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Y llegó el día en que los niños de la escuela de Espolla hicieron una excursión muy especial.
Visitarían los jardines del castillo de Peralada.
La expectación era máxima. Antoni Balmanya los había preparado para que la visita fuera provechosa.
La salida tenía un doble componente: de recreo, puesto que era una jornada diferente en la que pasarían todo el día fuera de la escuela, y científico, porque, al haberse ofrecido los condes a enseñarles aquel entorno único, Balmanya quería que los niños y las niñas pudieran estudiar aquel espacio singular.
Quién sabe si de su aula podría enviar a algún chico a la escuela de agricultura que se acababa de instalar en Figueres.
La institución, liderada por Narcís Fages de Romà, había dejado su sede original en Fortianell para trasladarse a la capital.
—¡Bienvenidos!
Antoni de Rocabertí recibió en la placita del castillo a aquella multitud de niños, que se sentían entre alborotados y cohibidos por la magnificencia del lugar.
Nunca habían estado allí antes, y al ver aquellas torres tan imponentes que flanqueaban la fachada del palacio condal, les parecía que estaban a punto de entrar en un cuento de hadas.
—¡Gracias por este regalo que nos hace, señor conde! —reconoció Balmanya—. No sucede cada día que tengamos la oportunidad de ver unos jardines con una vegetación tan rica y diversa. —Y, dirigiéndose a todo el alumnado, preguntó en voz alta—: Aprenderemos mucho del día de hoy, ¿no es así, chicos?
Un sí unánime y ávido de conocimiento se elevó hacia el cielo. Balmanya asintió satisfecho junto al conde.
—Veréis algunos árboles porque ya los hemos plantado crecidos, pero, y lo lamento, hay algunos ejemplares que todavía están creciendo porque hace relativamente poco que los hemos sembrado.
Si los árboles se pudieran estirar con los dientes...
—explicó el conde, quien también les aseguró que el incendio finalmente no había causado tanto daño como se pensaba en un principio.
Y antes de empezar la visita todavía les dijo—: ¡Veréis una diversidad tan grande de plantas, flores y árboles que os parecerá que el paisaje va cambiando mientras paseamos, como si diéramos la vuelta al mundo sin salir del Empordà! —les garantizó Rocabertí.
El mismo conde, que tenía una manera de hablar muy didáctica y pedagógica —no en vano ejercía de maestro en la escuela de primeras letras—, se encargó de guiarles por aquella experiencia, empezando por la avenida de los naranjos e ilustrándoles durante el recorrido.
Los niños y las niñas abrían los ojos para absorber los cambios de colores y de vegetación de los que eran testigos al pasear por la geometría perfecta del jardín francés, internándose después por encinares, palmerales o espacios con árboles frutales y plantas exóticas, o recorriendo los caminos sinuosos al estilo del jardín inglés, que buscaba, con aquella vegetación aparentemente no domesticada, favorecer la sorpresa y el descubrimiento de la esencia del paisaje, tras unas rocas o estatuas que representaban a dioses griegos.
O entrando en algún espacio singular, como un laberinto de árboles de hoja perenne y arbustos que se había abierto detrás de un pequeño estanque del que brotaba una fuente majestuosa.
Mientras los niños estaban dentro, Balmanya y el conde esperaron cerca de un parterre con unas flores que provocaron un grito de alegría del maestro.
—¡Ciclamen!
—Efectivamente —confirmó, orgulloso, Rocabertí—. ¡Los ciclámenes no se habían visto nunca hasta ahora! ¡Celebro que los valoréis!
—Crecen a la sombra de los árboles, durante el invierno.
Las hojas tienen esa forma de corazón con unas manchas grises, y las flores son muy vistosas, con colores intensos y muy aromáticas.
Las encuentro preciosas. ¿Sabíais que el ciclamen era, junto con la aguileña, una de las flores elegidas por Leonardo da Vinci a principios del siglo XVI para cubrir los márgenes de sus manuscritos?
—¿De verdad? No lo sabía, no. Otra genialidad del renacentista toscano.
Pero —cogió un ciclamen por el tallo y lo arrancó para ofrecérselo al maestro— ¿sabéis que si le dais a alguien un ciclamen expresáis sentimientos sinceros?
Es una planta para demostrar sentimientos duraderos y un afecto profundo.
—Y lo pasó por el ojal de la americana del maestro—.
Espero que nuestra relación de amistad, señor Balmanya, florezca gracias al hecho de compartir los conocimientos que brotan del jardín, como hacían los epicúreos.
De hecho, el sabio de Samos dejó escrito que «De todo lo que la sabiduría procura para el conjunto de una vida plena de felicidad, lo más importante, con diferencia, es el beneficio de la amistad» —concluyó, y Balmanya asintió sonriendo.
Esperaron hasta que el último niño saliera del laberinto para dirigirse a la parada final, el aviario.
Quedaron fascinados con los pájaros que allí había, pero, sobre todo, lo que les dejó hipnotizados fue cuando un pavo real, de color azul, desplegó la cola y les mostró un plumaje compuesto por ojos verdes y azules.
Una de las niñas, curiosa, levantó la mano para preguntar.
—¡Perdón! —dijo, con voz temblorosa y dirigiéndose al conde—. ¿Por qué tiene esos colores?
—Esos colores forman parte de las plumas, y son muy importantes para que los machos puedan seducir y cortejar a las hembras.
Los niños se rieron y salieron corriendo hacia la plazoleta de delante del castillo. Allí el conde les ofrecía un refrigerio para agradecerles la visita y la atención, y Antoni Balmanya aprovechó para llamar a la niña que acababa de preguntar.
—¡Carmina! No te vayas todavía. ¡Ven!
La niña obedeció y se acercó.
El maestro se agachó y le susurró algo al oído. Ella se encogió de hombros mientras se llevaba las manos a la boca y, un poco sonrojada, le dijo en voz baja: «¿Ahora?». El maestro asintió con la cabeza.
Entonces, Carmina se separó unos pasos de los dos hombres, se aclaró la garganta y empezó a entonar una canción.
Antoni de Rocabertí se quedó pasmado, con la boca abierta.
No daba crédito. Su reacción no hizo más que confirmar lo que creía Balmanya: que aquella criatura debía continuar sus estudios en la escuela de canto de palacio.
Y así lo acordaron. Cuando Carmina se despidió del conde y se unió al resto del grupo, Balmanya se dirigió a Rocabertí:
—Señor, antes de marcharnos, y agradeciéndoos una vez más la visita, tengo algo para vos y no querría olvidarme de ello.
Balmanya sacó de la bolsa un paquete bien envuelto con un atado de bramante, un cordel muy fino de cáñamo. Rocabertí se sorprendió.
—¿Un obsequio para mí? ¡No hacía falta!
—Oh, no, señor conde, no es exactamente un obsequio. Es un libro que sé que estaba esperando porque lleva su nombre. —Y le entregó el sobre que acompañaba al ejemplar con el sello vaticano.
Rocabertí alzó las cejas, miró a su alrededor y no pudo evitar preguntar en voz baja:
—¿Y de dónde lo habéis sacado, si se puede saber? —preguntó con un susurro que delataba su nerviosismo.
—En realidad, lo encontré en el bosque.
—¿En el bosque? ¿Qué bosque?
—Doy largos paseos por nuestros bosques. Estaba... cerca del río. —Balmanya no quería ni tampoco podía precisar más.
—¿Cerca de aquí? ¿En la ribera del Muga?
—¡Exacto! ¡Eso mismo! —Trató de sonar convincente, pero Rocabertí desconfió. Aceptó el libro y el sobre, pero le hizo un requerimiento.
—Señor Balmanya, ya sé que ahora tenéis que volver a Espolla, pero querría volver a veros, aquí en palacio, lo antes posible. ¿Entendido? —Sonó como una orden, porque la seriedad del rostro del conde reflejaba su preocupación.
—Mañana mismo, si así lo deseáis —se comprometió, solícito, el maestro.
Se despidieron con un apretón de manos. Mientras regresaban hacia Espolla, Balmanya se acarició ligeramente el pétalo del ciclamen que lucía en la solapa de la chaqueta y no pudo evitar pensar en el significado que el conde le había dicho que tenía: sinceridad.
Él acababa de traicionar la franqueza que le había demostrado el conde.
Acababa de faltar a la verdad a propósito del hallazgo del libro.
Decidió que no podía ocultarle aquello y resolvió explicárselo al día siguiente, cuando volviera al castillo .