Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CINCO. CORBAN
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CAPÍTULO CINCO. CORBAN

CAPÍTULO CINCO

CORBAN

A medida que Corban se acercaba al río, el suelo se nivelaba. A la derecha vio el cañal para los salmones.

Dirigió la mirada hacia los árboles que moteaban la orilla opuesta, cuya densidad y espesura aumentaban rápidamente y marcaban el límite del bosque. Sintió el cosquilleo de la emoción que siempre lo embargaba cuando se encontraba cerca del Baglun.

Cruzó el río por el vado a lomos del poni, acompañado por el sonido del chapoteo y del repiqueteo de sus cascos en las piedras, y salió en la otra orilla para recibir el abrazo del bosque.

La Calzada de los Gigantes, con las piedras resbaladizas por el musgo, se adentraba en el Baglun. Las ramas entrelazadas de los árboles sumían el mundo en una luz crepuscular. Por alguna razón, las sombras lo tranquilizaron, como un bálsamo.

Corban dejó que el poni avanzara a su ritmo y fantaseó con que era un gran cazador, como Marrock, que seguía el rastro de una banda de forajidos que había salido del Bosque Oscuro por el norte para asaltar los pueblos.

El relato lo había oído de su padre. A Thannon le gustaba hablar mientras trabajaba y le había contado muchas historias sobre las Tierras del Exilio, el continente donde vivían.

También le había hablado sobre la situación actual del reino de Ardan y la distancia cada vez mayor entre el rey Brenin y Owain, el rey del vecino Narvon, y sobre el repentino aumento de forajidos que merodeaban por el Bosque Oscuro, que separaba los dos reinos.

Thannon le había advertido de una banda formada por esos forajidos que se había adentrado en Ardan quemando granjas y asaltando a viajeros a su paso.

Le había dicho que incluso podrían haberse dirigido al Baglun.

Se le hizo un nudo en el estómago y paseó la mirada alrededor con los ojos como platos mientras se imaginaba a los bandidos escondidos detrás de los arbustos, preparados para asaltarlo. Pero ¿quién sería tan tonto como para acampar a la vista de la fortaleza de Brenin?

No había nada que temer.

El bosque era más denso allí; entre los árboles crecían espesos espinos.

Justo delante, la Calzada de los Gigantes atravesaba un claro, y la luz del sol que se filtraba a través de las ramas de los ralos árboles coloreaba el suelo.

Corban entró al trote en el claro. Un manto de campanillas azules cubría el suelo hasta la piedra del juramento.

La piedra se alzaba alta en el claro: una sola lápida negra con inscripciones rúnicas en una lengua que se había olvidado hacía mucho tiempo; otro recuerdo de los gigantes que habían poblado esas tierras.

Todavía se usaba la piedra para dar un carácter solemne a ciertas ceremonias, pero no se había visitado de manera oficial desde que Brenin recibiera la espada de su padre y se convirtiera en el rey de Ardan, hacía ya más de quince años.

El lugar transmitía una sensación extraña, de soledad, y Corban se sentía bien allí.

Se bajó del poni y se acercó a la piedra.

La notó diferente, como si estuviera húmeda; unas oscuras vetas se deslizaban por su superficie desde las runas grabadas.

Tocó la roca. El claro se oscureció de repente; las nubes taparon el sol.

Corban se estremeció y apartó la mano de la roca.

Tenía las yemas de los dedos rojas. ¿Era sangre?

Se dio cuenta de que se le había acelerado el corazón y sus latidos le resonaban en los oídos. Entonces se le nubló la visión y se desmayó.

Corban parpadeó al recobrar el conocimiento y miró alrededor.

Se encontraba en el claro de la piedra de los juramentos, apoyado contra la gran roca.

Sin embargo, advirtió un cambio. Pasaba algo raro.

Todo tenía un tono pálido, como si los colores hubieran desaparecido del mundo.

Miró arriba. Las nubes oscuras bullían encima de él; se agrupaban y se deslizaban como un mar furioso.

Y luego estaba el silencio. Era excesivo.

No se oía a los pájaros, ni a los insectos, ni ruido alguno del bosque; solo el silbido del viento entre las ramas.

De pronto oyó unos pasos y el crujido de las hojas secas en el suelo del bosque, fuerte en el silencio reinante.

Una figura surgió de la espesura que rodeaba el claro.

Era un hombre con una espada colgada de la cintura y la capa sucia.

Se detuvo al ver a Corban, inclinó la cabeza y se dirigió hacia él.

—Te estaba buscando —dijo el hombre poniéndose en cuclillas a su lado.

Corban no acertaba a adivinar su edad. Tenía arrugas en torno a los ojos y la boca, aunque una barba corta las ocultaba casi todas. Entonces miró al hombre a los ojos; eran amarillos como los de un lobo, y viejos. No, más que viejos. Antiguos. Y sabios.

—¿Por qué? —preguntó Corban.

El desconocido esbozó una sonrisa cordial y cariñosa y Corban también sonrió sin darse cuenta.

—Necesito ayuda. Tengo que acabar una tarea y no puedo hacerlo solo. —Del bolsillo de la capa sacó una manzana, sorprendentemente roja en ese mundo descolorido, le dio un mordisco y el jugo del fruto le corrió por el mentón. El hombre tenía las uñas agrietadas, astilladas, manchadas de tierra.

—¿Por qué yo? —murmuró Corban.

—Directo al grano —observó el hombre, complacido. Sin más, añadió—: Es una tarea difícil, peligrosa. No todo el mundo puede ayudarme. —Inspiró hondo y cerró los ojos—. Pero tú no eres como los demás. Posees algo valioso. Lo percibo.

Corban emitió un sonido de desaprobación. Nunca se había sentido especial ni le habían dicho que lo fuera, salvo su madre, claro.

—¿Qué tarea es esa?

—Tengo que encontrar algo. Te lo mostraré —respondió el hombre a la vez que ponía una mano sobre los ojos de Corban.

De repente, Corban se encontró dentro de una cámara de piedra. Las ventanas en arco estaban negras debido a la claridad de las antorchas; la oscuridad de fuera parecía absorber la luz.

En el centro de la habitación, había un gran caldero de hierro negro, más alto y ancho que un hombre.

De dentro salía un grito que resonaba en las paredes, cada vez más agudo; la angustia que transmitía obligó a Corban a taparse los oídos.

Y entonces se hizo el silencio, solo roto por el suave crepitar de las antorchas.

Unos dedos pálidos surgieron del caldero y se agarraron a los bordes negros.

Un cuerpo se irguió, se deslizó por la pared del recipiente hasta el suelo de piedra y se puso en pie muy despacio.

Era un hombre vestido únicamente con unos holgados pantalones de lana, con el pelo largo y oscuro suelto, salvo por la trenza de guerrero que le caía sobre la ancha espalda.

Tenía la piel de un apagado color gris, fina y estirada, y debajo de ella parecían moverse unas cosas, como si buscaran una salida.

Las venas resaltaban orgullosas, hinchadas y moradas, sobre el tejido pálido, y formaban una intrincada telaraña en el cuerpo del hombre.

Entonces se volvió para mirar a Corban.

Unos ojos negros como la noche, sin pupila ni iris, se fijaron en él. Dibujó una sonrisa horripilante con los labios, y por una de las comisuras se deslizó un hilito de sangre que se acumuló en una gota y cayó al suelo.

Corban dio un paso atrás. La figura reaccionó dando un paso adelante.

Corban ya estaba a punto de darse la vuelta y echar a correr, pero de repente sintió una presencia detrás de él y se quedó paralizado.

Ordenó a su cuerpo que se diera la vuelta, pero no le obedecía. Se le erizó el vello de la nuca.

La figura que había delante del caldero también se quedó inmóvil y su rostro se deformó cuando sus ojos negros miraron más allá de Corban.

Se produjo un movimiento a su espalda y, con el rabillo del ojo, vio que dos grandes alas con plumas se agitaban detrás de él.

La figura que tenía enfrente hizo una mueca y levantó los brazos como para protegerse de un golpe.

A continuación, bufó a Corban, levantó la cabeza y profirió un aullido agudo y penetrante.

Corban se volvió hacia las alas y una sensación de paz reemplazó el pánico y el miedo que lo atenazaban, a pesar de que la criatura continuaba emitiendo su horrible ululato.

La habitación desapareció poco a poco y regresó la oscuridad.

Abrió los ojos y soltó un grito ahogado.

Tenía la espalda empapada en sudor. Sacudió la cabeza.

Todavía oía el aullido bestial del sueño, que rápidamente se desvanecía en su cabeza.

Sauce piafaba y horadaba la tierra con los cascos.

Cuando se despertó por completo, el aullido, lejos de apagarse, se volvió más nítido y adquirió un tono distinto al de su sueño, y de pronto se dio cuenta de que Sauce también lo oía.

Corban se puso en pie de un brinco y trató de calmar al animal. Sauce resopló y poco a poco se tranquilizó, a pesar de que todavía se oía el aullido resonando en el bosque. Corban se quedó quieto un momento y escuchó con atención.

—Sea lo que sea, suena asustado —musitó. Continuó dando palmaditas en el cuello al poni, hasta que tomó una decisión y se dirigió hacia el origen del aullido tirando de las riendas de la montura.

No había dado un par de pasos cuando el bosque se transformó en un mundo tenebroso.

A pesar de que las ramas estaban demasiado bajas para montar a Sauce, podía moverse con facilidad entre los árboles, si bien debía prestar atención a dónde pisaba, pues el suelo estaba cubierto de plantas enredaderas que se le enganchaban a las botas.

Riachuelos poco profundos se cruzaban en su camino y el suelo era cada vez más esponjoso. Los cascos de Sauce se hundían en la tierra húmeda y se despegaban de ella con un ruido de succión.

«Debería dar media vuelta», pensó. Dylan le había advertido sobre las mortíferas ciénagas del Baglun. A primera vista parecían suelo firme, pero te absorbían hasta engullirte por completo. Se detuvo. El aullido se reanudó. Sonaba muy cerca.

«Solo un poco más.» Dio otro paso en la dirección del aullido y este cesó de golpe.