Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SEIS. VERADIS
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CAPÍTULO SEIS. VERADIS

CAPÍTULO SEIS

VERADIS

Veradis flexionó los hombros para intentar reajustarse la cota de malla. A pesar de la túnica de lino que llevaba debajo, tenía en carne viva las zonas del cuerpo donde le rozaba, y el ritmo del caballo para mantenerse a una docena de pasos detrás de Nathair solo había empeorado la irritación.

«Debería habérmela puesto más a menudo», pensó, pero no estaba cómodo con ella.

En Ripa, solo un puñado de guerreros tenían cota de malla: su hermano Krelis, por supuesto, y su padre.

También Alben, el maestro de armas de la fortaleza, y dos o tres hijos de barones locales.

Las pocas ocasiones en las que la había llevado puesta en público se había sentido raro, poco integrado, y ya estaba cansado de sentirse así como para encima provocarlo.

De manera que la cota de malla había pasado la mayor parte del tiempo metida en un baúl en su habitación.

No obstante, la cuidaba como si fuera un tesoro.

En gran medida porque Krelis se la había regalado después de su Noche Larga, el sello final de la prueba de un guerrero, cuando dejaba de ser un niño para convertirse en un hombre.

Pero también por la verdad que contenían las palabras de su hermano: «El cuero puede repeler un golpe flojo o de refilón, pero esto repelerá uno fuerte.

Trátala como si fuera un buen amigo». Y así lo había hecho.

Todas las noches la sacaba del baúl de madera, la engrasaba, la limpiaba y luego volvía a doblarla y a guardarla.

Aquilus había aceptado la petición de Nathair de liderar la hueste enviada con la misión de frustrar la reunión de Lykos, el autoproclamado rey de los corsarios. Así que Veradis solo había dormido dos noches en Jerolin antes de volver a subirse a la silla de montar.

Lanzó una mirada por encima del hombro desde su posición, cercana a la cabeza de la pequeña columna de tres en fondo formada por unos ochenta guerreros.

Solo la mitad de ellos eran reclutas de la recién creada hueste de Nathair; los demás habían sido seleccionados de la Guardia del Águila de Aquilus por insistencia de Fidele, la madre de Nathair.

Los seguidores de Nathair flanqueaban a su líder.

A su izquierda cabalgaba Rauca, el tercer hijo de un barón local; un tipo simpático y de buen carácter, ágil en el manejo de las armas.

A su derecha iba Bos, hijo de un miembro de la Guardia del Águila de Aquilus; tenía un cuello fuerte y los hombros anchos, y sus brazos parecían dos nudosos troncos de roble.

Habían marchado con buen ritmo hacia el sur desde Jerolin y dejado atrás leguas de praderas onduladas salpicadas de bosques, y ahora, tres noches después, Veradis divisaba las montañas que señalaban la mitad de su viaje alzándose como la torcida columna vertebral de un anciano consumido y artrítico.

—¡Veradis! —gritó Nathair desde la cabeza de la columna.

Veradis espoleó a su caballo y llegó a la altura del príncipe.

—Aún no hemos tenido la conversación que te prometí —dijo el hijo de Aquilus mirando de reojo a Veradis con una sonrisa franca.

—Habéis estado ocupado, mi señor —dijo Veradis.

—Ay, ay, nada de «mi señor». ¿Recuerdas lo que te dije?

—Lo siento, mi... —Veradis cerró la boca antes de acabar la frase.

Nathair rio entre dientes.

—Me alegra tenerte en mi hueste. Aún no somos muchos, pero eso cambiará pronto.

—Ajá.

—En cuanto a ti, he oído que eres el mejor espadachín que ha salido de Ripa. Un miembro muy valioso para mi hueste.

Veradis resopló.

—¿Quién...?

—Tu hermano. Tuve una pequeña conversación con él antes de que se fuera. Me habló muy bien de ti y de tu destreza.

—Ah —musitó Veradis. Una sonrisa asomó a sus labios.

—Tu padre debe de estar muy orgulloso —añadió Nathair.

—¿Eh? —dijo Veradis. Abrió la boca, pero no se le ocurrió nada que decir—. Ajá —balbuceó al final.

—Todo el mundo admira a Krelis. ¿Ha sido difícil crecer a su sombra?

Veradis dibujó un gesto de enfado, pero no respondió.

—Perdóname si te parece que soy un entrometido —dijo Nathair—, solo es curiosidad.

Veradis se encogió de hombros. La verdad era que sí había sido difícil, sobre todo porque su padre parecía tener ojos, y elogios, solo para Krelis.

A su otro hermano, Ektor, nunca había parecido importarle eso, pues era feliz con sus libros, pero Veradis lo había vivido como si fuera una pequeña esquirla de hierro que se hundía cada vez más profundamente en su carne.

Sin embargo, quería a Krelis y rara vez se había enfadado con él por ese motivo, y cuando lo hacía se le pasaba enseguida.

Si alguien tenía la culpa, ese era su padre. Volvió a encogerse de hombros.

—A veces —dijo.

—Sé algo sobre lo que es crecer a la sombra de otro —dijo en voz baja Nathair.

Veradis miró al príncipe y se percató de que tenía los ojos inyectados en sangre y oscuras ojeras.

—¿Te encuentras bien? —preguntó.

—¿Eh? Oh, no es nada —respondió Nathair—. No he dormido bien, eso es todo. He tenido pesadillas.

Cabalgaron en silencio un rato por un bosque con árboles dispersos y el suelo moteado de flores blancas. Un puñado de alondras, sobresaltadas por el paso de la columna, echaron a volar desde las ramas delante de ellos.

—¿Viste a los jinetes que partieron de Jerolin antes que nosotros? —le preguntó de repente el príncipe.

—Ajá —contestó Veradis. Más de una veintena de guerreros habían partido de la fortaleza mientras él se preparaba para el viaje, todos con caballos de relevo y provisiones para muchos días—. Pensé que tendría algo que ver con el regreso de Meical. Es consejero de tu padre, ¿verdad?

—Sí, él tuvo algo que ver. —El príncipe apretó los labios y permaneció callado un momento. Luego continuó—: Los jinetes son mensajeros. Mi padre prepara una asamblea y convoca a todos los reyes de las Tierras del Exilio.

—¿A todos?

—Ajá. Se ha enviado un mensajero a cada uno de los reinos.

—¿Con qué fin?

—Ah, eso no te lo puedo contar aún. Corresponde a mi padre desvelarlo, en la asamblea.

—¿Y vendrán todos?

—Deberían. Mi padre es el Rey Supremo —dijo Nathair.

—Es posible. —Veradis hizo una mueca. Aquilus era el Rey Supremo, aunque más bien en sentido nominal.

Muchas generaciones atrás, cuando los Exiliados desembarcaron en estas tierras y declararon la guerra a los clanes de los gigantes, había un solo rey, Sokar, y cuando se expulsó a los gigantes y los humanos poblaron las Tierras del Exilio, todos se inclinaron ante él.

Pero había pasado mucho tiempo desde entonces.

Reinos nuevos habían prosperado y ahora había más reyes en las Tierras del Exilio, aunque todos continuaban reconociendo la soberanía del señor de Tenebral, descendiente del primer rey. Al menos en teoría.

—Mi padre está seguro de que vendrán —dijo Nathair como si el asunto no le preocupara—.

Entre tú y yo, la verdad es que no creo que eso importe.

—Se inclinó hacia Veradis y añadió en voz baja—: ¿Sabías que las piedras de los gigantes están sangrando?

—Sonrió. Parecía entusiasmado—. Vivimos unos tiempos excepcionales, Veradis, unos tiempos en los que necesitaremos tu célebre destreza con la espada, creo.

Estamos a punto de entrar en una nueva era.

Así que es un buen momento para formar una hueste.

Como ya he dicho, me alegra que formes parte de ella.

El príncipe se volvió hacia la columna que lo seguía.

—Son buenos hombres..., valientes y leales todos ellos. Pero tú eres el hijo de un barón. Nosotros tenemos más cosas en común. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Ajá, mi... Sí, lo entiendo —respondió Veradis—.

Yo también me alegro de formar parte de ella.

—Las palabras de Nathair habían despertado su curiosidad y sentía un cosquilleo en las venas.

Una parte del entusiasmo del príncipe era contagiosa.

Y por primera vez en mucho tiempo sintió que algo se removía en su interior. Se sentía valorado.

Los días se sucedían y Veradis y la hueste avanzaban hacia el sur con paso constante.

Durante algún tiempo bordearon las montañas que Veradis había visto desde lejos y cruzaron los ríos turbulentos y espumosos que descendían desde las cumbres.

A medida que dejaban atrás las montañas, el paisaje cambiaba, y los bosques de arces blancos y olmos eran sustituidos por extensas praderas onduladas, que a su vez se volvían más secas y apagadas, pues el calor cada vez más intenso del sol robaba el color y la humedad de todas las cosas.

Por fin llegaron a la orilla del Nox. La hueste cruzó el río por un antiquísimo puente de piedra construido por los gigantes y siguió el cauce hacia el sur, avanzando arduamente por un terreno cada vez más rocoso, hasta que una mañana, justo antes del mediodía, Veradis percibió el sabor a sal en el aire y oyó el chillido lejano de las gaviotas.

La columna de jinetes se detuvo a la señal del capitán, Orcus, que levantó la mano. Nathair hizo una seña a Veradis y a Rauca para que se acercaran.

El príncipe y su Guardia del Águila estaban reunidos alrededor de un mapa.

Veradis lo observó con la frente fruncida.

Siempre le había costado entender los mapas, y para nada le apasionaban tanto como a su hermano Ektor, que se pasaba días enteros en la biblioteca de Ripa estudiando los numerosos pergaminos que se guardaban allí.

Algunos incluso tenían trazadas las fronteras de los reinos de los gigantes que habían dominado las Tierras del Exilio antes de que los Exiliados llegaran a sus costas.

—Estamos aquí —dijo Orcus, con el dedo en un punto del mapa cercano a la costa.

—Ajá —repuso Nathair—. Y esa parece la marca de la que habló el prisionero Vin Thalun. —El príncipe señaló un cedro alto, con el tronco partido y carbonizado por un rayo—. Si es verdad lo que dijo, la reunión se celebrará más o menos a una legua al este de ese árbol.

—Lo averiguaremos. —Orcus enrolló el mapa con un movimiento seco y volvió a guardarlo en una funda de piel.