CAPÍTULO SEIS. VERADIS #2
—Informad a los hombres de que estamos cerca —ordenó Nathair a Veradis y a Rauca.
Los dos guerreros cabalgaron a lo largo de la columna transmitiendo la información. Nathair agitó el brazo para que reanudaran la marcha y la hueste avanzó hacia el este siguiendo la corriente.
Enseguida se encontraron en medio de un terreno yermo de colinas bajas, peñascos escabrosos y sinuosos valles cocidos por el sol. Nathair dio la orden de parar pasado el mediodía. El sol era un disco blanco e implacable que les arrojaba sus deslumbrantes rayos.
—Continuaremos a pie —anunció Nathair.
Los ochenta guerreros desmontaron acompañados por el tintineo de los arneses y el hierro. Una docena de hombres se quedó con los caballos mientras el resto se adentraba en una cadena de colinas bajas.
Veradis se limpió el sudor de los ojos y bebió un trago de su odre de agua.
Estaba más acostumbrado que los demás a ese calor.
Su hogar, Ripa, estaba mucho más al este siguiendo la costa, y casi tan al sur como estaban ahora, así que el clima era similar.
Lo único que echaba de menos era la brisa constante de la bahía, que parecía no irse nunca de Ripa.
Aquí no soplaba y el calor era mucho más intenso, más sofocante, y el aire caliente le quemaba la nariz y la garganta cada vez que respiraba.
Empezaron a subir una colina formando una larga fila detrás de Nathair y Orcus.
Las tachuelas en las suelas de cuero de las sandalias de Veradis arañaban el suelo rocoso.
Los dos líderes se detuvieron y departieron en voz baja.
Orcus indicó a la pequeña hueste que se desplegara formando un arco antes de continuar ascendiendo por la colina.
Veradis, que usaba la lanza como bastón, se acomodó el escudo que llevaba terciado a la espalda con una sacudida y reanudó la ardua escalada detrás de Nathair.
Antes de coronar la colina, el príncipe se tendió sobre el suelo y recorrió reptando los últimos metros.
Los integrantes de la hueste lo imitaron y rápidamente llegaron a una larga cresta, con Veradis a un lado de Nathair y Rauca al otro.
Veradis se asomó con cautela por encima de la cresta para echar un vistazo.
El terreno descendía con una pendiente pronunciada a lo largo de cuarenta o cincuenta pasos y luego volvía a nivelarse. Un arroyo atravesaba un barranco con el fondo rocoso plano y un puñado de laureles raquíticos crecían apiñados en la orilla.
Delante de los árboles, a la sombra de una roca enorme, había un hombre, un anciano, a juzgar por su cabello cano recogido en una coleta atada con una tira de cuero a la altura de la nuca.
El hombre canturreaba encogido junto a un fuego, atizando las brasas con un palo mientras algo espetado crepitaba sobre las llamas.
Detrás de él, a la izquierda de los laureles, había una tienda de colores chillones.
Veradis lanzó una mirada a Nathair, que parecía concentrado, y de nuevo observó al hombre, que parecía estar solo, aunque era imposible saberlo con certeza.
Podía haber más hombres escondidos detrás de la multitud de rocas esparcidas por el lugar, quizá entre los laureles, y en la tienda cabían por lo menos una docena.
—¿Qué hacemos? —preguntó Veradis en voz baja al príncipe.
Nathair vaciló.
—Esperar —respondió.
Eso hicieron. El sol caía a plomo sobre la hueste desplegada a lo largo de la cresta y Veradis se sentía como si estuviera asándose a fuego lento debajo de la cota de malla.
El anciano se comió lo que había cocinado en el fuego y se chupó los dedos con fruición cuando terminó, se sacudió la arreglada barba plateada y se lavó las manos en el arroyo poco profundo.
A continuación, alzó la vista hacia la cresta donde se agazapaba Nathair.
—¿Por qué no bajáis? —gritó—. Preferiría no tener que subir hasta allí.
Veradis se quedó paralizado, horrorizado. Miró a Nathair, que parecía tan perplejo como él. El anciano repitió su invitación, hizo un gesto de resignación y se sentó con la espalda apoyada en la roca.
—Voy a bajar —susurró Nathair—. Veradis, Rauca, acompañadme. Los demás, esperad aquí. Es posible que solo haya visto a uno de nosotros.
El príncipe se puso en pie y descendió por la ladera de la colina seguido por Veradis y Rauca. Veradis escrutó el pequeño valle por si hubiera enemigos al acecho.
El anciano se levantó sonriente y esperó a que Nathair estuviera más cerca. Veradis oyó un ruido detrás de él y vio que Orcus bajaba de la cresta para unirse a ellos.
—Bienvenido, Nathair ben Aquilus —dijo el anciano con una reverencia.
Veradis miró al hombre de arriba abajo por si llevaba armas encima, pero no vio ninguna.
El desconocido irradiaba fuerza, una sensación de energía.
Sus brazos desnudos eran fibrosos y musculosos.
Su rostro estaba surcado de profundas arrugas y había un brillo de buen humor en sus ojos, en los que se apreciaba algo extraño... ¿Igual era un matiz amarillo?
—¿Rey Lykos? —dijo Nathair, que se detuvo a media docena de pasos del hombre. Veradis, Rauca y Orcus se desplegaron detrás de él.
—¿Lykos yo? —respondió el hombre todavía sonriendo—. Por desgracia, no soy él. Ojalá. Envidio su juventud y su vigor. Solo soy su siervo. Me ha pedido que te pida disculpas por su ausencia.
—¿Dónde está? —preguntó Nathair paseando la mirada por las rocas que los rodeaban.
—Ha tenido que ocuparse de un asunto ineludible —explicó el anciano—. De manera que me ha enviado en su lugar.
—Y tú eres...