CAPÍTULO DOCE. VERADIS
CAPÍTULO DOCE
VERADIS
Veradis sintió un calor abrasador cuando atravesó de un salto el muro de llamas y cayó rodando al arroyo, envuelto en el olor a pelo, cuero y carne chamuscados.
Estaba chorreando y le salía humo de todo el cuerpo.
Sin detenerse para evaluar el daño causado por el fuego, arrojó la lanza hacia el pecho del gigante que seguía apuntando con la espada a Nathair.
El gigante, con un movimiento tan rápido que Veradis no pudo seguir con la mirada, arremetió con su enorme espada y se oyó un crujido. Dos trozos de la lanza partida de Veradis volaron en distintas direcciones.
El gigante se lo quedó mirando con unos ojos negros carentes de emoción, sin mostrar la menor intención de ir a por él. Veradis arrugó el ceño y desenfundó la espada.
—¡No, Veradis! —gritó Nathair.
Pero Veradis ya se movía y avanzaba trazando un círculo hacia su derecha, agazapado detrás del escudo y con pasos rápidos.
El gigante le asestó un mandoble, pero Veradis se agachó para evadirlo y notó cómo la hoja cortaba el aire con un silbido por encima de su cabeza.
A continuación, atacó a su rival, pero el gigante retrocedió y la punta de su espada resbaló por la cota de malla.
En vez de recular para salir de su alcance, Veradis continuó avanzando con la intención de que, al estar cerca, el gigante no pudiera usar el espadón contra él, y le propinó un golpe con el escudo en el estómago y otro con la espada en el tobillo.
El gigante aulló al sentir el espadazo, que le había hecho un rasguño, y la euforia se apoderó fugazmente de Veradis.
Pero entonces una mano enorme agarró su escudo por el borde y se lo arrancó del brazo partiendo las correas de cuero.
Veradis sintió una explosión en el pecho, un dolor cegador, y salió volando por los aires.
Se estrelló contra el suelo, rodó e impactó de cara con algo sólido.
Brotaron unos destellos blancos en su cabeza.
—Sabes luchar, hombrecito —dijo el gigante avanzando hacia él con largas zancadas. El vestigio de una sonrisa le torcía los bigotes caídos. Su voz sonaba como un gozne de hierro oxidado por el desuso.
Veradis intentó incorporarse y, con la otra mano, buscó a ciegas la empuñadura de la espada, que había desaparecido sin saber muy bien cómo. Una niebla negra se expandía desde los bordes de su visión. Intentó concentrarse, consciente de que la muerte estaba ahí, a un paso, a un latido del corazón.
De pronto Nathair apareció a su lado empuñando la espada.
—¡Alto! —gritó una voz detrás del gigante.
Veradis se impulsó para levantarse del suelo, pero el dolor que le provocó el esfuerzo estuvo a punto de hacerle estallar la cabeza y se derrumbó. Perdió el conocimiento.
Un dolor. Rítmico, palpitante. Veradis abrió los ojos con aprensión y sintió unas puñaladas en la cabeza que le provocaron náuseas.
«¿Dónde estoy? Nathair.»
Se movió, demasiado deprisa, y sintió unas punzadas de dolor detrás de los ojos. Inspiró hondo y soltó el aire poco a poco. Esperó a que el mundo se quedara quieto.
—Así que estás vivo.
Era Rauca quien había hablado, de pie a su lado. El guerrero le pasó una mano por debajo del brazo y le ayudó a recostarse apoyado en el tronco de un laurel.
—¿Y Nathair? —masculló Veradis.
—En la tienda —respondió Rauca señalando con la cabeza por encima del hombro.
Seguían en el pequeño valle. Veradis estaba tendido a la sombra de los laureles que crecían junto al arroyo. Vio guerreros diseminados por toda la zona, algunos haciendo guardia en la cima. El gigante de pelo oscuro estaba plantado en la entrada de la tienda de colores chillones.
—¿Qué ha pasado?
—¿Te refieres a después de que intentaras morir quemado? —dijo Rauca, agachado a su lado con el rostro sonriente.
—Hum —protestó Veradis.
—Bueno, hasta donde yo vi, le diste un par de golpes a ese gigante, hasta que te levantó del suelo y te lanzó volando contra esos árboles.
—Eso lo recuerdo —murmuró Veradis. Se llevó una mano a la cara y se palpó la nariz ensangrentada y palpitante.
—Creo que luego el gigante iba a machacarte con la espada, pero Nathair se interpuso entre vosotros. —Rauca volvió a sonreír—. ¿No eras tú el que debía protegerle a él?
Veradis se ruborizó.
—Las cosas no salieron como las había planeado. ¿Qué pasó luego?
—Bueno, después el viejo intervino y tranquilizó al gigante. Al parecer, todo eso de las llamas, el gigante y la espada solo era una demostración de poder.
—¿Una demostración de poder?
—Ajá, para dejar claro que la vida de Nathair estaba en sus manos y que, si lo deseaba, podía hacerle daño.
—Ah. Pero no se lo ha hecho.
—No. Como te he dicho, solo era una demostración. En cualquier caso, parece ser que ha convencido a Nathair, porque, después de comprobar que todavía respirabas, se ha metido en la tienda con el consejero y aún no ha salido.
Veradis lanzó una mirada a la tienda y al gigante que custodiaba la entrada e hizo una mueca.
—¿Y el fuego? —Recordó que las llamas de un pequeño fuego para cocinar habían crecido hasta convertirse en un muro abrasador.
—No lo sé —contestó Rauca—. He oído historias sobre lo que pueden hacer esa clase de cosas. ¿Elementales? —susurró.
—Yo también —musitó Veradis temblando.
Rauca le ayudó a levantarse y Veradis se apoyó en él para ir al arroyo.
Una vez allí, se quitó la cota de malla entre quejidos y punzadas de dolor, asistido por el otro guerrero.
Le dolía el cuerpo en una veintena de sitios: donde se había golpeado al caer, donde había chocado con el árbol y las quemaduras al atravesar el fuego.
Pero había dos zonas donde el dolor era más intenso: en el pecho, donde el gigante le había golpeado, le salía un oscuro cardenal, aunque la cota de malla parecía haber evitado que le rompiera unos cuantos huesos; y en la nariz, que aún le palpitaba tras estamparse contra el árbol.
—La tienes rota —dijo Rauca con un regocijo excesivo para el gusto de Veradis—. ¿Quieres que te la coloque, o prefieres seguir pareciéndote a un Kadoshim de Asroth?
—Colócala —resopló Veradis. Se desabrochó el cinturón de cuero y se lo metió en la boca.
Rauca le sujetó la nariz con las dos manos y dio un tirón brusco. Sonó un crujido débil y Veradis soltó un grito ahogado y mordió fuerte el cinturón. Cogió un poco de agua del arroyo con las manos en cuenco y se limpió la sangre fresca que le salía por la nariz.
—Gracias —bufó cuando Rauca se agachó a su lado.
—De nada —dijo sonriendo su amigo. Le dio una palmada en la espalda.
Nathair no salió en ningún momento de la tienda y pasaron la noche en el valle. El sol se escondió detrás del horizonte y el cielo se tornó de un negro aterciopelado tachonado de estrellas que semejaban esquirlas de hielo.
Orcus mantuvo un centinela en la cima y envió a otro grupo a vigilar la tienda y al gigante durante toda la noche.
Veradis se despertó con el cuerpo agarrotado y dolorido.
La hueste desayunó sin prisa mientras esperaba a su príncipe. Poco después, el gigante, que aún hacía guardia en la entrada de la tienda, levantó el faldón de la puerta y Nathair y el hombre con el cabello plateado salieron a la claridad del día.
Nathair buscó a Orcus para que diera la orden a la hueste de prepararse para partir. Mientras el gigante desmontaba la tienda, el anciano, con los brazos cruzados, observaba detenidamente a Nathair.
Nathair vio a Veradis entre los guerreros que recogían el campamento y se encaminó hacia él con una sonrisa de oreja a oreja.
—Me alegra ver que estás bien —dijo el príncipe poniendo una mano en el hombro de Veradis—. Nunca olvidaré lo que hiciste.
—Fuiste tú quien me salvó a mí, según he oído —repuso Veradis.
—Eso es verdad. —Nathair sonrió—. No obstante, atravesaste las llamas por mí, Veradis. Hiciste algo que nadie más se atrevió a hacer... —El príncipe sacudió la cabeza—. No lo olvidaré.
Todo estuvo listo en un momento. Nathair volvió a conversar con el consejero y aceptó el estuche de piel con el pergamino enrollado que le ofrecía.
El gigante, que sacaba medio cuerpo de altura a todos los demás y tenía un semblante feroz, atrajo la mirada de Veradis, que se había situado detrás del príncipe.
Vestía unas pieles oscuras y cota de malla, y el tatuaje de una enredadera con espinas le cubría el brazo izquierdo y parte del derecho.
La empuñadura de su espadón sobresalía detrás de su hombro.
Tenía un rostro con un aire bastante humano, si bien sus facciones eran angulosas y protuberantes.
Los bigotes le caían a ambos lados de la boca y los llevaba atados con unas tiras de cuero.
De repente, sus ojos negros se clavaron en Veradis, que miró a otro lado.
—Te deseo un buen viaje —dijo el anciano, y estrechó el antebrazo de Nathair a la manera de los guerreros.
—Hasta nuestra próxima reunión.
—Hasta nuestra próxima reunión —repitió el consejero.
Se separaron y Nathair subió por la empinada ladera a la cabeza de su hueste y bajó por la otra vertiente.
Enseguida estuvieron todos montados en sus caballos y cabalgando al norte siguiendo el río Nox. Orcus marchaba delante junto con un puñado de miembros de la Guardia del Águila. Nathair cabalgaba con sus propios guerreros, flanqueado por Veradis y Rauca.
Nathair no había abierto la boca desde que partieron del valle.
—He negociado una paz —soltó de repente.
Veradis se sobresaltó.
Rauca miró ceñudo al príncipe.
—Sé que muchos no lo entenderán, pero tendrá un impacto importante, creo.
—¿No lo entenderán? Muchos se opondrán, Nathair. —Veradis había crecido en la costa y, si bien los Vin Thalun los habían dejado en paz durante más de una década, conservaban su reputación. Y últimamente habían reanudado los ataques.
—En todo caso, es por un bien mayor —repuso Nathair.
—¿Confías en ellos? —preguntó en voz baja Rauca.