27
Antoni Balmanya acompañó a Aurora y a Carmina el primer día que la niña asistía a las clases de canto de la escuela, en el castillo de los condes de Peralada.
Madre e hija estaban nerviosas por lo que suponía dar aquel paso para su educación, y por este motivo el maestro de Espolla se había ofrecido a ir con ellas hasta el castillo.
Además, Balmanya llevaba otra cosa en mente.
Tenía la idea de que Aurora pudiera hablar con el conde, tal como se había comprometido tras la última visita al castillo.
Rocabertí tenía ganas de aclarar la cuestión de aquel libro prohibido, pero finalmente el encuentro no se pudo realizar.
El conde había sufrido una indisposición que le había obligado a cancelar todos sus planes, incluso las clases que él mismo impartía en la escuela de primeras letras.
Aurora dejó a su hija en manos del profesor de canto y, cuando ella y el señor Balmanya se disponían a salir de los dominios del castillo, se cruzaron con el jardinero, que arrastraba una carretilla con algunas flores y un pequeño saco de tierra.
Balmanya lo saludó.
—¡Buenos días, Joan! Mucho trabajo, ¿eh? —dijo el maestro con aquella sonrisa bondadosa.
—Es cierto, señor Balmanya. A estos jardines hay que cuidarlos cada día —admitió deteniéndose ante la pareja—. ¡Si no lo haces así, se convierten en una selva!
—Por cierto, dejadme que os presente a esta mujer que, al igual que vos, también sabe escuchar a las plantas y a las flores. Es Aurora, de quien os hablé el otro día.
El corazón de Joan empezó a latir con fuerza. Y mientras hacía un gesto, que la chica le devolvió con una sonrisa, sudaba y notaba que le costaba tragar saliva. Tenía a su nieta frente a frente y no sabía cómo reaccionar.
—Es Joan; vive en la casa del jardinero porque es quien cuida de todo este espacio —dijo Balmanya, abriendo los brazos para intentar abarcar todo lo que alcanzaba y rodeaba el castillo.
—Mucho gusto —dijo tímidamente Aurora, y Joan le devolvió la sonrisa.
—Nosotros ya nos íbamos. Aurora ha dejado a su hija en clases de canto y el conde la recibirá otro día.
—¿El conde?
—Sí, quiere hablar con ella... —Pero Balmanya no tuvo necesidad de inventarse nada, porque Joan intervino.
—¿De su salud?
—Eeeh... —El maestro de Espolla dudaba—. Sí, sí, de su salud. —Y miró a Aurora.
—Como me dijisteis que ella era curandera, y como el conde no se encuentra bien... he pensado que quizá...
Los tres se quedaron en silencio, y finalmente Joan se encargó de romperlo.
—Aurora, ¿quizá te gustaría ver el jardín?
—¡Buena idea! —Balmanya aplaudió la propuesta del jardinero—. ¡Aurora os puede asesorar, y en algún rincón incluso podríais plantar algunas plantas y hierbas medicinales!
La chica accedió, y, mientras Balmanya se dirigía hacia el portal de salida del castillo, Joan y Aurora enfilaban la avenida de los naranjos para adentrarse en los jardines.
El piar de los pájaros y la variedad de colores que ofrecía la naturaleza les dieron la bienvenida. Joan estaba tan nervioso que decidió hablar de las flores.
—Siempre he pensado que las flores son el lujo de los pobres.
Aurora lo miró con curiosidad ante aquella afirmación.
—¿Qué queréis decir?
—La modesta frente de una pastora puede lucir una tiara de flores de la misma manera que la puede ostentar la frente altiva de una señora de la nobleza. Las flores sirven para adornar y engalanar la realidad: son el rico manto de la naturaleza.
—Es muy bonito eso que decís. Habláis con pasión y entusiasmo. ¿De dónde os viene este amor por la naturaleza?
—Siempre he estado en contacto con la naturaleza, con la tierra.
Antes hacía vino para los condes, y allí aprendí a escuchar la tierra.
Es un ser vivo y, como hacemos con las personas, debemos saber prestar oído para saber qué quiere, qué nos quiere decir, qué necesita.
El arte de cultivar los jardines no es diferente al de cultivar la viña.
Te permite mantener un diálogo con la naturaleza y aprender de ella.
—Tenéis mucha razón. A mí me enseñaron a leer el bosque, que no deja de ser un jardín inmenso. Y así he llegado a entender y aprender la sabiduría que atesora. A hablar con sus plantas, los árboles y con toda forma de vida que crece en él. Y he podido llegar a entender su lenguaje.
—Lo sé. El señor Balmanya me explicó que sabes curar, o al menos aliviar los síntomas de ciertas enfermedades, porque conoces el poder de las plantas.
—Sí, así es. Conozco el mensaje oculto de las flores, de las plantas, de las hierbas, y eso me permite curar a las personas que lo necesitan. Ahora no me resulta nada fácil —reconoció Aurora—. Por suerte, la naturaleza es tan sabia que se expresa de muchas formas.
—Es muy cierto eso que dices —dijo Joan—.
Hay personas que utilizan el lenguaje de las flores para presumir y vanagloriarse, como los condes, y otras que creen en su poder transformador y sanador, como tú.
Si no, fíjate en el conde. Estos jardines son la prueba de ello.
Tan espléndidos, suntuosos y magníficos...
Todo este cambio de vegetación solo persigue un objetivo.
—¿Cuál?
—Hacer creer a quien llega al palacio que los condes son extremadamente poderosos, porque cuando alguien entra por el portal, antes de llegar a la entrada principal del palacio, ha dado tal cantidad de vueltas y giros sobre sí mismo que no es consciente del ardid.
—¿Qué queréis decir?
—Los jardines tienen esta preciosa diversidad que ves, pero los condes no solo la quieren para apreciarla, conocerla o estudiarla, como hacen los alumnos del señor Balmanya y de otras escuelas, sino que son conscientes de lo poderosa que es la naturaleza.
Y por eso la usan para demostrar su grandeza, aparentar más de lo que son y, al mismo tiempo, ocultar ciertas debilidades y secretos.
Aurora, que hasta entonces paseaba la mirada por la inmensidad y frondosidad de los jardines, sorprendida por cada rincón por donde deambulaban, miró a Joan con suspicacia.
«¿Qué quiere decir? ¿Qué insinúa?», pensó, pero no osó preguntarlo.
El jardinero se dio cuenta y, mientras tomaba un atajo para conectar con el camino de vuelta al acceso principal, cambió su discurso.
—El falso brillo de la riqueza no podrá engañar ni deslumbrar al sabio que prefiere el feliz reposo que le ofrece un jardín antes que los tormentos del poder.
El señor conde ha tomado conciencia de esta realidad.
—Y Joan esbozó una sonrisa nerviosa. Esperaba no haber hablado más de la cuenta.
Aurora asentía con la cabeza para afirmar y corroborar lo que decía Joan.
—Estos jardines tienen una inmensa riqueza, y de toda esta vigorosa vegetación se puede extraer mucha planta, mucho fruto y mucha flor con propiedades curativas. No tengáis ninguna duda.
Joan y Aurora se despidieron delante de la casa del jardinero. Y ambos compartieron una misma sensación: que no sería la última vez que se encontrarían.