CAPÍTULO NUEVE. CORBAN
CAPÍTULO NUEVE
CORBAN
Heb levantó las manos en el aire. Su silueta se recortaba en el sol poniente.
—Fionn ap Torin y Marrock ben Rhagor —declaró con un vozarrón que contradecía su escuálida figura—.
Vuestro día ha llegado a su fin. Habéis estado unidos en manos y en corazones y habéis vivido este día como un solo ser.
Ahora ha llegado el momento de la decisión.
¿Queréis uniros para siempre o preferís que se corte el lazo?
Marrock y Fionn se miraron y levantaron en alto sus manos enlazadas.
—Permaneceremos unidos y viviremos esta vida como un solo ser —anunciaron.
Un murmullo se propagó por la multitud y Heb se adelantó para envolver sus manos unidas con las suyas.
—Pronunciad vuestro pacto —dijo el guardián del conocimiento.
—Fionn ap Torin —comenzó Marrock—. Te prometo el primer corte de mi carne, el primer sorbo de mi hidromiel...
Corban se movió inquieto. «Me muero de hambre», pensó al ver las filas de mesas dispuestas cerca de los fuegos, combadas bajo el peso de la comida humeante.
Su madre miraba absorta a la pareja, con los ojos humedecidos por las lágrimas.
Al lado de ella, Thannon, su padre, parecía un oso de lo grande que era, y su perro, Buddai, estaba hecho un ovillo a sus pies.
Thannon tenía un ojo morado y un labio partido, pero no parecía que le importara.
Un año más era el campeón del cuadrilátero.
«Al final las cosas han salido mucho mejor de lo que podrían haberlo hecho», pensó Corban mientras se acariciaba el corte en el labio.
Su madre le había preguntado por la capa, y había tenido la impresión de que quedaba satisfecha, aunque algo molesta, cuando le contestó que con las prisas para llegar a tiempo a la ceremonia del enlace de manos se la había dejado encima de Sauce.
Para explicar los cortes y los moratones, había aludido a un accidente en el que estuvieron involucrados Dath, él mismo y un árbol, lo cual no estaba lejos de la verdad.
La ceja arqueada de su madre y la mirada intensa de su padre le dieron motivos para preocuparse, pero en ese momento les había dado los regalos y de esa manera había evitado que se prolongara el interrogatorio.
Suspiró. «¿Por qué son tan aburridas estas ceremonias?» Por suerte, Heb había empezado a entonar la bendición de clausura.
—... que la paz os rodee y la felicidad cierre vuestra puerta.
El guardián del conocimiento levantó una copa ancha. La pareja la cogió con las manos enlazadas y bebió a la vez. A continuación, Heb tiró la copa al suelo y la pisoteó.
—¡El enlace se ha sellado! —anunció a voz en cuello, y la multitud prorrumpió en vítores.
—Venga —dijo Dath, que propinó un codazo en las costillas a Corban—. Vamos a comer.
Corban asintió y llevó a Dath hacia la mesa del banquete donde había visto a Dylan un rato antes.
Dylan sonrió al verlo.
—Has vuelto a tiempo.
—Ajá —respondió Corban.
—¿Vas a contarme ahora qué te ha pasado en la cara?
Corban se encogió de hombros y comenzó a hervirle la sangre al pensar en Rafe.
—Fui al Baglun después de encontrarnos —dijo con la intención de cambiar de tema.
—¿Solo? —inquirió Dylan.
—Ajá. Solo.
—No deberías haber ido solo, Ban. Te podrías haber metido en un lío muy gordo.
Corban resopló. «Es que me metí en un lío muy gordo.»
—No soy un niño —soltó sin saber muy bien por qué. Inmediatamente se arrepintió de sus palabras, pues sabía que estaba enfadado con Rafe, no con Dylan.
Dylan tuvo que irse cuando su padre lo llamó. Corban y Dath llenaron unos platos de madera con carne y pan caliente y Dath hizo equilibrios con una jarra de salsa debajo del brazo. De repente se quedó paralizado.
Una mujer de cabello plateado, que se le derramaba por la espalda, llenaba su plato justo delante de él. Era Brina, la curandera.
—¿Qué pasa, Dath? —susurró Corban.
—Ella es lo que pasa —musitó Dath. Brina tenía cierta reputación entre la gente que vivía en los alrededores de Dun Carreg—. Es una bruja.
Brina debió de oírlo, porque miró directamente a Dath y le dedicó una mueca.
Pareció que a Dath le estaban a punto de explotar los ojos en la cara. Se dio la vuelta bruscamente y se estampó con un sólido muro de cuero y hierro. El contenido del plato y de la jarra se desparramaron sobre el guerrero con el que había chocado.
El imponente hermano de la reina, Pendathran, miró con gesto taciturno a los chicos mientras la salsa le corría por la túnica y le goteaba en las botas. Había una razón para que a menudo lo llamaran el Oso.
—Lo... lo siento —tartamudeó Dath mientras trataba de limpiar el estropicio de la ropa del guerrero, pero lo único que consiguió fue expandir las manchas.
Pendathran agarró a Dath por la muñeca y rezongó. Corban temió por un momento que su amigo se desmayara del miedo, pero el hermano de la reina suavizó el gesto y rio entre dientes.
—No te preocupes, muchacho. Mi sobrino se ha casado hoy, así que te perdono, aunque seas un idiota torpe.
Dath sonrió, sobre todo de alivio, pero, cuando Pendathran lanzó una mirada por encima del hombro del chico, su buen humor se desvaneció y el gesto taciturno regresó.
—Pendathran —dijo un hombre más bien menudo, que aún lo parecía más por el muchacho alto y fuerte que lo acompañaba.
Pendathran lo miró brevemente con cara de pocos amigos y luego dio media vuelta y se fue. El hombre observó la espalda del hermano de la reina un momento, sacudió la cabeza y continuó caminando.
—¿Quién era ese? —preguntó Dath a Corban mientras volvían a llenar el plato y la jarra.
—¿No lo sabes? Era Anwarth, y su hijo, Farrell. Se rumorea que Anwarth es un cobarde, que se hizo el muerto cuando unos bandidos asesinaron a Rhagor, el hermano de la reina Alona y Pendathran, en el Bosque Oscuro.
—Pensaba que la culpa la tuvo el consejero Evnis.
—Alona lo culpa a él, pero el rey Brenin se negó a castigar a Evnis o a Anwarth. Dijo que no había pruebas que respaldaran las acusaciones.
Dath emitió un bufido.
—Así que hay mucho rencor ahí...
—Ajá.
Dath asintió.
—¿Cómo es posible que Farrell sea tan grande con lo pequeño que es su padre?
—¿No has visto a su madre? Es una mujer grande. Y tiene la misma edad que nosotros, o puede ser que incluso sea un poco más joven. Aunque es muy sensible, o eso he oído, sobre la reputación de su padre.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Dath.
—Pega a la gente que hace comentarios.
—Ah. Entonces recuérdame que no saque el tema cuando pueda oírnos. Tiene pinta de que no va a tardar mucho en ser tan grande como tu padre.
Corban rio de medio lado.
—Su madre debe de darle de comer bien.
—Ojalá yo viviera en la fortaleza —dijo Dath—. Así me enteraría de todas las cosas interesantes.
—Ah, no sé. Viviendo en el pueblo se aprenden muchas cosas interesantes, como el nombre de todos los peces.
Dath dio una patada en la espinilla a su amigo.
Encontraron a Gwenith y a Thannon sentados encima de una capa, picando de unos platos de madera medio vacíos mientras compartían una jarra de hidromiel. Cywen estaba con ellos, pero Corban se sentó sin mirarla.
—He encontrado tu capa, Ban —dijo su hermana, que se la alargó. Se la había cosido tal como había prometido.
Sin embargo, la sensación de alivio de Corban rápidamente fue sustituida por una de irritación, pues no quería estar en deuda con ella.
—Gracias —se forzó a decir.
—¿Dónde está tu padre? —preguntó Corban a Dath.
Su amigo torció el gesto.
—No lo sé seguro, pero...
Corban sabía lo que quería decir. Dath prefería no saber dónde estaba su padre. Le había afectado mucho la muerte de su mujer y cada día empezaba a hincar el codo más temprano.
—Siéntate a comer con nosotros —le ofreció Gwenith dando unas palmadas en el suelo a su lado.
Dath esbozó una sonrisa de agradecimiento.
Ya había oscurecido y una multitud de pequeños fuegos alumbraba la pradera. Corban aguzó la vista y divisó a Brenin y a Alona, que reían junto a Marrock y Fionn. Al lado del rey, Edana sonrió y lo saludó, a él, a Corban...
Dibujó una sonrisa atolondrada y, un poco cohibido, levantó la mano para devolverle el saludo. Edana le hizo una seña para que se acercara. Perplejo, Corban comenzó a levantarse, pero entonces oyó que detrás de él Cywen decía:
—Mamá, Edana me llama para que vaya a verla. Volveré dentro de un rato. —La hermana de Corban echó a correr hacia la hija del rey.
Corban se dejó caer al suelo con las mejillas ardientes. Cuando reunió el valor necesario para volver a levantar la cabeza, sus ojos se toparon con Ventos, que sonreía con una jarra de hidromiel en la mano y su perro al lado.
—Te buscaba —dijo a Corban.
—Hola, Ventos.
Corban presentó al vendedor a sus padres, que insistieron en que se sentara con ellos.
Thannon tendió la mano a Talar, el perro de Ventos, para que le oliera. El perro gruñó. Buddai se incorporó y le devolvió el gruñido.
—Mi Buddai no es de los que empiezan una pelea —dijo Thannon—, pero se quedará hasta el final si le provocan.
—Talar —espetó el buhonero, y el perro dejó de gruñir.
—Ventos es de Helveth —explicó Dath.
—¿Gar no es también de Helveth, mamá? —preguntó Corban.
—Sí —respondió Gwenith. Thannon y ella se miraron.
Justo en ese momento, Gar surgió de la oscuridad cojeando. Dio una palmada en la espalda a Thannon y se sentó con cierta dificultad, con una pierna estirada delante de él. Arrugó la frente al reparar en Ventos.
—¿Qué tal la silla? —le preguntó el comerciante.
—Bastante bien.
—He oído que eres de Helveth —comentó Ventos.
—Ajá. ¿Y?
—Nada. Yo también soy de allí, eso es todo. Helveth está muy lejos. ¿Cómo has acabado aquí?
Gar cerró los ojos y Corban pensó por un momento que el jefe de cuadras iba a eludir la pregunta otra vez. Pero entonces volvió a abrirlos y comenzó a hablar: