CAPÍTULO CINCO. CORBAN #3
Los ojos que brillaban en la oscuridad se desvanecieron y Corban exhaló un profundo suspiro y se derrumbó en el suelo.
«¿Qué acabo de hacer?»
Permaneció tirado en el suelo húmedo unos minutos, esperando a que su corazón acelerado se tranquilizara, y luego se levantó y se alejó de la ciénaga.
El bosque parecía cambiado, más oscuro. Se le hizo arduo caminar porque tenía que concentrarse en el suelo para no tropezar con las densas enredaderas que cubrían la superficie del bosque.
No fue hasta pasado un buen rato cuando se dio cuenta de que no había visto ninguno de los arroyos que había cruzado anteriormente.
Pateó el suelo y descubrió que, debajo de la vegetación que lo cubría, ya no estaba esponjoso, sino duro.
—Oh, no.
Miró alrededor con frenesí buscando alguna señal reconocible, pero no vio ninguna.
Una luz difusa se filtraba por las copas de los árboles y no daba ninguna pista de la posición del sol en el cielo.
Respiró hondo y reanudó la marcha. «Solo tienes que seguir caminando —pensó—.
Busca un arroyo que te lleve de vuelta.» Se estremeció intentando controlar el pánico que comenzaba a apoderarse de él.
Sabía perfectamente que las probabilidades de sobrevivir una noche en el bosque eran muy pocas, y para salir de él necesitaba pensar con claridad.
«Sigue caminando —se dijo—, y reza para que no te estés adentrando aún más en el bosque.
» Apretó el paso. No paraba de mirar adelante y atrás, el suelo que pisaba y el camino que había elegido seguir.
Cuando por fin se detuvo, le dolían los pies y tenía los dedos entumecidos.
Tenía la sensación de que llevaba toda una vida caminando y todavía no había rastro de un arroyo.
Miró alrededor, eligió un olmo alto y trepó por él.
Cuanto más alto subía, menos ramas encontraba y más separadas entre sí.
Llegó a un punto en que ni siquiera poniéndose de puntillas llegaba a la siguiente rama encima de él.
«Si consiguiera subir arriba del todo, podría ver Dun Carreg.
Por lo menos sabría si voy en la dirección correcta.
» Sacando fuerzas de su desesperación, cogió impulso y saltó.
Se asió con las dos manos a la rama que se había marcado como objetivo y permaneció suspendido un momento, balanceándose suavemente debido a la flexión de la rama.
Pero entonces le resbaló una mano y, a pesar de que agitó el brazo con frenesí, desesperado por agarrarse, se precipitó.
Chocó con un sinfín de ramas y perdió el conocimiento.
Se despertó hecho un ovillo en el suelo del bosque.
Se incorporó con un gruñido y oyó un sonido débil.
Llegaba de muy lejos, pero en el bosque reinaba un silencio sepulcral y ni siquiera la brisa susurraba en los árboles.
Aguzó el oído, convencido de que era una voz lo que oía.
Alguien gritaba. Se levantó de un salto y, olvidándose de su agotamiento, echó a correr.
Cuando se detuvo, no oyó nada por un momento, pero entonces volvió a sonar la voz, mucho más cerca ahora. Gritaba su nombre.
—¡Hola! —respondió haciendo bocina con las manos. Corrió de nuevo sin parar de gritar.
No tardó en ver salir una figura alta de detrás de un árbol. Era un hombre que llevaba de las riendas dos caballos, un picazo grande y un poni, y cojeaba.
—¡Gar! —exclamó Corban sin dejar de correr con todas sus fuerzas hacia el jefe de cuadras. Las lágrimas le surcaban las mejillas cuando se abalanzó sobre él.
En un primer momento, Gar se quedó quieto como una estatua, pero enseguida rodeó al chico con los brazos y le dio unas palmaditas en la espalda.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Corban tiritando.
—Buscarte, por supuesto, cabeza de chorlito. Sauce sabe volver solo a casa, no como tú. —Gar dio un paso atrás y miró de arriba abajo a Corban—. ¿Qué te ha pasado? Ya tenías mal aspecto la última vez que te vi, pero ahora...
Corban se miró. Estaba cubierto de barro y hojas, tenía arañazos por todo el cuerpo y agujeros en la capa y los pantalones.
—Yo... —Hizo una pausa, pues sabía que lo que iba a decir sonaría estúpido—. Necesitaba un poco de silencio, de soledad... —dijo avergonzado, sin levantar los ojos del suelo—. Me perdí.
La expresión de Gar le convenció de que no era el mejor momento para mencionar al lobón.
El jefe de las cuadras contempló al chico desaliñado que tenía delante, se sorbió la nariz y suspiró.
—Ya puedes darle las gracias a tu hermana. Insistió en que fuera a buscarte cuando Dath le contó lo que había pasado con Rafe.
—Ah, así que lo sabe. —Corban dejó caer los hombros.
—Ajá, muchacho, pero no te preocupes de eso ahora. Te llevaré a casa. Si eres capaz de seguir mi ritmo, deberíamos llegar a tiempo para el enlace de manos. Al menos de esa manera no te habré rescatado solo para que tu madre te mate.
—Creo que me matará de todas maneras —se lamentó Corban al mirar la capa llena de agujeros y desgarrones.
—Bueno, averigüemos si eso es verdad —repuso Gar. Dio media vuelta con las riendas de su caballo en la mano y echó a andar.