Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO UNO. CORBAN #2
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CAPÍTULO UNO. CORBAN #2

Dath salió tras él gritando. Corban sorteó a la gente que encontraba en su camino, lanzó un vistazo atrás para comprobar dónde estaba Dath y de pronto tropezó y cayó de bruces encima de una gran piel extendida en el suelo con torques, peines de hueso, brazaletes, broches y toda clase de fruslerías.

Corban oyó un gruñido grave mientras se ponía en pie. Dath frenó en seco detrás de él.

Corban paseó la mirada por los objetos diseminados por el suelo por culpa de su caída y se puso a recoger todo lo que veía, pero la torpeza es hija de las prisas y la mayoría se le volvieron a caer.

—¡Eh, chico, a paso lento también se llega lejos!

Corban levantó la cabeza y vio a un hombre alto y enjuto que lo miraba directamente.

Llevaba el oscuro pelo largo atado sobre la nuca.

Detrás de él había toda clase de avíos expuestos delante de una tienda con la parte delantera abierta: pieles, espadas, dagas, cuernos, tazas, jarras, arneses para caballos...

Todo colgaba de la estructura de la tienda o estaba expuesto ordenadamente encima de mesas y pieles.

—No tengas miedo, chico, no se ha roto nada —le tranquilizó el buhonero mientras recogía su mercancía—.

Talar, sin embargo, es otro cantar. —Señaló un enorme perro gris que se había levantado detrás de Corban.

El animal roncó—. No le gusta que lo pisen ni que tropiecen con él. Es posible que exija una compensación.

—¿Una compensación?

—Ajá. Sangre, carne, huesos... Un brazo tuyo, tal vez. Algo así.

Corban tragó saliva y el vendedor se echó a reír; se inclinó hacia delante y apoyó una mano en la rodilla. Dath también rio a su espalda.

—Soy Ventos —se presentó el vendedor cuando se recuperó—, y este es Talar, mi amigo fiel, aunque a veces es un poco cascarrabias. —Ventos chasqueó los dedos y el enorme perro se le acercó con parsimonia y le acarició la palma de la mano con el hocico.

—No tengas miedo. Ya ha comido esta mañana, así que no corres peligro.

—Yo soy Dath —balbuceó el hijo del pescador—, y él es Ban..., o sea, Corban. Nunca había visto un perro tan grande —añadió sin hacer una pausa para respirar—. Ni siquiera el de tu padre es tan grande, ¿eh, Ban?

Corban asintió con los ojos fijos en la montaña de pelo que se alzaba al lado del buhonero. Estaba acostumbrado a los perros, había crecido rodeado de ellos, pero esa bestia era bastante más grande. El animal volvió a emitir un gruñido grave que le salió del vientre.

—Cambia esa cara, chico.

—Creo que no le gusto —dijo Corban—. Parece que le molesta que esté aquí.

—Si lo oyeras cuando algo le molesta, te darías cuenta de la diferencia. Yo lo he oído muchas veces durante mis viajes desde Helveth.

—¿Gar no es de Helveth, Ban? —terció Dath.

—¿Quién es Gar? —quiso saber el vendedor.

—Un amigo de mis padres —respondió Corban.

—En ese caso también está muy lejos de casa —dijo Ventos—. ¿De qué parte de Helveth es?

Corban hizo gesto de no saberlo.

—Ni idea.

—Una persona siempre debe tener presente de dónde es —dijo el vendedor—. Es preciso conocer nuestras raíces.

—Esto... —masculló Corban. Solía hacer muchas preguntas, demasiadas, eso le decía siempre su madre, pero no le gustaba tanto ser el que las recibía.

Una sombra pasó por encima de Corban y una mano le agarró con firmeza el hombro.

—Hola, Ban —dijo Gar, el jefe de cuadras.

—Justo estábamos hablando de ti —terció Dath—, del lugar donde naciste.

—¿Eh? —dijo desconcertado el jefe de cuadras.

—Este hombre también es de Helveth —explicó Corban señalando a Ventos.

Gar lo miró con los ojos entornados.

—Soy Ventos —dijo el vendedor—. ¿De qué parte de Helveth eres?

Gar examinó las mercancías que colgaban por toda la tienda.

—Estoy buscando un arnés y una silla de montar. Para una yegua de quince palmos con el lomo ancho —dijo haciendo oídos sordos a la pregunta del vendedor.

—¿De quince palmos? Ajá, seguro que tengo lo que necesitas —respondió Ventos—. He conseguido algunos arneses de los Sirak. No los hay mejores.

—Me gustaría verlos. —Gar siguió a Ventos dentro de la tienda cojeando ligeramente, como siempre.

Los chicos se pusieron a curiosear en la tienda de Ventos y, en un abrir y cerrar de ojos, Corban sostenía entre sus brazos un montón de cosas.

Había cogido un ancho collar de hierro tachonado para Buddai, el perro de su padre, un broche de peltre con un caballo al galope repujado para su hermana, un alfiler de plata con un esmalte rojo engastado para su madre y dos robustas espadas de entrenamiento para Dath y para él.

Por su parte, Dath había cogido dos jarras de barro decoradas con unas olas de coral azul.

Corban se lo quedó mirando con una ceja arqueada.

—Ya que estamos, he cogido algo que podrá usar mi padre.

—¿Por qué dos? —preguntó Corban.

—Si no puedes derrotar al enemigo, únete a él —respondió sabiamente Dath, guiñándole un ojo.

—¿Y no coges una para Bethan? —inquirió Corban.

—Mi hermana no aprueba el alcohol —contestó Dath.

En ese momento, Gar regresó de las profundidades de la tienda con un fardo de cuero sobre el hombro al ritmo del tintineo de las hebillas de hierro. El jefe de cuadras gruñó a Corban y desapareció en la multitud.

—Ya veo que vosotros también habéis elegido una bonita colección de objetos —dijo el vendedor a los chicos.

—¿Por qué pesan tanto estas espadas de madera? —preguntó Dath.

—Porque son para entrenar. Se han vaciado por dentro y rellenado con plomo; así fortaleces el brazo que la empuña, te acostumbras al peso y el equilibrio de un arma de verdad y no te matan cuando pierdes o resbalas.

—¿Cuánto vale todo? —quiso saber Corban.

Ventos silbó.

—Dos piezas y media de plata.

—¿Aceptarías esto si dejásemos las espadas? —Corban mostró al buhonero la moneda de plata y las tres de cobre.

—¿Más esto? —dijo Dath, que añadió rápidamente sus dos monedas de cobre.

—Trato hecho.

Corban le entregó las monedas, metió los objetos en la bolsa de cuero en la que Dath guardaba un trozo de queso seco y un odre con agua.

—Tal vez nos veamos esta noche en el banquete.

—¡Allí estaremos! —replicó Corban.

Cuando salieron a la multitud que se congregaba en la entrada de la tienda de Ventos, este les llamó y les lanzó las espadas de entrenamiento.

Corban cazó una al vuelo instintivamente y oyó que Dath soltaba un gemido de dolor.

Ventos se llevó un dedo a los labios y les guiñó un ojo.

Corban le dio las gracias con una sonrisa.

«Una espada de práctica como es debido y no un palo cualquiera encontrado en el jardín trasero de casa.

Lo siguiente ya solo es una espada de verdad.

» Casi se puso a temblar de la emoción que le produjo ese pensamiento.