CAPÍTULO DOS. VERADIS
CAPÍTULO DOS
VERADIS
Veradis cambió de postura en la silla de montar para aliviar el dolor de sus músculos.
Se consideraba un buen jinete, y sonrió para sí al recordar su decimosexta onomástica y la prueba del guerrero, mediante la cual se había convertido en un hombre adulto.
Había realizado una carrera a caballo casi perfecta delante del ejército de su padre; todas las jornadas de entrenamiento de su infancia se habían condensado en un instante.
Aunque habían pasado dos años desde entonces, todavía recordaba todos los detalles: la manera como había chasqueado la lengua para poner su semental al trote al llegar su turno, mientras corría a su lado con el escudo aferrado con la mano izquierda; el sonido de los cascos aporreando el suelo, fundido con los latidos de su corazón.
Había tenido la impresión de que el tiempo se detenía cuando agarró las crines del caballo y se impulsó para montarse en la silla de un salto, todo ello en un único movimiento fluido.
Rememoró las lágrimas que le brotaban de los ojos y la sensación de euforia al oír los gritos de aprobación de los entusiasmados guerreros de su padre.
Incluso este, Lamar, barón de Ripa, se había puesto en pie para aclamarlo.
Se inclinó hacia delante y se rascó el tobillo; las gastadas correas de cuero de la falda se le pegaban a la pierna.
Distraídamente, dio unas palmadas en el cuello al caballo gris que montaba, un regalo de su hermano Krelis después de su Noche Larga.
Luego hizo una mueca y volvió a cambiar de postura.
Doce noches seguidas sentado en la silla de montar serían una dura prueba para cualquiera, por muy consumado jinete que fuera.
—¿Te duele el culo, hermanito? —oyó que preguntaba alguien detrás de él.
—Ajá, un poco.
Krelis azuzó a su caballo para llegar a la altura de su hermano.
—Te acostumbrarás —dijo. Una sonrisa escindía su barba negra—. De todos modos, me apuesto lo que quieras a que tus dolores no son nada comparados con los suyos. —Señaló atrás con el pulgar—. Lo único que había montado antes es la cubierta de un barco.
Veradis se retorció en la silla para mirar al prisionero que escoltaban hasta Jerolin.
Los anillos de hierro en su barba tintineaban suavemente al ritmo de la marcha.
Mantenía la vista fija al frente, y sus ojos azules parecían dos esquirlas de hielo en el rostro curtido.
Tenía la piel como un mapa de cicatrices.
La mirada de Veradis se detuvo en su nariz, o lo que quedaba de ella, pues le habían arrancado la punta.
A pesar de que llevaba las manos atadas a la espalda, la mitad de la docena de guerreros de la hueste de Krelis rodeaba en todo momento al prisionero.
—¿Crees que le contará algo al rey? —preguntó Veradis.
Su hermano se mostró indeciso.
—Eso piensa padre. Y nuestro querido hermano, aunque él estuviera indispuesto para hacer este viaje.
—Ektor siempre está indispuesto.
Krelis volvió a sonreír.
—Ajá, hermanito, es un hombre enfermizo, pero tiene una mente perspicaz, como siempre me recuerda padre. Algún día, cuando yo sea el barón de Ripa, será mi consejero.
Veradis miró a su hermano mayor, que se alzaba por encima de él a lomos de su inmenso caballo de guerra negro. «Serás un buen señor», pensó. Krelis, el primogénito de Lamar, siempre había sido un hombre carismático, un líder nato.
—Y tú —añadió con una sonrisa— serás mi general en las batallas, sin duda. Si fueras un par de palmos más alto y corpulento, hasta yo te tendría miedo. —Krelis estuvo a punto de tirar del caballo a su hermano de una palmada en el hombro.
Veradis sonrió.
—¿Es que no sabes que no hace falta parecer una montaña para blandir una espada?
—Tal vez sea así para esa aguja a la que llamas espada —dijo riendo Krelis—. Pero dejemos para otro momento el tema del general de Ripa. Antes veamos lo que nuestro rey Aquilus opina de ti y decide hacer contigo.
Veradis entró en el gran salón de Jerolin.
Unas enormes columnas de piedra negra desaparecían en la oscuridad del techo abovedado, y de las paredes colgaban grandes tapices.
La luz del sol que entraba por las estrechas ventanas estriaba la cámara.
En cada lado de la sala había una fila de guerreros con unos cascos plateados y relucientes, cuya protección curva para la nariz les daba un aspecto de ave rapaz.
En sus negras corazas de cuero había repujada un águila de plata; incluso las correas de cuero de sus faldas resplandecían lustrosamente.
Todos empuñaban una gran lanza y de la cintura les colgaba una espada larga.
Veradis dudó un momento y el guerrero que lo seguía tropezó con él.
Rápidamente recuperó el equilibrio y se apresuró a alcanzar a Krelis, que caminaba con paso resuelto hacia el otro extremo de la cámara, mientras el rápido tamborileo de sus sandalias con tachuelas de hierro en las suelas resonaba en el suelo de piedra.
Por toda la cámara había grupos de gente esperando a su rey: criados que atendían a los miembros de la corte, barones que acudían a Aquilus para que mediara en disputas fronterizas, sin duda, arrendatarios de pequeñas granjas...
Personas de toda clase y condición que querían que el rey impartiera justicia en asuntos de diversa naturaleza.
La multitud se apartaba para dejar pasar a Krelis y al guerrero que lo precedía, Armatus, según le había dicho en voz baja su hermano mayor.
Era un hombre con el cabello entrecano y los brazos nudosos como la corteza de un árbol centenario.
Era el maestro de armas de Jerolin, la primera espada del rey Aquilus, y todo el mundo conocía su reputación con la espada.
Atravesaron el salón rápidamente. Un puñado de miembros de la Guardia del Águila de Aquilus los seguía con el prisionero Vin Thalun perdido entre ellos.
Veradis cruzó una puerta y delante de él apareció una escalera de caracol.
Armatus no se detuvo y comenzó a bajar por los amplios escalones de piedra hasta que el suelo volvió a nivelarse, y entonces enfilaron un pasillo estrecho.
Armatus salió del pasillo y entró por una puerta a una amplia cámara que estaba completamente vacía; no había muebles ni ventanas, y la única iluminación la proporcionaban las llamas oscilantes de unas antorchas.
En las paredes y el suelo de piedra había incrustados unos aros de hierro de los que colgaban cadenas y grilletes oxidados.
En el fondo de la habitación había tres figuras. La luz permitía ver a un hombre y a una mujer, pero de la tercera, sumida en las sombras detrás de las otras dos, solo se intuía el contorno.
Aquilus y Fidele, rey y reina de Tenebral.
Veradis los recordaba vagamente de su última visita a Ripa, hacía ya media docena de años, para asistir a la asamblea de los barones.
Fidele no había cambiado nada; su tez pálida y su belleza pulcra permanecían intactas.
Sin embargo, Aquilus parecía más viejo; tenía más arrugas alrededor de los ojos y de la boca y más canas en el cabello cortísimo y la barba de tres días.
—Krelis —dijo el rey Aquilus asintiendo con la cabeza—. ¿Dónde está?
Krelis había sido conducido hasta Aquilus y Fidele nada más llegar a la fortaleza de piedra negra. Mientras tanto, Veradis y sus guerreros se habían quedado custodiando al prisionero. Krelis había regresado enseguida con la orden de presentar inmediatamente al prisionero.
—Está aquí, mi rey —dijo Krelis. Dio un paso a un lado para que la Guardia del Águila se adelantara con el prisionero.
El Vin Thalun apareció delante del rey con la cabeza agachada y las manos atadas.
A la luz de las antorchas, sus numerosas cicatrices de batalla destacaban en su piel como si fueran oscuros tatuajes.
Un miembro de la Guardia del Águila agarró una cadena fijada al suelo y la enganchó a las manillas del hombre.
—Hacía un año que no veía a ninguno de los tuyos —declaró el rey—. ¿Qué hace un invasor Vin Thalun en mi reino, en mi fortaleza?
—Formaba parte de la tripulación de una galera dedicada al saqueo, mi señor. Quemaron más de un poblado a lo largo de la costa, pero se acercaron demasiado a Ripa...
Aquilus asintió mirando fijamente al prisionero, que mantenía la cabeza baja y los ojos clavados en el aro de hierro fijado al suelo al que estaba encadenado.
—Me han dicho que tienes información para mí. ¿Es así?
El hombre no respondió; permaneció completamente inmóvil.
Krelis resopló, se inclinó y agarró al prisionero para levantarle bruscamente la cabeza. Por un momento sus ojos destellaron y mostró los dientes. Los anillos de hierro, uno por cada vida que había arrebatado, ensartados en las trenzas de su barba tintinearon.
—Empecemos por una pregunta más fácil —dijo Aquilus—. ¿Cómo te llamas?
—Deinon —dijo en un hilo de voz el Vin Thalun.
—¿De qué son todas esas cicatrices, Deinon?
—De los fosos —respondió el guerrero sin más.
—¿Los fosos?
—Los fosos de lucha. Hay uno en cada isla —explicó Deinon recorriendo con la mirada las cicatrices que tenía en los brazos—. Son muy viejas —añadió con indiferencia.
Veradis se estremeció. En sus incursiones, los Vin Thalun raptaban personas además de llevarse comida y objetos valiosos.
Veradis había oído contar que se obligaba a los chicos y a los hombres a luchar para entretenimiento de los Vin Thalun, y al más feroz de ellos se le daba la oportunidad de salir del foso y sentarse en los remos de un barco Vin Thalun.
Ese hombre había luchado duro para llegar a convertirse en un guerrero.
—Dime, ¿es verdad lo que dice Krelis? ¿Formabas parte de la tripulación de una galera que saqueaba mis tierras?
—Ajá.
—Ya veo. Pero os acercasteis demasiado a Ripa y Krelis te capturó. Y ahora estás aquí.
El corsario asintió con un sonido grave.
—¿Sabes que el castigo por lo que has hecho es la muerte? Sin embargo, parece ser que tienes en tu poder cierta información que podría interesarme.
—Ajá —masculló el prisionero.