Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SIETE. CYWEN #2
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CAPÍTULO SIETE. CYWEN #2

—¡Oh, Ban! —exclamó al ver su rostro lleno de cortes y moratones.

—Cywen —dijo su hermano forzando una sonrisa.

Edana se colocó detrás de Cywen y Corban se puso rojo. Gar saludó con la cabeza a la rubia muchacha.

—He estado mirando a Cywen mientras trabajaba con los caballos —dijo Edana—. Me ha impresionado su saber hacer. Me ha dicho que tiene un buen maestro.

—Aprende rápido..., cuando para de hablar para escuchar —dijo el jefe de cuadras.

—¿Dónde has estado, Ban? —preguntó Cywen.

—En el Baglun.

—¿Cómo? —Cywen dio un grito ahogado—. ¿Por qué?

—No tienes nada de lo que preocuparte —respondió—. Pero no se lo cuentes a mamá —se apresuró a añadir—. De lo otro hablaremos después —susurró mirando con el rabillo del ojo a Edana.

—¿De lo otro? ¿Te refieres a Rafe? —Cywen siguió la mirada de su hermano—. No te preocupes por Edana, lo sabe todo.

—Ah —farfulló Corban dejando caer los hombros.

—Tu hermana ha tenido una conversación con Rafe —terció la hija del rey.

—¿Eh? —chilló Corban—. ¿Qué queréis decir?

—Me enfadé tanto cuando Dath me contó lo que te había pasado que... Bueno, cuando vi a Rafe, es decir, y...

—¿Qué hiciste? —preguntó Gar con severidad. Miró a Corban con disgusto.

—Bueno, no lo recuerdo muy bien, pero lo tiré al suelo y le di unos cuantos puñetazos. Y alguna patada.

—Cuando yo llegué, le sangraba la nariz —añadió Edana.

Gar clavó los ojos en Cywen, que buscó el apoyo de su hermano con la mirada. La cara de Corban parecía una estatua.

—Gracias —dijo fríamente Corban, como si tuviera dificultades para respirar.

Cywen miró a su hermano y sintió que se le encogía el estómago.

—La próxima vez que vaya a pelearme, te avisaré para que lo hagas tú por mí.

—Rafe dijo algo por el estilo —repuso Cywen. Cerró rápidamente la boca y se la tapó con la mano.

Corban hizo un mohín.

—No seas tonto, Ban —dijo Cywen—. Mañana nadie se acordará de lo que ha pasado. Y deja de arrugar la cara de esa manera, pareces el viejo Eluned, y ya sabes que eso no es bueno.

Corban respiró hondo.

—En cualquier caso, será mejor que te asees un poco y veamos qué podemos hacer con esa capa antes de que mamá te vea. Seguro que te despellejará vivo como te presentes en el enlace de manos de esa guisa.

—Lo sé —repuso con abatimiento Corban.

—Hablando de madres —dijo Edana—. Será mejor que me vaya ya. De lo contrario, será mi madre la que me haga algo terrible a mí.

El jefe de cuadras inclinó la cabeza.

—Mi señora.

—Gar —dijo Edana sonriendo. Dio media vuelta y volvió con paso rápido hacia la multitud reunida en la pradera.

—Vaya idiota —dijo Corban con gesto ceñudo.

—No, no lo es —lanzó Cywen.

—No me refiero a ella, sino a mí.

Cywen se mordió la lengua para no iniciar una discusión con su hermano. «Ya se lo recordaré en otro momento —pensó—, cuando no esté tan afligido.»

—Y no estoy hablando contigo —añadió Corban con el dedo hacia su hermana.

—Dejadlo ya —terció Gar. De pronto se puso de pie sobre los estribos y dirigió la mirada hacia el este siguiendo la Calzada de los Gigantes.

—¿Qué pasa? —quiso saber Cywen.

—Dos jinetes —murmuró Gar con una sombra de incertidumbre. Volvió a sentarse en la silla de montar y se dirigieron todos juntos hacia el pueblo.

—¿Qué hacías en el Baglun? —preguntó Cywen. Corban hizo oídos sordos—. Vamos, Ban. Sé que no es agradable lo que te ha pasado con Rafe. Tienes la cara fatal. —Puso una mano en la pierna de su hermano.

Corban apartó a su poni de Cywen con un giro de muñeca.

—¿Por qué me castigas así? —dijo Cywen a punto de llorar—. Si quieres enfadarte con alguien, ¿por qué no lo haces con Rafe?

Corban miró a su hermana con cara de pocos amigos y espoleó a Sauce para ponerlo al trote. Cywen corrió tras él, pero, cuando alcanzó a Gar, este dijo:

—Dale un poco de tiempo al chico.

—Pero...

—Déjalo tranquilo —la interrumpió con severidad—. Así no lo ayudas.

—Tú tampoco —murmuró Cywen pateando el suelo.

—Sé que lo hiciste con toda tu buena intención, pero hay veces, como esta, en que es mejor pensar antes de actuar. Tú no te das cuenta, pero a ojos de Corban tu valentía le ha hecho el doble de cobarde.

—No es un cobarde.

—No importa lo que tú y yo pensemos. Es lo que piensa él.

—¿De verdad tiene tanta importancia? —preguntó Cywen—. Solo tiene un labio partido. Yo me he hecho más daño cayéndome de un caballo.

—No se trata del labio. Pronto ingresará en el Campo de los Serbales para iniciar su camino hacia la adultez. Este episodio será una losa para él.

—¿Y qué puedo hacer yo?

—¿Tú? Por Elyon, no hagas nada más. Esto es algo que tiene que superar por sí mismo. Lo que tú podrías hacer es aprender a pensar antes de actuar. —Gar miró a Cywen, que mantenía la cabeza gacha—. Dale tiempo.

Cywen asintió.

Dath apareció corriendo por la carretera para acudir a su encuentro. Corban se detuvo y Dath lo alcanzó antes que Cywen y Gar.

—¿Cómo estás, Ban? —preguntó Dath mirando con atención a su amigo.

—Bien, Dath —respondió escuetamente. Suspiró—. Me duele un poco el mentón, si te soy sincero, y el labio. Y las costillas.

—Tengo tus regalos —dijo Dath.

—Ah, me había olvidado de ellos —repuso Corban hurgando en la bolsa de Dath.

—Me he enterado de lo que has hecho —dijo Dath sonriendo a Cywen—. En la feria todo el mundo habla de ello.

Cywen hizo una mueca que borró la sonrisa de la cara de Dath.

—Esto es para ti —masculló Corban, y lanzó algo a su hermana.

—Qué bonito —dijo Cywen acariciando el caballo grabado en el broche—. Gracias, Ban. —Brotaron más lágrimas en sus ojos.

El chacoloteo de cascos de caballos sonó más fuerte a su espalda.

Eran los dos jinetes que Gar había visto recorrer al galope la Calzada de los Gigantes.

Se acercaron al grupo. Los dos llevaban un gran escudo redondo colgado de la silla de montar y una espada larga sobre la cadera.

Sus capas estaban sucias del viaje. Gar les saludó con la cabeza.

Uno de ellos, que a Cywen le pareció más joven que el otro, con unos ojos azules que brillaban en su apuesto rostro juvenil, esbozó una sonrisa radiante.

—Saludos —dijo—. A juzgar por el gran montón de piedras que se ve allí arriba, diría que hemos llegado a Dun Carreg.

—Ajá —respondió Gar—. Aquello es Dun Carreg.

El hombre de los ojos azules sonrió a su compañero y le dio una palmada en la espalda.

—Ya lo has oído, hermano.

El otro jinete observó la fortaleza en silencio un momento.

—Nos gustaría hablar con el rey Brenin —dijo finalmente. El cabello negro le enmarcaba el rostro curtido y severo.

—Lo encontraréis en la pradera —dijo Gar—. Hoy se celebra el enlace de manos de su sobrino.

—Gracias —dijo el guerrero con semblante severo.

Los dos jinetes espolearon a sus caballos y continuaron por la carretera en dirección a la pradera.

Gar los observó con semblante preocupado mientras se alejaban y luego se volvió a Corban.

—Vamos. Ya casi se ha puesto el sol. Cywen, a ver si puedes hacer un milagro con la capa de tu hermano mientras yo le presento un cubo de agua.