24
El conde esperaba al maestro de Espolla de pie, junto a aquel instrumento óptico que utilizaba para observar los cuerpos celestes en el firmamento.
—¡Dios os bendiga, señor Rocabertí! —Antoni Balmanya entró saludando.
El conde respondió con un saludo casi imperceptible. Estaba absorto con una pieza del telescopio y el maestro se interesó por ella.
—¿Todo bien, señor?
Rocabertí estaba manipulando una parte del cañón del telescopio.
—Unos problemas de mantenimiento de los espejos metálicos que molestan a la lente y empañan la visión.
—Vaya... —dijo Balmanya haciendo chasquear la lengua.
—¿Sabéis por qué os he hecho venir? —le preguntó el conde, todavía dándole la espalda.
—Ciertamente, no, señor conde.
El maestro de Espolla no fue del todo sincero, porque le daba la impresión de que conocía el motivo, pero le dejó hablar.
Rocabertí decidió que ya se ocuparía de hacer reparar el telescopio más tarde y se giró hacia el maestro.
Estaba serio, callado y tenía las manos detrás de la espalda. Balmanya insistió:
—Vos diréis. ¿Es por el ingreso de Carmina en la escuela de música?
—También..., pero no es el motivo principal. La razón por la que quería hablar con vos es este libro. —Y le mostró el ejemplar que tenía en las manos, que Balmanya le había dado el día anterior.
—Aah...
Rocabertí empezó a dar vueltas por la sala mientras hablaba.
—Debo confesaros que me sorprendió que me dijerais que lo encontrasteis al lado del río. Este ejemplar no es un libro cualquiera.
—Sí, ya me di cuenta —reconoció Balmanya.
—Y como creo que sois una persona de confianza, comparto con vos esta situación que me provoca cierta inquietud.
El maestro de Espolla se sintió aliviado y halagado a la vez.
—¡Oh, gracias, señor! Estaré encantado de escuchar qué os inquieta y, en la medida de lo posible, de ayudaros a mitigarlo.
—Es un libro que, nada más publicarse, la Santa Sede hizo retirar de la circulación.
El Vaticano quería asegurarse de que no pudiera caer en manos equivocadas y desatar una doctrina que la Iglesia considera contraria a sus dogmas, especialmente porque cree que tiende a promover la adoración del demonio.
—¿Es un libro herético?
—Es un libro prohibido al que solo se puede acceder previa autorización del mismo santo padre. Y con mucha cautela y secretismo se hace llegar a manos del destinatario, que debe recibirlo de manos de un emisario de la Santa Sede.
Rocabertí hizo una pausa mientras su mirada se perdía entre las estanterías repletas de libros. La biblioteca tenía una sección llamada el infierno donde se encontraban los libros prohibidos, algunos por su carácter erótico y otros por ser considerados perjudiciales para la moral cristiana.
—¿Entendéis ahora mi inquietud cuando me dijisteis que lo habíais encontrado a la orilla del río? —dijo, preocupado.
—Me hago cargo... —reconoció Balmanya, que no sabía cómo explicarle la verdad.
El conde daba vueltas, inquieto. Aquella inquietud le provocaba una fuerte excitación. La preocupación le generaba una gran ansiedad que ni su corazón ni sus nervios podían tolerar.
—Os entiendo, pero no os preocupéis, que...
—¡Sí que me preocupo! —le interrumpió, nervioso, y enseguida le vino un ataque de tos.
—¿Estáis bien?
—Sí, sí, no es nada... Con los tiempos que corren y a pesar de mi posición, no puedo permitir, de ninguna manera, que se sepa ni que se pueda relacionar la casa de Peralada con estas cuestiones.
—Mirad, en realidad el libro no lo encontré yo...
Rocabertí levantó las cejas y frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Sí, señor conde, os lo quería explicar porque...
—¿Me habéis querido engañar?
—No, no, al contrario. —Balmanya gesticuló con las manos para pedirle calma—. Este libro lo encontró Aurora, la madre de Carmina, que es una conocida curandera. ¿Sabéis a quién me refiero?
El conde dijo que no con la cabeza. Balmanya continuó.
—El día que hablábamos del posible ingreso de su hija, Carmina, en vuestra escuela de música, me lo confió.
—¿Y por qué lo tenía esta mujer?
—Me dijo que lo encontró cerca del río. Ella a menudo se adentra en el bosque para recoger las hierbas y flores silvestres que necesita para elaborar sus remedios, y al pasar por la orilla del agua le llamó la atención un zurrón de piel.
Cuando vio lo que contenía, el sello vaticano y a quién iba dirigido, se asustó.
Pero decidió no dejarlo allí y se lo llevó a casa.
Le daba miedo tenerlo porque constantemente tiene que hacer frente a acusaciones de brujería y tratos con el Maligno.
De hecho, un proceso lo presidisteis vos.
—Tenéis razón. Ahora que lo mencionáis, es cierto que presidí una vista contra una mujer, hará unos meses, en presencia del obispo coadjutor de Girona.
Y ordené que la pusieran en libertad porque eran unas acusaciones infundadas.
Todo eran suposiciones basadas en clichés e informaciones sin contrastar que, a base de repetirlas, van calando.
—¡¿Ah, sí?! No tenía conocimiento de ello —admitió Balmanya—. Pues debéis saber que, si me lo confió, fue porque no osaba traéroslo ella misma. No quería que pensarais mal... Y se lo pidió a un servidor.
Rocabertí se frotó la barbilla, cavilando, y al cabo de unos minutos tomó una decisión.
—Balmanya, decidle a Aurora que traiga a su hija a la escuela y que ese día venga a verme.
El maestro sonrió satisfecho.
—No os preocupéis, que así lo haré. Muchas gracias, señor Rocabertí. —Y salió de la biblioteca y del castillo en dirección a Espolla.
Mientras tanto, el conde se acercó a la mesa donde reposaba la réplica del giroscopio, lo cogió y le dio un pequeño toque para que se pusiera en movimiento.
Y mientras aquellos discos giraban sobre el eje, pensó que conocer empíricamente el funcionamiento del objeto, el hecho de que los discos al girar se mantuvieran en pie, no quería decir que se conocieran las causas del fenómeno.
Era un poco la misma sensación que tenía con todo aquel caso de Aurora.
Por más vueltas que le daba, no conseguía encontrarle solución.
Rocabertí volvió a dejar aquel dispositivo en su sitio, girando, y se sentó en uno de los sillones de la sala de lectura.
A pesar de que no le convenía para su salud, se sirvió un vaso de ratafía, aquel licor de hierbas que parecía curarle todos los males.
De un tiempo a esta parte, coincidiendo con los desvelos y quebraderos de cabeza de la construcción de los jardines y con el incendio, su corazón y su cuerpo habían empezado a resentirse.
Habían aparecido síntomas que ya reconocía.
Beber aquel licor y fumar lo calmaba. Y por eso, a continuación, se encendió la pipa.
La cargó, dio dos caladas intensas y enseguida quedó envuelto por un velo de nubes que desprendía el olor a miel e higos secos del tabaco inglés.
Pensaba en todo lo que había hablado con el señor Balmanya.
En la conexión entre el libro prohibido, el libro de satanismo y brujería, con Aurora, aquella mujer que cada vez estaba más presente en su vida.