29
Cuando Marçal dijo su nombre, Joan sintió que le venían todos los males.
Basíliu Comanegra.
Basíliu y él habían sido muy amigos, habían compartido penas y trabajos, pero la desgracia que se llevó a sus padres le cambió el carácter para siempre.
Con los años, Comanegra había ido alimentando sus ansias de destruir a los Rocabertí por lo que él consideraba un agravio que había herido la dignidad de su familia, y que le mortificaba gravemente.
Dejó de trabajar las tierras, dejó de vendimiar, se fue del pueblo y juró venganza.
No le costó nada reunir a su alrededor a cientos de acólitos, porque sabía hablar y los que le escuchaban quedaban imbuidos por el resentimiento y la rabia que irradiaba.
Sin embargo, Joan de Can Quelic sabía dónde encontrarlo.
Pasado Vilajuïga y tomando el camino que subía hacia el antiguo castillo de Quermançó, en una zona de cuevas y simas, se encontraba uno de sus campamentos.
Antes, no obstante, debía atravesar el bosque de Montperdut.
A Joan, el bosque siempre le había infundido respeto, y más cuando oía a quienes le decían que era como entrar en otro mundo, que se regía por otras leyes más allá de las del reino animal y vegetal, y que debían conocerse.
Tenía estos pensamientos mientras pasaba entre pinos y encinas cuando de repente se vio sorprendido por dos hombres armados que, saltando de los árboles, le cortaron el paso.
—¡Deteneos ahora mismo!
Joan de Can Quelic dio un brinco hacia atrás porque no se los esperaba y, levantando los brazos, gritó:
—¡No me hagáis nada! —Tragó saliva y enseguida, enérgico, les dijo—: Quiero ver a Comanegra.
—¿Quién?
—Basíliu Comanegra. Sé que estos días acampa en estas montañas —les aseguró con firmeza, aunque sin bajar los brazos.
Sin dejar de apuntarle con los pedernales, los dos hombres se miraron y constataron que aquel individuo no se arredraba y los desafiaba con un semblante circunspecto.
—Decidle que Marçal de Can Quelic quiere verle —añadió Joan en un tono sereno. El desasosiego le corroía por dentro. Debía medir sus palabras y tener cuidado con lo que hacía, con lo que decía y con cómo lo decía.
Los dos hombres armados se dijeron algo al oído e inmediatamente uno de los dos salió corriendo en dirección a la montaña. Mientras tanto, el que le había dado el alto miraba a Joan, desafiante, y continuaba apuntándole.
Aquel instante de tensión entre el que suponía que era uno de los hombres de la partida de Comanegra y Joan se rompió por el chillido agudo de un águila perdicera que sobrevolaba la zona.
El pistolero levantó el arma hacia el cielo y disparó contra el ave rapaz.
Por suerte, no consiguió su objetivo. Y Joan no pudo evitar echarle una bronca:
—¡¿Qué haces, insensato?!
El hombre lo miró con desprecio y le escupió en las alpargatas.
—¡No me gustan esos malditos pajarracos! —gruñó entre dientes, y volvió a encañonarlo mientras le ordenaba—: ¡Y brazos en alto!
Joan le obedeció. Sin darse cuenta, los había bajado mientras observaba el águila.
—¡Qué sorpresa! ¡¿Qué haces aquí?!
Un vozarrón retumbó detrás de Joan. Al girarse, vio que se le acercaba un hombre corpulento, calvo y con barba, vestido con una zamarra que le llegaba hasta la cintura, donde llevaba sujeta una hoz a un lado y una pistola al otro.
Era una casaca amplia de color azul marino, de origen militar, en la que el forro, rodeando la prenda, formaba las solapas y las mangas, adornadas con unos flecos dorados.
Unos pantalones bombachos del mismo color y unas botas negras marcaban el paso firme y decidido de aquel hombre hacia Joan de Can Quelic.
—¡Baja los brazos, hombre! —le dijo sonriendo mientras se acercaba más para abrazarlo.
Joan bajó los brazos, pero dio dos pasos atrás.
—¡Válgame Dios! ¿Rechazas mi abrazo? —Y le tendió la mano.
Joan se la aceptó y, después de aquel frío apretón de manos, Comanegra lo invitó a sentarse en unas piedras grandes que había al pie del camino.
—Y ahora apareces tú, después de tantos años... Yo esperaba a tu hijo. —Sacudió la cabeza en señal de sorpresa e incredulidad.
—Pues ya ves que no lo soy.
Comanegra asentía y hacía una mueca con la boca porque no entendía nada.
—La última vez que vi a tu hijo, pregunté por ti y me contestó que no habías venido porque estabas jodido..., pero veo que ahora estás bastante bien —reconoció Comanegra golpeándose las rodillas.
—No sabía en qué andaba metido mi hijo, pero, ahora que estoy al corriente y que sé que tú estás detrás, he decidido venir a verte.
—Me da la impresión de que te ha costado bien poco encontrarme...
—Alguien me dijo una vez que las ratas siempre usan la misma madriguera.
Comanegra esbozó una sonrisa.
—Siempre has sido muy socarrón, Joan. —Y echando el cuerpo hacia delante y situándose casi a un palmo le dijo—: Te lo volveré a preguntar... ¿Qué narices haces aquí?
—La Guardia Civil ha detenido a mi hijo, está en el calabozo del castillo de Peralada y espera a que se lo lleven a la prisión de Figueres. He venido a pedirte que las acciones que hace tiempo que cometéis contra los condes se acaben.
—Mira, en eso sí que te puedo complacer. —Y volvió a sonreír detrás de aquella barba negra y espesa.
Joan alzó las cejas, sorprendido. Pero Comanegra solía mostrar una sorna que ocultaba su mala intención, y por eso le dejó hablar.
—Los condes de Peralada pronto serán historia.
—¿Por qué?
—No debería decírtelo, pero ya que me has pedido que acabemos con todo esto, tienes que saber que estamos preparando un atentado contra los condes.
—¿Un atentado? ¿Contra los condes? ¿Cuándo? ¿Dónde?
—Joan, Joan... —Comanegra levantó las manos como si quisiera detenerlo—. Joan, no te esfuerces, que no te lo voy a decir. Pero, tranquilo, no te preocupes, que tardarás muy poco en verlo.
Comanegra volvió a sonreír, pero Joan vio que algo nublaba la vista de aquel malhechor, porque chasqueó la lengua.
—Si sale bien, que no lo dudo, debo confesarte que quizá no veré el Empordà libre de afrancesados.
—¿Qué quieres decir?
—Estoy enfermo, Joan. Padezco un mal que no me deja vivir y que me llevará a la tumba —admitió Comanegra.
Y, de nuevo, el chillido del águila perdicera interrumpió aquel momento.
Ambos hombres levantaron la vista hacia el cielo mientras el pistolero de Comanegra, que vigilaba la conversación desde una cierta distancia, efectuaba otro disparo.
En aquella ocasión, como el ave volaba más bajo, tuvo puntería y, tal como era su intención, la abatió. El águila cayó a pocos metros de donde tenía lugar el encuentro y el cazador salió corriendo a recoger su presa.
Comanegra, satisfecho por la puntería de su hombre, le dijo a Joan:
—¿Lo ves? Más tarde o más temprano, los pájaros grandes también caen.
Joan de Can Quelic estaba horrorizado por lo que acababa de ver, pero aquello no le distrajo de lo que tenía en mente.
Antes, cuando había oído que Comanegra le confesaba que estaba enfermo, había tenido una idea.
Una idea que quizá era absurda, aunque debía probarlo. Tenía más que ganar que no que perder.
—¿Te puedo ofrecer un trato?
—¿Un trato?
—Sí: un trato, un acuerdo. Creo que nos podemos entender. A cambio, sin embargo, tienes que deponer las armas, abandonar la lucha y rendirte.
—¡Estás loco si crees que me voy a entregar! ¡Moriré luchando! —Se golpeaba el pecho, orgulloso.
—¿No preferirías curarte, vivir y ver cómo prosperan estas tierras y su gente, que también es la tuya?
—¡No! No mientras haya un Rocabertí en palacio.
—Los condes que hay ahora no tuvieron nada que ver en la muerte de tus padres. Fue un accidente, una desgracia que los condes anteriores ni siquiera pudieron prever.
—Di mejor que no quisieron evitarlo. ¡Los enviaron a una muerte segura!
—¡No podían saber que pasaría lo que pasó! Y, en cualquier caso, no puedes cambiar el pasado y, sobre todo, no puedes culpar de ello a los condes actuales.
—Son de la misma sangre y tienen las mismas formas de actuar que el difunto conde.
—Lo que hacen ahora los condes de Peralada por la gente de su pueblo y los de alrededor que lo deseen es una gran obra, y una oportunidad única para las generaciones que vienen. Dan educación, formación, saber, conocimientos básicos para poder ir por la vida y progresar.
—¡Adoctrinan! ¡Eso es lo que hacen! ¡Bien que me lo corroboró tu hijo!
—¡No! ¡No, Basíliu, no! Te equivocas de medio a medio.
Dan herramientas a los niños para que, el día de mañana, puedan vivir del trabajo que les guste, sea el que sea.
¡Ten en cuenta que los niños de la orquesta y la cobla llevan un huerto y saben leer y escribir!
¡Son cosas que a ti y a mí nunca nos dieron!
¡Nos pusieron una azada en las manos y, a cualquier edad, a trabajar!
—recordaba de manera encendida Joan, que continuaba exponiendo las razones en las que se fundamentaba su alegato—.
Su compromiso es real, Basíliu. Fíjate en otro ejemplo de su espíritu benefactor y generoso: hay un joven de Can Albreda que está en Suiza para aprender el oficio de relojero y estudia en la escuela de más renombre de Ginebra.
¡Y son los propios condes quienes costean los estudios y la estancia de tres años del joven!
Comanegra, impertérrito, no se dejaba impresionar por lo que le contaba.
—Basíliu... —Joan se dirigió a él por su nombre—. Por los viejos tiempos, prométeme que te lo pensarás. Déjame que te envíe a una persona muy especial que puede curarte, y cuando empieces a encontrarte mejor, lo verás de otra manera.
Comanegra lo miró de hito en hito, sosteniéndole la mirada durante un buen rato. Finalmente bajó los ojos y se marchó por donde había venido, bosque adentro hacia las cuevas.
No respondió a la oferta, pero tampoco la rechazó.
Y con eso, a Joan le bastó para volver a Peralada con cierto optimismo.
El doctor Bonet, el médico de Peralada, había tenido que atender una urgencia y el doctor Sala, de la Sociedad de Socorros Mutuos de Garriguella, no estaba disponible.
Por eso, de las curas del prisionero de la mazmorra del castillo se encargó la Malaveïna.
Cuando accedió a la celda donde estaba recluido Marçal, Aurora se estremeció.
Su estado inspiraba horror y, a pesar de que le traía ungüentos y remedios para los golpes y las heridas, no sabía si podría curarlo antes de que se lo llevaran a Figueres.
Marçal reaccionó al ver que la puerta de hierro se abría y entraba una mujer joven.
—¡Levántate, que vienen a curarte! —le ordenó el carcelero. Marçal obedeció y se puso a disposición de la curandera.
—Deberíais quitarle las esposas —exigió ella.
El guardián de las mazmorras frunció el ceño, sacudió la cabeza y no le hizo caso. La Malaveïna insistió:
—¿Es que no me habéis oído? Necesito que tenga las manos libres para curarle las heridas.
El vigilante refunfuñó y accedió, aunque le hizo una advertencia.
—Entendido, pero si me necesitáis, dad un grito. Estaré ahí fuera. —Y salió de la celda para que Aurora pudiera trabajar.
Marçal y Aurora se sentaron el uno frente al otro, y la curandera fue directa al grano.
Primero comenzó limpiándole las heridas, las llagas que supuraban, y después le aplicó pomadas, emplastos y aceites.
Marçal aguantó estoicamente sin quejarse, mirándola con una mezcla de sentimientos: por un lado, de agradecimiento, y por otro, de curiosidad.
—Eres muy joven para tener estos conocimientos —le soltó.
Aurora sonrió. No era la primera vez que tenía que responder a las dudas que despertaba su juventud.
—¿Tienes miedo de que no lo haga bien? ¿Esperabas a una mujer vieja y arrugada? —le preguntó—. A menudo, la gente a la que trato no da crédito, porque asocian estos cuidados a mujeres mayores, a viejas hechiceras.
—Pues sí, no te voy a engañar.
—Desde muy pequeña fui instruida en el lenguaje de las flores, de las plantas y de la naturaleza en general.
—¡Qué suerte! —exclamó Marçal mientras Aurora seguía administrándole los ungüentos necesarios para que la cicatrización fuera más rápida.
—¿Y tú? ¿No eres demasiado joven también para albergar tanto odio? —le espetó la Malaveïna.
—Tienes razón... —sonrió—. Pero es que a mí ese odio me lo hicieron sentir desde muy pequeño.
—¿Y cómo puede ser eso?
—Los condes fueron los responsables de que mi familia se rompiera. Condenaron a mi hermana a abandonar estas tierras, como si fuera una proscrita.
—¿Por qué? —quiso saber Aurora.
—Porque había tenido una criatura con el hijo de los condes y no estaban dispuestos a aceptarlo.
Mi hermana y su hija desaparecieron como si se las hubiera tragado la tierra, y yo los considero culpables de este crimen execrable.
Por eso, desde entonces, les maldigo, y desde aquel día me prometí que haría todo lo posible por reparar aquel daño.
Aurora hacía rato que había dejado de trabajar y escuchaba atentamente el relato de Marçal, porque se sentía reflejada en la historia que contaba. Sin embargo, se concentró en darle una respuesta que le hiciera pensar.
—¿Tú crees que albergar este sentimiento de venganza y este deseo de satisfacer tu resentimiento e infligir un castigo por un agravio de hace tantos años te ha merecido la pena? Mírate. Eres un despojo humano, estás desfigurado...
—Mi dignidad y la de mi familia están intactas —replicó él con firmeza.
—¿Dignidad, dices? No te engañes... Creo que la has perdido toda. La dignidad es el respeto que se merece alguien que se lo gana con acciones honestas e íntegras.
—Mis acciones son honestas y dignas, a favor de un pueblo que no merece a estos gobernantes.
—Creo que el odio te ciega y no te deja ver la realidad. Quiero pensar que mi oficio, mi misión en esta vida, pasa también por curar esas heridas que tienes en el alma, y que alargan y alimentan el odio sin sentido.
—Eso no se cura con aceites ni ungüentos —dijo Marçal con aire de desprecio.
—Ya lo creo que sí —dijo convencida Aurora—. No subestimes el poder de la naturaleza, del bosque, para curar. Si no, ¿cómo te crees que superé la muerte de Alba, mi madre?
Marçal se quedó sin palabras cuando oyó el nombre de su hermana. Y dentro de su cabeza una serie de piezas encajaron de golpe.
En aquel momento apareció en la puerta de hierro su padre. Cuando Joan de Can Quelic vio que la Malaveïna estaba curando a su hijo, empezó a creer que su suerte estaba cambiando.