CAPÍTULO NUEVE. CORBAN #2
—Vivía en un pueblo cerca del bosque de Forn.
Un día, los gigantes lo atacaron y lo redujeron a ceniza.
Mataron a casi todo el mundo. Yo conseguí escapar con un puñado de supervivientes más.
Toda mi familia fue asesinada —dijo con pesar—.
No quedaba nada por lo que quedarme allí, así que continué caminando y, por las cosas de la vida, acabé aquí.
Brenin me acogió. Ha sido bueno conmigo.
Thannon le ofreció un vaso de hidromiel. Gar bebió un trago largo.
—Los gigantes, ¿eh? —repuso Ventos—. Los Hunen siguen siendo una maldición en Helveth.
Cada día que pasa son más atrevidos y se alejan un poco más del Forn para lanzar sus ataques.
Se rumorea que Brester, el rey de Helveth, está reuniendo un ejército para internarse en el bosque y aniquilarlos de una vez por todas.
—Eso estaría bien —aseveró Gar. Tomó otro sorbo de hidromiel.
Corban vio que Darol enganchaba el poni al carro. Dylan ya estaba sentado en el vehículo. Corban se puso en pie de un brinco y corrió hacia allí.
—¿Por qué os vais tan pronto? —preguntó a Dylan, caminando al lado del carro.
—Mi padre está cansado. —Dylan hizo una mueca—. Ojalá nos quedáramos. He oído que Heb va a contar una de sus historias esta noche. —Suspiró—. Mi padre está de mal humor y no quiere quedarse. Aún no me has explicado por qué tienes la cara como si te hubieras estampado contra un árbol.
—Mañana iré a verte —dijo Corban cuando el carro cogió velocidad. Se despidió de Dylan y su familia desapareció en la oscuridad.
No eran los únicos que se marchaban ya de la pradera y se perdían en la noche.
Corban volvió al pequeño círculo formado por su familia y se sentó al lado de su madre.
Cywen ya había regresado. Seguía enfadado con ella, pero las risas y las conversaciones del pequeño grupo hicieron que se le pasara un poco el mal humor.
Se tumbó bocarriba con las manos entrelazadas detrás de la cabeza y contempló la luna y las estrellas que tachonaban el oscuro manto que se extendía encima de él, con el rumor rítmico del oleaje del mar de fondo.
Su madre le acariciaba distraídamente el pelo.
Un poco más tarde oyó unas palmas y se incorporó.
Heb se había subido a una mesa cerca de la hoguera principal.
Desde todos los rincones de la pradera comenzaron a acercarse grupos de gente impaciente por escuchar una de las famosas historias del guardián del conocimiento, y Corban y su familia se sumaron a ellos.
—¿Qué queréis oír esta noche? —gritó Heb.
Varias voces le respondieron desde la multitud, pero antes de que Heb pudiera hablar de nuevo, la reina Alona entró en la zona iluminada por la hoguera.
—Es la tradición que Marrock elija la historia —declaró, e hizo señas a su sobrino y a su esposa para que se acercaran.
Heb miró con expresión interrogativa a Marrock, que se quedó mirando con aire ausente el fuego un momento, hasta que de pronto se le dibujó una sonrisa en la cara.
—Cuéntanos la historia de Cambros —dijo.
—¿Una historia tan trágica en una noche de tanta felicidad? —replicó Heb con una ceja arqueada.
—Ninguna historia que narre los acontecimientos que permitieron que yo naciera en esta tierra y conociera a mi esposa es triste —respondió mirando a su mujer.
—¡Ya está borracho! —gritó una voz desde la oscuridad, a la que respondió una oleada de risas.
Heb levantó la mano.
—La historia de Cambros —anunció. Inclinó la cabeza y se hizo el silencio en la pradera.
—Nuestros antepasados arribaron a esta tierra en una gran flota.
Decidieron adoptar el nombre de los Exiliados, pues habían sido desterrados de la Isla del Verano después de una larga y sangrienta guerra.
Desembarcaron mucho más al sur y al este de donde nos hallamos ahora y llamaron a este nuevo mundo las Tierras del Exilio. Sokar era nuestro rey.
»No hubo de pasar mucho tiempo para que nuestros antepasados descubrieran que no estaban solos, que esta tierra estaba llena de gigantes supervivientes del Azote de Elyon.
El odio que se profesaban era profundo, y la enemistad entre humanos y gigantes no había disminuido pese a todas las generaciones que habían pasado desde el Azote, cuando la ira de Elyon había estado a punto de extinguir ambas razas.
De modo que estalló la Guerra de los Gigantes, cuyos relatos de victoria y desolación son tantos y tan fabulosos que no pueden contarse en una sola noche.
»Durante esa gran guerra, Sokar desplegó a sus señores guerreros.
Al oeste envió a Cambros, el Toro, con sus hijos Cadlas y Ard, para que lucharan con los Benothi, los gigantes que moraban en esta misma tierra y construyeron Dun Carreg.
—Heb hizo una pausa y señaló la fortaleza que se alzaba por encima de ellos—.
Los gigantes fueron derrotados y obligados a retirarse.
Cadlas y sus guerreros los persiguieron... »
Corban cerró los ojos y se imaginó todos los detalles de la narración. Ya la conocía, pues sus padres solían contarle las historias de su pueblo. Mientras escuchaba con atención, Heb relató la campaña que derrotó a los gigantes Benothi y los obligó a retirarse al norte.
—Los gigantes se congregaron para una última batalla en las pendientes de Dun Vaner —continuó el guardián del conocimiento—.
Cegados por su orgullo, que siempre ha sido la perdición de los gigantes, los Benothi salieron de su fortaleza de piedra para enfrentarse con Cambros el Toro y su hueste.
La batalla duró dos días. La sangre tiñó de negro el campo de batalla y los cuervos que acudieron para darse un atracón con los muertos oscurecieron el cielo.
»Y al final del segundo día —continuó Heb—, cuando el cielo se volvió rojo con el crepúsculo, Cambros y sus escuderos abrieron una brecha en las líneas enemigas y el héroe se encontró cara a cara con Ruad, el rey de los Benothi.
Se batieron en un duelo en medio de los cadáveres de sus escuderos, que yacían muertos en torno a ellos.
Ruad golpeó a Cambros con su descomunal hacha de guerra y le partió el escudo.
Tres veces hirió Cambros a Ruad, pero su espada finalmente se hizo añicos y él cayó al suelo. »
Corban oyó los gritos ahogados de la gente repartida por la pradera y vio que su madre se enjugaba las lágrimas.
—En su desesperación, Cambros agarró la rama caída de un árbol.
Cuando Ruad ya levantaba el hacha, Cambros reunió las pocas fuerzas que le quedaban y le asestó un demoledor golpe en la rodilla que hizo trizas huesos y tendones.
Ruad se desplomó rugiendo. Cambros se arrastró hasta el pecho del gigante y le hundió la espada partida en el corazón hasta la empuñadura.
Al ver a su rey muerto, los Benothi se desmoralizaron y la batalla concluyó.
»Y así fue como se derrotó a los Benothi, que huyeron al norte, donde moran aún.
Cambros repartió las tierras entre él y sus dos hijos, Ard y Cadlas, y vivieron en paz.
—El guardián del conocimiento miró a Marrock y a Fionn y prosiguió—: Y así es como tú, Marrock ben Rhagor, pudiste llegar a esta pradera del reino de Ardan, donde te has unido a Fionn. »
Marrock inclinó la cabeza en señal de agradecimiento. Brenin propuso un brindis y la multitud se puso en pie y rugió en señal de aprobación.
Corban permaneció sentado en silencio un rato más, dando vueltas a la historia.
Las conversaciones de las personas que lo acompañaban se alargaron hasta bien entrada la noche.
Poco a poco, las familias que lo rodeaban fueron retirándose al pueblo o a sus granjas o casas cercanas.
Los fuegos se extinguían y el brillo de las estrellas se hacía más intenso.
Un murmullo de voces creció detrás de Corban. La gente miraba a lo lejos, hacia el oeste, en dirección al bosque Baglun. Corban se levantó del suelo y se acercó para ver mejor.
Un resplandor rojo y anaranjado oscilaba a lo lejos como la llama de una vela agitada por la brisa.
Gar apareció a su lado.
—¿Qué es eso? —preguntó Corban al jefe de cuadras.
Gar permaneció en silencio un instante y luego gritó:
—¡A los caballos! ¡A los caballos! —El jefe de cuadras echó a correr cojeando hacia el pueblo.
—¿Qué pasa? —gritó Corban por detrás.
—¡La empalizada de Darol, muchacho! —respondió Gar por encima del hombro—. ¡Está ardiendo!