26
—¡Quiero que encontréis a esos malnacidos que han provocado el incendio del teatro!
—dijo, enérgico, Antoni de Rocabertí, y acto seguido escupió en un pañuelo que se había sacado del bolsillo.
Se miró el esputo sanguinolento y no le gustó nada, pero por el momento se concentró en el problema que tenían sobre la mesa.
—¡Id pueblo por pueblo, masía por masía! Tenemos que encontrarlos, les haremos pagar por lo que han hecho —exigió el alcalde de Peralada al alguacil y a los miembros de la Guardia Civil de los cuarteles de Peralada y Garriguella.
—La acción del teatro fue coordinada, están organizados. Y eso significa que mucho me temo que ni ha sido la primera vez ni será la última que querrán actuar —aseguró Antòniu Tomàs—. Por tanto, debemos asegurarnos de que no puedan volver a hacerlo.
—¿Un grupo organizado? ¿Y creéis que ya ha perpetrado otros actos criminales? —preguntó el alcalde.
—Señor alcalde, me jugaría una mano y parte de la otra a que el incendio de los viñedos también fue obra suya.
—Pero ¿quiénes deben ser? ¿Y por qué lo hacen? ¿Qué buscan? ¿Qué pretenden? —se preguntaba Rocabertí.
Joan de Can Quelic, que también estaba en aquel encuentro, lo sabía.
Pero no podía decir nada. O no quería.
Los remordimientos le comían por dentro mientras volvía hacia la casa del jardinero después de haber asistido a la reunión con el conde y las autoridades.
Tenía que avisar a Marçal, porque las batidas comenzarían esa misma noche.
Xac, el perro de Mas Carbonell, en Mollet de Peralada, no había parado de ladrar durante toda la hora de la cena, y ahora continuaba igual. Sin embargo, los ladridos de aquella noche eran diferentes a los de otras veces.
Tras cenar, los niños salieron de casa y bajaron hacia el nogal para jugar al escondite.
—¡Calla, Xac, calla! —le dijo Maria gritando.
El animal la miró, soltó un sonido de resignación, bajó la cabeza y le hizo caso, porque paró de golpe.
Maria era muy persuasiva cuando quería, y con los animales tenía bastante maña.
Tras aquel golpe de autoridad, los niños no se preocuparon más y se dirigieron hacia el nogal.
A Quelet le tocó quedársela, porque al elegir la paja le salió la más corta.
Resignado, les dio la espalda y se giró para apoyar la cabeza en el antebrazo que había colocado sobre el tronco del nogal, y se puso a contar hasta cincuenta.
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco...
Mientras tanto, el resto de los niños corrieron a esconderse por los rincones del corral, por las cuadras, por el pajar...
—... nueve, diez, once...
... o detrás de algún trasto que vegetaba por la era.
—... veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés...
Marcel·lí no osaba adentrarse en la oscuridad del bosque. Nunca se había atrevido hasta aquella noche. Pero vio que todos los escondites en los que había pensado se los habían quitado los demás.
—... treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete...
Sencillamente, habían sido más rápidos que él.
—... cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete...
Quelet estaba a punto de llegar a cincuenta y Marcel·lí todavía no había encontrado un buen escondite.
Miró hacia la oscuridad, tragó saliva y, sobre todo, se tragó todos sus miedos y atravesó el umbral de la claridad.
De hecho, tampoco se fue demasiado lejos.
Se acurrucó en un cobertizo que había al lado del pajar donde el campesino dejaba algunas herramientas, pero, como estaba fuera del perímetro que consideraban de seguridad, le daba miedo.
Sin embargo, no había tenido ninguna otra opción.
—¡¡Cincuenta!!
Quelet había terminado de contar y empezaba a buscarlos.
Marcel·lí respiró aliviado, porque sabía que no lo encontraría por la sencilla razón de que no buscaría más allá del círculo de escondites habituales.
Supo que Maria había sido la primera en salvarse, después de salir corriendo de su rincón burlando la vigilancia de Quelet.
El siguiente en salvarse fue Andreuet, y después Lluís.
La única recompensa para Quelet fue descubrir a Lluïsa y a Emili, que después tendrían que echar a suertes a quién le tocaba quedársela.
—¡¿Y Marcel·lí?! ¿Dónde se ha metido? —oyó que decía Lluïsa.
—No lo sé, buscadlo —le respondió riendo Quelet.
En aquel preciso momento ocurrieron dos hechos que habrían dejado sin aliento a más de uno.
Del interior del Mas Carbonell salió una pareja de la Guardia Civil que, mientras rastreaba aquellos bosques a las afueras de Peralada, había decidido detenerse a tomar un vaso de vino fresco en Mas Vilella.
—¿Qué habéis perdido, muchachos? —preguntó uno de los agentes de la Benemérita.
—Nada... Estamos jugando al escondite y nos falta un niño —dijo Lluís.
—No se preocupen, ya lo encontraremos —respondió rápidamente Lluïsa.
—Entendido, pero si necesitáis ayuda llamadnos, que os echaremos una mano —se ofrecieron sonriendo.
—¡Buenas noches! ¡Buenas noches! —se desearon unos a otros.
Marcel·lí aguantaba la respiración, pero a pesar de ello sentía un jadeo acelerado. Resultó que no era su respiración, sino la de otra persona que estaba con él en el cobertizo, escondida.
Se le paró el corazón. Cuando el otro se dio cuenta le dijo:
—No tengas miedo, no pienso hacerte ningún daño; al contrario, quiero que me ayudes. Pero, por favor, no grites ni hagas nada extraño. Te lo suplico.
Marcel·lí asintió con un movimiento de cabeza, aunque estaba seguro de que allí, en medio de la oscuridad, no podía verlo.
—De acuerdo, muchas gracias. ¿Cómo te llamas, majo?
—Marcel·lí —contestó, tan rápido que tuvo que contener el corazón, porque por poco se le sale por la boca.
Entonces comprendió los ladridos insistentes de Xac durante toda la noche. El perro había notado que había alguien merodeando cerca de la casa.
—Cuando entres en tu casa, no le digas nada a nadie. En todo caso, puedes decirles que un hombre de esta tierra, que lucha por el futuro del país, os pide que lo escondáis durante unos días en vuestra casa, ¿entendido? ¿Me ayudarás?
Marcel·lí volvió a asentir con la cabeza en aquel espacio oscuro y caliente en el que se había convertido el cobertizo de las herramientas.
—Marcel·lí, ¿dónde estás? —Eran las voces de sus hermanos, que lo estaban buscando.
El hombre que le había pedido ayuda le susurró:
—Ve, ve, corre para que no se preocupen, ¡pero recuerda que tienes que ayudarme!
—¡Sí! —le dijo tajante, y salió del cobertizo como un poseso para volver a aparecer, blanco como la cal que extraían de las montañas.
—¿Dónde estabas? —le preguntaron—. ¡No te encontrábamos por ninguna parte!
Marcel·lí no podía hablar y se limitó a señalar el cobertizo.
—¡Hombre, en el cobertizo no vale! —se quejó Lluïsa, que estaba enfadada porque le tocaba quedársela—. Como castigo podría contar él ahora, ¿no? —propuso.
Antes de que los otros pudieran dar por buena aquella iniciativa, Marcel·lí corrió directo a casa: necesitaba hablar con sus padres.
—¿Qué dices que hay en el cobertizo? —preguntó el padre.
—¡Cálmate, Josep, por el amor de Dios! —La madre intentaba tranquilizar a su marido.
—Mañana, cuando vuelva a pasar la pareja de la Guardia Civil, los llevamos al cobertizo y que lo detengan. No quiero tener problemas con los condes de Peralada.
—Josep, por favor, no seas así —intervino la mujer—. ¿Qué nos cuesta ayudarlo y esconderlo unos días?
—¿Qué nos cuesta? Muy caro nos puede costar: las tierras, la vida. Nos pueden encarcelar, y vete a saber si nos pueden enviar al garrote vil o fusilarnos por traición.
—Josep, piensa en tu hijo. Joan corre por esos mundos de Dios haciendo contrabando con Tomàs de Can Lletanies. Que san Antonio los guarde, pero ¿no te has parado a pensar que si él estuviera en problemas también nos gustaría que alguien lo ayudara?
El padre reflexionó un momento sobre lo que le acababa de plantear la madre.
—Sí, claro que sí, mujer. Querría que lo ayudaran si pasara por un mal trago, pero es que no es lo mismo, no lo compares...
—Ni peros ni nada... Marcel·lí, mañana cuando oscurezca vuelves al cobertizo y lo llevas abajo.
—¿Dónde lo escondo, madre?
—Eso ya te lo dirá tu padre... ¿Josep?
—Sí, eeh..., detrás de los establos de las vacas hay una pequeña despensa que le podría servir de escondite. Una vez que esté ahí, entraré a hablar con él para decirle que no se puede quedar demasiados días porque las patrullas rondarán por aquí muy a menudo y aún tendríamos un disgusto.
Cuando al día siguiente Marcel·lí fue para llevarle un cuenco de leche, el fugitivo, que era Marçal, había desaparecido.