CAPÍTULO UNO. CORBAN
CAPÍTULO UNO
CORBAN
Corban observó la araña que tejía su tela en la hierba, entre sus pies, agitando sin descanso las patas mientras tendía los hilos entre una pequeña roca y un montoncito de hierba.
Las gotas del rocío destellaron súbitamente y Corban alzó la vista y entrecerró los ojos, deslumbrado por los rayos de sol que se dispersaban por la pradera.
Cuando se había quedado en Babia, la mañana era de un monótono color gris.
Su madre se había enfrascado en una conversación con una amiga y él había llegado a la conclusión de que lo menos peligroso sería ponerse en cuclillas y estudiar la araña que trajinaba a ras del suelo.
Le parecía muchísimo más interesante que la pareja que se preparaba para hacer sus votos delante de él, por mucho que uno de sus miembros estuviera emparentado con la reina Alina, la esposa del rey Brenin.
«Me levantaré cuando oiga al viejo Heb anunciar el enlace de las manos o cuando mamá me vea», pensó.
—Hola, Ban —dijo una voz al mismo tiempo que notaba el golpe de algo sólido en el hombro.
En cuclillas como estaba, no pudo evitar caerse de lado sobre la hierba húmeda.
—¡Corban! —gritó su madre, que se agachó para levantarlo del suelo—. Pero ¿qué haces?
Corban atisbó un rostro sonriente detrás de su madre mientras esta le sacudía la ropa con brusquedad.
—No..., si ya me lo preguntaba yo esta misma mañana —murmuró su madre mientras le daba enérgicos manotazos—: ¿cuánto va a tardar en mancharse la capa nueva? Pues bien, aquí tengo la respuesta: ni siquiera ha salido el sol aún.
—El sol ya ha salido, mamá —le corrigió Corban señalando el sol en el horizonte.
—¡No seas tan descarado! —espetó su madre mientras le sacudía con más fuerza la capa—. Ya casi tienes catorce veranos y sigues revolcándote en el barro. Ahora presta atención, la ceremonia está a punto de empezar.
—Gwenith —dijo la amiga de su madre inclinándose hacia ella y susurrándole en el oído.
La madre soltó a Corban y lanzó una mirada por encima del hombro.
—Muchas gracias, Dath —masculló Corban al rostro sonriente que se acercó a él.
—No hay de qué —respondió Dath. Se le borró la sonrisa cuando Corban le dio un puñetazo en el brazo.
Su madre continuaba mirando por encima del hombro hacia Dun Carreg.
Encima del imponente peñasco, la antigua fortaleza se alzaba alta sobre la bahía, y Corban oía el rugido monótono de las olas que rompían contra los acantilados y arrojaban velos de espuma marina sobre su superficie picada.
Una columna de jinetes avanzaba a medio galope por la sinuosa carretera que partía de las puertas de la fortaleza y atravesaba la pradera.
El tamborileo de los cascos de los caballos en la tierra húmeda retumbaba como un trueno lejano.
Encabezaba la columna Brenin, señor de Dun Carreg y rey de Ardan. El torques real y la cota de malla emitían destellos rojos con los primeros rayos del sol. A un lado cabalgaba Alona, su mujer, y al otro, su hija, Edana. Sus escuderos de capas grises los seguían a corta distancia.
La columna rodeó la multitud y los cascos de los caballos levantaron terrones de barro cuando se detuvieron.
Gar, el jefe de cuadras de Dun Carreg, con la ayuda de una docena de mozos de cuadras, se llevó las monturas hacia el vasto potrero de la pradera.
Corban vio a su hermana, Cywen, entre ellos, con el cabello oscuro agitado por la brisa.
Sonreía como si fuera su onomástica, y él le devolvió la sonrisa mientras la contemplaba.
Brenin y su reina se colocaron delante de la multitud, con Edana a sus espaldas. Las puntas de las lanzas de los escuderos resplandecían como llamas a la luz del sol naciente.
Heb, el guardián del conocimiento, levantó los brazos.
—Fionn ap Torin, Marrock ben Rhagor, ¿para qué habéis venido aquí el primer día de la Luna del Nacimiento?
Marrock paseó la mirada por la multitud silenciosa.
Corban atisbó las cicatrices que cubrían uno de los lados de la cara del joven, testimonio de la lucha a vida o muerte con un lobón del Bosque Oscuro, la frontera septentrional de Ardan.
Las marcas en su tez se arrugaron cuando sonrió a la mujer que estaba a su lado.
—Para mostrar al resto del mundo lo que reside en nuestro corazón desde hace mucho tiempo —respondió en voz alta—. Para jurarnos fidelidad y unirnos el uno al otro.
—En ese caso, haced vuestro juramento —replicó Heb.
La pareja se cogió de la mano, se volvió hacia la multitud y recitó los votos tradicionales en voz alta y clara.
Cuando hubo terminado, Heb envolvió sus manos con la suya y sacó un paño bordado del interior de la túnica con el que les ató las manos unidas.
—Que así sea —declaró—. Y que Elyon cuide de vosotros.
«Qué raro —pensó Corban—. Seguimos rezando al Padre Universal a pesar de que nos ha abandonado.»
—¿Por qué rezamos a Elyon? —preguntó a su madre.
—Porque los maestros del saber afirman que volverá algún día. Y los que se hayan mantenido fieles serán recompensados. Además, los Ben-Elim podrían estar escuchando. Más vale prevenir que curar —añadió en voz baja, guiñando un ojo.
La multitud prorrumpió en vítores cuando la pareja levantó las manos enlazadas en el aire.
—Ya veremos si seguís tan sonrientes esta noche —dijo Heb, lo que provocó las risas de la muchedumbre.
La reina Alona se adelantó y abrazó a la pareja. El rey Brenin siguió a su mujer y dio a Marrock una palmada en la espalda tan fuerte que estuvo a punto de lanzar a su sobrino por el borde de la bahía.
Dath dio un codazo a Corban en las costillas.
—Vamos —susurró.
Los dos amigos se abrieron paso entre la multitud.
—¿Adónde vais? —les gritó Gwenith antes de que desaparecieran de su vista.
—Solo a echar un vistazo, mamá —respondió Corban.
Habían llegado comerciantes desde muy lejos para el Festival de Primavera, así como buena parte de los barones de Brenin para asistir al enlace de manos de Marrock.
La pradera estaba salpicada de decenas de tiendas, recintos para el ganado y zonas acordonadas destinadas a distintos juegos y competiciones; y había cientos de personas, más de las que Corban había visto jamás juntas en un solo lugar.
La emoción de Corban y Dath había ido creciendo día a día hasta que llegó un momento en que les pareció que el tiempo se había detenido, y ahora por fin había llegado el día señalado.
—Está bien —consintió Gwenith—. Tened cuidado. —Metió la mano debajo del pañuelo y puso una moneda de plata en la mano de Corban—. Pasadlo bien —dijo mientras le envolvía la cara con la mano—. Volved antes de que se ponga el sol. Estaré aquí con papá, si es que aún aguanta de pie.
—¡Claro que aguantará, mamá! —exclamó Corban. Su padre, Thannon, iba a competir en el cuadrilátero de los púgiles. Llevaba siendo el campeón local desde que Corban tenía memoria.
—¡Cuida la capa nueva! —gritó sonriendo Gwenith.
Los dos chicos enseguida dejaron de correr y siguieron caminando por el borde de la pradera que rodeaba la playa y la bahía, donde las focas tomaban el sol.
Las gaviotas volaban en círculo y chillaban encima de sus cabezas, atraídas por el olor de la comida que emanaba de los fuegos y las tiendas repartidas por la pradera.
—¡Una moneda de plata! —gritó Dath—. Déjame verla.
Corban abrió la mano; había apretado tan fuerte la moneda que ahora estaba recubierta de sudor.
—Hay que ver cómo te mima tu madre, ¿eh, Ban?
—Lo sé —respondió Corban, un poco incómodo.
Sabía que Dath solo tenía un par de monedas de cobre, y que se las había ganado trabajando en el barco de pesca de su padre durante muchas lunas—.
Ten —dijo rebuscando en la bolsita de cuero que le colgaba del cinturón—, quédate estas.
—Sacó las tres monedas de cobre que se había ganado con su sudor en la forja de su padre.
—No, gracias —dijo Dath ceñudo—. Eres mi amigo, no mi amo.
—No quería que te lo tomaras así, Dath. He pensado que..., bueno, ahora yo tengo mucho dinero y los amigos comparten, ¿no?
El ceño de Dath continuó fruncido unos instantes y luego se alisó.
—Lo sé, Ban. —Dath desvió la mirada hacia los barcos que cabeceaban mecidos por la marea de la bahía—. Ojalá aún estuviera aquí mi madre para mimarme.
Corban hizo un mohín sin saber qué decir. El silencio se alargó.
—A lo mejor tu padre te da más monedas, Dath —dijo por fin Corban, más que nada para romper el silencio.
—Ni en sueños —refunfuñó Dath—. No me lo creía cuando vi estas. Últimamente emplea casi todas en que le llenen la copa. Venga, vamos a buscar algo en lo que gastárnoslas.
Cuando los chicos se mezclaron entre la multitud de gente y puestos de vendedores ambulantes, el sol ya se mostraba alto sobre el horizonte y calentaba la pradera, desterrando los últimos vestigios del frío de la mañana.
—No sabía que viviera tanta gente en el pueblo y en Dun Carreg —dijo Dath, que soltó una queja sorda cuando alguien lo apartó de un empujón.
—Ha venido gente desde mucho más lejos que el pueblo y la fortaleza, Dath —murmuró Corban.
Continuaron caminando un rato, disfrutando del sol y del ambiente.
Enseguida llegaron casi al centro de la pradera, donde los hombres comenzaban a reunirse alrededor de una zona cubierta de hierba y delimitada con una cuerda.
Era el cuadrilátero de los duelos con espada.
—¿Nos quedamos? ¿Buscamos un sitio bueno para ver los combates? —sugirió Corban.
—¡Bah...! No empezarán hasta dentro de un buen rato. Además, todo el mundo sabe que va a ganar Tull.
—¿Eso crees?
—Por supuesto. —Dath resopló—. Por algo es la primera espada del rey. He oído que partió a un hombre por la mitad de un solo espadazo.
—Yo también lo he oído —repuso Corban—. Pero ya no es tan joven. Dicen que cada vez es más lento.
Dath vaciló.
—Es posible. Si quieres, luego volvemos para ver cómo le parte la crisma a alguien, pero esperemos a que la competición se haya calentado un poco, ¿vale?
—De acuerdo —dijo Corban. Dio una colleja a su amigo y echó a correr.