Malavecina 21
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Aurora vivía al margen de la sociedad, en el caserón que le había legado la vieja curandera que la había instruido y que la había traído al mundo asistiendo a su madre el día del parto.

La mujer también le había dado el nombre por el cual ahora se la conocía: Malaveïna.

Y también, como su madre, había sido víctima del enamoramiento de un chico que no le convenía y con quien había tenido una hija, Carmina.

Sin embargo, Aurora quería que, además de recibir los conocimientos que ella le pudiera transmitir, su hija también tuviera una educación que le sirviera para moverse por el otro mundo, aquel que la juzgaba con una doble vara de medir.

En ocasiones era bien vista y requerida por sus remedios, pero también se podía ver menospreciada, abucheada, rechazada o juzgada por los mismos motivos.

No quería para su hija lo que ella había tenido que soportar.

Por eso, cuando la niña tuvo edad para ir a la escuela, la llevó a Espolla, donde Maria Carlas instruía a las niñas en las primeras letras y Antoni Balmanya a los niños. Y fue un día que iba a buscar a Carmina cuando el señor Balmanya la llamó.

—Aurora, quería hablar contigo.

—Vos diréis, señor Balmanya. ¿Os duele algo en lo que pueda intervenir con alguno de mis remedios? —se ofreció.

—¡Oh, no, no! Se agradece, ¡pero ya ves que estoy bien de salud, gracias a Dios! —Y se frotó la prominente barriga, que apenas le permitía abrocharse el chaleco que lo embutía—. ¡A Dios y a alguna cosa más! —Y él solo se rio entre dientes.

Aurora también sonrió.

—Es de tu hija, de Carmina, de quien te quiero hablar.

—¿De la niña? ¿Qué hay de nuevo? ¿Es que no se aplica lo suficiente en las clases de vuestra señora?

—¡Qué va! No, no, ¡al contrario! Es una de las mejores alumnas que tiene en la escuela.

Mi mujer me dice que es muy espabilada, atenta y trabajadora.

Y muy generosa con las compañeras a las que les cuesta un poco más.

—Hizo una pausa—. Quería proponerte que tu hija asista a las clases de canto, música y solfeo que se imparten en el palacio.

Aurora puso cara de incredulidad.

—¿Clases de canto? ¿En el castillo de los condes?

—Sí, tal como lo oyes. Los Rocabertí, imbuidos por el amor a la cultura que han cultivado en estos años que han vivido en París, han traducido esta estima en la apertura de una escuela de primeras letras y otra para favorecer las vocaciones artísticas. Y Carmina canta como los ángeles.

—Si vos lo decís... —dijo, escéptica, Aurora—. Sí que es verdad que todo el día tararea melodías y tonadas, pero de ahí a seguir estudios... —Torció los labios—. ¿Lo decís en serio?

—Puedo equivocarme, Aurora. ¡Pero si sumamos la inteligencia, la sensibilidad y la voz que tiene, Carmina puede llegar a ser una gran cantante!

Balmanya no lograba convencer a la madre, que no las tenía todas consigo.

—Yo mismo la acompañaré a la escuela de canto de palacio, porque voy a menudo para estudiar las infinitas especies de plantas, árboles y flores que se pueden ver en los jardines.

—De acuerdo —concedió sin muchas ganas Aurora, quien antes de irse, y aprovechando que el maestro frecuentaba el castillo, tuvo una ocurrencia—. Por cierto, señor Balmanya...

El maestro se giró.

—¿Sí?

—¿Os importaría llevar un libro al castillo de Peralada?

—¿Un libro?

—Sí... Es un ejemplar que me compromete, pero que no es mío, es del conde... —dijo retorciéndose las manos, inquieta.

Balmanya arrugó el entrecejo porque no comprendía nada de lo que le decía la chica.

—Perdona, pero no te entiendo. ¿Tienes un libro que es del conde?

Aurora asintió con la cabeza.

—Ha llegado a mis manos, por causas que ahora no vienen al caso, un libro que debería estar en los estantes de la biblioteca del castillo. Un libro que había encargado el señor conde, don Antoni.

—¿Y por qué lo tienes tú, Aurora?

La mujer suspiró profundamente. Se la veía incómoda y nerviosa, y miraba a un lado y a otro por miedo a que alguien pudiera oírla. Balmanya se dio cuenta de ello y le ofreció una salida:

—¿Quieres que entremos en mi despacho y me lo explicas? —E hizo un gesto con la mano señalando el camino hacia el interior de la escuela.

Aurora asintió. Cuando el maestro cerró la puerta tras él y la invitó a sentarse, ella le relató las circunstancias en las que había encontrado el libro en cuestión: la mochila, el sobre sellado, el diseño del sello y el destinatario del libro. Y, sobre todo, la temática, que la comprometía.

Balmanya esperó antes de responder, mientras rumiaba cómo proceder.

—Creo que lo más sensato, para tu tranquilidad, es que le diga al conde que lo he encontrado yo mientras paseaba por la ribera del Muga. ¿Te parece bien?

—A mí me haríais un gran favor —reconoció Aurora, aliviada—. Justo el otro día fui denunciada.

—¿Qué dices? ¿Y por qué?

—Por brujería y por pactar con el diablo.

—¡Anda ya! ¡Qué estupidez!

—No es la primera vez que debo oír que hago tratos con el Maligno. Pero esta vez tuve que comparecer ante el obispo coadjutor, el conde y el alguacil en la capilla del Carmen.

Y Aurora le contó cómo había ido todo y el papel que había desempeñado el conde.

—Don Antoni tomó la palabra en la disputa con el alguacil y sus argumentos dejaron al obispo completamente atónito. Y a mí también —reconoció.

—¿Qué quieres decir?

—El señor conde demostró que tenía muchos conocimientos en esta materia.

—¿Cuál?

—La brujería y el demonio. Aunque viendo el libro que estaba esperando, no me extraña. Es sobre satanismo y brujería.

—¿El libro que te encontraste y que yo le tengo que devolver habla de estos temas?

Aurora hizo un gesto afirmativo y Balmanya soltó un silbido.

—¡Vaya! A ver si cuando se lo lleve tengo la suerte de que me lo explique.

Llamaron a la puerta del despacho, que no estaba cerrada, solo entornada.

—¡Adelante!

—Buenos días, señor Balmanya. No quería molestaros... —Era una mujer recia, con gesto compungido.

—¡Hola, Quimeta! —Y el maestro se levantó para ir a saludarla—. No molestas para nada, mujer. Ya habíamos terminado de charlar. Tú dirás... ¿Qué pasa? —Y mientras la mujer empezaba a hablar, Aurora se levantó para irse.

—Mirad... —dijo la recién llegada, retorciéndose el delantal que llevaba sobre la falda—, el niño no podrá venir más a estudiar porque su padre, mi marido, está muy enfermo y necesitamos que Sebastianet se ponga a trabajar para traer algún jornal a casa.

—Vaya por Dios, Quimeta. Siento mucho lo vuestro y, sobre todo, lo de Sebastianet. ¡Tendrías que ver cómo progresa y cómo disfruta con lo que aprende cada día! —dijo orgulloso el maestro.

—Sí, sí, ya, soy consciente, señor Balmanya, pero... —e hizo un gesto con los brazos de impotencia— no puedo hacer más. Tiene que trabajar porque no nos queda otra salida. Yo tengo que cuidar de mi marido, y nuestro hijo tendrá que trabajar para que podamos comer y pagar las medicinas.

Cuando Aurora lo oyó, se ofreció a ayudarla.

—Quimeta, si quieres puedo ir a vuestra casa y ver qué remedios podría darle a tu marido.

—Te estaría muy agradecida —dijo la campesina, aceptando el ofrecimiento de Aurora, de quien ya conocía su eficacia como curandera. Y acompañó al maestro al patio trasero, donde Sebastianet y el resto de los niños jugaban a la billarda.

Maria Carlas vio como madre e hijo se alejaban de la escuela en compañía de la Malaveïna y encontró a su marido sentado en el banco de piedra del patio, cavilando mientras fumaba en pipa.

—¿Qué te preocupa?

—No puede ser que el padre de un alumno esté muy enfermo y eso obligue al niño a dejar la escuela para ponerse a trabajar.

El maestro negaba con la cabeza.

—Creo que debería haber algún sistema que permita ayudarse, socorrerse mutuamente. Y si no, habrá que inventarlo —vaticinó mientras daba una larga calada y una nube con olor a pino sobrevolaba al matrimonio de maestros.

—¿Quieres decir como un... —y buscaba la palabra exacta, pero no le salía—, como un centro de beneficencia que se dedique a satisfacer las necesidades de la comunidad? —apuntó la señora Carlas.

—¡Sí! Podríamos crear una especie de asociación de personas afectadas por los mismos riesgos que quisieran compartir, proporcionalmente y sin ningún ánimo de lucro, la cobertura de estos riesgos mediante una contribución de cada asociado.

Hizo una pausa y continuó con su razonamiento.

—Porque lo que sucede ahora es que tenemos una situación de desamparo absoluto para aquellas personas que, tanto ellas como sus familias, dependen, viven, de su trabajo.

Y si tienen un accidente, enferman o mueren, se quedan sin nada, a la intemperie, sin cobertura y sin recibir ningún tipo de prestación.

»Una sociedad de socorros mutuos, una entidad sin ánimo de lucro, solo con vocación de servicio. Para ayudar a quien lo necesite. Hoy puede ser el marido de Quimeta, mañana podemos ser tú o yo, Maria —aseguraba Balmanya a su mujer, que lo escuchaba asintiendo con la cabeza.

Y así fue como, tras exponer la idea en el ayuntamiento ante todos los miembros del consistorio, con el alcalde Joan Roca escuchando atentamente, se fundó la Sociedad de Socorros Mutuos con la finalidad de brindar apoyo a los enfermos.

Quien quisiera hacerse socio debía apuntarse al principio de un trimestre natural y pagar dos pesetas y media de entrada y una peseta de cuota cada mes.

Aparte, se acordó por unanimidad que los cabezas de familia que se admitiesen como socios debían comprometerse a pasar una revisión médica, ya que si padecían alguna enfermedad crónica no eran aceptados por la Junta, que debía aprobar el alta.

Los derechos de los socios incluían los medicamentos y la asistencia médica.

Para este trabajo se contrató a un médico, el doctor Miquel Sala, con un salario de veinte duros al año.

Quien ingresaba en la sociedad tenía derecho a cobrar un jornal durante el tiempo que durara la enfermedad, y si hacía falta estaba obligado a velar por turnos a los socios gravemente enfermos, asistirles hasta la muerte y acompañarlos al cementerio.

El espíritu de hermandad, de fraternidad, con el que Balmanya dotó a la asociación le valió el nombre de La Fraternal.

Y cuando el doctor Sala, que era el médico de la sociedad, no podía asistir al enfermo, sabían que siempre podían contar con otro tipo de medicina y acudir a los remedios de la Malaveïna.