Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO DOCE. VERADIS #2
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CAPÍTULO DOCE. VERADIS #2

—No, pero han dejado clara su postura —respondió el príncipe—.

Podrían haberme matado si hubieran querido.

Es evidente que quieren que confíe en ellos.

En fin, eso lo dirá el tiempo. Pero mucho de lo que han dicho es verdad; una alianza sería útil para todos.

Se podrían lograr muchas cosas con su ayuda.

Los usaré de la misma manera que ellos intentarán usarme a mí.

—Ten mucho cuidado —le advirtió Veradis mirando de reojo a Rauca.

—Por supuesto. —Nathair sonrió—. Los amigos cerca y los enemigos más cerca aún, ¿no es eso?

—¿Te dijo su nombre? —quiso saber Veradis.

—Ajá. Se llama Calidus —respondió Nathair, con un hilo de voz—. Convendría no mencionarlo. Al parecer, entre mi padre y él hubo cierto desacuerdo hace muchos años. No quiero que mi padre rechace todo lo que he conseguido solo por un nombre. Juradme que guardaréis el secreto.

—Por supuesto —prometió Rauca.

Veradis inclinó la cabeza.

Nathair sonrió y asintió para sí.

—Como ya he dicho, es por un bien mayor.

Los muros negros de Jerolin destellaban a la brillante luz del sol cuando Veradis coronó una loma y vio la fortaleza y el lago a sus pies. En el horizonte, la cordillera de las Agullas trazaba una línea zigzagueante que separaba la tierra del cielo.

El viaje de vuelta había discurrido sin incidentes. La hueste había marchado con buen ritmo y todos se sintieron aliviados al dejar atrás el calor del sur. En el norte de Tenebral también hacía calor, pero la brisa que soplaba desde las montañas lo hacía más llevadero.

Las barcas de pesca y las embarcaciones más grandes de los comerciantes cabeceaban en el agua cuando la hueste cruzó la empalizada del pueblo junto al lago y empezó a subir la ladera en dirección a la fortaleza.

El viento agitaba el estandarte del águila de Tenebral.

Los jinetes entraron por las amplias puertas en arco acompañados por el repiqueteo de los cascos de los caballos en los adoquines y desmontaron en los establos.

El caos reinaba en las cuadras; mozos, guerreros y caballos chocaban continuamente.

Veradis vio que Valyn trataba de imponer cierta apariencia de orden en la situación y su voz se alzaba por encima del alboroto.

Cuando el rey Aquilus y la reina Fidele aparecieron en los establos, flanqueados por guerreros, el bullicio se redujo notablemente.

Fidele corrió hasta su hijo y le dio un fuerte abrazo.

El príncipe lo recibió con el cuerpo rígido y buscó con la mirada a su padre.

Aquilus mantuvo las distancias y saludó a su hijo de una manera más sobria.

Luego llamó a Orcus y los cuatro se marcharon en dirección al salón de banquetes y la torre.

Un buen rato después, Veradis entró detrás de Rauca y Bos en el salón de banquetes. Bos estampó una jarra de vino en la mesa, sirvió tres vasos y vació el suyo de un trago.

—Ahora entiendo por qué eres tan grande —dijo Rauca mirando el plato rebosante de comida de su compañero.

Bos dejó pasar el comentario y se puso a comer.

Veradis devoró su comida. Cuando acabó, enderezó la espalda y alejó el plato. Bebió un trago de vino y paseó la mirada por el salón de banquetes.

—¿Ese es Peritus? —preguntó en voz baja, mirando a un grupo de guerreros que había en la otra punta del salón. Sentado en el centro había un anciano muy delgado y de una estatura media. La cabeza casi rapada y la solitaria trenza de guerrero no disimulaban la incipiente calvicie.

—Ajá —confirmó con un sonido grave Bos.

—Ya me lo parecía —repuso Veradis. Había visto al general de Aquilus una vez, pero de eso hacía ya ocho veranos, y entonces solo tenía diez años.

Peritus había acudido a la cabeza de una hueste para ayudar a su padre a ocuparse de una banda de forajidos que se había instalado en el bosque más grande de Tenebral.

—Ha llegado esta mañana —explicó Rauca—. Poco después de nosotros. Con solo la mitad de la hueste que había partido con él.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Veradis.

—Gigantes. Han estado lanzando ataques al sur de las montañas. Los barones locales instaron a Marcellin a que hiciera algo; este hizo lo propio con Aquilus, y Aquilus envió a Peritus.

—¿Y solo han vuelto la mitad de los hombres?

No sabía que quedaran tantos gigantes del clan como para hacer una cosa así —dijo Veradis al pensar en Balara, la fortaleza en ruinas que había cerca de su hogar.

Tenebral estaba lleno de vestigios de los gigantes, pero el clan había sido aniquilado y los gigantes se habían dispersado hacía muchas generaciones; o eso creía él.

—Unos pocos pueden hacer mucho daño —dijo Bos—. Mi padre sirvió a las órdenes de Marcellin antes de unirse a la Guardia del Águila, y decía que se necesitaban por lo menos cuatro guerreros experimentados para acabar con un gigante.

—No si te llamas Veradis —terció Rauca—. Él se basta solo. —El guerrero sonrió y derramó líquido rojo sobre la mesa al chocar su vaso de vino con el de Veradis.

Veradis lo miró con cara de pocos amigos.

Justo en ese momento, un pequeño grupo de guerreros entró en el salón liderado por Armatus, el maestro de armas. Al ver a Peritus, Armatus enfiló hacia él con paso resuelto. Cuando se encontraron, se fundieron en un abrazo y se dieron palmadas en la espalda.

—Crecieron en el mismo pueblo —explicó Rauca—. Vinieron juntos a Jerolin para unirse a la hueste cuando Aquilus aún era príncipe.

Oyeron unos pasos suaves detrás de ellos que se detuvieron junto a Veradis. Este se volvió y vio a Fidele a su lado. Los labios pintados de rojo resaltaban en la tez pálida de la reina, y en su cabello negro se distinguían destellos argentados.

Los tres guerreros hicieron el ademán de levantarse, pero la reina extendió una mano y la posó en el hombro de Veradis.

—Me he enterado de lo que hiciste por mi hijo.