Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO OCHO. KASTELL #2
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CAPÍTULO OCHO. KASTELL #2

—Los Hunen —confirmó Kastell—. Seguro que desean poseerla, y son el único clan de gigantes que hay en cien leguas a la redonda.

Pero no podrían haber entrado en Mikil sin llamar la atención...

Nadie que mida quince palmos pasaría desapercibido.

—Tomó otro trago del odre y esta vez casi le pareció agradable la sensación abrasadora.

—Ya, aun así... Son Elementales... Quizá usaron un hechizo —sugirió Aguila.

—Quizá —repuso Maquin con la mano extendida para coger el odre que sujetaba Kastell.

—Los Hunen son astutos y brutales —declaró Aguila.

—Lo sé —murmuró Kastell.

—¿Es que has tratado con ellos? —preguntó Aguila.

—Los Hunen asesinaron a su familia, al hombre a quien había hecho mi juramento de fidelidad —dijo sombríamente Maquin.

Kastell cerró los ojos y rememoró el momento en que las imponentes figuras, sus siluetas recortadas en la claridad de las llamas, entraban por las puertas destrozadas de su fortaleza blandiendo grandes martillos y hachas de guerra.

Se estremeció. Entonces tenía seis años.

Deseó que Aguila dejara de hablar del tema.

En silencio, volvió a coger el odre que le había quitado Maquin y tomó un trago.

—¿Te raptaron? —preguntó Aguila.

—Los Hunen no hacen prisioneros —dijo Kastell—. Maquin me salvó; me sacó de allí.

—Los Hunen son ladrones y asesinos, nada más —escupió Maquin.

Kastell retorció los dedos para hacer la señal contra el mal.

Aguila reparó en ello y sonrió.

—Ya no tienes que preocuparte de los gigantes, muchacho. Somos cuarenta guerreros; además, estoy seguro de que sabes usar tu espada. Bien sabe Elyon, que está en el cielo, que no podría estar más afilada. —Lanzó una mirada a la piedra de afilar y guiñó un ojo a Maquin.

—¿Te burlas de mí? —Kastell montó en cólera—. Has hablado con Jael, ¿verdad? —roncó. La sangre le subió a la cara y deslizó la mano hacia la empuñadura de la espada. La sonrisa fácil de Aguila se desvaneció y endureció el semblante.

—Ten cuidado —le advirtió el guerrero a la vez que se ponía en pie—. Por muy pariente de Romar que seas, eso no te protegerá siempre.

Kastell clavó la mirada en la espalda de Aguila mientras este se alejaba.

—Mira cómo se ríen —murmuró Kastell—. Como Jael lo hace, todos piensan que se pueden mofar de mí. —Apretó los dientes.

Maquin inspiró hondo.

—A veces ves enemigos donde no los hay, Kas. —El escudero sacudió la cabeza—. Aguila no lo ha dicho con mala intención. Lo sabes, ¿verdad?

Kastell resopló.

—No quería tener esta conversación contigo —continuó Maquin—.

Me he mordido la lengua muchas veces porque esperaba que te dieras cuenta por ti mismo.

Pensé que acabaría cuando superaste las pruebas y la Noche Larga y te hiciste un hombre.

—Negó con la cabeza—. Creo que ha llegado el momento de que escuches unas cuantas verdades.

Jael no ha vuelto a todo el mundo contra ti.

No podría hacerlo aunque quisiera. No todo el mundo te menosprecia.

Pero sí hay mucha gente que piensa que eres altivo, arrogante.

Eres demasiado orgulloso para mezclarte con el resto de nosotros.

Tienes muchas cosas buenas, Kas, pero las entierras debajo de toneladas de autocompasión.

Tu padre se sentiría decepcionado si te oyera hablar así.

Dicho lo cual, Maquin se puso en pie y dejó a Kastell sentado en la hierba, perplejo.

Kastell permaneció solo el resto de la noche, escuchando las conversaciones en voz baja y las canciones susurradas que le llegaban de los demás viajeros.

Cuando la mayor parte del campamento se puso a dormir, Maquin le comunicó que le tocaba el siguiente turno de guardia.

Kastell salió del círculo formado por los carros y se instaló en el borde del campamento.

«Autocompasión», renegó en la oscuridad, mientras se debatía entre la ira y la vergüenza.

Se ciñó la capa al cuerpo. Soplaba un viento frío en las montañas y la luz de la luna fluctuaba tras las nubes que se deslizaban rápidamente por el cielo.

Continuaba turbado por las palabras de Maquin y se pasó toda la guardia reflexionando sobre ellas.

Muy a su pesar, llegó a la conclusión de que el veterano guerrero tenía razón, y eso hizo que se sintiera avergonzado y enfadado, sobre todo consigo mismo por haberse comportado como lo había hecho, pero también con otros: con Maquin, Aguila y muchas otras personas anónimas por no haber sabido comprenderle.

Había actuado como un niño malhumorado y mimado.

Junto con esos sentimientos, sin embargo, había un débil rayo de esperanza.

Le alegró la idea de que la mayor parte de la fortaleza no estaba aliada con Jael, compinchada con su primo para provocarle y burlarse de él.

Entrada ya la noche, tomó una decisión. «Por la mañana», se dijo.

Cuando la vela de su guardia se consumió y la llama se extinguió, encendió una nueva con las brasas agonizantes del fuego y despertó al guerrero que debía hacer la siguiente guardia. Poco después se quedó dormido.

El inminente amanecer teñía de gris el cielo cuando Kastell abrió los ojos.

Se levantó sin perder un segundo y se puso manos a la obra con las tareas matinales: ensilló su montura, ayudó a enganchar los caballos a los carros y recogió su petate.

Cuando todo estuvo listo y la mayoría de la gente desayunaba, Kastell vio a Aguila caminando solo con su gran caballo pardo, se apresuró hacia él y le dio un golpecito en el brazo.

—Me... me gustaría disculparme por la manera como te hablé anoche —dijo con un ligero temblor en la voz—. Malinterpreté tus palabras.

Aguila lo miró un momento y su sonrisa fácil regresó.

—Ya está olvidado, muchacho.

Kastell asintió y, sin saber qué otra cosa hacer, dio media vuelta y se fue con una sonrisa incipiente en los labios. Vio con el rabillo del ojo que Maquin lo observaba.