CAPÍTULO DOS. VERADIS #2
—¿Y bien?
—La información a cambio de mi vida. Eso es lo que me prometió —dijo el Vin Thalun sacudiendo la cabeza hacia Krelis.
—Eso dependerá del valor de la información. Y de que sea cierta.
El prisionero bajó la cabeza y se pasó la lengua por los labios.
—Lykos tiene planeada una reunión aquí, en Tenebral.
—Lykos —dijo Aquilus con mirada adusta.
Muchos años atrás, cuando Veradis era niño, los Vin Thalun habían sembrado el terror en las costas de Tenebral.
Incluso se habían atrevido a adentrarse en el reino remontando los ríos que surcaban como arterias el territorio y atacar el corazón de Tenebral, robando y quemándolo todo a su paso.
Pero un episodio había cambiado la situación: tras un ataque masivo a la misma Jerolin, cuya defensa causó muchas bajas en ambos bandos, las cosas se calmaron, las incursiones tierra adentro cesaron e incluso los ataques a las poblaciones costeras se volvieron cada vez más raras.
Más o menos por esa época comenzó a circular un nombre entre los Vin Thalun: Lykos.
Era un joven señor de la guerra que año a año fue imponiéndose entre los suyos y conquistando una tras otra las tres islas —Panis, Nerin y Pelset—, derrotando a sus señores de la guerra y uniendo a los Vin Thalun por primera vez en su historia.
A partir de entonces, las incursiones habían vuelto a aumentar, si bien se circunscribían en mayor parte a la costa.
—Háblame de ese tal Lykos —ordenó Aquilus.
—Es nuestro rey —se limitó a decir el corsario—. Es un hombre extraordinario.
—¿Y ahora es el único líder de los Vin Thalun? —inquirió Aquilus.
—Es más que un líder, mucho más... Es nuestro rey.
Aquilus adoptó una expresión severa y apretó los labios.
—Dime, ¿y con qué intención va a desembarcar en mis tierras?
—Va a reunirse con uno de tus barones. No sé con cuál, pero la reunión se celebrará al sur de aquí, cerca de Navus.
Veradis oyó unos cuantos gritos ahogados en la habitación.
—¿Cómo te has enterado? —espetó Aquilus.
Deinon hizo una mueca de desdén.
—Tengo oídos. Mi hermano es el escudero de Lykos. Se va de la lengua después de una jarra de vino.
—¿Cuándo?
—Pronto. La última noche de la Luna del Lobo. Si viera un mapa, podría indicarte el lugar exacto.
Aquilus escrutó largamente al prisionero.
—¿Por qué debería confiar en ti, un corsario que está dispuesto a traicionar a los suyos?
—La lealtad no parece tan importante cuando ves el puente de las espadas tendido ante ti —murmuró el corsario.
—Aja, es posible —repuso en voz baja Aquilus—. Y si mientes, solo habrás retrasado el paso por él. Tendrías la cabeza separada de los hombros antes de que te dieras cuenta.
—Lo sé —masculló Deinon.
—Hay que enviar una hueste, padre —dijo una voz desde las sombras que había detrás de Aquilus y Fidele.
Una figura se adelantó. Era un hombre joven, apenas mayor que Veradis.
Alto, con la tez curtida por el sol y un rostro apuesto enmarcado por un cabello oscuro y rizado.
Veradis solo había visto antes una vez a Nathair, el príncipe de Tenebral.
—Ajá. Lo sé —musitó Aquilus.
—Envíame a mí —sugirió Nathair.
—¡No! —espetó Fidele, que dio un paso hacia su hijo—. No sabemos qué riesgos podría haber —añadió en un tono más suave.
Nathair torció el gesto y se apartó de su madre.
—Envíame a mí, padre —repitió.
—Tal vez —murmuró el rey.
—No puedes permitir que se celebre esa reunión —insistió Nathair—.
Y Peritus está cazando gigantes en la cordillera de las Agullas.
Faltan menos de diez noches para la última Luna del Lobo; casi ni es tiempo suficiente para llegar a Navus aunque parta mañana por la mañana.
—Nathair miró de soslayo a su madre, que tenía el gesto ceñudo—.
Y seguro que Lykos no acudirá a una reunión secreta en las tierras de su enemigo acompañado por una hueste numerosa.
Aquilus se frotó la barba de tres días y se rascó la piel.
—Tal vez —repitió, con más convencimiento esta vez, aunque miró de soslayo a su mujer—.
Pensaré en ello y tomaré una decisión más tarde.
Antes, sin embargo, enviaré a alguien para que continúe interrogando a nuestro invitado de una manera más exhaustiva.
—Se volvió hacia Armatus, su primera espada.
El entrecano guerrero asintió y salió de la habitación.
—No miento —aseveró el prisionero con una nota de pánico en la voz.
—Eso ya lo veremos. Krelis, estoy en deuda contigo, y con tu padre.
—Nos alegramos de serviros, mi señor —respondió Krelis inclinando la cabeza—. No podemos garantizar la veracidad de sus palabras, pero nos pareció demasiado importante como para no prestarle atención.
—Ajá. Habéis hecho lo correcto. Ordenaré que preparen habitaciones para ti y tus hombres. El viaje a caballo debe de haber sido duro.
—Así es —confirmó Krelis—. Pero mi padre me pidió que volviésemos en cuanto concluyera mi tarea aquí.
Aquilus asintió.
—Siempre hay que obedecer a un padre. Dale las gracias a Lamar de mi parte. Al menos me aseguraré de que partáis con las alforjas y los odres llenos.
—Hay otro asunto —dijo Krelis lanzando una mirada a Veradis—. Una petición.
—Si está en mi mano concedértela...
—Mi padre os solicita que acojáis a mi hermano pequeño aquí presente, Veradis, en vuestro ejército durante una temporada. Para enseñarle, como me enseñasteis a mí.
Los ojos de Aquilus se posaron por primera vez en Veradis. Este hizo una reverencia un tanto torpe al rey.
—Por supuesto —dijo el rey sonriendo—. A ti no te vino mal. Pero quizá no lo ponga en mi ejército exactamente. Peritus no está y, si no recuerdo mal, más de una vez necesitó ayuda para sacarte de algún que otro lío.
Krelis sonrió.
—Mi hijo está reuniendo su propia hueste. Necesitas buenos guerreros, ¿verdad, Nathair?
—Ajá, padre.
—No se hable más —dijo Aquilus—. Bueno, bienvenido a mi casa, Veradis ben Lamar. Ahora eres el guerrero de un príncipe.
—Bienvenido —dijo Nathair adelantándose y aferrando el brazo de Veradis. Sus inteligentes y brillantes ojos azules escrutaron los suyos y Veradis tuvo la sensación de que estaba evaluándolo.
—Será un honor cabalgar a vuestro lado, mi señor —dijo Veradis inclinando la cabeza.
—Sí que lo será —repuso Nathair sonriendo—. Pero deja eso de «mi señor». Si vas a luchar a mi lado, para mí, a arriesgar tu vida por mí, soy simplemente Nathair. Ahora vete y límpiate el polvo del viaje. Enviaré a buscarte y charlaremos un poco más, mientras comemos y bebemos.
Krelis y Veradis hicieron una última reverencia a Aquilus y Fidele, dieron media vuelta y abandonaron la húmeda habitación.
—Adiós, hermanito —se despidió Krelis. Agarró a Veradis y lo abrazó.
Veradis miró a su hermano con gesto serio cuando se separaron.
—Todavía no sé por qué tengo que quedarme aquí —dijo mientras Krelis se montaba en su semental.
—Claro que lo sabes. Padre quiere que aprendas a ser un líder. —Krelis sonrió.
—Ya lo sé. Pero ¿no puedo aprenderlo en Ripa?
—No —respondió Krelis. Se le borró la sonrisa—. Aquí no te tratarán como al hijo del barón. Ya verás como al final te vendrá bien.
—Solo quiere librarse de mí —murmuró Veradis.
—Es probable. —Krelis sonrió de nuevo—. Es lo que yo haría. No se lo puedes reprochar.
Veradis hizo un mohín y arrastró la punta del pie por el suelo de piedra.
—Venga —dijo Krelis frunciendo el ceño hasta que sus pobladas cejas negras se juntaron. Se inclinó sentado en la silla de montar y añadió en voz baja—: Es por tu bien. Te hará un hombre mejor. —Se enderezó y abrió los brazos—. ¡Mira lo bien que me fue a mí!