CAPÍTULO DIEZ. KASTELL #3
Espolearon a sus monturas sin piedad para ponerlas al galope y desestimaron toda idea de reservar energías al ver que la muerte les pisaba los talones.
El pánico se apoderó de Kastell, que gritaba a su caballo para que corriera más.
Coronaron una cresta y Kastell vio un destello a lo lejos.
El Rhenus se alejaba sinuosamente de las montañas.
El sendero descendía hasta una depresión poco profunda antes de subir de nuevo hacia otra cresta y el río desaparecía de la vista.
Oyó un grito a la espalda, seguido por un estruendo.
Se volvió y vio a Maquin tirado en el suelo y a su caballo detrás de él, con una pata delantera torcida en un ángulo imposible debajo del cuerpo.
Kastell dio media vuelta y retrocedió hasta Maquin, que ya se ponía en pie, con media cara cubierta por una costra de tierra y sangre.
Un vistazo al animal dejó claro que no iba a levantarse.
—Se ha roto una pata —dijo Maquin.
Kastell le tendió la mano y Maquin se la cogió y se subió a la silla de montar detrás de él.
El caballo de Kastell ejecutó una pequeña danza sin moverse del sitio, con las patas temblorosas.
Kastell maldijo y azuzó al caballo, pero la bestia a duras penas era capaz de caminar.
Solo habían avanzado unos pasos cuando Maquin imprecó y se dejó caer al suelo.
—Vete, muchacho. Si uno de nosotros se salva ya podemos darnos por satisfechos.
Kastell se lo quedó mirando fijamente.
—Vete, muchacho —rugió de nuevo Maquin mientras se abrochaba tranquilamente la correa del casco—. ¿A qué esperas? —insistió—. Vete antes de que también sea tarde para ti. ¿Has visto el río?
Kastell asintió en silencio.
—Con el tiempo que te conseguiré, aún hay esperanza. Esto no es ningún deshonor, muchacho. ¡Vive!
Kastell permaneció inmóvil en su caballo mientras un torbellino de pensamientos le arrasaba la mente. Finalmente sacudió la cabeza y se bajó del caballo.
—No te librarás de mí tan fácilmente —masculló.
Maquin sonrió sin alegría.
—En ese caso, al menos dame tu lanza. Dejé la mía clavada en la gigante y tú no serías capaz de dar al casco de un barco a diez pasos de distancia.
Kastell dibujó una sonrisa. Le pasó la lanza a Maquin y se descolgó el escudo. Su caballo estaba exhausto y no le sería de ninguna ayuda en la inminente batalla, así que le dio una fuerte palmada en el costado. El animal subió al trote por la pendiente y desapareció detrás de la cresta.
Los dos hombres esperaron hombro con hombro a que los Hunen coronaran la cima que acababan de dejar atrás.
Kastell sintió la punzada del miedo en el estómago y se le licuaron los intestinos cuando los gigantes emitieron unos extraños aullidos y ululatos al verlos.
De repente se quedaron callados y patearon el suelo con sus suelas llenas de tachuelas de hierro.
Kastell intentó contarlos. Había por lo menos una veintena, tal vez más; era difícil saberlo.
Solo se distinguía a las mujeres de los hombres porque no tenían bigote ni barba.
Los rayos del sol se reflejaron en el hierro cuando sacaron las hachas y los martillos de las correas que llevaban a la espalda.
Kastell oyó un susurro detrás de él y vio que Maquin movía los labios con los ojos cerrados.
Abrió los ojos de golpe y el escudero echó el brazo hacia atrás y arrojó la lanza de Kastell.
El proyectil surcó el aire con fluidez trazando un arco.
Un gigante se tambaleó antes de desplomarse y ya no se levantó.
La espada de Kastell salió de la funda con un silbido.
Con un arma en la mano se sentía otra persona, menos torpe.
Juró que se llevaría al menos uno de esos monstruos con él cuando cruzara el puente de las espadas.
Oyó un estruendo lejano detrás de él, como un trueno, pero el cielo estaba azul cuando alzó la vista.
Los gigantes se habían acercado lo suficiente y podía distinguir sus rasgos.
Iban cubiertos con unas armaduras de cuero que formaban extrañas figuras alrededor de su cuerpo y tenían los brazos llenos de tatuajes sinuosos.
Sus ojos oscuros brillaban en caras pálidas y enmarcadas por negros cabellos trenzados.
Los hombres además lucían unos largos bigotes que les caían a ambos lados de la boca.
Los gigantes rodearon el caballo caído de Maquin.
Kastell musitó una última oración a Elyon y levantó la espada.
Volvió a sonar un trueno, más fuerte. Pero esta vez, en lugar de apagarse, el ruido continuó creciendo y, de improviso, Maquin le empujó para sacarlo del camino.
Kastell cayó al suelo y rodó unos metros mascullando una queja.
El ruido atronador siguió creciendo hasta que el suelo tembló.
Kastell se dio cuenta de que no llegaba del cielo sino del otro lado de la cresta que tenía detrás.
Unos caballos coronaron la cima y descendieron como una gran ola.
A la cabeza de los jinetes, enfundado en una radiante cota de malla, marchaba su tío.
Romar aparecía como un ángel vengador de un tiempo anterior al Azote.