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El trabajo de jardinero lo reconciliaba con la naturaleza.
Tras años al frente de la finca de Garriguella y pendiente de la viña, Joan de Can Quelic ahora agradecía ver crecer aquellos jardines frondosos, tanto la parte más asilvestrada como la más artificial.
Ambas formaban parte de un ecosistema único donde parecía que todo era posible.
Tumbado y concentrado en el cuidado de un parterre de flores, bajo su sombrero de paja, no vio acercarse al señor Balmanya.
—¿Cómo va todo, Joan?
—¡Bien, señor Balmanya, gracias! ¿Y vos? ¿Qué os trae a palacio de nuevo?
—Debo hablar con el señor conde de unos asuntos relacionados con la escuela... —Y el maestro lo miró y añadió—: ¿Sabéis? Ahora que os veía aquí ocupado, me habéis hecho pensar que vos, como jardinero, y yo, como maestro, tenemos mucho en común.
—¿Y eso, señor Balmanya? ¿En serio lo decís? —dijo sorprendido el jardinero—. Me halagáis, pero ya me perdonaréis que discrepe. Vos tenéis unos conocimientos y una cultura que yo ni siquiera puedo alcanzar.
—Oh, no, Joan, no os menospreciéis. La jardinería es un trabajo que requiere muchos conocimientos, destreza técnica y aptitudes: paciencia, saber escuchar, aprender constantemente para poder dar a cada planta, a cada flor, lo que necesita. Es una profesión muy exigente y con mucha responsabilidad.
Balmanya se detuvo antes de continuar. El jardinero lo escuchaba con atención.
—La belleza que rodea la actividad que desarrollamos, vos aquí y yo en la escuela, creo que debemos considerarla un arte más que un trabajo normal.
Al final de la jornada, al acabar el día, tenemos la recompensa de la alegría y la satisfacción de un bonito trabajo bien hecho.
—Y el maestro concluyó su argumento—: Las plantas, como los niños, nos conectan con la esperanza, la anticipación, el aprendizaje y la crianza.
—Visto así... tenéis razón. —Joan asentía con la cabeza—. Nunca me había parado a pensarlo, pero sí que es cierto. No podría estar más de acuerdo con todo lo que explicáis.
Y Balmanya asintió, convencido de los argumentos que había defendido. Y le puso un ejemplo:
—Cuando veis que hay una flor que tiene posibilidades de crecer si le procuráis otro ambiente, otro abono, lo hacéis, ¿no es así?
—Doy fe, ¡y tanto!
—Pues de eso, entre otros temas, es de lo que vengo a hablar con el señor Rocabertí.
Hay una chiquilla de Garriguella que asiste a la escuela de niñas que lleva mi mujer en Espolla que tiene una voz preciosa...
¡Canta como una alondra! Quiero que pueda seguir las clases de canto y música aquí en palacio .
—Sois de admirar. Hacéis muy bien —le reconoció Joan, quien al oír de dónde era la niña no pudo evitar preguntar—: ¿Y decís que es de Garriguella?
—Sí... —El maestro Balmanya dudó unos segundos, pero continuó—. Es la hija de la Malaveïna.
Cuando Joan oyó aquel nombre, se le cayeron las herramientas al suelo.
—¿De quién decís que es hija? —dijo mientras se agachaba a recogerlas, un poco turbado.
—De aquella curandera que vive en el caserón de la Malaveïna y que...
Joan le interrumpió.
—Sí, sí, ya conocía a la Malaveïna, pero... ¿pero no estaba muerta?
—¡Sí! Vos habláis de la vieja hechicera, ¡sí! Pero... ¿no conocéis la historia?
—¿Qué historia?
—La de la Malaveïna.
Joan se encogió de hombros en señal de ignorancia y con aquel gesto invitó al señor Balmanya a explicarse.
—Resulta que la vieja curandera, de quien todos pensaban que había hecho un pacto con el diablo y que tenía más años que Matusalén, un buen día se murió.
Sin embargo, antes de irse de este mundo, la Malaveïna transmitió su sabiduría a una chica a la que acogió.
Y no solo le ofreció todo su legado de curas y remedios, sino que también le cedió el apodo.
En realidad, esta joven, la madre de la pequeña cantante, se llama Aurora, pero todos la llaman Malaveïna porque ejerce de curandera.
El maestro de Espolla hizo una pausa y prosiguió con el relato.
—El caso es que hace muchos años la vieja Malaveïna acogió en su casa a una chica con una niña recién nacida que huía de casa de sus padres.
Joan empezó a rascarse la nuca en señal de nerviosismo.
—Durante los años de la hambruna, que bien conocéis la que se sufrió a raíz de la plaga del oídio, la madre de la criatura murió y la vieja curandera se hizo cargo de aquella niña como si fuera suya...
Joan dejó de escuchar el relato del maestro.
No daba crédito a lo que acababa de descubrir.
El corazón le latía muy fuerte y estaba a punto de perder el conocimiento.
Balmanya continuaba hablando, pero la mente de Joan estaba muy lejos de los jardines del castillo.
Sus pensamientos estaban en aquella noche en la que, tras recibir la visita del administrador de los condes, Alba y la criatura habían desaparecido.
Ahora ataba cabos. Y sentía un dolor tan profundo como si le hubieran arrancado el corazón.
—... y de ahí que quiera que el arte de Carmina, que es como se llama la hija de Aurora, de la Malaveïna, pueda florecer esplendoroso en este nuevo espacio que han creado los condes de Peralada, ¿me entendéis, Joan? —concluyó Balmanya.
—Oh, sí, sí, señor Balmanya. Ahora tendréis que disculparme, pero... —respondió de manera atropellada, como si acabara de echarse la siesta.
—¡Ay, sí, dispensad! ¡Os he soltado un buen sermón y tenéis trabajo! Y a mí me espera el señor conde. Me ha gustado mucho charlar con vos. ¡Que os vaya bien! —Y se despidió para encaminarse hacia la entrada del palacio del conde.
Joan entró en su casa, sacó una botella de vino y se bebió un buen vaso. Acababa de descubrir que su nieta era la Malaveïna, que se llamaba Aurora y que tenía una hija, Carmina, que era su bisnieta.