutan? ¿Por qué Tenebral?

Meical piensa que el momento que han elegido no es una coincidencia. Y estoy de acuerdo con él.

Una sombra de preocupación cubrió el rostro de Nathair.

—El consejero Meical... —resopló—. Yo tampoco confío en los Vin Thalun, padre. Pero son útiles, eso es indudable. Solo debemos ser cautos.

—Ajá, hijo. No hay que escatimar en el cebo de la trampa para capturar la presa.

Quiero saber qué quieren conseguir en realidad, y esta me parece la mejor manera de averiguarlo.

—Se pellizcó el puente de la nariz—. Lo has hecho bien, pero vivimos tiempos peligrosos.

La guerra está cerca y debemos estar atentos...

«La guerra», pensó Veradis. Aún miraba cómo el Vin Thalun desaparecía en la distancia cuando divisó un grupo numeroso de jinetes en la carretera, cabalgando hacia la fortaleza.

—¿Quiénes son? —preguntó.

Los tres hombres observaron en silencio a los jinetes casi hasta que llegaron a la puerta. Era una partida de unos cuarenta o cincuenta guerreros, con un estandarte que Veradis no había visto nunca: una luna con forma de hoz sobre un cielo estrellado.

—Ha empezado —musitó Aquilus—. Llevan el estandarte de Tarbesh. Creo que es Rahim, el rey de Tarbesh. El primero que responde a la convocatoria de la asamblea.