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Tres silbidos. Aquella sería la consigna.

Cuando los oyeran debían actuar. Sin embargo, por el momento se limitaron a mezclarse entre el público para pasar desapercibidos. No les costó nada, ya que los condes habían convocado a todo el pueblo y había casi doscientas personas.

El día del estreno se respiraba elegancia.

Los invitados llegaban al castillo por la entrada de los jardines y Joan los saludaba desde la casa del jardinero.

Algunos, los vecinos del pueblo y de los alrededores, venían a pie.

Otros, como los políticos, los empresarios, las autoridades militares y eclesiásticas, en carruajes y calesas.

Todos desfilaban por la plaza del Carmen, y Antoni y Tomàs los esperaban para saludarlos antes de que accedieran al teatro, situado en la planta baja del convento, en un lugar conocido como la casa del prior.

Era la antigua entrada al claustro y se accedía por una puerta dovelada, señorial, condal.

Nada más entrar, se veía el escenario, una especie de auditorio que ocupaba toda la planta baja de la escuela.

De hecho, cada vez que se ofrecía un espectáculo, ya fuera solo para las familias de los alumnos de la escuela o para un público más selecto, como ahora, se hacía realidad el milagro.

Porque las aulas se transformaban en teatro.

Y el teatro había conseguido tener una estética muy parisina.

El escenario estaba cerrado con un telón de espeso cortinaje.

De la misma anchura que el escenario, era una tela de color burdeos con el escudo condal de Peralada bordado en el centro.

Detrás se adivinaban los decorados, que, al igual que el vestuario, estaban cuidados hasta el menor detalle.

Y bajo la boca del escenario, en el centro del proscenio, entre el escenario y la orquesta, se levantaba la concha del apuntador.

Allí, escondido del público, el apuntador susurraba las frases a los cantantes para que no perdieran el hilo.

Y a un lado y a otro de aquella pequeña cueva, una hilera de nueve luces de escena.

Había dieciocho lámparas que ardían con luz de gas, la misma energía que abastecía el alumbrado del castillo y todas sus dependencias.

Y aún bajo la tarima, el espacio del foso para la orquesta, que estaba separado de la platea por unas maderas.

Aquí, en la platea, era donde se sentaban los espectadores.

Había dos tipos de butacas: unos bancos para el público en general y unos asientos, acolchados, con respaldo y reposabrazos, reservados para los invitados de mayor renombre.

Cuando todo el mundo se hubo sentado, se dio la orden de apagar las luces.

Solo se dejaron encendidas las que ardían a ras de escenario, a solo un palmo de las borlas del cortinaje.

Los condes, los cantantes y los músicos estaban nerviosos.

Y el grupo de Marçal también.

La obra elegida era muy popular. Se había representado en bastantes plazas, pero para el estreno los condes habían ido a buscar a una compañía teatral de Figueres que tenía mucha fama y era una garantía de éxito. La orquesta, en cambio, era de músicos de Peralada.

El espectáculo estaba a punto de empezar.

De manera sincronizada se produjeron tres hechos.

Entre bambalinas, un operario tiró de un sistema de poleas y cuerdas para hacer subir el telón.

Al mismo tiempo, se oyó el repiquetear de la batuta del director sobre el atril y la orquesta sonó, y el público vio el decorado del escenario: las murallas de Peralada.

El acompañamiento orquestal inicial dio paso a una puesta en escena más o menos teatral cuando apareció un hombre con una cesta en la mano y una espada a la cintura, que se agachó para recoger una col de unos huertos que había delante de las murallas.

La introducción musical fue disminuyendo para preparar el terreno al intérprete, quien miró al público y empezó a cantar con voz de contratenor que Peralada estaba asediada.

Se presentó como un pañero que tenía un taller de mercería en la villa, donde elaboraba cintas, velos, mantos, paños y otros materiales complementarios para la costura y el adorno de los vestidos, y contó que, antes del asedio, los vendía.

Acto seguido, se refirió a la situación desesperada que vivía la gente del pueblo, que se había ido armando de valor para salir al huerto a buscar verduras para preparar la comida.

En aquel momento, irrumpió un soldado francés montado a caballo y se paseó por el escenario.

El efecto sorpresa ante la audiencia fue inmediato.

Los ayes y los uyes se oyeron por toda la platea.

El militar acomete al hombre, porque no sabe qué intenciones le han llevado a salir de la villa amurallada; el actor que lo interpreta tiene una voz de barítono que retumba por el escenario.

Ambos discuten y la conversación sube de tono.

La música enfatiza los sentimientos de los personajes.

Y el público, absorto por la historia, lo percibe.

El jinete recibe un golpe de espada que lo hace saltar de la montura, y una vez en tierra, en un momento intensificado por la música, el pañero se quita la ropa masculina y revela su identidad. Es la Mercadera.

Los aplausos, el zapateo contra el suelo de la sala y los silbidos crecieron entre el público.

Los condes sonreían satisfechos con la reacción.

Cuando se serenó la acción, la música amansó la agitación de los espectadores y casi se hizo el silencio.

Y fue justo entonces. Sin que nadie se diese cuenta, desde un rincón del patio de butacas Marçal se metió dos dedos en la boca, contrajo los labios y la lengua, y se oyeron tres silbidos que rasgaron el aire.

Era la señal. La indicación que sus hombres esperaban para actuar y reventar el estreno.

Todo el teatro quedó expectante. Suspendido en el tiempo.

Los actores y los músicos se detuvieron.

Los condes se miraron entre ellos, sospechando que algo estaba a punto de suceder.

Las autoridades invitadas, empezando por el propio alcalde de Peralada, se miraban perplejas entre sí y lanzaban miradas interrogantes a los Rocabertí, en busca de una respuesta.

Y en un abrir y cerrar de ojos la tuvieron.

Una lluvia de tomates y huevos podridos, que provenían de diversos puntos de la sala, impactó contra los actores, los músicos, los decorados y el escenario; algún representante político, militar y eclesiástico también recibió su parte.

El alboroto que se formó en la sala fue considerable.

El tumulto, la inquietud y el desorden se extendieron por el patio de butacas.

—¡¿Qué es este escándalo?! ¡¿Qué significa esto?

! —preguntaba con enorme desasosiego Antoni de Rocabertí, a quien casi le da un soponcio.

Su débil salud, que hacía tiempo que le aquejaba, recibía un segundo golpe.

Ahora, sin embargo, no podía desfallecer ante aquella situación que, lejos de apaciguarse, aún iba a peor.

Mateu, del grupo de Marçal, tuvo la puntería suficiente para alcanzar los candiles de gas que había al borde del escenario. Derribó un par, y con eso fue suficiente para que las llamas treparan rápidamente por el cortinaje y prendieran en parte del decorado.

—¡Fuego! ¡Fuego! —gritó el apuntador desde su concha—. ¡Evacuen la sala!

Aquel grito desató el pánico y el miedo, que en vez de paralizar al público lo azuzó, como el viento hace con las llamas, hacia las dos salidas.

Las carreras se tradujeron en una huida impetuosa y descontrolada.

Por suerte, el administrador de los condes, Antòniu Tomàs, había actuado con rapidez y había hecho llamar a un par de mozos, que de inmediato entraron con una manguera para apagar las llamas, que ya empezaban a consumir algunas sillas.

Joan de Can Quelic oyó el alboroto desde la casa del jardinero y salió como un poseso hacia la plaza del Carmen.

—¡¿Qué ha pasado?! —preguntó a un grupo de personas que salían con el espanto grabado en la cara.

—¡Fuego! ¡Se quema el teatro! —gritó un hombre.

—¿Otro incendio? —Joan recordaba el de las viñas.

—¡Han boicoteado el estreno! ¡Un grupo de incontrolados ha lanzado huevos y tomates podridos, les han dado a las luces de gas y todo ha prendido como una antorcha! —detalló el mismo individuo, que ya se iba hacia las afueras del castillo.

—Marçal... —Joan masculló el nombre de su hijo entre dientes—. ¿Por qué?