28
Las batidas del alguacil y la Guardia Civil dieron sus frutos gracias, sobre todo, a un delator que les había indicado dónde podían encontrar al cabecilla de los alborotadores, y Marçal fue detenido y encarcelado junto con algunos de sus compañeros.
En ese momento, llegaba al castillo un pequeño destacamento formado por cinco hombres, fuertemente armados y pendientes de los movimientos del sexto, que iba atado y amordazado: era Marçal, el hijo del jardinero.
Llevaba en pies y manos una cuerda tan gruesa y con tantos nudos que tenía las muñecas y los tobillos amoratados.
Lo habían atado con tanta fuerza que la sangre no le circulaba por las venas, pero ni siquiera eso fue motivo suficiente para aflojarle las cuerdas.
De hecho, Marçal llegó al patio del castillo inconsciente.
Había vendido muy cara su piel, y tuvieron que aturdirlo con un fuerte golpe en la nuca que lo dejó sin sentido.
Por tanto, él tampoco sentía aquel dolor.
No quisieron arrastrarlo hasta la prisión y optaron por reanimarlo a la fuerza, propinándole un par de bofetones, dos tortazos que resonaron en las paredes del patio y que le giraron la cara.
Primero hacia la izquierda, después hacia la derecha.
Pero la inercia y el peso de la cabeza volvieron a dejarlo en la posición inicial, es decir, con la cara hundida en el pecho.
Marçal entreabrió solo un ojo, el izquierdo, porque el derecho lo tenía amoratado, hinchado por los puñetazos que había recibido.
No entendía por qué le habían dado una paliza tan grande.
Le costaba mantener la cabeza recta. Le daba vueltas y se le iba de lado.
Notó que lo agarraban por el hombro y le ayudaban a mantenerse en pie.
—¡Echadle agua! —oyó que ordenaba una voz—. ¡Que espabile!
Un balde de agua y un par de golpes más le hicieron irse al suelo, y ahora sí que reaccionó. Reptando por el suelo del patio como si fuera un gusano por el barro, se fue incorporando hasta que consiguió ponerse en pie, recto con la espalda contra el pozo seco que había en medio del patio.
—¡Desatadlo, quitadle la camisa y las alpargatas! —ordenó el alguacil—. ¡Y a las mazmorras!
Sus hombres le obedecieron y lo dejaron solo en pantalones.
Tenía el cuerpo lleno de moratones, magullado por los golpes que había recibido, que eran muy evidentes en el torso y en la espalda.
Después lo empujaron hacia las escaleras que bajaban hacia la prisión, y una vez en la celda le ataron las muñecas y los tobillos con unas cadenas fijadas a unas anillas que había en el suelo de la celda.
Absorto, abstraído y encerrado en sus propias preocupaciones, Antoni de Rocabertí se había despedido de su médico y ahora subía ya por inercia los escalones que conducían hacia la biblioteca. Cuando levantó la cabeza y vio a quien le esperaba en el umbral de la puerta se sorprendió.
—Buenas tardes, Joan. ¿Qué hay de nuevo?, ¿qué te trae por aquí? —preguntó, levantando las cejas al ver que le esperaba su jardinero.
A primera vista, le pareció que tenía mala cara. Estaba ojeroso, con la barba y el pelo enmarañados.
—¿Te encuentras bien?
—Me urge hablar con vos, señor conde —respondió con franqueza.
—Entremos.
El conde le hizo un gesto invitándole a pasar al interior de la biblioteca. Una vez dentro de la estancia donde solía despachar los asuntos más prosaicos, le señaló una silla para que se sentara. Joan asintió con un movimiento de cabeza en señal de agradecimiento.
—Tú dirás... ¿Qué es eso tan urgente? —preguntó Rocabertí recostándose en la butaca.
—Gracias, señor —dijo el jardinero mientras hilaba su discurso con un tono de voz más bien desvaído, inseguro, poco fluido—. Ya sabéis que han... han capturado al responsable de los últimos actos criminales, señor...
—¡Excelente! —exclamó Rocabertí—. ¡Excelente! —repitió mientras se frotaba las manos y sus labios perfilaban una sonrisa que le iluminaba la cara.
—Gracias, señor —respondió Joan, serio.
—Ya debe de estar en el calabozo del castillo... Me gustaría verlo antes de que se lo lleven a la prisión de Figueres.
—Precisamente de eso quería hablarle, señor —lo interrumpió el jardinero—. De Marçal.
—¿De quién? —Al conde se le ensombreció la expresión y lo interrogó con la mirada.
—... de mi hijo, Marçal. Él es quien estaba al frente de los altercados —le reconoció con un hilo de voz tembloroso, casi con los ojos brillantes, confiando en un gesto de buena voluntad de su señor.
—¿Cómo? —El conde no daba crédito—. ¿Tu hijo es el responsable de todas las acciones contra Peralada? ¿Y tú lo sabías, Joan?
El jardinero se mordía el labio superior, cabizbajo y asintiendo con la cabeza. Como pudo, medio articuló una respuesta:
—Yo... Quise detenerlo, pero no quiso escucharme...
Rocabertí estaba furioso, y aquel sobresalto no era lo que más le convenía a su corazón, que le latía con fuerza. Le volvieron los temblores a las manos. Respiró hondo para intentar calmarse y Joan volvió a hablar.
—Solo imploro vuestra misericordia. Apelo a vuestra caridad cristiana y a vuestra disposición a perdonar. Solo así se puede moderar el rigor de la justicia y reducir la pena.
Impertérrito, inflexible, sin ablandarse, Rocabertí alzó una mano para hacerlo callar. Se mostró frío y distante porque entendía que debía hacerlo así, hablando con una dureza que reconocía que le costaba mantener.
—No, Joan, no puede ser. Tienes que entender que, y menos en este caso, no podemos echarnos atrás ni hacer distinciones.
No podemos permitirnos administrar una justicia laxa.
Hay que escarmentarlo de manera dura si queremos que el pueblo lo entienda.
Y antes de que se lo lleven hacia Sant Ferran, tiene que pasar por el cepo y la picota.
No insistas más, te lo ruego. —Y le hizo un gesto con la mano invitándolo a abandonar la sala.
Derrotado, Joan de Can Quelic acató las órdenes de su señor. Cuando salió del palacio, cruzó el claustro y se encaminó hacia las mazmorras del castillo. No pudo evitar pensar en unas imágenes que hacía días que le atormentaban.
En épocas pasadas, había visto que el cepo, un instrumento de tortura formado por dos piezas de madera, inmovilizaba de pies y manos a los reos de la prisión del monasterio.
Cuando se trataba de un castigo, más que la picota era el cepo lo que se utilizaba generalmente en la plaza del pueblo para exponer al reo, servir de escarnio y que quien quisiera pudiera someterlo a todo tipo de vejaciones.
Al pueblo no había que alentarlo; la sed de justicia que tenían aquellos hombres y mujeres era innata, les salía de las entrañas.
Les faltaba tiempo para lanzarle barro, huevos podridos, fruta estropeada, verduras pasadas, excrementos tanto de animales como de humanos.
Todo lo que se hacía era poco para tratar de mortificar en vida al condenado.
Joan pensaba en ello mientras descendía entre las paredes húmedas y ruinosas del sótano enrejado donde yacían enterrados los sueños de libertad de su hijo Marçal, a quien le esperaba un auténtico calvario.
La mazmorra no resultaba tan deprimente como le habían descrito que eran las prisiones del castillo de Sant Ferran de Figueres, donde una mezcla de hedor a orines, vómito, humedad y podredumbre conformaba el ambiente fétido que respiraba el condenado antes de ser ejecutado.
En la prisión del castillo de Peralada las condiciones no eran tan infrahumanas, aunque la humedad y el hedor a orina ofendían a cualquier nariz, incluida la de Joan, quien, tras haber resistido en un principio el mal olor, finalmente se vio obligado a cubrirse la nariz y la boca con el guante que le protegía la mano derecha.
Con la izquierda se apoyó en los barrotes para poder ver a su hijo.
Notó la frialdad del hierro de la reja que encarcelaba a Marçal y, aunque lo sabía de sobra, no podía evitar preguntarse cómo había podido llegar hasta allí. Le invadía la impotencia.
—Hijo, ¿me oyes? —preguntó con un hilo de voz.
Con la cara entre los barrotes, Joan insistía una y otra vez, pero el cuerpo inerte que alguien había dejado en medio de la celda, junto a un charco, no se inmutaba.
Con la poca luz que había, distinguió un movimiento y sintió un ligero jadeo.
«¡Respira! —pensó—. ¡No está muerto, gracias a Dios!
» Marçal estaba hecho un guiñapo, acurrucado sobre sí mismo; tras haber pasado por los puños de los hombres que obedecían las órdenes condales, era un despojo humano.
—Marçal, hijo, ¿puedes oírme? —volvió a preguntar con inquietud.
Muy lentamente, y como si la ropa le pesara, Joan percibió unos tímidos movimientos de Marçal.
De entre aquel bulto de ropa húmeda, sucia de sangre y barro, apareció la cara magullada de su hijo.
Con los ojos morados, la boca hinchada y un reguero de sangre que aún no se había secado manando de la comisura de los labios, Marçal levantó la cabeza y miró a su padre con el mismo gesto de dignidad y firmeza que siempre lo había caracterizado.
La imagen de su hijo hecho un eccehomo estremeció a Joan de Can Quelic, que apretaba los dientes y aferraba con fuerza y rabia, ahora con las dos manos, los barrotes de la celda como si pudiera separarlos.
—Dios mío... Dios mío, hijo, ¿qué te han hecho? —susurró, mordiéndose el labio inferior.
Marçal soltó un suspiro pesado y trató de responder:
—Ya lo ves, padre... —Le costaba articular las palabras debido a los golpes que había recibido; había perdido un par de dientes que le saltaron por la violencia de los golpes que le habían infligido sin miramientos los guardias civiles.
—No hables, hijo, ahora no. Quería que supieras que he hecho todo lo que he podido, Dios sabe que lo he intentado todo, pero el conde... —se excusó Joan, aunque no se atrevió a terminar la frase.
—Tranquilo, padre, sé que cumples órdenes; ya contaba con que te harían hablar... —consiguió decir—. Pero no pasa nada, no te preocupes... —Tomó aire y trató de arrastrarse hasta la pared para sentarse de espaldas al muro.
Ver a su hijo reptando por el suelo de la celda le dolió mucho a Joan.
Más aún que la acusación velada que le acababa de hacer su hijo, quien pensaba que su padre lo había delatado a las autoridades.
A pesar de que no era verdad, Joan no quiso contradecirle.
Solo quería sacarlo de allí, pero no tenía forma de hacerlo.
—Tu conde... tiene los días contados —dijo resoplando por el esfuerzo que le suponía arrastrarse para buscar una postura más cómoda.
—¿Qué quieres decir? —Aquella revelación lo puso en guardia.
—Lo que oyes, padre... —Y Marçal le dedicó una media sonrisa que sirvió para que Joan fuera testigo de que le habían dejado la cara como un mapa—.
Quizá hemos fracasado... —hizo una pausa y con los labios contraídos hizo una mueca porque algo le dolía mucho.
Tosió un par de veces y, cuando pasó el dolor, retomó como pudo el hilo de su discurso—, pero...
pero hay alguien, padre, que terminará lo que hemos empezado...
Apoyó la cabeza contra la pared, cerró los ojos y respiró con dificultad. Estaba exhausto. Y entonces dijo un nombre que Joan situó muy lejos en el tiempo.
—Basíliu Comanegra...
—¡Marçal! Hijo, despierta, ¿me oyes? ¡Si eso que dices es cierto, puede que te salve del escarnio público! ¡¿Me entiendes?! —Y sacudía los barrotes con tanta fuerza que parecía que fuera a arrancarlos—. ¡¡Marçal!!
Pero los gritos eran en vano. Marçal había perdido el sentido y, por mucho que volviera en sí, nada podría detener lo que ya hacía mucho que se había puesto en marcha. Solo era cuestión de tiempo, justo aquello que parecía que ni Joan ni el conde de Peralada tenían.