CAPÍTULO TRES. CORBAN #2
Corban rio entre dientes. Gar le tendió la mano y Corban la estrechó.
—Muy bien. Bueno, ¿vas a volver a la fiesta?
—Aún no. —Desvió la mirada hacia la muchedumbre que se congregaba detrás del jefe de cuadras.
—Antes o después tendrás que enfrentarte a ellos, y, cuanto más esperes, más duro será, como caerse de un caballo. Además, seguro que tu amigo está preocupado.
—Lo sé. Luego volveré. Ahora no me apetece. Creo que iré a ver a Dylan.
Gar asintió.
—La casa de Darol está muy lejos. Vamos a limpiarte un poco y a ensillar a Sauce, así volverás antes de que se ponga el sol para la última parte del enlace de manos.
Corban se quedó callado y se adentraron en las calles de Havan.
Los habitantes, atraídos por el festival, habían vaciado el pueblo.
Corban alzó la vista y contempló Dun Carreg, pero incluso la imponente fortaleza parecía desierta.
No se veía movimiento en las murallas ni alrededor del gran arco de la Puerta de Piedra, que era la única entrada al sitio.
Llegaron a las cuadras y Corban no tardó en estar sentado sobre un robusto poni bayo. Le escocía la cara después de habérsela lavado en el barril de agua.
—Espera un momento —dijo Gar, y desapareció dentro del establo. Regresó enseguida con unas alforjas de cuero—. No es nada, solo un poco de pan, queso, una manta y una cuerda. Siempre hay que ir preparado —añadió cuando reparó en la expresión inquisitiva de Corban—. Nunca se sabe lo que puede pasar.
A Corban se le escapó una sonrisa triste y se tocó el labio partido.
—Nunca se sabe.
—Recuerda, vuelve antes de que se ponga el sol. Cuida de Sauce y él cuidará de ti. Y no te acerques al Baglun. Se han visto lobones por allí.
Corban rebufó. No se lo creía. Los lobones solo se acercaban a las lindes del bosque en invierno, tentados por el olor de los caballos en los potreros de Dun Carreg.
Y, aun así, muy rara vez; solo cuando llegaba la Luna de la Tempestad y nevaba copiosamente.
Los lobones preferían la espesura de los bosques a los espacios abiertos.
Corban enseguida dejó atrás Havan por la carretera que llevaba al bosque Baglun.
Todo el mundo la llamaba la Calzada de los Gigantes, ya que era obra de los Benothi, el derrotado clan de gigantes que había dominado el territorio hacía mucho tiempo, antes de que los humanos les arrebataran las tierras.
Atravesaba Ardan y Narvon, si bien el tráfico entre los dos reinos había descendido a lo largo de los años y la maleza y el musgo habían conquistado la carretera.
Corban avistaba a lo lejos la pequeña colina sobre la que se levantaba la casa de Dylan y el río Tarin, que resplandecía detrás de ella.
Más allá, la mancha oscura del bosque Baglun se extendía de una punta a la otra del horizonte.
Era un día cálido; la brisa que llegaba del mar era una suave caricia. Corban se palpó con aprensión el labio, que le palpitaba dolorosamente. Le dolían la cabeza y la zona de las costillas que había recibido la patada de Rafe. Suspiró. ¿En qué momento se había torcido el día?
Sin quererlo, le vino a la mente la cara de Rafe, su sonrisita de suficiencia al quitarle la espada de práctica y huir de Gar.
Se le puso el cuello rojo al sentir de nuevo la humillación.
«A lo mejor soy un cobarde. Ojalá fuera como mi padre, fuerte y valiente.
» ¿Qué había querido decir Gar con eso de controlar las emociones?
¿Cómo se podía enseñar eso? Fuera lo que fuese, si lo ayudaba a darle una lección a Rafe, estaba dispuesto a probar.
Gar siempre había estado ahí desde que tenía memoria.
Era un buen amigo de sus padres. Lo cierto era que Gar le daba un poco de miedo, siempre tan severo, tan serio.
Sin embargo, le intrigaba su ofrecimiento de ayudarle.
Un sonido fue introduciéndose poco a poco en sus pensamientos hasta que Corban alzó la vista. Distinguió a lo lejos un carro grande que avanzaba en su dirección; dos personas lo conducían y unas cuantas caminaban y corrían a su lado.
—Dylan.
Gracias al paso regular de Sauce ya casi había llegado a su destino y las rocosas tierras cubiertas de maleza que rodeaban Havan daban paso a las fértiles praderas a medida que se acercaba al río.
El enebro y los espinos habían sustituido el amarillo tojo y la casa de Darol se alzaba alta delante de él.
Darol, el padre de Dylan, estaba sentado con su mujer en el pescante de un carro cargado hasta los topes y tirado por un poni pardo.
Dylan caminaba a un lado del vehículo, seguido por su hermana y su marido, y el hijo de ambos, Frith, corría en círculo alrededor de ellos.
Corban sonrió al verlos. Apenas los había visto en todo el invierno.
Su madre, cuyo miedo se alimentaba con las historias que se contaban sobre lobones hambrientos, no lo dejaba alejarse de Havan durante la estación de las tormentas.
Pero el verano anterior había pasado mucho tiempo allí, sobre todo en compañía de Dylan.
El día que se conocieron se habían puesto a discutir porque Corban defendía algo que había dicho su hermana, pero, sin saber cómo, acabaron riendo y se hicieron buenos amigos, a pesar de que Dylan era un par de años mayor.
Dylan trabajaba duro para su padre, pero siempre encontraba tiempo para estar con Corban cuando lo visitaba, y le enseñaba tareas propias de la granja, a cavar agujeros para las vallas, a plantar y cosechar, a pescar salmones y un montón de cosas más.
De todo lo que Dylan le había enseñado, usar la honda, reconocer las huellas de distintos animales y cazar, desollar y cocinar liebres era lo que le parecía más interesante.
Y lo más emocionante de todo eran las breves incursiones en las lindes del Baglun, que era un mundo aparte, a veces inquietante, pero siempre atrayente.
Paseó la mirada por el vasto bosque, que continuaba más allá de donde alcanzaba la vista.
Corban era incapaz de imaginarse uno más grande, ni siquiera el mítico Forn, que se encontraba mucho más al este, y del que se decía que era más extenso que la mitad de los reinos de las Tierras del Exilio juntos.
Resopló al recordar sus incursiones con Dylan en él.
A finales del verano anterior, cuando Dylan estaba ocupado de sol a sol con la cosecha, Corban se había atrevido a adentrarse solo en el bosque, y había sacado pecho cuando se lo contó a Dath y lo invitó a acompañarlo.
Dath se había hecho la señal de protección contra todos los males, se había puesto pálido y le había dicho que o era muy valiente o estaba completamente loco, y que esta última opción le parecía más probable.
Lo cierto era que había que descartar el valor, como había dejado claro su encuentro con Rafe.
Simplemente le gustaba el bosque, si bien el solo hecho de pensar que su madre lo descubriera le hacía temblar a pesar del cálido sol.
Ya solo lo separaba un centenar de pasos de Dylan. Detuvo a Sauce y esperó. Darol le saludó con la cabeza cuando el carro pasó junto a él, y Dylan se separó del vehículo y se acercó a su amigo con largas zancadas.
—Hola, Ban —dijo, y arrugó las cejas al reparar en su cara amoratada—. ¿Qué te ha pasado?
—Me he caído —mintió Corban—. Iba a hacerte una visita. Pensé que podría ayudarte con los salmones, pero parece ser que llego tarde.
—Mi padre los metió en el saco antes de que saliera el sol. Y tenemos que llegar a Havan a tiempo para prepararlos para el banquete. ¿Lo dejamos para otro día?
Frith apareció corriendo detrás de Dylan y le dio una patada en el tobillo.
El niño rio y se dio la vuelta para huir, pero Dylan saltó a la pata coja, agarró a su sobrino y lo levantó en el aire mientras Frith pataleaba como si siguiera corriendo.
Cuando se dio cuenta de que no tenía manera de escapar, se quedó quieto y sonrió.
Dylan lo alzó un poco más para sentarlo a horcajadas sobre los hombros.
—Ya eres mayor para estas cosas... Pronto será tu novena onomástica.
—Pero me gusta que me lleves a hombros —protestó Frith.
—De acuerdo, así no te meterás en líos —Dylan se volvió de nuevo hacia Corban—. ¿Vienes con nosotros? Estoy impaciente por ver la feria.
—No, gracias. Vengo de allí.
—Vale, Ban. Pero volverás para el enlace de manos, ¿verdad?
Corban asintió.
—Bien. Así me contarás lo de esa caída. ¡Ay! —exclamó Dylan cuando Frith le tiró con fuerza de las orejas—. ¿Qué haces?
—Eres mi caballo. ¡A la carga! —gritó Frith tirando de nuevo de las orejas de Dylan.
Dylan agarró las manos de su sobrino y trotó hacia el carro. Giró la cabeza para despedirse de Corban.
Frith sonrió a Corban, que les dijo adiós con la mano mientras reprimía la risa.
Corban permaneció sentado encima de Sauce, observando cómo se hacía más pequeño el carro de Darol a medida que se alejaba, sin saber muy bien qué hacer. Al cabo de un rato, su mirada se dirigió de nuevo al Baglun y chasqueó la lengua para que Sauce reanudara la marcha por la carretera.