Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO OCHO. KASTELL
12%

CAPÍTULO OCHO. KASTELL

CAPÍTULO OCHO

KASTELL

Kastell se estiró en la silla de montar y llenó los pulmones de aire fresco.

El aire era frío y estaba impregnado del aroma de los pinos que cubrían las colinas hacia las que cabalgaban.

Sentía cómo le mejoraba el humor a medida que dejaba atrás su hogar, la fortaleza Mikil.

La vida en la fortaleza se había vuelto casi insoportable últimamente, de manera que cuando su tío Romar, el rey de todo Isiltir, le sugirió que se uniera a la escolta del convoy de mercancías, había aceptado sin vacilar.

Maquin, su escudero, cabalgaba a su lado con una larga lanza acomodada en la parte interior del codo.

Kastell conocía a Maquin desde que tenía memoria, pues era el último superviviente de la compañía de su padre.

Todos los demás habían muerto hacía diez años, masacrados por los gigantes que habían salido del bosque de Forn.

Kastell detuvo su caballo y miró atrás. Se apartó el cabello rojizo de los ojos.

Al este estaba el Forn, el bosque más antiguo y temido de todas las Tierras del Exilio.

Kastell contempló las perpetuas tinieblas del bosque a solo un par de leguas de distancia y un escalofrío le recorrió la espalda a pesar del sol que le calentaba la cara.

Los colosales árboles se alzaban como un baluarte penumbroso, un océano oscuro y ondulado que se extendía ininterrumpidamente hacia el norte hasta la línea del horizonte.

Si bien Mikil solo estaba a un par de jornadas de viaje del extraordinario bosque, era la primera vez que Kastell lo contemplaba de verdad en años.

Desde la matanza de su familia. Muchos guerreros de Isiltir patrullaban sus lindes para proteger a la población de las bestias que pudieran emerger de sus profundidades: los Hunen, esos gigantes salvajes, ávidos de venganza por agravios pasados, las manadas de lobones y las bandadas de grandes murciélagos, capaces de chupar hasta la última gota del cuerpo de una persona.

—Odio ese bosque —musitó.

—Ajá. Trae malos recuerdos —ladró Maquin a su lado.

Al oeste veía con claridad Mikil y sus muros grises en medio de las llanuras que lo rodeaban.

Se alegraba de alejarse de la fortaleza y de la familia que la habitaba.

Al menos de uno de sus parientes, su primo Jael, cuyo padre había sido asesinado en un ataque similar al que había acabado con la vida de su madre y su padre.

Por su edad, Jael y él podrían haber sido hermanos, pero no se profesaban ningún cariño.

Jael disfrutaba humillando a Kastell. Cuando eran más jóvenes, había sido desagradable, casi como un juego; uno que Kastell no recordaba haber ganado o disfrutado nunca.

Ahora, sin embargo, un año después de que los dos hubieran cumplido los dieciséis y superado las pruebas y la Noche Larga para convertirse en guerreros y alcanzar la adultez, la animosidad se había transformado en algo más profundo, más real, y Kastell bullía de rabia y estaba a punto de estallar cada vez que Jael lo provocaba.

«Es mejor estar lejos de Mikil.»

Kastell se concentró en el camino que seguían, una ancha carretera de piedra que se adentraba serpenteando en las montañas. Espoleó a su caballo.

Maquin y él marchaban en la cola de la larga columna formada por los veinte carros que debían proteger, todos ellos cargados hasta los topes con productos adquiridos en Mikil: barras de plata de las célebres minas de la fortaleza, así como tinajas de hidromiel, rollos de tela y barriles de manzanas.

Se dirigían a Halstat, una ciudad minera de Helveth.

Escoltaban el convoy dos veintenas de guerreros, una mezcla de mercenarios de Helveth que trabajaban para los comerciantes en Halstat y guerreros que había contratado su tío Romar, que tenía los reflejos rápidos a la hora de sacar provecho de cualquier situación.

Los asaltos de los gigantes eran el incentivo perfecto para contratar más protección, sobre todo teniendo en cuenta que el único camino que atravesaba las montañas para ir a Helveth pasaba muy cerca del bosque de Forn.

—¿Cuánto tardaremos en llegar a Halstat? —preguntó Kastell cuando alcanzaron a la columna.

—Doce o catorce noches, tal vez más a este ritmo —respondió Maquin—. Quién habría imaginado que se podrían comprar tantas cosas con sal.

Halstat era una ciudad que había prosperado gracias a sus minas de sal, que suministraba a buena parte de Helveth y de las regiones colindantes, incluido Isiltir.

—Estaría dispuesto a beberme una jarra de hidromiel, o tres, para aligerar un poco la carga —añadió el escudero.

—Si eso ayuda a que los carros avancen más deprisa. —La lentitud de la marcha comenzaba a irritar a Kastell. «Mejor que Mikil y Jale», se recordó.

El resto del día transcurrió sin incidentes. Continuaron por la carretera que atravesaba las montañas hasta que el sol se puso detrás de ellas y las sombras se extendieron ante ellos. La caravana se detuvo y los viajeros se pusieron a montar el campamento sin perder un segundo.

Kastell se sentó un poco apartado de los guerreros y comenzó a deslizar la piedra de afilar por un lado de la hoja de la espada y luego por el otro.

Estaba absorto en el chirrido rítmico de su rutina nocturna y en sus propios pensamientos cuando un par de botas aparecieron en la hierba frente a él.

Alzó la mirada y vio a Maquin con dos vasos en la mano y un odre de hidromiel sujeto debajo del brazo. El escudero le sonrió.

—Toma, chico —dijo el veterano guerrero lanzándole un vaso.

El hidromiel estaba amargo y fuerte, y de algún modo compensó el frío de la noche.

—Siempre podemos ir a sentarnos junto al fuego —sugirió Maquin cuando vio que Kastell tiritaba.

—Estoy bien aquí —dijo Kastell. Alrededor del fuego estaban sentados los guerreros de Mikil, mezclados con los mercenarios y los comerciantes. «Seguro que mi primo Jael les ha puesto en contra mía con sus mentiras», pensó con irritación.

Maquin lo observó largamente, analizándolo, pero no dijo nada.

De entre los carros apareció un guerrero, Aguila, capitán de la compañía de los mercenarios. Se acercó, se puso en cuclillas delante de Maquin y ofreció un odre al canoso guerrero. Maquin lo cogió y bebió un trago largo; un líquido oscuro le surcó la barba y tosió.

—Es mejor que el meado de caballo que estáis bebiendo —dijo Aguila sonriendo—. Y también os hará entrar en calor más rápido.

—No lo dudo —dijo Maquin, y tomó otro trago del odre antes de devolvérselo.

Aguila se lo pasó a Kastell, que lo cogió y acercó la nariz a la boca del recipiente.

—No te matará, muchacho —dijo el capitán.

Kastell bebió un trago largo y tosió violentamente. Le quemaban la garganta y el estómago.

—¿Qué es? —preguntó entre jadeos cuando recuperó el aliento.

—Mejor no preguntes. —Aguila sonrió—. Luego entra mejor y te gusta más.

Kastell no se lo creyó, pero tomó otro trago, este más pequeño. Esta vez la sensación de que lo quemaba por dentro no fue tan intensa.

—Buen chico —dijo el capitán mientras le daba una palmada en la espalda—. Me alegra teneros con nosotros. —Miró de reojo la espada y la piedra de afilar de Kastell.

—Va bien salir de Mikil una temporada —observó Maquin.

—Ajá. Ha cambiado desde la última vez que estuve allí, eso seguro. Esta vez ha sido imposible entrar en una posada sin chocarse de cara con los soldados de Romar.

—Estás hablando de mi tío —dijo Kastell con una voz menos firme de lo que le habría gustado.

—Ya lo sé —asumió Aguila—. No es un insulto. Más bien una observación. Ha cambiado, eso es todo.

—Tienes razón —repuso Maquin—. Han ocurrido cosas raras en Mikil y en los alrededores.

—¿Qué cosas? —preguntó Aguila.

—La piedra de los gigantes que marca la frontera de Isiltir... Hasta Mikil ha llegado el rumor de que sangraba.

—Yo también he oído rumores parecidos —dijo Aguila—. En Helveth hay un círculo de piedras gigantes, al sur de Halstat. Se dice que ha pasado lo mismo.

—Y hay más..., algo mucho peor para Romar. Han robado el hacha de piedra de las estrellas.

—Ah, eso lo explica todo —asintió Aguila.

El hacha de piedra de las estrellas era una reliquia legendaria que databa de mucho antes de que los Exiliados desembarcaran en las Tierras del Exilio, de antes incluso del Azote de Elyon.

La leyenda hablaba de una piedra que había caído del cielo cuando los gigantes y los humanos vivían en paz y armonía.

Kastell no se creía que hubiera habido una época así.

De acuerdo con los relatos, se forjaron Tesoros con la piedra de la estrella, siete para ser exactos: un caldero, un torques, un collar, una lanza, una daga, un hacha y un cáliz.

Se habían librado guerras por ellos, que culminaron con el Azote de Elyon cuando ya no pudo contener su ira.

Se decía que el hacha de Mikil era uno de esos Siete Tesoros, y llegaba gente de muy lejos solo para contemplarla, convencida de que poseía unas cualidades mágicas que la convertían en un puente entre el mundo del cuerpo y Otro Mundo, donde moraban Elyon y Asroth.

Kastell no sabía nada sobre eso ni creía una palabra de lo que se decía.

Pero sí sabía que el hacha había hecho rica a Mikil, pues el trasiego de peregrinos conllevaba un flujo constante de plata y oro.

Romar también lo sabía, por eso había montado en cólera cuando se descubrió el robo del hacha.

Razón de más para que Kastell se ausentara de Mikil una temporada.

Entre las humillaciones de Jael y los ataques de ira de Romar, la fortaleza no era un sitio agradable donde estar.

—¿Hace mucho que la robaron? —quiso saber Aguila.

—Diez noches —respondió Maquin.

—¿Y quién fue? Seguro que los Hunen —murmuró el mercenario.