CAPÍTULO SEIS. VERADIS #3
—Soy el consejero de los Vin Thalun, asesor de Lykos, rey de las Tres Islas y del Mar Tethys —declaró el hombre. Hizo otra reverencia.
Orcus resopló.
Veradis reparó en que el anciano no había dicho su nombre.
—¿Dónde está el barón con el que ibas a reunirte? —quiso saber Nathair.
—Ah, sí. —El hombre se mesó la corta barba—. Comprende que Lykos y yo estábamos impacientes por conocerte. La reunión con un barón era un... subterfugio. Parecía la mejor manera de asegurarnos de que vinieras.
—¿Eh? Pero ¿cómo sabíais que vendría yo?
El consejero sonrió.
—Todo el mundo sabe que Peritus, la primera espada de vuestro padre, está liderando una campaña contra los gigantes con el grueso del ejército de Jerolin en la cordillera de las Agullas, así que eso lo descartaba.
Luego, puesto que la sombra de la sospecha cae sobre uno de los barones de tu padre, era muy poco probable, de hecho habría sido una imprudencia, que enviara a uno de ellos en esta misión.
¿Quién más quedaba que disfrutara de la confianza del rey?
Además, no es ningún secreto que hace ya tiempo que deberías haber liderado una campaña.
Nathair se puso rojo de la rabia y torció el gesto.
—Entonces, todo esto —dijo abarcando el pequeño valle con la mano— es una artimaña.
—Ajá, aunque no sería esa la palabra que elegiría yo. Como ya he dicho, estaba impaciente por conocerte.
—¿Por qué?
—Esa sí que es una buena pregunta. Directo al grano —dijo el anciano—. Es una pregunta que requiere una respuesta detallada. ¿Me acompañas a mi tienda? Dentro hay sillas, vino, fruta... Es un sitio más apropiado para una larga conversación.
Nathair frunció el ceño y entornó los ojos.
—Aún no estás preparado para eso. —Repuso el consejero con calma—. Detecto cierta desconfianza, príncipe.
—Diría que es comprensible, dadas las circunstancias —replicó Nathair.
—Cierto, cierto. En fin, tal vez baste una versión corta por ahora. Lykos desea formalizar un acuerdo entre nosotros.
—¿Nosotros? —espetó Orcus.
—Entre el continente de Tenebral y las islas. Una tregua..., una alianza, incluso.
—¡Bah! —exclamó Orcus.
Nathair se limitó a mirar fijamente al asesor de Lykos.
—Mi padre nunca aceptará. Odia a los Vin Thalun de las islas.
—Sí, estamos al tanto de la disposición de Aquilus —dijo el consejero—. Esa es en parte la razón por la que estoy hablando contigo, Nathair. Tú eres el futuro de Tenebral, y de todo acuerdo entre nosotros. Tú.
—El rey es mi padre, no yo.
—En este momento, eso es verdad. Pero no será así siempre.
—El anciano sonrió como si estuviera charlando con un viejo amigo—.
A medida que cumplas años, tendrás unas ideas y unas opiniones más firmes.
A veces se necesita sangre joven para avanzar.
Vivimos tiempos emocionantes, como estoy seguro de que tu padre ya te habrá hecho ver.
Tal vez tu opinión y tu liderazgo sean valiosos. —Lo miró fijamente con intensidad.
Nathair resopló, pero no desvió la mirada del consejero.
—Aunque estuviera de acuerdo contigo en que una alianza sería buena, ¿cómo podría confiar en vosotros? —inquirió el príncipe—. Sois un pueblo que ataca a los débiles, que quema y roba, que hasta ahora no ha sido capaz de mantener una tregua en su propio seno.
—De nuevo la confianza. —El consejero se puso serio—.
Es un pilar fundamental en cualquier relación.
Podría aplacar tu temor con palabras y promesas.
Pero eso sería demasiado fácil. No creo que te convenciera con ellas.
—Dio un paso hacia el fuego donde había cocinado—.
Quizá sea necesaria una prueba de que puedes confiar en nosotros más... práctica, por así decirlo.
—¿Qué clase de prueba? —preguntó con recelo Orcus.
—¡Alcyon, ven! —gritó el consejero.
De entre los laureles surgió una figura enorme, con el cabello negro recogido en una trenza y un bigote que caía alrededor de su boca y enmarcaba una tez curtida y surcada de profundas arrugas.
Tenía los brazos cubiertos de sinuosos tatuajes azules que desaparecían debajo de la cota de malla.
La empuñadura de un espadón sobresalía detrás de uno de sus hombros.
—¡Un gigante! —espetó Rauca como si fuera un insulto.
Los tres compañeros de Nathair desenfundaron la espada a la vez.
El asesor de Lykos agachó la cabeza y murmuró unas palabras.
De repente, las llamas del fuego se agitaron violentamente, alcanzaron una altura superior a la de un hombre y se inclinaron hacia delante para aislar a Nathair de sus compañeros, de manera que el príncipe se quedó solo con el gigante y el consejero.
Orcus dio un paso hacia las llamas, pero retrocedió cuando se avivaron ante él y le chamuscaron la piel.
Veradis oyó el estrépito del resto de la hueste al descender en tropel desde la cresta de la colina. Al otro lado del fuego distinguía las figuras borrosas del gigante, Nathair y el consejero. El gigante empuñaba un espadón y apuntaba con él al príncipe.
Veradis inspiró hondo, escondió la cabeza detrás del escudo y se lanzó hacia las llamas.