CAPÍTULO DOS. VERADIS #3
Veradis gruñó y no pudo impedir que se formara una sonrisa en las comisuras de su boca.
—Eso está mejor. —Krelis sonrió. Detrás de él, sus soldados ya se subían a los caballos.
El sol estaba alto en el cielo, era poco más del mediodía, y las cuadras eran un hervidero de actividad.
La montura de Krelis se movía con impaciencia—.
Me quedaría un rato más. Me gustaría echar un vistazo a esa hueste a la que vas a unirte, pero debo volver cuanto antes.
De todas maneras, todo habrá acabado diez noches antes de que llegue a la bahía.
—Guiñó un ojo a su hermano—. Volveremos a vernos muy pronto.
Hasta entonces, aprovecha el tiempo aquí.
Veradis retrocedió cuando Krelis hizo girar a su semental y salió a medio galope seguido de cerca por sus guerreros. El ruido de los cascos de los caballos aporreando el suelo adoquinado colmó el aire.
El joven guerrero permaneció inmóvil un momento, luego dio media vuelta y entró en el vasto edificio de la caballeriza.
Enfiló entre las cuadras hasta que encontró a su rucio.
El caballo relinchó y le acarició con el hocico cuando se metió en la cuadra.
Veradis encontró un cepillo y un peine con los dientes de hierro y lo almohazó, aunque enseguida se dio cuenta de que los mozos de cuadras ya se habían encargado de él.
No obstante, continuó cepillándolo, pues eso le daba paz y tranquilidad, y perdió la noción del tiempo.
—¿Estás bien, muchacho? —preguntó alguien detrás de él.
Veradis se volvió y vio a un hombre que lo miraba desde el otro lado de la puerta del compartimento de su caballo. Era el jefe de cuadras que se había hecho cargo de sus monturas a su llegada.
—Ajá. Estoy bien —respondió—. Solo es... —Se mostró compungido sin saber muy bien qué decir.
—No te preocupes, muchacho, tu rucio está en buenas manos. Soy Valyn.
—Veradis.
—Vi a tu hermano cuando se fue. Es un buen hombre.
—Sí —repuso escuetamente Veradis, pues desconfiaba de que su voz fuera capaz de añadir algo más.
—Recuerdo perfectamente cuando estuvo con nosotros. Más de una chica lo echó de menos cuando se fue, si no recuerdo mal. —Sonrió—. He oído que vas a unirte a la hueste de Nathair.
—Humm —gruñó Veradis—. Me han concedido ese honor —añadió, porque tuvo la impresión de que debía hacerlo, aunque en ese momento lo único que sentía era soledad.
El jefe de cuadras lo observó largamente.
—Cenaré pronto. Suelo sentarme en la muralla exterior. Las vistas son magníficas... ¿Quieres acompañarme?
—¿Cenar? —dijo Veradis—. Pero si... —El estómago le rugió de pronto.
—El sol está a punto de ponerse, muchacho. Llevas aquí un buen rato.
Veradis arqueó una ceja y volvieron a rugirle las tripas.
—Estaré encantado de acompañarte —dijo.
Valyn lo condujo hasta el comedor, donde rápidamente llenaron los platos con pan, queso y lonchas de carne caliente. Valyn también cogió una jarra de vino. Luego subieron por una escalera de anchos escalones negros y buscaron un sitio en la muralla almenada.
Jerolin se alzaba sobre una loma que dominaba una vasta llanura y un lago con la resplandeciente superficie moteada de barcos pesqueros.
Veradis dirigió la vista al este, siguiendo el río que se alejaba serpenteando por la llanura, y buscó a Krelis, pero ya había pasado mucho tiempo desde que su hermano había partido.
Al norte y al oeste, las escabrosas cumbres nevadas de las Agullas relumbraban a la luz del sol crepuscular.
Permanecieron sentados en silencio un rato, contemplando el sol mientras se escondía detrás de las montañas, hasta que Valyn comenzó a hablar y contó algunas historias sobre Aquilus y la fortaleza. Veradis habló sobre su hogar, su padre y sus hermanos y la vida en Ripa, la fortaleza de la bahía.
—¿Estás casado? ¿Tienes hijos? —preguntó de pronto Veradis.
Valyn no respondió inmediatamente.
—Tenía una mujer y un hijo —dijo al fin—. Ahora parece que eso fue en otra vida. Murieron. Los Vin Thalun asaltaron la fortaleza hace muchos años. Seguramente hayas oído la historia, aunque por aquel entonces todavía debías de aferrarte a las faldas de tu madre.
Veradis tosió. Nunca se había aferrado a las faldas de su madre; ella había muerto al darle a luz. Entrecerró los ojos y desterró rápidamente ese pensamiento.
—Algo he oído —dijo—. En aquellos tiempos eran más atrevidos.
Valyn se puso en pie de un salto y paseó la mirada por la llanura que se extendía a sus pies.
—¿Qué pasa? —preguntó Veradis, que también se levantó.
Miró por encima de las almenas en la dirección que lo hacía el jefe de cuadras.
Un jinete solitario cabalgaba hacia la fortaleza a lomos de un tordo.
Todavía estaba tan lejos que Veradis apenas distinguía la rara elegancia con la que se movía la montura.
Valyn se pasó una mano por los ojos y continuó observando en silencio al jinete que se acercaba a la fortaleza.
—¿Lo conoces? —preguntó Veradis.
—Ajá —murmuró Valyn—. Se llama Meical. Es consejero de nuestro rey. Y la última vez que lo vi, mi mujer y mi hijo murieron.