CAPÍTULO SIETE. CYWEN
CAPÍTULO SIETE
CYWEN
«¿Dónde estarán?», se preguntó Cywen mientras deslizaba la mano por la pata delantera de un potro ruano. Gar le había pedido que revisara un gran número de caballos mientras él estaba fuera. Chasqueó la lengua cuando notó un bultito en la base del casco del caballo.
—¿Qué pasa? —preguntó la comerciante de caballos a quien pertenecía el potro.
—Está cojo —respondió Cywen con un mohín. Se apartó un mechón de pelo oscuro que se había salido de la horquilla.
—¿Cómo dices? —exclamó la vendedora mirando a Cywen con los ojos entornados encima de una nariz larga y afilada.
—Está cojo —repitió Cywen.
Estaban en una zona acordonada de la pradera, entre filas de caballos traídos para el Festival de Primavera.
Cywen estaba disfrutando de lo lindo. Para empezar, Gar le había pedido que lo ayudara a elegir los caballos nuevos que Brenin quería comprar y a regatear el precio con los vendedores.
Pero lo mejor de todo era que le había pedido que lo ayudara con los caballos para el rey.
Era lo más parecido a un día perfecto que había tenido en su vida.
Hasta que había visto a Dath con una cara tan larga como los caballos que examinaba.
El chico se lo había contado todo, pero solo después de que ella le amenazara con darle un puñetazo en el ojo.
«Pobre Corban», pensó, con sentimientos que oscilaban entre la preocupación por su hermano y el rencor hacia Rafe.
Le hervía la sangre y fantaseaba con partirle la cara a ese arrogante de Rafe de un puñetazo.
«No, mamá me despellejaría viva si me vuelve a pillar peleándome.
» Y ya hacía mucho tiempo que Gar se había ido a buscar a Corban.
Ahora también comenzaba a preocuparse por él.
Hizo un esfuerzo para concentrarse de nuevo en la comerciante de caballos que tenía delante.
—¿Dónde está Gar? —preguntó la vendedora de fino rostro.
—Se ha ido —dijo Cywen con indiferencia—. Ha dicho que tenía un asunto urgente que podría mantenerle ocupado todo el día. Como ya he dicho, el caballo está cojo. Seguro que a Gar le interesaría, pero no al precio que pides. Vuelve la próxima primavera si prefieres negociar con él.
La vendedora torció el gesto y refunfuñó un poco más, pero al final aceptó las monedas que le ofrecía Cywen y se marchó enfurruñada y maldiciendo para sus adentros. Cywen sonrió y dio unas palmaditas en el cuello al ruano.
—Bien jugado —la felicitó una voz a su espalda.
Cywen se sobresaltó, se dio la vuelta y vio a una muchacha alta y esbelta, con el rostro hermoso y serio enmarcado por una larga cabellera dorada.
—Gracias —dijo. Y entonces reconoció a la joven—. Sois...
—Edana. ¿Y tú? —preguntó la joven princesa.
—Cywen. Ayudo en las cuadras. Thannon el herrero es mi padre.
—Te había visto antes por los establos, casi siempre con Gar. Pero no sabía tu nombre. Te has desenvuelto muy bien con esa vendedora.
Cywen sonrió.
—Es verdad que el caballo está cojo, pero es algo pasajero. Mirad. —Cywen levantó la pata delantera del ruano y apoyó el casco girado en la rodilla.
Edana miró por encima de su hombro.
—Fijaos aquí. —Cywen deslizó un dedo por la parte blanda del casco—.
Mirad. —Presionó el bultito con la punta del cuchillo y le hizo un corte superficial en la piel—.
Esto lleva aquí algún tiempo. La piel se ha endurecido —explicó.
Gruñendo y completamente concentrada, continuó raspando la piel dura con sumo cuidado.
A continuación, apoyó el pulgar detrás del bultito y presionó.
La piel reventó con un pequeño estallido y comenzó a salir pus amarillento.
Los músculos del caballo se tensaron. Cywen le susurró unas palabras tranquilizadoras y volvió a apretar con el pulgar hasta que el corte dejó de supurar.
—Es asqueroso —dijo Edana.
—Aún no hemos acabado. —Cywen sumergió un trapo en un abrevadero que había a su lado y limpió la herida.
Presionó firmemente la punta del cuchillo contra la herida y con el pulgar apretó fuerte por el otro lado—.
Ya está —anunció cuando sacó una astilla del corte.
La sostuvo en alto para que Edana la viera—.
Tenía clavada una espina. Ahora estará bien.
—Sonrió y dio unas palmaditas en el cuello al caballo.
—¿Cómo sabías que estaba ahí? —preguntó Edana.
Cywen se encogió de hombros.
—Gar me ha enseñado muchas cosas.
—Ya lo veo.
La atención de Cywen se desvió hacia algo que había visto detrás de Edana: un pelo rubio y unos andares arrogantes que reconoció al instante. Rafe.
—Cuidad del potro un momento —soltó sin más explicación y echó a correr. Pasó por debajo de la cuerda que delimitaba el potrero, salió disparada a través de la multitud y embistió por la espalda a Rafe.
Los dos cayeron al suelo con estrépito y los miembros enredados.
—Así que te gusta pelear, ¿eh? —bramó levantándose de un salto mientras Rafe rodaba por el suelo. Le dio una patada en el estómago, volvió a abalanzarse sobre él y lo molió a puñetazos.
Rodaron otro poco por el suelo, a la vez que Rafe intentaba protegerse, hasta que agarraron a Cywen y la levantaron.
—¡Soltadme! —gritó retorciéndose mientras la sujetaban Vonn y Crain, y asestó una última patada atroz al cuerpo postrado de Rafe.
—¡Tranquila, gata salvaje! —exclamó Vonn.
Cywen continuó forcejeando hasta que comprendió que los que la sujetaban no tenían la intención de dejarla ir.
Rafe gruñía con una mano en el estómago, se puso de lado y se levantó tambaleándose.
Estaba manchado de hierba y tierra y tenía los pelos apuntando en todas direcciones.
Le salía un hilito de sangre de la nariz.
Se había reunido una muchedumbre en torno a ellos y alguien rio. Las mejillas de Rafe se pusieron rojas.
—¿Estás loca, chica? —dijo mientras se limpiaba la sangre de la cara con el dorso de la mano. Lanzó una mirada a la gente—. Deberías tener más cuidado; has tenido suerte de que no te hiciera daño.
—¡Tú eres el que ha tenido suerte! —espetó Cywen—. ¡Por tener dos guardaespaldas que te protegen!
—¿Qué mosca te ha picado? —replicó Rafe—. ¿Por qué atacas a gente inocente? Y por la espalda, como los cobardes.
Cywen se revolvió con fuerzas renovadas. Rafe rompió a reír. Las risas se propagaron por la multitud mientras Cywen trataba de liberar las muñecas con frenesí y escupía y gruñía a Rafe.
—Para, por favor —dijo Vonn—, o tendré que pedir a Rafe que traiga un cubo de agua para calmarte.
—Él... es... el cobarde —gritó Cywen, que dejó de forcejear—. Rafe. Lleva un año entrenando con los guerreros y ha elegido para pelear a alguien que no ha pisado en su vida el Campo de Serbales. —Escupió a Rafe—. ¿Aún no has aprendido el código? ¿O es que eres demasiado corto para entenderlo?
Se dibujó una sonrisa en la cara de Vonn.
—Valor no le falta a esta chica, eso no se puede negar.
Rafe entornó los ojos.
—Tu hermano tenía que aprender una lección. Y veo que tú también —espetó con los dientes apretados. Apretó el puño y dio un paso hacia ella.
—¡Alto! —gritó una voz en la multitud.
Rafe se detuvo con el puño ya levantado y una figura esbelta surgió de la masa de gente. Era Edana, que entró con paso decidido, semblante severo y la espalda recta en el círculo que formaba la muchedumbre.
—Soltadla —ordenó fulminando con la mirada a Crain y Vonn.
—No íbamos a hacerle daño —dijo Vonn mientras soltaba a Cywen—. Solo intentábamos evitar que hiciera daño a Rafe.
—Ella me ha atacado —terció Rafe pasándose la lengua por los labios—. Hay que darle una lección.
—¿Una lección? —dijo Edana—. Bueno, es posible. Pero no se la darás tú, Rafe ben Helfach. He oído cómo son las lecciones de tu padre y no se las deseo a nadie. Ni siquiera a ti.
Rafe se puso rojo.
—Vamos —dijo Vonn a sus amigos—. Más vale que nos retiremos. Tengo la sensación de que nos superan en número. —Guiñó un ojo a Edana.
—¡Qué pena que Corban no tenga algo del valor de su hermana!
—gritó Rafe por encima del hombro—. ¡A lo mejor entonces no tendría que enviarla a ella para que luche por él!
— Señaló con el dedo a Cywen—. Y tú deberías recordar que quizá la próxima vez no esté la hija del rey para salvarte el culo —profirió, y se mezcló entre la multitud.
Cywen hizo el ademán de seguirlo, pero Edana le puso una mano en el brazo para detenerla.
—Vamos —dijo la hija del rey, que giró con delicadeza a Cywen hacia el potrero. Caminaron en silencio.
—Gracias —dijo Cywen mientras acariciaba al potro—. A veces actúo sin pensar. Casi siempre, en realidad. —Se puso roja al pensar en lo que acababa de hacer, ¡y delante de Edana, la hija del rey!—. Lo siento.
—¿Vas a contarme de qué iba eso?
Edana escuchó con atención a Cywen mientras le relataba lo que había sucedido entre Rafe y su hermano.
El sol descendía lentamente por poniente y la bahía se transformaba en un ondulado mar de bronce.
El potrero iba vaciándose de gente poco a poco y la multitud se congregaba en el borde norte de la pradera a medida que se aproximaba el crepúsculo.
—... y ahora también estoy preocupada por Gar, porque ninguno de los dos ha vuelto aún y mirad lo tarde que es —dijo Cywen para acabar su narración.
Edana dirigió la mirada por encima del hombro de Cywen hacia la Calzada de los Gigantes.
—Por ahí vienen dos jinetes. Mira.
—¡Creo que son ellos! —exclamó Cywen.
Las jóvenes cruzaron la pradera, Cywen a medio correr y Edana caminando a su lado con unas largas zancadas que le permitían seguirle el paso fácilmente.
Llegaron a la carretera y continuaron por ella hasta que se bifurcaba en dirección este y oeste.
Los jinetes ya estaban cerca, uno montado en un caballo y el otro en un poni.
Cywen echó a correr y abrazó la pierna de Gar cuando el jefe de cuadras detuvo su picazo.
—¿Dónde habéis estado? —gritó—. ¡Habéis tardado mucho!
—Mejor pregúntale a tu hermano —dijo Gar con su habitual semblante pétreo.
Cywen miró a su hermano, que se acercaba al trote a lomos del poni.