Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO TRES. CORBAN
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CAPÍTULO TRES. CORBAN

CAPÍTULO TRES

CORBAN

—Oh, no —masculló Dath cuando los dos muchachos se levantaron desmañadamente del suelo.

Un grupo de chicos los observaba, con Vonn a la cabeza.

Vonn era el hijo de Evnis, uno de los consejeros del rey, así que se paseaba por Dun Carreg dándose aires.

Era un par de años mayor que Corban. Acababa de superar la prueba del guerrero y la Noche Larga, así que ya era adulto.

A decir de todos, era un espadachín excepcional.

Otro chico, alto y rubio, se adelantó.

—¿Y bien? —dijo—. ¿Qué estáis haciendo?

«Oh, no, Rafe no», pensó Corban. Rafe era hijo del cazador Helfach y tenía un año más que Corban. Formaba parte del círculo cercano de Evnis. Era cruel, fanfarrón y alguien a quien Corban siempre intentaba evitar.

—Nada, Rafe —respondió Corban.

—A mí no me parece que no estéis haciendo nada. —Rafe dio otro paso hacia ellos—. Se ve que os lo estáis pasando bien revolcándoos en el barro. —Algunos chicos del grupo rieron disimuladamente—. ¿Qué es eso que tenéis?

—Espadas de entrenamiento —contestó Dath—. Acabamos de ver luchar a Tull. ¿Lo habéis visto...?

Rafe levantó una mano.

—Lo veo todos los días en el Campo de los Serbales, donde los guerreros de verdad usan espadas de verdad, no palos.

—Pronto estaremos allí —soltó Corban—. Mi decimocuarta onomástica es esta Luna del Águila, y la de Dath solo un poco después.

Además, en el Campo de los Serbales usáis espadas de entrenamiento.

Me lo ha dicho mi padre... —Dejó la frase en suspenso cuando se dio cuenta de que todas las miradas se habían posado en él.

—Cuando Tull se entere de que os estabais revolcando en el barro como unos puercos, no os dejará hacer la prueba del guerrero —replicó Rafe.

—No nos estábamos revolcando, estábamos practicando con las espadas —dijo Corban despacio, como si estuviera explicándoselo a un niño. Tras un momento de silencio, el grupo de chicos rompió a reír a carcajada limpia.

—Vamos, Rafe —dijo Vonn cuando se les pasó la risa—. La competición de lanzamiento de piedras empieza con el sol alto y me gustaría verla.

Rafe miró a Corban y a Dath.

—Todavía no he acabado con estos dos.

—Solo son unos críos. Prefiero pasar el tiempo en otra compañía —dijo Vonn tirando del brazo a Rafe.

—Vámonos, Dath —susurró Corban. Dio media vuelta y se alejó de allí con paso rápido—. Vamos —espetó con los dientes apretados.

Dath se quedó inmóvil un momento y luego recogió la bolsa de piel y siguió a su amigo.

Caminaron en línea recta y salieron de la pradera en dirección al pueblo para poner toda la distancia posible con Rafe.

—¿Nos siguen? —balbuceó Corban.

—Creo que no —contestó Dath.

Pero solo un instante después oyeron un estrépito de pasos rápidos. Rafe los rebasó y se detuvo delante de Corban.

—No has pedido permiso para irte —dijo Rafe, que le clavó un dedo en el pecho.

Corban respiró hondo. Le palpitaban los oídos con el pulso acelerado. Miró a Rafe, que le sacaba una cabeza y era bastante más corpulento que él.

—Déjanos en paz, Rafe. Por favor. Es el Festival de Primavera.

—¿Es que no tienes nada mejor que hacer? —terció Dath.

—«Déjanos en paz» —lo remedó Crain, que acompañaba a Rafe. Vonn y los demás ya no estaban con ellos—. ¿Has oído, Rafe? No permitas que te hable así.

—Cierra el pico, Crain —espetó Rafe—. Me parece que estos críos necesitan una lección de cortesía. —Agarró del brazo a Corban y lo llevó a la fuerza hacia la primera casa del pueblo.

Corban miró alrededor con desesperación, pero estaban demasiado lejos de la multitud. Crain había agarrado a Dath y los seguía arrastrándolo.

Los dos chicos mayores los lanzaron detrás de un edificio. Corban se estrelló contra la pared y se quedó sin aliento. Se le cayó la espada de madera de los dedos rígidos.

Rafe le propinó un puñetazo en el estómago y Corban se dobló por la mitad. Se enderezó lentamente.

—Venga, hijo del herrero —rugió Rafe con el puño levantado.

Corban se lo quedó mirando sin decir nada. Quería responder, levantar los puños, pero no lo hizo. Una fría sensación de ligereza le revolvía las tripas. Cuando intentó hablar, solo le salió un graznido de la garganta. Le entraron ganas de vomitar e hizo unas arcadas. Sacudió la cabeza.

Rafe volvió a golpearlo y Corban se tambaleó con el labio ensangrentado.

«¡Defiéndete!», le gritó una voz en la cabeza, pero solo fue capaz de extender un brazo para apoyarlo en la pared.

Estaba débil y asustado. Miró a Dath y vio que se abalanzaba sobre Crain dando puñetazos y patadas, pero Crain era mayor y más fuerte que su amigo, que además era pequeño y flaco para su edad. Crain lo tiró al suelo de un porrazo.

—No eres como tu padre —espetó Rafe.

Corban se limpió la sangre del labio.

—¿Qué has dicho? —farfulló.

—Tu padre se defendería y haría más interesante la pelea. Tú no eres más que un cobarde.

Corban sintió que le bullía la sangre y una chispa prendía en su estómago, como cuando su padre abría la puerta de la forja y las llamas se avivaban.

Apretó los puños y levantó los brazos, pero el puño de Rafe impactó en su mandíbula y esa sensación desapareció con la misma rapidez con la que había aparecido.

Luego perdió el equilibrio y se estampó contra el suelo.

—Levántate —ordenó con sorna Rafe.

Pero Corban, que rezaba para que todo acabara cuanto antes, permaneció tendido en el suelo, con el regusto metálico de la sangre en la boca.

Rafe le dio una patada en las costillas. Se oyó un grito y una figura apareció por la esquina del edificio y enfiló rápidamente hacia los chicos.

—Creo que me quedaré esto —dijo Rafe, que esbozó una sonrisa feroz. Se agachó para recoger del suelo la espada de madera de Corban y echó a correr por un callejón, con su compañero pisándole los talones.

Dath se arrodilló al lado de Corban y trató de ayudarle a levantarse. El hombre que había gritado se detuvo junto a ellos. Era Gar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó el jefe de cuadras.

Corban se impulsó para ponerse de rodillas, escupió sangre y se levantó tambaleándose ligeramente.

Dath sostuvo a su amigo, pero Corban le apartó el brazo de un manotazo.

—Déjame —murmuró. Las lágrimas le corrían por las mejillas, manchadas de polvo y sangre—. Déjame —repitió, más alto esta vez. Se dio la vuelta y se frotó con rabia los ojos. Estaba avergonzado y furioso a partes iguales.

—Ven conmigo, chico —dijo Gar. Se volvió hacia Dath—. ¿Nos das un momento, muchacho?

—Pero es mi amigo —protestó Dath.

—Ajá. Pero quiero hablar con Corban. A solas. —Miró a Dath de tal manera que el chico se alejó vacilando un poco y se volvió para lanzar una mirada por encima del hombro.

Corban dio media vuelta inmediatamente y echó a andar en sentido contrario.

No le apetecía tener compañía, pero el jefe de cuadras lo alcanzó y caminó a su lado.

Anduvieron en silencio un rato. Corban estaba demasiado avergonzado para hablar, así que se concentró en controlar la respiración acelerada.

Poco a poco, el golpeteo de la sangre palpitando en su cabeza se atenuó.

—¿Qué ha pasado? —preguntó finalmente Gar.

Corban no respondió; no se veía capaz de hablar sin que se le quebrara la voz. Tras otro largo silencio, Gar lo detuvo agarrándolo del brazo y le dio la vuelta para mirarlo a los ojos.

—¿Qué ha pasado? —repitió.

—¿Quieres humillarme aún más obligándome a contártelo? —espetó Corban—. Ya has visto lo que ha pasado. Rafe me ha pegado y yo... yo no he hecho nada.

Gar frunció la boca.

—Es mayor, y más fuerte que tú. Te intimidó.

Corban resopló.

—Hasta Dath se enfrentó a él. ¿Tú dejarías que alguien te pegara así?

Cuando Gar no respondió. Corban intentó reanudar la marcha, pero el jefe de cuadras lo agarró del hombro para impedírselo.

—¿Qué empezó la discusión?

Corban se encogió de hombros.

—Rafe necesita poco para pegar a los chicos más pequeños que él.

Gar bufó.

—¿Querías devolverle el golpe? —preguntó.

—¡Por supuesto! —exclamó Corban.

—¿Y por qué no lo hiciste?

Corban bajó la mirada al suelo.

—Porque me asusté. Quería pegarle, pero no pude. No podía moverme. Lo intenté. Pero era como si mis brazos se hubieran vuelto de piedra y tuviera los pies hundidos en una ciénaga del Baglun.

Gar asintió lentamente.

—Todos tenemos miedo, Ban. Incluso Tull.

Lo que cuenta es lo que hacemos con él. Eso es lo que te convertirá en un hombre.

Has de aprender a controlar tus emociones, chico.

Los que no lo hacen suelen acabar muertos.

La ira, el miedo, el orgullo... Si tus emociones te controlan a ti, antes o después serás hombre muerto.

Corban miró a Gar y por un momento dejó de temblarle el labio. Nunca le había oído pronunciar tantas palabras seguidas.

El jefe de cuadras se inclinó hacia él y le clavó un dedo en el pecho.

—Aprende a controlarlas y las convertirás en una herramienta que te hará más fuerte.

—Para ti es fácil decirlo —rezongó Corban—. ¿Cómo se hace eso?

Gar miró largamente a Corban.

—Yo te enseñaré si quieres —dijo en voz baja.

Corban arqueó una ceja. Debido a una vieja herida en una pierna, Gar nunca entrenaba en el Campo de los Serbales ni cabalgaba con una hueste. Cojeaba desde que Corban tenía memoria, así que no tenía ni idea de qué podría enseñarle.

—¿Qué pasa? —preguntó Gar—. Que esté cojo no significa que se me haya olvidado cómo se maneja una espada ni cómo se pelea.

«Manejar una espada.»

—De acuerdo —dijo Corban con resignación—. Pero mi padre ya me está enseñando a usar las armas mientras no tenga la edad para ir al Campo.

Gar resopló.

—Thannon puede enseñarte muchas cosas, pero cómo controlar tu temperamento no es una de ellas.

Corban sonrió. Su padre no era conocido por su paciencia precisamente.

—Será nuestro secreto, de momento —añadió Gar.

—¿Eh? ¿No se lo puedo contar a Cywen?

—A Cywen menos que a nadie. —Una sonrisa nada habitual asomó a las comisuras de los labios de Gar—. No me dejaría en paz. «Gar, enséñame a hacer esto... Gar, enséñame a hacer eso otro...» —remedó—. Ni hablar. Ya me mantiene bastante ocupado con los caballos.