CAPÍTULO CINCO. CORBAN #2
Corban rodeó un denso grupo de árboles, apartando con los codos los helechos rojos que encontraba a su paso, y se detuvo bruscamente.
A no más de veinte pasos, sobresaliendo del suelo, vio la cabeza y los hombros de un lobón.
Los colmillos de la criatura, largos como sus brazos y puntiagudos como una daga, resplandecían.
Corban no se lo podía creer. Eran unas bestias temibles que cazaban en manada, criadas por los clanes de los gigantes durante la Guerra de los Tesoros, si eran ciertas las historias que se contaban.
Se parecían a los lobos, pero eran más grandes y fuertes y poseían una aguda inteligencia.
Era muy raro verlos en esas latitudes, pues preferían el sur de Ardan, regiones de bosques espesos y vastos páramos donde pastaban los uros.
Chico y bestia se miraron fijamente un momento, hasta que el animal lanzó una dentellada y espumajeó por la boca.
Con una garra, golpeó el suelo sin apenas fuerza.
Estaba débil y desnutrido y parecía cerca de la muerte.
Se oyó un ruido de succión y el animal se hundió un poco más, como si alguien le tirara de las patas traseras.
El suelo a su alrededor parecía firme y estaba cubierto de las mismas enredaderas que pisaba él, pero Corban sabía que el lobón había caído en una de las traicioneras ciénagas de Baglun.
Corban permaneció callado sin saber qué hacer. Se agachó y observó la cabeza de la criatura, gris con vetas blancas, salpicada de barro negro.
—¿Qué hago? —musitó—. Aunque consiguiera sacarte, me comerías.
La bestia lo miraba fijamente con sus ojos de color cobre.
Corban escudriñó a su alrededor, agarró una rama larga, la hundió en el suelo delante de sus pies y comenzó a avanzar, tanteando el terreno con sumo cuidado.
Sauce lo observaba con desaprobación. De repente, la rama desapareció en el suelo y la pierna izquierda de Corban se hundió en la tierra hasta la rodilla antes de que pudiera detenerla.
Tras un momento de pánico, intentó sacar la pierna, pero sintió que el barro la sujetaba con firmeza y se fundía en un abrazo asfixiante con ella.
Corban apoyó el peso en la otra pierna y se inclinó hacia atrás hasta que, poco a poco, consiguió sacar la pierna, que estaba cubierta de un barro negro y viscoso. Cayó de espaldas al suelo.
Empapado en sudor, permaneció tendido un momento.
Lanzó una mirada hacia el animal al oír un borboteo y vio que se había hundido un poco más.
De repente, supo lo que debía hacer (y que era una verdadera locura) y se levantó del suelo.
Volvió junto a Sauce y le dio unas palmadas.
El poni puso los ojos en blanco; estaba a punto de huir.
Cuando se tranquilizó un poco, Corban sacó de las alforjas la cuerda que le había dado Gar y ató un extremo a la silla de montar.
A continuación, obligó al poni a acercarse poco a poco al borde de la ciénaga.
En el otro extremo de la cuerda, hizo un lazo como le había enseñado Cywen y lo lanzó hacia la bestia.
Al segundo intento, el lazo cayó sobre la cabeza y los hombros del animal.
Corban levantó la cuerda con suavidad y comenzó a tirar de ella muy poco a poco.
El lazo se cerró y la cuerda se tensó. Corban agarró de las riendas al poni y lo alejó de la ciénaga.
La cuerda crujió con la tensión cuando Sauce la forzó a estirarse, y el animal atrapado en el barro soltó un gañido y lanzó una dentellada al aire al sentir que la cuerda se le clavaba en la piel.
A continuación, con un fuerte sonido de succión, la criatura comenzó a salir del barro.
Sauce continuó avanzando paso a paso, hasta que el lobón quedó tendido sobre el costado en el borde de la ciénaga, resollando y recubierto de barro.
Se puso en pie tambaleándose, con la cabeza agachada.
Corban no pudo evitar contemplarlo maravillado, incluso en el lamentable estado en que se encontraba.
No era mucho más bajo que el poni y vetas de color hueso estriaban su apagado pelaje grisáceo.
Levantó despacio la cabeza y mordió la cuerda que lo rodeaba.
A continuación, aulló. Sauce relinchó, retrocedió y tiró.
Corban quiso moverse, pero estaba como paralizado, hipnotizado por los colmillos largos y curvos de la criatura lobuna.
Corban advirtió entonces un movimiento, una presencia en torno a él y unas sombras furtivas. Una multitud de ojos destellaron en la oscuridad.
«La manada ha venido. Estoy muerto», pensó. La criatura a la que había rescatado avanzó con sigilo hacia él, con los músculos del cuello y de los hombros hinchados. Su vientre, abultado y pesado, se balanceaba con sus pasos.
—Pero si estás embarazada —se sorprendió Corban.
El animal caminó en círculo y se detuvo frente a él.
Fijó los ojos cobrizos en los suyos, inspiró hondo y apretó el hocico contra su entrepierna mientras lo olfateaba.
Corban reprimió el impulso de saltar hacia atrás.
Sabía que su vida pendía de un hilo. La bestia levantó la cabeza y continuó olfateándole el abdomen, el cuello y el mentón.
El aliento caliente de la criatura envolvió a Corban y su fuerte olor a pelo mojado se le adhirió a la garganta.
El hocico del animal le presionó la piel y Corban sintió sus dientes fríos y duros.
Se meó encima. Pero entonces la bestia dio un paso atrás, se dio la vuelta y se alejó dando saltitos hasta que desapareció en las tinieblas del bosque.