CAPÍTULO DIEZ. KASTELL #2
La niebla había comenzado a disiparse. Los cadáveres de caballos y hombres, destrozados y ensangrentados, yacían esparcidos alrededor de los carros.
El arroyo fluía teñido de un horripilante color rosado.
Los gigantes se habían reunido en torno a uno de los carros y rompían con las hachas las cajas de madera que transportaba.
De repente salió un grito atronador del grupo y uno de los gigantes sacó algo de una caja y lo alzó alto en el aire. El objeto destelló a la luz del sol.
—El hacha de piedra de las estrellas —susurró Maquin.
—¿Eh? ¿Cómo es posible? —balbuceó Kastell.
—Que me parta un rayo si lo sé —contestó Maquin.
Desde el pequeño valle llegó el extraño bramido de un cuerno y un miedo cerval atravesó el estómago de Kastell como si fuera una daga de hielo. Los habían visto. Al menos una veintena de Hunen echaron a correr hacia ellos por el sendero que ascendía por la pared de la hondonada.
Kastell y Maquin se miraron, giraron sobre sí mismos y escaparon por el sendero.
—¡Ten cuidado! —gritó Maquin para hacerse oír por encima del estrépito de los cascos—.
Si les exigimos más de la cuenta, los caballos estarán reventados antes del mediodía.
Este paso es suficiente para dejar atrás a los Hunen, así que no intentes correr más.
Pondremos un poco de distancia y rezaremos para que se les quiten las ganas de seguirnos.
—Pero dijiste que...
—Ya sé lo que dije, muchacho —se quejó Maquin.
Kastell respiró hondo, dominó el pánico que lo atenazaba y se concentró en el camino que se extendía delante de él.
Cabalgaron en silencio. Solo se oía el chacoloteo de los cascos y las ráfagas de aire que salían de los ollares de los caballos.
El sol ya había superado su cénit cuando cruzaron chapoteando un arroyo que atravesaba el camino.
Detuvieron las monturas y se apearon, llenaron los odres y concedieron a los animales un momento para que bebieran y descansaran.
Maquin bebió un trago largo y escrutó el camino que habían dejado atrás. De repente se subió de un salto al caballo.
—¡Arriba! ¡Los Hunen nos siguen!
El veterano guerrero era una persona con la que más valía no discutir, y menos en ese momento, con el pelo y la cara cubiertos de sangre de gigante seca.
Kastell se volvió hacia el horizonte y vio surgir la masa de enormes figuras.
Se montó rápidamente en su caballo, que tenía el pelo cubierto por una capa blanca de sudor salado seco, y reanudó la marcha.
Los animales enfilaron el amplio sendero a medio galope. Kastell echaba una mirada atrás de vez en cuando y a veces atisbaba un movimiento en los márgenes de su campo visual. El sol ya se escondía en el horizonte delante de ellos y las sombras se alargaban a su espalda cuando Maquin dio el alto.
—¿Cómo puede ser que el hacha estuviera en ese carro? —preguntó Kastell.
—Supongo que quien contrató a Aguila lo había robado. —Maquin esbozó un gesto de duda.
—Pero los Hunen... ¿Cómo sabían ellos que estaba ahí?
—No lo sé, muchacho. ¿Magia negra? —El veterano guerrero volvió a encogerse de hombros.
—No me explico cómo fuimos capaces de derrotarlos —comentó Kastell.
—¿Fuimos?
—Los humanos, quiero decir. ¿Cómo pudimos derrotar a los gigantes?
Kastell no podía sacarse de la cabeza a la gigante del pelo negro que había estado a punto de matar a Maquin.
—Cuesta creerlo, ¿eh? —repuso Maquin—. Aunque las viejas historias hablan de grandes hazañas y de valor, sospecho que todo se redujo a una cuestión de número.
Nosotros éramos más que ellos. Si a eso le sumas el orgullo de los gigantes...
Nos subestimaron, nunca nos consideraron un verdadero peligro.
Se puede sacar una lección de eso. Aunque seas fuerte y feroz como un gigante, nunca subestimes a un enemigo.
—Carraspeó y escupió—. ¿Piensas unirte al Gadrai, muchacho?
Kastell lo miró desconcertado.
—Has matado a un gigante. Yo fui testigo. Lo vi con mis propios ojos.
Kastell resopló.
—Era una mujer —le corrigió—. Y si alguien se merece un sitio en el Gadrai, ese seguramente sea mi caballo. —Dio unas palmadas al costado tembloroso de su montura—. Fue él quien la mató, y tú te aseguraste de rematarla.
—Es que no quería que volviera a levantarse —dijo Maquin esbozando una sonrisa—. Se necesita valor para hacer lo que hiciste, muchacho. Y me has salvado la vida. Eso no lo olvidaré nunca.
Kastell miró a otro lado, ruborizado.
—¿Qué opciones crees que tenemos?
Maquin se quedó callado un momento.
—No creo que nos sigan más allá del Rhenus. Si conseguimos cruzar el río y entrar en Isiltir, lo más probable es que nos dejen en paz. Si nos han seguido hasta aquí, dudo que se den por vencidos antes.
—Pero hace cinco días que dejamos atrás el Rhenus —apuntó Kastell tratando de evitar que su voz trasluciera el miedo que sentía.
—Ajá, es cierto. Pero eso fue porque teníamos que adaptarnos a la marcha de los carros.
Ya hemos recorrido una distancia que tardamos casi dos días en cubrir con los carros.
—Hizo una mueca—. Pero los caballos están cansados; han hecho un gran esfuerzo.
Habrá que viajar de noche si queremos tener opciones de vivir para ver un nuevo día, pero tendremos que tomárnoslo con más calma.
Calculo que, si los Hunen no nos han alcanzado antes, mañana al mediodía veremos el río.
Siempre y cuando viajemos de noche y los caballos no caigan muertos a nuestros pies.
—¿Para qué dormir si vas a despertarte con una lanza en el culo? —dijo Kastell.
Maquin asintió muy serio.
Comieron un poco de carne curada y bebieron agua.
—A los caballos. A ver si vivimos lo suficiente para ver salir el sol.
La noche transcurrió como en un sueño para Kastell.
Durante la mayor parte del camino, los caballos redujeron la velocidad a un paso de caracol.
Kastell se adormecía y se despertaba con un sobresalto cuando notaba que resbalaba por la silla de montar, y más de una vez tuvo que extender la mano para evitar que a Maquin le pasara lo mismo.
Dio las gracias a Elyon con plegarias silenciosas por mantener el cielo despejado y dejar que la luna y las estrellas brillaran con toda su intensidad para alumbrarles el camino.
El alba llegó sin avisar; el cielo se tornó gris y luego de un intenso color azul antes de que se dieran cuenta de que la noche había pasado.
Sin embargo, Maquin no les permitió detenerse aún.
Una densa niebla cubría las praderas debajo de ellos, como un manto gris a los pies del bosque.
Maquin la miró con recelo y siguió avanzando tenazmente sobre su caballo.
El sol les calentaba la espalda y la niebla ya se disipaba cuando por fin se detuvieron, tan agotados que estuvieron a punto de caerse de la silla. Kastell intentó ver si los seguían, pero el sol estaba bajo en el cielo y lo cegaba mientras escrutaba el sendero montañoso.
—Bebe —murmuró Maquin. Vertió agua en el cuenco que formaba con la mano y se la acercó a su caballo.
Kastell echó otro vistazo atrás. Unas figuras negras se materializaron bajo el brillante sol, mucho más cerca de lo que había creído posible. Agarró del brazo a Maquin y profirió un graznido de alarma.
—¡Corre! —gritó el escudero empujando a Kastell hacia su caballo.