CAPÍTULO UNO. CORBAN #3
Deambularon sin rumbo durante un rato. Corban no dejaba de maravillarse de la cantidad de gente que había y de las atracciones que reclamaban su atención dondequiera que mirara: narradores de historias, titiriteros, tragafuegos, malabaristas con espadas y muchos más.
Se introdujo a empellones entre un grupo cada vez más numeroso de gente, con Dath pisándole los talones, y vio que soltaban un cerdito de la jaula; la criatura chillaba asustada y corría perseguida por una veintena de hombres que caían unos sobre otros cada vez que cambiaba de dirección bruscamente.
Se echaron a reír cuando un guerrero alto y desgarbado de la fortaleza por fin consiguió abalanzarse sobre el animal y lo levantó por encima de la cabeza mientras el cerdito no paraba de chillar.
La multitud rugió y rio, y el guerrero recibió como recompensa por su esfuerzo un odre lleno de hidromiel.
Corban se puso en marcha de nuevo y llegaron al cuadrilátero donde se celebraba el duelo de espadas. Ya se había congregado una numerosa masa de gente y todos tenían los ojos puestos en Tull, la primera espada del rey.
Los chicos se encaramaron a una roca detrás de la multitud para ver mejor, se zamparon en un santiamén el trozo de queso de Dath y miraron cómo Tull, con el torso desnudo y grueso y nudoso como el tronco de un roble centenario, derribaba sin aparente esfuerzo a su oponente de un porrazo con una espada de madera.
Tull rompió a reír con los brazos abiertos y su rival se levantó del suelo de un salto y corrió otra vez hacia él.
Se oyó el repiqueteo de la madera cuando el oponente de Tull le asestó una rápida sucesión de golpes con la espada y lo obligó a retroceder.
—¿Ves? —dijo Corban dando un codazo a su amigo y escupiendo trocitos de queso—. Lo está pasando mal.
Pero Tull dio un ágil paso lateral impropio de su tamaño y asestó un espadazo a su desequilibrado oponente detrás de las rodillas.
El hombre cayó de bruces a la tierra removida.
Tull apoyó un pie en su espalda y lanzó un puñetazo al aire.
La multitud aplaudió y lo vitoreó mientras el guerrero derrotado se retorcía en el barro inmovilizado por la pesada bota de Tull.
Tras varios segundos así, el veterano guerrero se apartó y ofreció la mano al rival derrotado. Este la rechazó de un manotazo y trató de ponerse en pie por sus propios medios, pero resbaló en el barro.
Tull se encogió de hombros, sonrió y enfiló hacia la cuerda que delimitaba el cuadrilátero.
Pero el guerrero abatido fijó los ojos en la espalda de Tull y se lanzó hacia él como una flecha.
Tull debió de haberlo advertido de alguna manera, porque se dio la vuelta y detuvo un mandoble que podría haberle partido el cráneo.
Afirmó los pies en el suelo y agachó la cabeza para recibir a su rival, que iba a chocar con él con la fuerza del impulso.
Sonó un crujido cuando la cara del guerrero más joven colisionó con la cabeza de Tull y salió un chorro de sangre de la nariz del otro hombre.
Tull le propinó un rodillazo en el estómago y el guerrero se desplomó en el suelo.
Tull lo observó un momento, bufando con las fosas nasales dilatadas, y luego se pasó una mano por el largo cabello entrecano para limpiarse la sangre de su rival de la frente. La multitud lo aclamó.
—Es nuevo aquí —dijo Corban mientras señalaba al guerrero inconsciente tendido en el barro—. Le vi llegar hace un par de noches.
—Pues no ha empezado con buen pie —repuso riendo Dath.
—Ha tenido suerte de que las espadas fueran de madera. Otros que desafiaron a Tull no volvieron a levantarse del suelo.
—A mí no me parece que vaya a levantarse hasta dentro de un buen rato —soltó Dath, con el dedo apuntando al guerrero abatido.
—Pero al final lo hará.
Dath miró de reojo a Corban, se abalanzó sobre él sin previo aviso y lo tiró de la roca donde estaban sentados.
Blandió la espada de práctica nueva y se plantó delante de su amigo reproduciendo la escena que acababan de presenciar.
Corban se apartó rodando por el suelo, se puso en pie y dio unos pasos precavidos alrededor de Dath hasta que agarró su propia espada.
—Así que quieres desafiar al poderoso Tull —dijo Dath con la espada levantada hacia su amigo.
Corban rompió a reír y se lanzó contra él al mismo tiempo que asestaba un golpe brutal. Se dieron espadazos durante un buen rato, insultándose entre acometidas arrebatadas.
La gente que pasaba junto a ellos sonreía al verlos.
Tras un intercambio de estocadas especialmente feroz, Dath acabó tendido bocarriba en el suelo, con la espada de Corban a un dedo del pecho.
—¿Te... rindes? —preguntó jadeando Corban.
—¡Jamás! —espetó Dath, y derribó a su amigo de una patada en los tobillos.
Los dos permanecieron tumbados en el suelo, contemplando el radiante cielo azul, demasiado cansados por el esfuerzo físico y las risas para levantarse, hasta que una voz repentina los sobresaltó.
—Vaya, vaya... Pero ¿qué tenemos aquí? Nada menos que dos puercos revolcándose en el barro.