CAPÍTULO CUATRO. EVNIS
CAPÍTULO CUATRO
EVNIS
Evnis cogió el odre de hidromiel de las manos de Helfach, su cazador. Lo destapó y bebió. Saboreó la miel dulce mientras el alcohol le calentaba el estómago.
—Está bueno, ¿eh? —dijo Helfach.
—Ajá —soltó Evnis. Tenía cosas más importantes en la cabeza que la calidad del hidromiel que estaba bebiendo.
Habían pasado muchos años desde que había hecho el juramento a Asroth y se había aliado con Rhin, la reina de Cambren.
Desde entonces había llegado alto, y ahora era el consejero de Brenin, el rey de todo Ardan.
Tenía la sensación de que aquella noche en el Bosque Oscuro pertenecía a otra vida.
Había sido una experiencia espantosa, pero también embriagadora.
Una parte de esas sensaciones lo asaltaron de nuevo: miedo y emoción se mezclaban mientras afloraban las consecuencias del juramento.
Estaban sentados en un vallecito situado en la linde meridional del bosque Baglun, a casi media jornada a caballo de Dun Carreg.
Un poco más al sur, una manada de uros hacía vibrar el suelo con sus pisadas mientras atravesaban un brezal.
Una nube de polvo flotaba sobre los animales y señalaba su posición como si fuera un enorme depredador.
—¿Dónde se ha metido? —murmuró Evnis.
Helfach levantó la mirada e hizo visera con la mano.
—Le dijiste que cuando el sol estuviera alto, así que debería llegar en cualquier momento.
—Odio esperar —resopló Evnis. Se moría de ganas por volver al lado de Fain, su mujer. Estaba enferma y lo necesitaba. La preocupación lo corroía.
Helfach sonrió. Continuaron sentados en silencio, pasándose el odre, hasta que de pronto el caballo de Evnis levantó la cabeza y torció las orejas.
—Por ahí viene —dijo Helfach señalando con el dedo.
Una figura se deslizaba hacia ellos entre los árboles.
—Ponte la capucha —ordenó Evnis a la vez que se cubría la cabeza con la suya.
Evnis se puso en pie y enfiló con paso resuelto al encuentro del recién llegado. Era un hombre alto con el arco desencordado en la mano y la cara llena de arrugas. Llamaba la atención la frialdad de sus ojos. Evnis pensó que aparentaba más edad de la que tenía en realidad.
—Esto es para ti —le comunicó el hombre mientras le tendía un trozo de cuero enrollado.
Evnis cogió el pergamino, rompió el sello de cera y leyó en silencio. Cuando acabó, hizo una mueca, volvió a enrollarlo y se lo metió debajo de la capa.
—Tu objetivo es una granja al noreste de Baglun —dijo—. En una colina que hay justo al otro lado del río. Rodeada por una empalizada.
—Por las indicaciones, parece que está muy cerca de Dun Carreg.
—Así es.
El hombre emitió un sonido gutural.
—¿Cuántos?
—Seis miembros de una familia.
—¿Cuántos son capaces de empuñar una espada?
—Dos hombres, y un chico que acaba de empezar su entrenamiento en el Campo de los Serbales. El resto son mujeres, y un niño.
—No pienso matar a mujeres ni niños.
Evnis entornó los ojos.
—¿Braith ha elegido a la persona correcta para este trabajo?
—De momento no se ha quejado.
Evnis se resignó.
—Hazlo esta noche. En la fortaleza celebran una boda, así que, si necesitas cadáveres para dejar claro el mensaje, tendrás que esperar a que vuelvan a casa. Asegúrate de que el fuego destruye la granja.
—Ajá —rezongó el hombre. Dio media vuelta y volvió a desaparecer entre los árboles.
—¿Hemos acabado? —preguntó Helfach.
Evnis sacó el pergamino de debajo de la capa y lo releyó:
Saludos, fiel entre los fieles. Braith ha conseguido situarse en una buena posición, sólida.
Haz buen uso de sus hombres. Obliga a Brenin a salir de su guarida cuanto antes.
El momento se acerca. En cuanto al asunto por el que te has puesto en contacto conmigo, si los curanderos no son capaces de sanarla, debes usar los poderes telúricos.
Ve a por el libro. Ya sabes dónde está. Encuentra la puerta y encontrarás el libro.
Uthas afirma que te ayudará, aunque nada la salvará excepto el caldero. Llévala hasta él si puedes.
Recuerda la causa, recuerda tu juramento.
Carraspeó y escupió. Prendió una astilla y quemó el mensaje.
—Será mejor que volvamos —dijo mientras se subía a su caballo—. Si no llego a tiempo para el enlace de manos, Alona me acusará de traidor y pedirá a Brenin que me corten la cabeza. «Traidor... Si ella supiera el verdadero alcance de mi traición.»
Helfach resopló.
—Que lo intente esa zorra... Brenin te escucha.
—Ajá, pero también la escucha a ella, y le hace más caso. Además, Alona me odia. Siempre me culpará de la muerte de su hermano Rhagor —añadió. «Y con razón», pensó.
Salieron del vallecito a caballo, a través de un puñado de árboles dispersos, y se incorporaron a la carretera de Dun Carreg.
Con el viento de cara, los pensamientos de Evnis volvieron a centrarse en la carta.
«El momento se acerca... Recuerda tu juramento.
» ¿Cómo iba a olvidarlo? Con el fin de convertir a Rhin en la reina suprema, de desencadenar la Guerra de los Dioses, de propiciar la encarnación de Asroth.
Hizo una mueca. ¿De verdad habían pasado dieciocho años de esa noche en el Bosque Oscuro?
A veces la recordaba como si hubiera sido un sueño, y ojalá lo fuera.
Las cosas parecían mucho más sencillas entonces.
«Ve hasta el final —se dijo—. Ya no hay elección.» Sus pensamientos regresaron a Fain, como acostumbraba pasar. «Una cosa es segura, debo encontrar ese libro.»