Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO DIEZ. KASTELL
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CAPÍTULO DIEZ. KASTELL

CAPÍTULO DIEZ

KASTELL

Los días transcurrían plácidamente para Kastell mientras viajaban hacia Halstat.

Aguila solía dejarse caer a la cola de la columna y cabalgaba un rato él y Maquin, y después de la primera noche, Kastell y Maquin se sentaban alrededor del fuego con el resto de los viajeros.

Kastell era un muchacho de pocas palabras, pero apreciaba esa sensación de pertenencia que había olvidado sumido en el ambiente de intrigas políticas de Mikil.

El cuarto día de viaje, nada más amanecer, vieron aparecer en el camino un jinete que cabalgaba hacia ellos.

Iba solo y llevaba las insignias de Tenebral, un reino situado muy al sur de allí.

El guerrero rechazó la invitación de detenerse y comer con ellos, pues, según dijo, llevaba un mensaje urgente para Romar.

A primera hora del sexto día, uno de los mercenarios recorrió a medio galope la columna hacia la posición que Kastell y Maquin solían ocupar en la cola.

—El jefe quiere que cabalguéis con él en la cabeza de la columna —dijo el guerrero.

—¿Qué tenéis pensado hacer cuando lleguemos a Halstat y se acabe este trabajo? —les preguntó Aguila cuando Kastell y Maquin llegaron a su lado.

—Volver a Mikil, supongo —respondió Kastell—. ¿Por qué lo preguntas?

—Si no os veis preparados para volver aún, tal vez pueda encontraros un trabajo en mi grupo.

—No sé —dijo sorprendido Kastell. Lo cierto era que no había pensado en más allá de Halstat, pero la idea de regresar a Mikil no le hacía gracia. Le gustaba la vida en la carretera, la vida sin Jael—. Quizá aceptemos esa oferta —añadió mirando de soslayo a Maquin.

—Yo no tengo ninguna prisa en volver a Mikil —apuntó el escudero con los hombros encogidos.

El camino que seguían había discurrido en paralelo al bosque de Forn durante varios días.

Ahora torcía y se acercaba al bosque obligado por un espolón escarpado que abría un surco en dirección al Forn.

Kastell contempló las montañas, que parecían una hilera de dientes irregulares y desportillados recortados en el sol naciente.

Según la leyenda, esa cordillera se había formado a partir de las ruinas del Azote de Elyon, cuando la tierra fue destruida y reconstruida.

Se decía que mucho más al norte, al otro lado del bosque de Forn, se extendían una legua tras otra de devastación, campos de ceniza y grandes grietas en la misma tierra, abismos sin fondo.

Los carros siguieron el camino que se aproximaba al Forn, hasta que Kastell fue capaz de distinguir las ramas mecidas por el viento.

—Cuando superemos ese espolón —explicó Aguila—, el camino vuelve a alejarse del bosque y se adentra en las montañas. A partir de entonces seguiremos el Danvius, que nos llevará directamente hasta las puertas de Halstat.

—Perfecto —dijo Kastell con entusiasmo, y tanto Maquin como Aguila rieron quedamente.

A medida que se acercaban al espolón, que se alzaba escarpado y accidentado hacia las nubes, el camino descendía a un pequeño valle en su base.

—Esto es lo más cerca que estaremos del Forn —observó Maquin mientras la caravana bajaba al valle—. A menos que te unas a los que protegen Dal Gadrai.

—Para mí es suficiente —dijo Kastell. El Dal Gadrai era un valle creado por un río que atravesaba el bosque de Forn, en la frontera oriental de su tierra natal.

Un grupo de guerreros, todos voluntarios, pues no enviaban a nadie allí, patrullaba las orillas del río a su paso por el Forn, sobre todo para escoltar las naves mercantes que usaban el río, pero también para actuar como un baluarte contra los moradores del bosque que se sintieran tentados de internarse en Isiltir.

Solo aquel que había matado a un miembro de los Hunen, el clan de gigantes que todavía vivía en el bosque de Forn, podía unirse al Gadrai, como se llamaba al regimiento.

Los guerreros del Gadrai solían continuar su carrera como escuderos de Romar, el rey de Isiltir.

El camino descendía con una pendiente muy pronunciada y la niebla subía a su encuentro y se arremolinaba en torno a los cascos de los caballos. Kastell se volvió en la silla de montar y observó cómo se enroscaba en las ruedas de los carros que venían detrás.

Continuaron en silencio un rato y el suelo comenzó a nivelarse envuelto en la niebla, que atenuaba todos los sonidos. Kastell solo oía el tintineo de los arneses de su caballo, el crujido esporádico de una rueda a su espalda y, mucho más débil, el borboteo del riachuelo un poco más adelante.

—Esto no me gusta —murmuró para sí.

Maquin y Aguila eran unos bultos borrosos a un lado y a otro.

—Ajá, muchacho —masculló Maquin—. A mí tampoco. —Espoleó a su caballo.

De repente hubo un siseo a su alrededor y, tras un golpe húmedo y un movimiento difuminado, Aguila desapareció de su silla de montar. Estallaron gritos alrededor. Maquin y Kastell se agacharon desde sus monturas para buscar a Aguila.

Lo vieron con una lanza tan gruesa como la muñeca de Kastell clavada en el pecho. Tenía los ojos abiertos, con la mirada perdida, y la sangre que escapaba de su boca formaba un charco alrededor de su espalda. Kastell se arrodilló al lado del guerrero caído.

—¡Rápido, muchacho! —gritó Maquin—. Ya no puedes hacer nada por él. —Espoleó a su caballo hacia las sombras que había detrás de ellos.

Kastell siguió al escudero; la idea de quedarse solo en medio de esa niebla maldita hizo que corriera como si pisara brasas.

Una escena sacada de una pesadilla apareció ante él: un caballo enganchado a un carro chillaba tirado en el suelo, atravesado por una lanza, con los ojos en blanco y echando espuma sanguinolenta por la boca.

Más cadáveres yacían por doquier, de comerciantes y guerreros atrapados en la lluvia de lanzas.

Entonces, de la densa blancura vaporosa surgieron unas enormes figuras sombrías.

Los Hunen. Kastell vio un gigante que medía por lo menos medio cuerpo más que él; sus negros cabellos trenzados enmarcaban un rostro anguloso y feroz, con unos ojos hundidos que parecían dos pozos negros.

Kastell dio un grito ahogado cuando se dio cuenta de que era una mujer, con los pechos envueltos en unas ceñidas tiras de cuero.

La gigante se lanzó hacia ellos aullando y haciendo molinete con un hacha por encima de la cabeza.

Un chorro de sangre roció el aire, otro hombre se derrumbó y su cabeza y su cuerpo rodaron en distintas direcciones.

Maquin echó el brazo hacia atrás y arrojó la lanza, que atravesó la coraza de cuero de la gigante, se le hundió en el hombro y la hizo girar sobre sí misma.

La guerrera se enderezó y se extrajo la lanza. Parecía más cabreada que dolorida.

Maquin se lanzó a la carga hacia ella a lomos de su caballo y asestó un espadazo.

Se oyó un estruendo de hierro cuando la Hunen detuvo la acometida del veterano escudero y lo derribó de la montura de un porrazo con el hacha.

Kastell levantó la lanza, pero cambió de idea y azuzó a su caballo para embestir a la enorme guerrera, que ya levantaba el hacha por encima de Maquin.

La Hunen oyó demasiado tarde el estrépito de los cascos.

Kastell tiró de las riendas cuando su caballo se encabritó y pateó a la gigante en la cara hasta reducírsela a una papilla sangrienta.

La enorme criatura se precipitó al suelo como un árbol talado.

Kastell le asestó una lanzada y Maquin se arrastró hasta la figura postrada y levantó y bajó la espada describiendo un arco sangriento en el aire.

Kastell sujetó el caballo de Maquin y sacudió las riendas hacia el escudero.

El veterano guerrero estaba de pie junto al cadáver de la gigante, con las fosas nasales dilatadas y el cabello gris oscurecido, apelmazado y pringoso debido a la sangre.

Entornó los ojos cuando Kastell le puso las riendas del caballo en las manos, sacudió la cabeza y se montó en el animal.

Volvían a estar solos. El fragor de la batalla aún resonaba a su alrededor, pero no veían nada.

—Tenemos que encontrar un sitio elevado —murmuró Maquin.

Kastell asintió y se pusieron en marcha juntos con la esperanza de que fueran en la dirección correcta. El terreno enseguida comenzó a ascender y, solo unos segundos después, recibieron los rayos de sol en la cara. Se volvieron y dirigieron la mirada hacia el pequeño valle.

La traicionera niebla inundaba toda la hondonada y unas figuras imprecisas corrían de un lado a otro dentro de ella.

Un poco más allá se divisaba una porción de pradera bañada por el sol.

Un puñado de hombres surgió de la niebla en esa dirección y corrió hacia el borde del bosque, pero los gigantes salieron de la penumbra, se abalanzaron sobre ellos y los machacaron con sus hachas hasta que no quedó uno solo en pie.

—Hay que irse de aquí —dijo en voz baja Maquin—. Y rápido. Antes de que nos vean. Nuestros caballos corren más, pero ellos son como sabuesos. Si nos descubren y deciden darnos caza, son capaces de seguirnos sin descanso durante muchas noches.

—Pero... —comenzó Kastell. El sentido común le gritaba que huyera, que volviera grupas y se alejara al galope de ese lugar de locura y sangre todo lo rápido que pudiera. Sin embargo, había algo que se lo impedía—. Pero nuestra obligación es protegerlos.

—Ajá, muchacho —gruño Maquin—. De todas formas, allí abajo ya no queda nadie a quien proteger. Escucha.

El veterano escudero tenía razón, los sonidos de la batalla habían cesado.

Kastell oyó el gañido de un caballo agonizante y el graznido de cuervos voraces que sobrevolaban la carnicería oliendo una sangre que no podían ver.

El silencio resultaba casi tan aterrador como lo había sido el fragor del combate.

Kastell asintió, se dieron la vuelta y espolearon a las monturas para continuar por el sendero que los había llevado hasta allí.

Un bramido feroz hizo que Kastell detuviera en seco su caballo y se volteara para mirar el fondo del pequeño valle.