CAPÍTULO ONCE. CORBAN
CAPÍTULO ONCE
CORBAN
Corban se aferraba a Gar mientras cabalgaban por la Calzada de los Gigantes.
La capa hinchada del jefe de cuadras le envolvía la cara y oía más que veía.
En torno a ellos fluctuaba el resplandor anaranjado de las antorchas que se habían encendido y señalaban el camino hasta la granja de Darol.
Sin embargo, el viaje a través de la oscuridad era lento y tedioso, y Corban no tenía manera de saber cuánto les faltaba para llegar a la empalizada, pues la compañía cabalgaba en un silencio sepulcral.
Todo lo que oía era el repiqueteo de los cascos de los caballos en la vieja carretera.
«Por lo menos estoy aquí», pensó al recordar que había tenido que suplicar a Gar que lo llevara con él.
—¿Falta mucho? —preguntó por enésima vez a la espalda del jefe de cuadras, pero no recibió respuesta. Repitió la pregunta, un poco más fuerte.
—No —dijo Gar, de muy mal humor—. Y te juro que si vuelves a preguntármelo te tiraré del caballo.
Corban hizo un mohín, pero no dijo nada.
Volvió a ver la cara de Dylan dentro de su cabeza, de donde no había salido desde que viera el fuego en la empalizada.
Mucha gente había corrido a los establos al oír la llamada de Gar, y Corban formaba parte de una partida de al menos cuatro decenas de hombres, incluido el rey Brenin. Suspiró y se sujetó más fuerte a Gar.
Pasó lo que le pareció una eternidad hasta que notó que el picazo de Gar, Martillo, comenzaba a ascender por una pendiente.
Habían llegado. A su alrededor, el cielo se aclaraba gradualmente y lo primero que pensó fue que el amanecer había llegado sin avisar, pero entonces oyó el crepitar de las llamas y olió el humo y se dio cuenta de que la luz procedía de la granja de Darol, que el fuego devoraba.
Los jinetes se detuvieron y Corban se bajó del caballo. Al ver la situación, dio un grito ahogado. Lenguas de fuego lamían la empalizada y ascendían agitándose hacia el cielo nocturno. Del gran agujero oscuro en medio de las llamas que era la puerta abierta salían nubes de humo negro.
Brenin subió a pie lo que quedaba hasta la cima de la colina y sus escuderos se apresuraron a formar un semicírculo delante de él.
—Intenta pasar desapercibido —le aconsejó Gar—. No deberías estar aquí.
Corban asintió, pues sabía que solo aquellos que habían superado las pruebas del guerrero y la Noche Larga podían cabalgar con el rey. Ni siquiera los chicos que, como Rafe, ya entrenaban en el Campo de los Serbales tenían permiso para acompañar al soberano.
Las nubes de humo lo envolvieron cuando cruzó la puerta.
Mezclado con el olor de la madera quemada había otro hedor más empalagoso y nauseabundo que se le pegaba a la garganta.
El fuego que quemaba los edificios cercados por la empalizada no era tan feroz, pues donde habían estado el salón de banquetes y los establos ya poco quedaba salvo vigas carbonizadas.
Brenin se arrodilló un momento en el centro del patio, rodeado por un puñado de guerreros. Volvió a ponerse en pie y continuó caminando. Corban se acercó furtivamente para ver qué era lo que había llamado la atención del rey.
Un cuerpo yacía en el suelo. Era Darol. Una mancha oscura se expandía alrededor de su estómago. Sus dedos, ensangrentados y retorcidos, estaban clavados en la tierra arañada.
Alguien pidió ayuda un poco más adelante, un guerrero que estaba hurgando con la punta del asta de la lanza en los escombros ennegrecidos de lo que había sido el salón de banquetes.
Alguien acudió corriendo a echarle una mano, uno de los hermanos que habían llegado a caballo al pueblo la noche anterior.
Enseguida se formó un grupo de gente alrededor que impidió a Corban ver más.
El chico se olvidó de la advertencia de Gar y se abrió paso por la masa de guerreros hasta que llegó al montón de escombros, con las botas negras de la ceniza blanda.
Delante de él había unas figuras, carbonizadas y deformadas por el fuego.
El olor golpeó a Corban como un puñetazo, le cortó la respiración y le revolvió el estómago.
Contó cinco cuerpos, todos ellos tan quemados que era imposible reconocerlos, uno mucho más pequeño que el resto: Frith.
Corban no era capaz de decir quién de ellos era su amigo Dylan, pero sabía que estaba allí.
Su estómago protestó de nuevo y le brotaron las lágrimas.
Se frotó los ojos casi sin darse cuenta de que estaba rodeado por la élite de los guerreros de Dun Carreg.
Dio media vuelta y se alejó a trompicones, cayó de rodillas al suelo y vomitó sobre el manto de ceniza que cubría el patio.
Sintió una mano en el hombro. Parpadeó para secarse las lágrimas, que le escocían los ojos, y vio a su padre. Thannon lo levantó del suelo sin el menor esfuerzo.
—No deberías estar aquí, Ban —dijo con voz grave.
—Dylan... —balbuceó Corban.
Thannon abrazó a su hijo, que parecía incapaz de evitar que le temblaran los hombros.
Permanecieron así un rato. Entretanto, los guerreros se pasearon por el recinto cercado rebuscando en la ceniza.
Corban finalmente se separó de su padre y se extendió el polvo gris por la cara al frotarse los ojos.
Gar apareció a su lado.
—Brenin acaba de enviar un grupo a explorar la colina, a ver si encuentra alguna pista de lo que ha pasado.
—¿Tú qué crees que ha pasado? —preguntó Corban.
—Una venganza o un robo, ¿qué otra cosa podría ser? —soltó Thannon.
—Forajidos, en mi opinión —dijo Gar—. Se han oído rumores de que una banda de forajidos de Braith del Bosque Oscuro se mueve hacia el este, quemando y robando a su paso. El Baglun no es tan grande como el Bosque Oscuro, pero sigue siendo un sitio tentador para esconderse.
—De no ser por los lobones y por estar tan cerca de Brenin —apuntó Thannon.
Gar asintió resignado.
—En el Bosque Oscuro también hay lobones. ¿Crees que es una venganza? ¿Crees que Darol tenía enemigos capaces de hacer una cosa así?
Thannon suspiró y negó con la cabeza.
—Es solo que no me gusta la idea de que haya forajidos tan cerca de casa.
Desde el otro lado de la puerta de la empalizada llegó ruido.
Un puñado de carros acababan de llegar con gente del pueblo y de la fortaleza.
La mayoría llevaba alguna clase de herramienta, desde cubos hasta palas.
Corban vio a su madre y a su hermana corriendo colina arriba hacia ellos.
Gwenith le cogió la mano en cuanto llegó a su lado.
—Dylan está muerto... —alcanzó a decir Corban con un nudo en la garganta y lágrimas nuevas brotándole en los ojos.
Gwenith intentó abrazarlo mientras la gente del pueblo pasaba junto a ellos, pero Corban se apartó.
Los recién llegados se pusieron manos a la obra; apilaron vigas carbonizadas, retiraron paladas de ceniza y rebuscaron entre los escombros.
El resto de la mañana pasó volando. Corban volvió a montarse en el picazo de Gar y acompañó al jefe de cuadras al río, donde ya había mucha gente trabajando duro, incluido Brenin.
Desmontaron las trampas para salmones de Darol y llenaron carros de piedras del lecho del río para construir una tumba.
De vuelta en la empalizada, descargaron las piedras de los carros y se construyó un gran túmulo alrededor de los cadáveres de Darol y su familia en la cima de la colina. Una vez colocadas las últimas piedras, cuando el sol ya comenzaba a fundirse con el horizonte, Brenin se dirigió a todos.
—La mayoría de los que estamos aquí conocíamos a Darol y a su familia. Eran buenas personas, también sus hijos. Anoche unos forajidos atacaron su granja —declaró. Hizo una indicación a Marrock.
—Hemos encontrado dos series de huellas —anunció el cazador—.
Una sale del bosque y otra vuelve a él. Alrededor de una docena de caballos.
Sospecho que unos cuantos hombres saltaron la empalizada y abrieron la puerta a los demás.
Darol debió de oírlos y lo mataron cuando se encaró con ellos.
Los demás fueron asesinados dentro del salón de banquetes.
Hemos seguido el rastro hasta el Baglun, donde desaparece.
—Hizo una mueca y dirigió un gesto a la multitud.
Uno de los hermanos que se habían cruzado con Corban en la carretera la noche anterior, el mayor, el serio, se adelantó—.
Halion ha encontrado esto. —Marrock hizo una indicación con la cabeza al hombre, que extendió el brazo para mostrar un collar de perlas que Corban había visto alrededor del cuello de Elin, la hermana de Dylan.
Brenin desenfundó la espada.
—Se ha cometido una atrocidad en este lugar —dijo con voz ronca—.
He aquí mi promesa: No permitiré que ladrones y asesinos actúen a su antojo en Ardan, mucho menos frente a la puerta de mi casa.
Darol y su familia tendrán justicia. Los culpables derramarán su sangre.
Lo juro por la palabra de mi padre y sello mi juramento con mi sangre.
—Apretó el puño alrededor de la hoja de la espada y un hilito rojo corrió por el filo.
A continuación, volvió a enfundar el arma.
A la mañana siguiente, Corban se despertó y por un momento se sintió normal, hasta que el peso de la memoria cayó sobre él.
El fuego. Las lágrimas volvieron a sus ojos.
Se habría dado la vuelta para seguir durmiendo de no ser porque su madre oyó que se movía, entró en su habitación como un vendaval y le levantó la manta.
Luego se sentó a su lado y le acarició el pelo, se inclinó hacia él y le dio un beso tierno en la mejilla.
—Ven a desayunar.
Cuando llevaba un rato dando pellizquitos a un pastelito de miel y pequeños sorbos a una taza de leche, Corban preguntó:
—¿Dónde está Cywen?
—En las cuadras con Gar. —Su madre le miró con el rabillo del ojo—. Tu padre te necesita en la forja hoy.
Corban se puso en pie y suspiró.
—Voy para allá.
Thannon le dijo que no lo necesitaba hasta el mediodía y Corban puso rumbo a la casa de Dath. Llamó a la puerta y le abrió Bethan.
—Dath se ha ido con nuestro padre —dijo la hermana de su amigo.
—¿Eh? —balbuceó Corban, removiendo la tierra del suelo con los pies.
—Han salido con la marea, justo cuando salía el sol —añadió Bethan.
—Ah —dijo Corban, y dio media vuelta para irse.
—Corban —gritó Bethan a su espalda—. Eras muy amigo de la familia de Darol, ¿verdad?
—Sí.
Bethan se acercó a él y le apretó la mano.
—Brenin los capturará —afirmó.
Corban suspiró y se marchó.
La pradera, que solo dos días antes era un bullicioso hervidero de gente, estaba ahora casi vacía. Corban divisó una figura alta acompañada de un perro grande en la otra punta, cargando un carro.
Las orejas de Talar se pusieron tiesas cuando Corban llegó corriendo y se detuvo delante de Ventos, que en ese momento levantaba una gran piel de oveja enrollada.
—¿Te vas? —preguntó.
—Pues sí, muchacho. Tengo que vender mis productos. Espero haber atravesado buena parte de Ardan para el solsticio de verano. Lo de ayer fue horrible. ¿Conocías a la familia?
—Ajá. Sobre todo a Dylan, el hijo de Darol. —Se le humedecieron los ojos—. Gracias por ayudar.
—Este es un buen sitio —masculló Ventos—. La gente es buena. En las Tierras del Exilio no hay tantos lugares donde se pueda ver a tanta gente echando una mano como se vio ayer.
—Aquí nunca hay asesinatos —murmuró Corban. Había oído lo de los asesinatos de los forajidos, sabía que habían quemado granjas cerca del Bosque Oscuro, pero para quien vivía en la fortaleza esas cosas solo eran historias, nunca hechos vistos con los propios ojos.
Ventos asintió.
—Tenéis un buen rey que es capaz de mantener alejadas esas atrocidades. En otros lugares ocurren cosas mucho peores. Estoy seguro de que capturará y juzgará a los culpables de estos crímenes. Vamos, ayúdame a acabar de cargar las cosas —dijo mientras se secaba el sudor de la frente.
Cuando acabaron de subir todo al carro, el vendedor se sentó en el pescante. Un poni robusto estaba enganchado al vehículo, y otro, cargado hasta arriba, atado con una cuerda a la parte trasera.
—No te acerques al Baglun —le advirtió Corban cuando el vendedor agarró las riendas.
—No te preocupes por mí, chico. Tengo a Talar, que cuida de mí.
—Sacudió las riendas y el poni se puso en marcha.
Ventos esbozó una sonrisa de oreja a oreja y se despidió con la mano mientras avanzaba hacia la Calzada de los Gigantes, con Talar trotando a su lado.
Corban observó al buhonero hasta que desapareció en el horizonte.
Luego miró el sol, maldijo y salió disparado hacia la fortaleza.
Buddai levantó la cabeza para mirar a Corban cuando el chico entró corriendo, saltó por encima del perro y se escabulló por la puerta de la forja.
Se apoyó contra el marco de madera y tomó aire a grandes bocanadas mientras el pecho le subía y bajaba como el fuelle que en ese momento tenía Thannon en la mano.
—Llegas tarde —dijo su padre. El resplandor del horno lo iluminaba con fuertes contrastes de sombras y luces.
Llevaba el torso desnudo y un delantal de piel de uro le cubría el corpulento pecho y la barriga.
Las chispas que saltaban del martillo le quemaban la barba o los fuertes antebrazos y flotaba un olor a pelo chamuscado en el aire.
—Lo siento, papá —consiguió decir Corban entre jadeo y jadeo.
—No importa. Aunque un hombre siempre debe cumplir su palabra —replicó Thannon mirando con severidad a su hijo—.
Necesito que me ayudes con el martillo. Torin me ha encargado media docena de guadañas.
—Miró a Corban, que seguía apoyado contra el marco de la puerta—.
¡Venga! Hay que forjar este hierro antes de que se enfríe.
Corban se puso su delantal de cuero lleno de agujeros y cogió el martillo que le indicó su padre.
Sobre el yunque, sujeto mediante unas tenazas, había un grueso trozo de hierro al rojo vivo atravesado por oscuras estrías.
Corban sabía lo que tenía que hacer y el martillo retumbaba cada vez que golpeaba el metal; poco a poco, a base de martillazos, las impurezas se soltaban y en el aire revoloteaban chispas incandescentes.
Corban pasó el resto de la tarde algo atontado por el calor y el ruido y, de vez en cuando, se formaban imágenes del día anterior en su cabeza. Por eso se quedó perplejo cuando la manaza de su padre le agarró el brazo levantado.
—Ban, hemos terminado por hoy —dijo Thannon con mirada preocupada.
Corban entrecerró los ojos, colgó el martillo con el resto de las herramientas y pasó el rastrillo por el horno para acumular el carbón a medio consumir en los bordes.
Al salir de la forja junto a su padre, el aire frío del anochecer le hizo cosquillas en la piel sudada.
Un caballo y su jinete enfilaban en ese momento el camino adoquinado que llevaba a las cuadras de la fortaleza.
Corban nunca había visto el emblema que exhibía el escudo del jinete.
Era un águila blanca sobre un fondo negro.