Malavecina 20
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No podía ser una persona cualquiera. Además de saber montar muy bien a caballo, para este trabajo debía ser alguien puro de corazón y un ferviente servidor de Cristo.

La misión que le habían encomendado era arriesgada, no era para un simple jinete capaz de atravesar praderas, desfiladeros, valles y ríos sin desfallecer para cumplir su objetivo: entregar el objeto que guardaba celosamente dentro del zurrón.

Si aquellos que se cruzaban con él hubieran sabido lo que llevaba en la bolsa, quizá no lo habrían saludado con tanta efusividad, ni le habrían invitado a tomar un vaso de vino, ni habrían querido acogerle en su casa.

Lo que portaba aquel caballero procedente de la biblioteca del Vaticano era un libro maldito, que contenía el Mal y que podía desatar al Maligno.

A medida que se acercaba a Peralada, lejos de la Santa Sede, que lo había protegido, en cierto modo, de la ascendencia maligna, aquel hombre notaba sobre su conciencia el peso de la responsabilidad que había cargado durante tantos días y sentía el alma conturbada; su espíritu, que se había mantenido intacto hasta entonces, desfallecía.

La base de su inteligencia, voluntad y sensibilidad se veía corrompida por una fuerza, una energía que provenía de su bolsa de piel.

Decidió detenerse en un claro del bosque, donde le pareció que tendría la calma suficiente para reordenar sus pensamientos, que notaba algo nublados.

El ruido del agua del río cercano le convenció para desmontar.

Se acercó al arroyo para refrescarse la cara y dejó la bolsa muy cerca.

Un escalofrío le recorrió la espalda tras acariciar la piel del zurrón.

Dirigió la mirada hacia el agua y se vio reflejado en ella.

No le gustó la imagen que tenía delante.

Los ojos hundidos y la cara pálida, fruto del cansancio.

Y de la inquietud. Tenía ganas de llegar a Peralada y hacer la entrega.

Y, de esta manera, liberarse de una carga tan pesada.

Hundió las manos en las aguas del río para enjuagarse la cara.

Repitió el movimiento una segunda vez, y a la tercera soltó un grito de espanto: en el agua estaba reflejada la cara de una chica que le sonreía.

Miró a su alrededor, detrás de él, para descartar que fuera el reflejo de alguna mujer que se acercara al río. Pero no. Estaba solo.

No había nadie. Cuando se giró para volver a mirar el agua, la cara de la chica había desaparecido.

Sacudió la cabeza de un lado a otro, en señal de incredulidad, y volvió a meter las manos en el agua con la intención de remojarse una última vez, secarse y llegar al castillo de Peralada antes de que anocheciera.

De repente, el caballo relinchó, como si notara algo; el hombre le echó un vistazo y, en aquel preciso instante, sintió que lo agarraban por la muñeca y lo tiraban con una fuerza desmesurada hacia el río.

El emisario del Vaticano desapareció. Lo último que vio fue el rostro de aquella chica que le había sonreído, transformada en una criatura monstruosa mientras lo arrastraba hacia las profundidades del agua.

—Durante siglos, las leyendas populares han mantenido viva la creencia de que los bosques estaban habitados por espíritus que vivían dentro de los árboles.

Aurora recordaba las sabias palabras de la Malaveïna mientras se adentraba en el bosque.

—Estos espíritus son unos seres sobrenaturales inmensamente poderosos y fuertes, pero sabios y afables en extremo.

Los viajeros expertos, al adentrarse en un bosque, golpeaban delicadamente el tronco de un árbol para despertar al espíritu dormido en su interior y que así los guiara y protegiera durante la travesía.

El hecho de «tocar madera», de estar en contacto con esta fuerza poderosa y benevolente, era un acto que generaba tranquilidad.

De ahí que cuando alguien dice que toca madera lo hace para prevenirse contra la mala suerte, contra la desgracia, contra el infortunio, y, por tanto, se utiliza en caso de superstición.

Y Aurora preguntó.

—¿Pero es verdad que hay quienes tocan hierro?

—¡Cierto! —respondió la curandera, que se explicó—: Durante la Edad Media, este era un grito de advertencia que se le hacía a alguien cuando se le acercaba un individuo con apariencia sospechosa.

Cuando decían hierro se referían a la espada, que podían emplear en caso de tener que protegerse de cualquier mal, terrenal o infernal.

Y hablando del infierno: no muy lejos de aquí, en el castillo de Llers, dice la leyenda que vivió el conde Estruc, que tuvo la mala suerte de morir envenenado por el capitán de su ejército.

Por eso, cuando alguien tiene mala suerte, recuerdan a aquel noble del que decían que era un vampiro.

¡Ya te lo puedes imaginar! ¡Patrañas! —exclamó la Malaveïna.

—Pero en Llers dicen que hay brujas... —apuntó Aurora.

—Sí, y también han hecho correr el rumor de que en el Muga hay goges , mujeres de agua que se llevan a sus palacios, en las profundidades del río, a cualquier hombre que pasee cerca de sus aguas.

—¿Y lo que sabes lo tienes todo en la cabeza?

Aurora recordaba haber visto siempre a la Malaveïna faenar entre los fogones y los utensilios sin necesidad de usar ningún libro ni manual para elaborar las pociones y los ungüentos.

—Nunca me ha hecho falta tener un grimorio. Los pocos libros de magia que han sobrevivido al paso del tiempo y al fuego no explican nada del otro mundo.

—¿Qué has dicho? ¿Un grimorio?

—Sí. Un libro de hechizos con instrucciones para hacer brebajes o crear objetos mágicos, talismanes y amuletos.

O para invocar espíritus y demonios. La gente piensa que estos libros tienen poderes mágicos.

Pero un grimorio solo tiene información sobre hechizos, rituales y listas de ingredientes para preparar herramientas y pociones mágicas.

La curandera continuó con la explicación:

—Los ingredientes para hacer las recetas de pociones, brebajes y ungüentos están al alcance de todos: las plantas, las especias, las raíces, los aceites..., pero la clave está en la cantidad. Una dosis más o menos grande de... flor de hiedra, por ejemplo, puede curar a alguien o puede matarlo.

Aurora arqueó las cejas, sorprendida. La Malaveïna continuaba hablando:

—La cantidad exacta de cada ingrediente solo la conocen aquellos que saben la receta original.

Y son los que conocen el secreto quienes deciden cómo y cuándo compartirlo.

Cuando hay confianza, se transmite de palabra.

No se puede dejar nada por escrito, precisamente para proteger este conocimiento de los profanos, porque en manos inexpertas es muy peligroso.

La Malaveïna había elegido enseñarle a Aurora todo lo que sabía sin escatimarle nada, y no podía saber cómo recibiría todo aquel conocimiento.

También las leyendas e historias que les hacían más mal que bien.

Pero había que pasar el testigo. Se había asegurado de que ella era la persona idónea para mantener y renovar la tradición.

Y Aurora aprendió porque tenía ganas de saber. Quería ver. Quería creer.

Había una creencia muy firme entre la gente sencilla y humilde que se había extendido a lo largo de los tiempos, que ponía de manifiesto que cuando entrabas en el bosque te adentrabas en un espacio donde realidad y fantasía vibraban en la misma longitud de onda, porque se situaban en el mismo plano.

Donde había sonidos y rumores completamente desconocidos para los humanos.

Donde todo era posible. Y ella se moría por verlo.

Aurora recordaba la primera vez que se había adentrado en la espesura, sola, sin la ayuda de la curandera. Con todo lo que le había enseñado dentro de su cabeza, quería dejarse llevar por la llamada del bosque. Y enseguida recibió la primera señal.

Las luciérnagas le iluminaron el camino.

Y esa noche, tantos años después, aquellas criaturas volvieron a ser unas aliadas inesperadas, dándole luz para guiarla hasta un lugar determinado del bosque, un tramo concreto del río que formaba un recodo.

Aurora se detuvo para contemplar el agua, ahora un espejo negro que daba miedo.

No entendía por qué la habían guiado hasta allí.

Paseó la mirada por todo el paraje y, al bajar los ojos, lo vio: junto a sus pies, encontró un zurrón de piel.

A la chica le pareció extraño. Frunciendo el ceño, miró a su alrededor sin ver rastro alguno de que hubiera nadie.

«Quizá algún caminante, al pasar la noche junto al río, se ha olvidado esta bolsa», pensó.

La curiosidad la empujaba a descubrir qué había en su interior.

«No pasaría nada malo», se decía a sí misma para convencerse de que no cometía ninguna falta si curioseaba.

«Al contrario: sea lo que sea, quizá pueda devolvérselo a su dueño o dueña.

» Aurora decidió que no tenía nada que perder.

Respiró hondo y desató la cuerda que cerraba el cuello del zurrón.

Su mano desapareció en el interior y enseguida sus dedos notaron el lomo de un libro.

Lo sacó. Lo miró y leyó el título: Satanismo y brujería , de Jules Michelet.

Lo abrió y quedó fascinada por lo que contenía.

Volvió a meter la mano en el zurrón para comprobar que no había nada más, y en la segunda inspección le pareció tocar un sobre.

Como había hecho antes con el libro, lo sacó.

Estaba lacrado, y en la marca del sello se distinguían dos llaves cruzadas atadas con un cordón y en medio una triple corona con una pequeña cruz en la parte superior.

Giró el sobre y alzó las cejas en señal de sorpresa al ver quién era el destinatario y, por tanto, también el propietario de aquel libro.

Antoni de Rocabertí, conde de Peralada

No daba crédito.

«¡¿El señor Rocabertí esperaba un libro sobre brujería y satanismo?!»

Increíble.

—¿Qué debo hacer? —se preguntó en voz alta. Confiaba en que la voz del bosque le procurara alguna respuesta, pero por mucho que aguzó el oído ante los imperceptibles silbidos del aire que se colaba junto al río, no fue capaz de percibir ninguna señal.

«Si alguien me encuentra con este libro, me expongo a ser tachada directamente de amiga del diablo, —pensó, consciente de la más que probable acusación que sufriría—.

Y si optara por llevárselo al conde, quizá en palacio empezarían a interrogarme de malas maneras para saber cómo ha ido a parar a mis manos este libro dirigido al señor Rocabertí. »

—¡No es suficiente con el incendio! ¡Es necesario que el escarmiento sea más fuerte!

—¿Y qué propones?

—No lo sé... —Marçal se rascaba la cabeza con las uñas—. Pero no hay duda de que debemos tocarle la fibra sensible al conde para que desista de sus actividades, que no hacen más que afrancesar a nuestra gente.

Se extendió un rumor por la pequeña sala donde se habían encontrado.

—¡Ya lo tengo! —exclamó uno del grupo.

—¡Tú dirás, Mateo!

—Según tenemos entendido, la joya de la corona es el teatro de los jardines. ¿Es así?

—¡Cierto!

—Pues como se invitará a la flor y nata de la sociedad, podríamos sabotear la primera obra que se represente allí. ¡La vergüenza que sufrirá el condado será definitiva! —añadió.

—¡Es buena esa ocurrencia!

—¿Y sabemos cuándo será esto?

—¡A finales de verano!

—Necesitamos confirmarlo y preparar bien el plan para estropear el estreno. Cuando lo tengamos, nos volvemos a encontrar y nos organizamos. ¡Hasta entonces, chitón y a callar! —ordenó Marçal.

Con ese propósito se disolvió la reunión, que se había convocado detrás del santuario de la Mare de Déu del Camp. Los asistentes, buscando la complicidad de las sombras, fueron desfilando hacia sus respectivas casas.